sábado, 12 de noviembre de 2022

EL PASTOR ANGÉLICO

La guerra española de 1936 (mal llamada civil, como si hubiera alguna que lo fuera) se produjo como consecuencia del fracaso de un golpe de Estado de corte fascista contra el gobierno legalmente constituido de la República. Esta guerra, que se prolongó durante tres años, produjo un millón de muertos, según cálculos nada pesimistas, y el exilio de doscientos cincuenta mil españoles, entre ellos lo mejor de la intelectualidad del país, y concluyó con el triunfo de los golpistas y en especial del general Franco, el último en unirse a los generales que encabezaron la rebelión. (Véase La guerra de los mil días, de Guillermo Cabanellas, hijo del general Miguel Cabanellas, participante en el golpe de Estado.) Una tragedia, sea cual sea el punto de vista desde el que se la contemple. 
Como se sabe, la guerra concluyó el 1 de abril de 1939. Pues bien, el 16 del mismo mes y año, es decir, sólo quince días después de que el propio general Franco leyese el último parte a través de la radio, el papa Pío XII, al que todavía hay quien sigue llamando El pastor angélico, dirigía un radio mensaje exclusivamente a los españoles que habían ganado la guerra, del que me permito transcribir a continuación, textualmente, los párrafos no se si más llamativos o más indignantes, los posibles lectores decidan:
"Con inmenso gozo Nos (siempre el plural mayestático en estos elementos y además en mayúscula) dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la Católica España, para expresaros nuestra paterna congratulación por el don de la paz y de la Victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probado en tantos y tan generosos sufrimientos.
"Anhelante y confiado esperaba Nuestro Predecesor esta paz providencial, fruto, sin duda, de aquella fecunda bendición, que en los albores mismos de la contienda enviaba a cuantos se habían propuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión...
"Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar una vez más sobre la heroica España. La nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica... La propaganda tenaz y los esfuerzos constantes de los enemigos de Jesucristo parece que han querido hacer en España un experimento supremo de las fuerzas disolventes que tienen a su disposición repartidas por todo el mundo...
"El sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de ideales de la fe y civilización cristiana, profundamente arraigados en el suelo de España y ayudado de Dios..., supo resistir el empuje de los que engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo...
"...exhortamos a los Gobernantes y a los Pastores de la Católica España, que iluminen la mente de los engañados, mostrándoles con amor las raíces del materialismo y del laicismo de donde han procedido sus errores y desdichas y de donde podrían retoñar nuevamente. Proponedles los principios de justicia individual y social, sin las cuales la paz y la prosperidad de las naciones, por poderosas que sean, no pueden subsistir, y son los que contienen en el Santo Evangelio y en la doctrina de la Iglesia.
"No dudamos que así habrá de ser y la garantía de Nuestra firme esperanza son los nobilísimos y cristianos sentimientos de que han dado pruebas inequívocas el Jefe del Estado y tantos caballeros fieles colaboradores con la legal protección que ha dispensado a los supremos intereses religiosos y sociales conforme a las enseñanzas de la Sede Apostólica...
"Reconocemos también nuestro deber de gratitud hacia todos aquellos que han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la Religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales.
"No podemos ocultar la amarga pena que nos causa el recuerdo de tantos inocentes niños, que arrancados de sus hogares han sido llevados a lejanas tierras con peligro muchas veces de apostasía y perversión: nada anhelamos más ardientemente que verlos restituidos al seno de sus familias, donde volverán a encontrar ferviente y cristiano el cariño de los suyos. Y aquellos otros que como hijos pródigos tratan de volver a la casa del Padre, no dudamos que serán acogidos con benevolencia y amor..."
Este caballero, que no tuvo agallas para alzar la voz en defensa de los judíos que estaban siendo masacrados por Hitler, seguramente porque era, al menos, tan nazi como el jefe del Estado alemán, se suelta este miserable panfleto en el que no se sabe que asombra más si el cinismo y la hipocresía de los que hace gala o la ausencia total de piedad hacia tantas y tantas víctimas. Se regodea, del triunfo de quienes provocaron la guerra, haciéndose el idiota acerca de las atrocidades cometidas por éstos, como si no las conociera. Se interesa vivamente por los niños que tuvieron que salir de España, pero no por el sufrimiento de éstos, sino porque pueden dejar de ser cristianos, y dice anhelar "verlos restituidos al seno de sus familias", como si no supiera que sus familias estaban rotas, con sus padres asesinados o en la cárcel por largos años. Y, encima, tiene el elemento la desfachatez de invocar el evangelio y de conocer los derechos de Dios y de tachar de enemigos de Jesucristo a quienes, todo lo más, lo único que habían pretendido era restar algo de los brutales privilegios de la Iglesia católica en este país, privilegios que, por cierto, no sólo se mantienen al día de hoy, sino que han aumentado. No se puede ser más canalla y, al mismo tiempo, más cobarde.

P.S. Quien esté interesado en todo el documento, por otra parte, desconocido por la mayoría de los españoles, puede encontrarlo fácilmente en internet.
      La puntuación, execrable, especialmente en el uso de las comas, es la del original en castellano.

Las imágenes son de internet.
  

lunes, 31 de octubre de 2022

EL DÍA DEL FIN DEL MUNDO

Desde que, allá por el año sesenta y cinco de nuestra Era (algunos retrasan la fecha hasta el año noventa y cinco) un anciano llamado Juan, desterrado en la isla griega de Patmos por predicar el evangelio, según su propio testimonio, escribiera el terrible Apocalipsis, buena parte de la humanidad no ha dejado de temer el día del fin del mundo. 
Este Juan no era el discípulo amado de Jesús del mismo nombre, por más que lo sostenga la Iglesia católica al menos desde el IV concilio de Toledo, celebrado en el año 633. El libro, además, con ínfulas de profético pretendía anunciar exclusivamente la caída del imperio romano, señalando su final con imágenes ciertamente espeluznantes. Pero como quiera que el imperio romano no sólo no caía, sino que antes de caer terminó haciéndose cristiano, los fieles de la nueva religión, con sus dirigentes a la cabeza, empezaron a creer que lo que realmente anunciaban las bestiales profecías era el fin de la humanidad. Nadie por aquel entonces quiso reconocer que el futuro y mucho más el futuro lejano es imprevisible, de tal modo que hasta el propio Jesús se había equivocado cuando anunció que no pasaría su generación antes de la llegada del reino de Dios, a pesar de que nadie duda de que Jesús era la segunda persona de la Trinidad y, por tanto, él mismo Dios también.
El calendario que actualmente seguimos es absolutamente arbitrario, responde a una mera convención para contar el tiempo. No obstante, después de la aparición de aquel libro, todas las fechas, digamos, redondas, como el final de un siglo y no digamos ya el final de un milenio, son legión los que esperan con gran temor que tras ellas no habrá nuevas fechas para la humanidad. 
Sin embargo, acuciado, quizás, por el conocimiento y la certeza de nuestra muerte, aunque una y otra vez pasen las fatídicas fechas y no ocurra la catástrofe que se creía inexorable, el ser humano no deja nunca de intentar conocer lo que puede depararle el futuro y son muchos los profetas que a lo largo de la historia se han empeñado en predecir cuál, exactamente, sería el día del fin del mundo. Por cierto y entre paréntesis, ¿se ha fijado usted, posible y amable lector o lectora, en que los profetas sólo predicen catástrofes y calamidades? Pero, además, lo hacen en un lenguaje tan oscuro, tan críptico, que luego siempre es posible encontrar una interpretación que le cuadre a la profecía, incluidas las referentes al día del fin del mundo, cuando pasa la fecha anunciada y el mundo sigue andando, como decía el tango famoso. 
Una de estas fechas anunciadas para la gran catástrofe mundial fue el año 800 de nuestra Era. Y uno de los que con más energía la pronosticaron fue un insignificante frailuco de nombre Beato (730-798), profeso en el monasterio de San Martín de Turieno, sito en el valle cántabro de Liébana, actualmente Santo Toribio de Liébana. Precisamente, el nombre del monasterio acabaría añadiéndose como apellido al nombre de Beato.
Los tiempos, desde luego, no habían dejado de oscurecerse desde la caída del imperio romano y, a los ojos de muchos, a medida que se acercaba el final del siglo VIII más y más se aproximaban al negro. Es cierto que en Francia había surgido una dinastía poderosa que controlaba ya buena parte de Europa, pero los musulmanes se habían adueñado de Hispania, a excepción de las montañas asturianas, y, aunque en el territorio islámico la religión cristiana no estaba prohibida, no eran pocos los cristianos que se convertían al islamismo. El Islam dominaba igualmente el Mediterráneo, constituyendo una amenaza para la propia Roma. Por otra parte, nuevos pueblos bárbaros hacían su aparición desde las estepas asiáticas, magiares, eslavos, búlgaros; desde sus frías tierras del norte, los vikingos se hacían a la mar y asolaban las costas de Europa, llegando incluso a Hispania, donde acabarían penetrando por el Guadalquivir y alcanzando Sevilla. 
Se daba, además, la circunstancia de que, de acuerdo con los cálculos de "sesudos y muy fieles varones", la creación del mundo se había producido 5.200 años antes de Cristo (esto lo sigue creyendo hoy mucha gente, sobre todo en Estados Unidos, en muchas de cuyas escuelas y en más de una universidad se sigue enseñando el creacionismo, que da lugar a una derivada, el terraplanismo.) y, como mucho, debía durar exactamente seis milenios, ni medio minuto más, por tanto, la llegada del año 800 sería para echarse a temblar. Especialmente temible era la noche del Domingo de Pascua, pues la gente estaba convencida de que la anunciada resurrección de los muertos con su juicio universal posterior se produciría precisamente en aquella noche. Y todas las señales, desde la apostasía de los cristianos, anunciada por San Pablo, hasta el clima adverso para el cristianismo, según nuestro monje, constituían el anuncio de la segunda venida de Cristo, en esta ocasión en toda su gloria, para poner fin a la vida humana con el juicio a los vivos y a los muertos. El "iluminado" Beato llegó a encontrar pruebas de que el Anticristo ya había nacido, nada menos que del ayuntamiento de un judío, ¿cómo no?, de la tribu de Dan exactamente y de una prostituta.
El tal Beato había empezado a adquirir cierto renombre en virtud de su enfrentamiento por cuestiones teológicas con Elipando, arzobispo de Toledo, a quien el insignificante monje no tenía empacho en tachar de hereje. Pero la fama le llegaría a Beato gracias a su Comentario al Apocalipsis de San Juan, texto del que realizaría varias versiones, la primera de las cuales la tenía concluida en el 776. En ella vierte su premonición, así como los temores que lo acuciaban junto a todas sus filias y todas sus fobias.
Tales comentarios se alejan enormemente de la intención y del escenario propuesto por el autor del Apocalipsis. Para sus comentarios, nuestro monje traslada el Apocalipsis a la época que le tocó vivir y empieza abonándose nada menos que a una leyenda falsa que recién empezaba a circular, la de que el evangelizador de España fue el apóstol Santiago. 
Seguidamente, si aquel Juan de Patmos escribió el Apocalipsis contra Roma y, en cierto modo, para ofrecer una esperanza de dulce y gloriosa vida a los cristianos por entonces mal vistos, no tolerados y, en ocasiones, perseguidos, el monje Beato sitúa ahora la Babilonia del Apocalipsis en la Córdoba musulmana, ofreciendo el panorama, tan falso como la leyenda de Santiago, de que los cristianos recibían por parte del poder musulmán el mismo trato que en la vieja Roma, incluida su persecución y martirio.
Escrito en un estilo atropellado y redundante, el libro no tiene apenas una idea original, sino que es más bien lo que hoy llamaríamos, un panfleto, en el que, para apoyar sus tesis, el monje Beato incluyó párrafos enteros de Padres de la Iglesia, especialmente de San Isidoro, San Jerónimo, San Ambrosio, San Ireneo y San Agustín. A pesar de ello, el libro tuvo una importante difusión, gozando de gran influencia entre los cristianos durante más de cuatro siglos. No importó que, por supuesto, el día del fin del mundo no se produjera en el año 800, como anunciaba Beato, ni se cumplieran ninguna de sus notas negativas; mucho menos importó el enorme chorro de invenciones, exageraciones y falsedades. 
La mayor parte de los eruditos creen que parte de su éxito se debió a que incluye una traducción latina del Apocalipsis original. Sin embargo, la verdadera causa de, si no la influencia, si la admiración que sigue despertando incluso al día de hoy no está realmente en el texto, sino en sus maravillosas ilustraciones. Se trata de dibujos coloreados, miniados, en el argot técnico, sumamente impactantes, tanto por el contenido como por la ejecución, que reciben el nombre de iluminaciones, con colores primarios y aun chillones y figuras perfectamente delineadas, en una técnica denominada glacis, que mucho tiempo después utilizarían, entre otros, pintores como Gauguin, Matisse e incluso el propio Picasso.
Este libro, que muy pronto sería conocido no por su título, sino por el nombre de su autor, es decir, Beato, sería el primero de toda una serie de libros litúrgicos en los que se utilizarían el mismo tipo de ilustraciones y que, igualmente, serían y son llamados Beatos. De él no queda el original de ninguna de sus "ediciones", 776, 784 y 786, sino una treintena de copias, de las cuales sólo doce son consideradas antiguas por los especialistas, es decir, de una época ligeramente posterior a la que los originales.

Fuentes.- 
El prerrománico en España.- Jacques Fontaine
La España de los herejes, fanáticos y exaltados.- Juan Fernández-Mayoralas.
 

miércoles, 28 de septiembre de 2022

DEL JAMÓN, HASTA EL HUESO

Hace no demasiado tiempo, en una de las entradas que escribí en el desaparecido Cuaderno Escarlata, confesaba que empezaba a sentirme viejo. Bien, hoy no es que me sienta o deje de sentirme viejo, es que lo soy. Y aprovecho la ocasión para decir que todas esas bondades de que hablan acerca de la vejez, la experiencia, la serenidad, la templanza, etc., todas, no son más que un mito con el que tratamos de conformarnos. ¡La vejez es una puta mierda! Es el tramo más turbio de la vida. Ahora bien, hay que vivir, no podemos tirar la toalla, de modo que, aunque la salud no sea tan boyante, no hay que dejar de soñar, de proyectar y de ejecutar.
A los viejos se nos acusa de ser propensos a contar batallitas, porque, cosa por demás curiosa, se nos deteriora la memoria próxima, de modo que, por ejemplo, al caer la tarde no recordamos lo que hemos comido al mediodía, en cambio se nos aviva la memoria lejana y recordamos a la perfección hechos ocurridos hace años y años y años. Sin embargo, lo que yo voy contando de mi familia, y ya he contado algo por aquí, pueden ser batallitas, pero mi intención es que ante todo sean fotografías de una época negra que muchos, sobre todo jóvenes, e incluyo entre los jóvenes hasta a los cincuentones, desconocen, y que parece que muchos también tratan de hacerla revivir (véase lo que el domingo 25-9-2022, fecha infausta, ha ocurrido en Italia)
En 1943, cuando mi padre y mi madre llevaban sólo unos meses de noviazgo, mi padre sufrió un ataque de ciática de tal calibre que lo llevó al entonces llamado Hospital de Agudos, hoy Facultad de filosofía. Allí estuvo ingresado nada menos que ocho meses, si bien los últimos tres, ya bastante mejorado, entraba y salía del hospital cuando le parecía y hasta hizo para la institución algunos trabajos de poco esfuerzo, como restaurar algún cuadro y cosas por el estilo.
Mi padre era el mayor de seis hermanos, cuatro varones y dos hembras, y era el responsable de la familia o, para decirlo más crudamente, el que ingresaba el grueso del poco dinero que entraba en la casa, porque mi abuelo padecía una artrosis generalizada y llevaba años y años atado a un sillón. Sólo se despegaba de él hacia el medio día para, pasito a pasito, ir a arrearse dos o tres medios de los de entonces a una taberna cercana a su casa. Naturalmente, durante aquellos ocho meses apenas entraron en la casa dos reales, porque, aparte de mi padre, sólo trabajaba, y a salto de mata, uno de los varones; de los otros dos, uno estaba en la división azul y el otro era un chavalín de once años y ni pensar que las dos mujeres, unas adolescentes todavía, trabajaran. De manera que a la situación catastrófica que vivía el país, con el hambre instalada crónicamente en la mayoría de los hogares, en la de mi abuelo se añadía que no había dinero para comprar casi nada.
¿Os acordáis de Tony Arjona? Sí, la pionera del deporte femenino en Córdoba y, más específicamente, la introductora del voleibol. Alguna de las que puedan leer esta entrada la sufriría en su momento como profesora; yo la sufrí como tía. ¡Qué elemento! Fue profesora de gimnasia en el Instituto Góngora y también en el colegio de las Esclavas. Por si alguien no lo sabe o no lo recuerda, durante la Dictadura, para ser profesor de gimnasia o de política, de Formación del Espíritu Nacional, la llamaban, era imprescindible ser miembro de Falange. Pero además de profesora, doña Tony ejercía también de entrenadora personal de varias damas encopetadas, con alguna de las cuales alcanzó tal familiaridad que, junto con el falangismo, llegó a creer firmemente dos cosas: que realmente formaba parte de aquel grupo de élite y que descendía por línea directa de la bragueta de Pelayo.
Pero esto vendría bastante tiempo después. En 1943, mientras mi padre permanecía ingresado en el Hospital de Agudos, la señorita Tony era una jovencita de dieciséis años que empezaba a dar sus primeros pasos en el deporte como jugadora de balonmano. A mi madre no la tragaba ni ella ni nadie de su familia, aparte de mi padre, claro, más que nada por que iba a arrebatarles la fuente principal de ingresos con la que contaban. No obstante, mi madre iba todos los días a ver a su novio, aunque a veces se encontraba con alguno de sus futuros cuñados y la visita no resultaba demasiado agradable. En cierta y rarísima ocasión, mi madre, que era más callada que una tumba, se soltó un tanto la lengua y me contó que ante el rechazo que veía por parte de la familia de mi padre y viendo que pasaban las semanas y los meses y su novio no se recuperaba llegó a pensar incluso en cancelar su noviazgo. Sin embargo, y esta es ya una conclusión mía, con treinta y dos años, lo que la empujó a seguir adelante debió ser el miedo a la soltería, entonces fatalmente vista. Siempre estuve convencido de que mi madre no sabía lo que le esperaba.
El caso es que, cierto día, mi padre compró un boleto de una rifa en la que se sorteaba un jamón y se lo regaló a su novia cuando fue a verlo. Y, mire usted por donde, tocó. Tocó y, aunque el jamón era suyo, puesto que el boleto se lo había regalado su novio, mi madre lo recogió y lo guardó con el propósito de que fuera para su novio cuando saliera del hospital (la situación en la casa de mi madre no era tan mala como la de mi padre).
¿Para cuándo saliera del hospital? ¡Qué risa! El tontorrón de mi futuro padre, por no aplicarle otro adjetivo algo más contundente, le contó a la señorita Tony, su hermana, que le había tocado un jamón y que estaba en casa de su novia. ¡Qué le había tocado a él, cuando le había regalado el boleto a su novia! Pero fue oír a su hermano y la señorita Tony pegó un respingo y, sin despedirse siquiera, se largó a la carrera. Media hora más tarde ella, su hermana y el hermano que seguía a mi padre, un tiarrón, así como mi abuela, se presentaron en casa de mi madre reclamando el jamón y mi madre, que era extraordinariamente pacífica, ni dudó en entregárselo. 
¡Menudo regalo para aquellos energúmenos! De estampida salieron con el jamón al hombro del hombrón. Y qué hambre atrasada no tendrían que, una vez en su casa, se lo liquidaron en menos que cada un gallo. Todo. De una sentada. Completo. Todo, es decir, incluido el hueso, que lo machacaron, lo pulverizaron y también se lo "jamaron"
Muchos años después, la señorita Tony, entonces en la cumbre de su fama, fue a visitar a mis padres, ya mayores, una visita que realizaba de tarde en tarde y, desde luego, de no demasiada buena gana. En el curso de una charla más bien insustancial, mi padre exclamó de repente. "¡Y el hambre que pasábamos! ¿Te acuerdas?" "¡Hambre!", bramó la señorita Tony descompuesta. "¿Hambre? Nosotros no hemos pasado hambre nunca, nunca!" Se levantó y salió como un rayo. Y nunca más volvió a ver a su hermano, al que, sin embargo, le debía todo lo que era. Pero esta es otra historia que contaré otro día.

Imágenes: Internet


sábado, 17 de septiembre de 2022

CAMPOS DE SANGRE

Es difícil encontrar a un historiador de la Iglesia Católica, creyente, o a un sociólogo de la religión, creyente también, que digan la verdad. No mienten por lo que dicen, sino por lo que callan o por lo que distorsionan para acercar el ascua a su sardina, como se dice coloquialmente. 
Uno de estos historiadores es Karen Armstrong, que es también socióloga. Nacida en Reino Unido en 1944, la señora Armstrong profesó muy joven como monja en la Sociedad del Santo Niño Jesús, institución que abandonó en 1969 para dedicarse a la enseñanza y a la investigación. Es historiadora de la religión y experta en religiones comparadas. Ha escrito libros como En defensa de Dios, Historia de la Biblia, Buda, Mahoma y Campos de Sangre, entre otros. Es miembro del grupo de alto nivel de la Alianza de Civilizaciones y entre sus variados premios cuenta con el Princesa de Asturias de Ciencias Sociales.
Bien, pues con toda está formación, publicaciones y premios, en su libro Campos de sangre, que tiene por subtítulo La religión y la historia de la violencia, doña Karen barre para su terreno, el de la defensa de la religión, al considerar como violencia exclusivamente al enfrentamiento físico, sin armas o con armas, entre dos personas o entre grupos de ellas. Ya en la contraportada se afirma textualmente que: "Desafiando la popular afirmación atea que sostiene que las religiones y sus seguidores son constitutivamente violentos... (la autora) demuestra que las verdaderas razones de la guerra y la violencia en nuestra historia, a menudo tienen muy poco que ver con la religión."
No se puede escribir nada más falso que lo que en esas frases se sostiene. Yo no conozco a ningún ateo que afirme que las religiones y sus creyentes sean constitutiva y absolutamente violentos ni, mucho menos, que todas las guerras se deban a motivaciones religiosas.
Pero dejando semejante distorsión de momento aparte, a la señora socióloga se le escapa, no creo que inconscientemente, que en nuestro mundo humano existe una violencia primaria, sumamente potente, que nada tiene que ver con el enfrentamiento físico, armado o no, y que, en todo caso, es anterior a éste. Se trata, como conocen muy bien los expertos, de una violencia de carácter fundamentalmente psicológico, que actúa de manera principal sobre la mente, aunque en determinadas ocasiones el cuerpo no escape de ella. Esta violencia, en apariencia, sutil, ejercida en la mayoría de las ocasiones sobre niños, a menudo muy pequeños, y siempre de un individuo superior sobre uno inferior, deja una huella tan profunda en la mente de quienes la sufren que suele ser la responsable más tarde de la violencia física de los adultos y/o, cuando menos, de sufrimientos sumamente difíciles de superar.
El autoritarismo, por ejemplo, ejercido por un adulto sobre un niño, o el maltrato verbal de un hombre sobre una mujer, ¿qué otra cosa son sino violencia? ¿Y no es violencia también, violencia elemental, primaria, meter miedo a un niño? ¿Acaso no es violencia de la peor especie y, desde luego, anterior a cualquier enfrentamiento físico, la pederastia? Últimamente vienen repitiéndose las noticias y denuncias sobre pederastas religiosos. Seguramente, no existe una violencia más repugnante. que la que valiéndose de la superioridad de la edad, pero, sobre todo, de la superioridad moral ejerce un sacerdote sobre un niño o una niña a los que somete a abusos sexuales. Una acción que deja a la víctima tocada para toda su vida y cuya criminalidad se multiplica cuando, además, es ocultada por los obispos y las autoridades religiosas. Ahora bien, no es posible negar que, mucho más que en instituciones religiosas, tanto la pederastia como el autoritarismo en general se produce en el seno de la familia, es decir, exclusivamente entre laicos.
Sin embargo, sí que existe una violencia inherente a la religión, a cualquier religión. Así, es violencia genuinamente religiosa inculcarle a un niño o a una niña que un ser invisible y todopoderoso los vigila constantemente, de día y de noche, controlando no sólo la totalidad de sus actos, sino también sus palabras y hasta sus pensamientos. Si, además, no se limitan a decírselo, sino que se lo graban en la mente con martillo y cincel, como sacerdotes católicos me hicieron a mí y a buena parte de mi generación, la violencia es de tal calibre que llega a ser casi tan criminal como la pederastia.
Y, no obstante, la violencia exclusivamente religiosa no termina aquí. En el ámbito del catolicismo, que es el que más nos afecta a los españoles, ¿no es acaso violencia el bautismo de un recién nacido, al que de esta forma se convierte en católico sin contar con su autorización? ¿Y qué es, aparte de violencia, la oposición continua a las innovaciones tecnológicas, como históricamente ha hecho la Iglesia Católica y como sigue haciendo en la actualidad cuando condena la investigación con células madre, el uso de embriones humanos fallidos, o la consecución de un bebé capaz de curar una enfermedad incurable de su hermano mayor, no limitando su negativa a sus fieles, sino con la pretensión de extenderla a todo el mundo?
La Iglesia Católica no sólo se negaba a reconocer que la tierra no es ni plana ni el centro del universo, sino redonda y en continuo giro alrededor del sol, también se oponía a la construcción de canales para el riego, aduciendo que los ríos eran intocables, porque así lo había dispuesto Dios, quien, de haberlo encontrado necesario, habría creado también dichos canales. Se opuso igualmente a la vacuna de la viruela, la primera que empezó a aplicarse, gracias a los experimentos del médico inglés Edward Jenner, etc. etc.

¿Y no es violencia esencialmente religiosa que un papa se declare infalible, es decir, que no puede equivocarse tanto cuando declara dogmas determinadas creencias, que eso allá los creyentes, sino también cuando establece normas morales con la pretensión de imponerlas a toda la sociedad mediante la presión a los Estados para que las transformen en leyes punitivas.? ¿Y qué otra cosa que pura violencia religiosa contenía la excomunión con la que en otro tiempo los papas lograron que reyes y emperadores se arrastraran sumisamente hasta ellos implorando su perdón? ¿Pero es que no es violencia puramente religiosa presentarse en África en plena oleada del sida y, al tiempo que se reafirma la prohibición del preservativo, decirle a niños con la enfermedad adquirida en el vientre de sus madres infestadas "bienvenidos al banquete de la vida", como hizo el deplorable Juan Pablo II, cuando él sabía de sobra que la vida no es ningún banquete y que, de serlo, jamás lo sería para aquellos niños?
Ejemplos como estos de una violencia específica e inherente a la religión podríamos seguir poniendo bastantes. Sin embargo, de esta violencia, anterior y distinta a cualquier enfrentamiento físico, nada quiere saber doña Karen. La señora socióloga prefiere centrarse exclusivamente en la violencia de los enfrentamientos físicos, en concreto, en la guerra, porque en este terreno siempre encuentra la excusa para que, aunque un enfrentamiento, una guerra, tenga en su origen una motivación religiosa, la violencia desatada acabe siendo laica.
Así, por ejemplo, las cruzadas, guerras montadas para liberar la llamada Tierra Santa, entonces en poder de los musulmanes. Se trató de una iniciativa del papa Gregorio VII (1073-1085) que llevó a cabo su sucesor, Urbano II (1088-1099) quien predicó la primera en Clermond (Francia) en 1095. Más religioso no podía ser el asunto, pero como quiera que lo que movió a un gran número de participantes fueron motivos económicos y políticos, la conquista de tierras, con las perspectivas de ganancias personales, pues nada, para la señora Karen, la violencia generada no fue propiamente religiosa, sino laica.

 
Más descarado aú: la cruzada contra los cátaros proclamada por Inocencio III (1198-1216). En la terminología católica, la de los cátaros era una herejía que la Iglesia no podía tolerar. Por tanto, su extirpación era un motivo exclusivamente religioso. Ahora bien, teniendo en cuenta la ambición del monarca francés Felipe Augusto, que pretendía aprovechar la ocasión para apoderarse de las tierras del Languedoc, entonces independientes de la corona francesa, pues nada otra vez, la violencia que se produjo no era exclusivamente religiosa, sino laica.
Como se ve, no sólo con el silencio de la violencia expuesta en la primera parte, sino también en el terreno de la guerra hace trampas doña Karen, pues lo cierto es que ninguna, absolutamente ninguna guerra se produce por una sola causa, sino que en todas ellas existen distintas motivaciones, que van desde la política, la economía, la religión y hasta mismamente el odio. Pero lo que hay que ver es cual es el motivo predominante y es indudable que a lo largo de la historia son numerosos los conflictos bélicos originados por y para la religión.

Imágenes.- Internet.

jueves, 1 de septiembre de 2022

LAS SECUELAS DE LA INQUISICIÓN

Su reino no es de este mundo, no paran de repetirlo, pero la voracidad y la codicia eclesiásticas no tienen límite. Con el cinismo y la habilidad que la caracterizan la Iglesia católica se ha apropiado a lo largo de los últimos años de más de treinta y cinco mil bienes inmobiliarios urbanos y rústicos que jamás fueron suyos, incluidos monumentos como la Mezquita de Córdoba, una apropiación legal, pero ellos saben que ilegítima.
Esta voracidad no es nueva, sino que se ha ido desarrollando a lo largo de la historia, y no se queda únicamente en España, sino que se extiende a todos los lugares del planeta a los que llegan sus tentáculos. Pero centrándonos en España y sin remontarnos demasiado, en 1701, tras la muerte de Carlos II y la llegada de Felipe V, el primer Borbón, el irlandés Tobías Boureck, representante del fugaz pretendiente al trono español Jacobo de Inglaterra, cuenta textualmente lo siguiente: "El clero constituye por lo menos un tercio de este reino, y el tercio más poderoso. Los religiosos tienen la mayor parte de la riqueza del país en sus manos y, si alguna vez llega a haber un levantamiento en España serán ellos quienes, por consideraciones puramente temporales les proporcionen los medio necesarios. El gobierno presente no tiene enemigos más peligrosos que ellos." (Tremenda premonición que, entre otras ocasiones, se cumpliría en el levantamiento de 1808 contra los franceses, o en el golpe militar de 1936 contra el gobierno de la República, contra la que el clero conspiró desde el minuto uno de su instauración.)
Pero la organización verdaderamente voraz dentro del clero fue la Inquisición, organismo represivo católico que estuvo funcionando en España desde 1478 a 1833, nada menos que 355 años y que, si en un principio se dedicó a perseguir herejes, pronto se enseñoreaba del país persiguiendo con cualquier excusa a todo el que se atrevía a alzar la voz por leve que fuera contra la organización, contra los privilegios de la Iglesia o a favor del más mínimo cambio en la organización política, social o económica del territorio.
De la Inquisición se han estudiado más o menos a fondo sus métodos, brutales; su organización; su modus operandi para apoderarse de los bienes de los condenados. Lo que no se ha estudiado aún y, a mi juicio es, quizás, lo más importante, es el sufrimiento no sólo de sus víctimas directas, sino de buena parte de los españoles, así como la huella que dejó en el país y en el modo de ser de sus habitantes. Una organización tan poderosa, presente en todos los estratos sociales, con el mismo afán insaciable de sangre que de bienes materiales, que además actúa durante tanto tiempo, no pasa por un territorio sin dejar en él una profunda huella.
La Inquisición implantó la fiscalización generalizada de los españoles entre sí, fiscalización que no se limitaba a la vida pública, sino que penetraba con el mismo rigor en la privada, introduciéndose hasta el último rincón de las casas. Ay, por ejemplo de los que nunca empleaban en sus cocinas los productos del cerdo, porque eso significaba que eran judaizantes, un delito feroz que la Inquisición perseguía con especial saña. Unos a otros se fiscalizaban los vestidos, los comportamientos y hasta el modo más o menos cordial de saludar. Los españoles dejaron de tener vida propiamente privada, porque hasta el pensamiento propio era peligroso y, desde luego, por diversas razones, había que tener infinito cuidado con las confidencias. 
Blanco White (1775-1841), uno de los españoles más honrados de su tiempo, contaba en sus memorias que cuando empezó a tener dudas acerca de los dogmas católicos, no podía hacer partícipe de ellas ni siquiera a su madre, porque, de hacerla, ésta estaba obligada a denunciarlo a la Inquisición, no sólo bajo pena de pecado, sino de complicidad con su hijo, si, por el camino que fuera, llegaba tal confidencia a oídos de la Inquisición.
Tal fiscalización a lo largo de tanto tiempo se tradujo en un celo desmesurado por preservar la vida íntima. Todavía hoy, a los españoles en general nos cuesta no poco presentarnos, dar nuestro nombre, como hacen, por ejemplo, los norteamericanos a las primeras de cambio, nos cuesta franquear la entrada de nuestra casa, incluso entrar en la ajena cuando nos invitan a hacerlo.
El temible organismo creó toda una espesa red de espionaje que se extendía por todo el país. Los espías recibían el curioso nombre de familiares, que denunciaban no sólo las sospechas de herejía, sino todo tipo de insignificancias y hasta de imbecilidades que, no obstante, en la mayoría de las ocasiones servían para armar un caso e iniciar un procedimiento. El cargo de familiar, que en un principio fue ocupado por personar de baja extracción, debido a que era despreciado, precisamente por su carácter de chivato, con el paso de no mucho tiempo y gracias a la importancia que los inquisidores daban a sus pesquisas, ganó tal relevancia, que no tardaron en ocuparlo personas incluso de la nobleza.
Pero la Inquisición hizo todavía algo peor: dividió a los españoles en dos categorías: cristianos viejos y cristianos nuevos, dando lugar a la aparición de la miserablemente célebre limpieza de sangre, de manera que por las venas del cristiano viejo corría sangre purísima, mientras el sistema circulatorio del cristiano nuevo era poco menos que un albañal. Influidos no poco por la Iglesia, los Reyes Católicos, tan unánimemente aplaudidos por los historiadores, le ofrecieron a los numerosos judíos que existían en el reino la alternativa de conversión o expulsión. La mayoría salieron de España entonces, pero no pocos optaron por la conversión. Casi un siglo antes y después de la encerrona de Tortosa (los historiadoras la llaman Disputa, cuando allí no hubo nada que disputar), Vicente Ferrer, el valenciano, no el de la India, había conseguido con todo tipo de triquiñuelas, artimañas y, sobre todo, amenazas, la conversión contaban que de numerosos judíos.
Bien, pues para la autoridades religiosas, para los católicos de toda la vida y para la Inquisición, con la conversión no bastaba: el judío era siempre judío y, aunque el cristianismo predicase el amor y el perdón, incluso de los enemigos, al judío converso, o cristiano nuevo, había que cortarle las alas y tenerlo bien controlado hasta la vigesimotercera generación, por lo menos. Una situación que, dado que el cristiano viejo no se distinguía en nada del cristiano nuevo, abocaba a los españoles de entonces a hacer malabarismos para demostrar que entre sus antepasados no había ningún judío.
Cuando en 1716 la Inquisición le imputa a Melchor Macanaz ascendencia judía, este se remontó nada menos que catorce generaciones para demostrar la pureza de su sangre, nombrando antepasados ilustres, como Damián Macanaz, que participó en la batalla de Lepanto y Ginés Macanaz, capitán del ejército, defensor de Tarragona en 1641. El abate Jean Vayrac (1664-1734), que viajó por España dejó el siguiente testimonio escrito: "No existe ni un triste aldeano que no traiga siempre su genealogía y que no se esfuerce por convencer a todo el mundo de que desciende en línea recta de los godos que ayudaron a Pelayo a echar a los moros de Castilla la Vieja."
La exigencia de la limpieza de sangre, produjo el afán por la nobleza de la estirpe, por la hidalguía, es decir, por la pertenencia a una clase que rehuía el trabajo, la dedicación al comercio o a la industria, consideradas profesiones viles que sólo podían ejercer las clases inferiores o, lo que era lo mismo, los cristianos nuevos, motivo por el que los que a ellas se dedicaban resultaban también para la Inquisición sospechosos de judaísmo. La de la hidalguía fue una auténtica plaga que cayó sobre nuestro país, por distintas razones, entre las que sobresale la existencia de la Inquisición, porque, aunque a la hora de acusar, esta no discriminaba a nadie, la hidalguía, en principio, constituía un buen salvoconducto ante posibles sospechas, más aún si iba acompañada de la ociosidad. Por toda España se multiplicaban los hidalgos que se morían de hambre antes que ejercer cualquiera de aquellos oficios. Cervantes hizo de ellos una síntesis magistral en la figura de su Don Quijote.


Imágenes de Internet. Para alegrar un poquito la vista, dada la poca gracia del tema.

sábado, 27 de agosto de 2022

DE CÓMO ASESINÉ A LA ROMANA



Yo me enamoré del teatro a los nueve años de edad. Fue un flechazo en toda regla. Una sombría tarde de otoño, en el teatro del colegio de los salesianos de Córdoba, hoy sede del Teatro Avanti. No puedo recordar el título de la obra que se desarrollaba en el escenario y, claro es, tampoco su autor. Creo que se trataba de El cardenal. En todo caso, era un montaje del grupo de teatro de la Asociación de Antiguos Alumnos del colegio. El patio de butacas estaba a rebosar de alumnos. Pero yo, no sé por qué, me encontraba en el anfiteatro, junto a sólo un pequeño grupito de compañeros. Me fascinó, sobre todo, la iluminación del escenario en medio de la oscuridad absoluta de la sala, luces de distintos colores que se encendían o se apagaban acentuando o difuminando  los distintos momentos de la obra y, bajo ellas, los personajes deambulando en sus trajes de época, principios del siglo XX, sosteniendo entre ellos diálogos que ni entendía ni falta que me hacía, pura magia para mi, que me permitió vivir uno de los momentos más gratos e intensos de mi estancia en el colegio.
La afición a la lectura era anterior. Tengo para mí que nací con ella. A los cuatro años ya leía el periódico y todos los letreros de las tiendas que veía en la calle, sin enterarme de casi nada, por supuesto. Me enseñó mi padre, que leía mucho, sobre todo en la cama, con su casi perpetuo cigarrillo entre los dedos, pero sólo novelas del oeste, de aquellas de Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane y otros por el estilo. Estas constituyeron también mis primeras lecturas. Las leía a escondidas, algún día contaré por qué. Mas llegó un día en que me cansé de ellas: eran todas iguales. No sé cómo mi padre podía leer una tras otra sin cansarse ni aburrirse.
En una casa humilde en la que faltaba casi de todo, un buen refugio para mí, aunque mucho más adelante, fue la Enciclopedia Pulga. Gracias a ella descubrí a Julio Verne, Salgari, Stevenson, Poe, etc. Me hice de dos ejemplares y luego los iba cambiando por una perra gorda en un local de tebeos y de novelas del oeste y del FBI que había casi al lado de mi casa y que tenía decenas de ejemplares de esta colección.
Mi adolescencia transcurrió en su mayor parte en una guerra permanente entre la naturaleza y la religión. La naturaleza me empujaba a descubrir mi cuerpo, a conocerlo, a disfrutar del placer que podía proporcionarme, en una palabra, me empujaba a masturbarme, cosa que, por temporadas, practicaba casi a diario con exquisita fruición. La religión, por su parte, tiraba de mí, desgarrándome, hacia una antinatural e imposible castidad, cuya exigencia me habían imbuido los santos padres del colegio, señalándomela como el único camino para llegar a ser un hombre de provecho y, lo que era mucho más importante, para conseguir la salvación eterna en la otra vida. Fue una lucha titánica, con episodios que me llenaban de euforia seguidos de otros que me hundían en la más amarga desesperación.
Hacia los catorce años, no recuerdo cómo, cayó en mis manos un libro inolvidable: La Romana, de Alberto Moravia. ¡Madre de Dios, cómo narraba el bueno de Pincherle! ¡Qué verismo! ¡Y que escenas tan eróticas y tan... tan... tan magníficas! Bendito Onán que estás en el paraíso, ni gallardas que me eché yo a costa de la pobre Adriana. Aquel buscándonos las carnes, de la  protagonista con su noviete o con uno de sus clientes, no recuerdo, me ponía como un soldado romano a punto de entrar en combate. Que me perdone don Alberto, pero una vez tras otra volvía a aquel libro buscando únicamente las escenas subidas de tono y siempre con el mismo propósito.
Llevaba sólo unos meses con aquel libro cuando subí por primera vez a un escenario. Fue también en los salesianos. Un domingo de primavera, a primeras horas de la tarde. Me escogió uno de aquellos benditos padres para hacer nada menos que de Santo Domingo Savio, el protagonista de una de aquellas obras educativas de la Galería Dramática Salesiana. En síntesis, la obrita contaba cómo un grupete de niños se hacía con una revistas de mujeres ligeras de ropa y cómo Dominguito Savio que, según contaban no se había masturbado ni siquiera una vez en su vida, los descubría, se apoderaba de las revista y las destruía, después de haber conseguido el acuerdo de los chavales, a los que les había largado una sentida plática acerca de la pureza.
No sé cómo ocurrió. Quizás que, en mi inexperiencia, me metí demasiado en el papel. O acaso fueran los continuos sermones del cura en los ensayos, incluidas las consabidas amenazas ultraterrenales. El caso es que al terminar la representación sufrí uno de los ataques de remordimiento y de temor que me volvían del revés y me empujaban al arrepentimiento y a la expiación, de manera que corrí a mi casa, cogí la queridísima Romana de Moravia, que guardaba como un tesoro bien oculto a las miradas siempre inquisitivas de mi madre, me fui con ella a la orilla del río y allí, cayendo ya la tarde, entre lágrimas y suspiros, fui arrancando sus hojas y una a una arrojándolas al agua. Un asesinato en toda regla del que todavía no he terminado de arrepentirme.


domingo, 21 de agosto de 2022

SOBRE LOS ÁNGELES

 

¿Existen los ángeles? Si está pregunta se la hacemos a un creyente católico, a un judío o a un mahometano, nos responderán que sí, sin duda. Si la pregunta me la hubieran hecho a mí cuando era niño, hubiera contestado exactamente lo mismo. Ángel de la guarda, dulce compañía, no me abandones ni de noche ni de día. Que levanten la mano los que allá por los años cuarenta, cincuenta y mitad de los sesenta, por lo menos, no recitó esta invocación en ningún momento de su vida. En la habitación en la que dormíamos mi hermana y yo había un cuadro con una litografía de bajísima calidad, pero en la que se veía perfectamente un tenebroso paisaje con un puente en regular estado tendido sobre un abismo, en un extremo un niño empezando a cruzarlo y a su lado, casi sujetándolo por los hombros, un ángel andrógino, con una larga melena rubia, como de oro, y relamido hasta el cansancio. El mismo cuadro u otro semejante se encontraba en buena parte de los hogares españoles. ¡Cómo para negar su existencia!
Si la pregunta se le hubiéramos hecho a Pitita Ridruejo (1930-2019), no sólo nos habría contestado afirmativamente, sino que, seguidamente y sin solución de continuidad, nos habría largado una conferencia de no te menees en la que nos habría contado todo lo que se puede saber sobre estos seres invisibles e inefables. Nos habría dicho, ante todo, que los ángeles son espíritus puros. Nos habría contado que eran, como todo, creación divina y que allá por los tiempos de María Castaña (el que sepa quién era esta señora que nos lo cuente), todos vivían en paz y armonía, pero que cierto día un grupo de ellos, encabezado por el más bello de todos, Luzbel, hasta las mismas narices de soportar las perfectas inmovilidad e inmutabilidad del Gran Hacedor, se rebelaron contra él. El Gran Hacedor no movió ni un dedo, pero los ángeles fieles a Él, encabezados por Miguel, se enfrentaron a los rebeldes a los que derrotaron en descomunal batalla. Aquel fue un día terrible para el cielo, porque los derrotados fueron condenados al infierno, creado para ellos en aquel mismo momento. Pero, de rebote, fue también un día terrible para los seres humanos, quienes aún no habían sido creados, pero que cuando Dios los creara y los pusiera en el paraíso terrenal y, más tarde, los expulsará de él irían a parar a aquel mismo infierno todos los que no cumplieran sus mandamientos y, en su día, también los de su Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana.
Pitita Ridruejo nos contaría después que en el cielo hay tres estratos o esferas en las que se reparten los ángeles que ganaron aquella batalla. En la primera esfera, que es la más cercana al trono divino, están los Serafines, Querubines y Tronos; en la segunda están los gobernadores celestes: Dominaciones, Virtudes y Potestades; y en la tercera esfera, los mensajeros celestes: Principados, Arcángeles y Ángeles.
Ahora bien, el ángel más célebre de todos es, precisamente el de la guarda, que hemos mencionado al principio. Se sabe, porque se sabe, y si no Pitita Ridruejo, nos los habría asegurado, que cada persona, sea de la condición que sea, tenemos uno. Sin embargo, si es así, tendrá que haber una fábrica de ellos, aunque esto no nos habríamos atrevido a preguntárselo a doña Pitita, porque parecería que poníamos en duda sus historias; pero, no remontándonos mucho, si al principio del siglo XX éramos seis mil millones de habitantes en el planeta y hoy somos ya ocho mil millones, con perspectiva de seguir creciendo, ¿de dónde proceden esos ángeles necesarios para atender a los nuevos seres humanos? No lo sabemos.
No obstante, que carezcamos de respuesta para esta pregunta no resta ni un ápice de popularidad al ángel de la guarda. Es un personaje tan habitual que hasta los politicos lo tienen. Por ejemplo, ahí está Fernández Díaz, un inmundo personaje, presuntísimo subjefe de las cloacas del Estado (el jefe, presunto, era un tal M. Rajoy, que todo el mundo sabe quién es menos los jueces españoles), esa especie de sabandija beatona, antaño golfo de discoteca y después golfo de la política, tiene también el suyo. Se llama Marcelo y el exministro habla con él y lo ayuda nada menos que a aparcar. Todo un portento.
Pero esto de los ángeles en la política no es nuevo. Nada menos que en 1701, recién llegado a España Felipe V, el Borbón, cuya dinastía sustituyó a la de los Austrias, nos enteramos de que algunas personas privilegiadas no cuentan con un ángel de la guarda, sino con dos. En efecto, nada menos que don Manuel Arias, Presidente del Consejo de Castilla y segunda autoridad del reino, le decía textualmente al nuevo monarca: "Los ministros y el mismo arzobispo de Toledo, tienen solamente un ángel de la guarda cada uno; los reyes tienen dos y uno de ellos preside el gobierno de sus Estados y es mucho mas hábil que el otro: el rey más mediocre es capaz de gobernar por medio de estos ángeles mejor que el mejor ministro." Una declaración que nos deja perplejos y con una enorme duda quemándonos los labios, pues, si la declaración del señor Arias es cierta, es posible que Carlos II, al que llamaron El hechizado, no estuviera el pobre medio tonto a causa de los cruces intrafamiliares, sino que mentes oscuras y manos malvadas, burlando a sus ángeles de la guarda, lo entontecieron para acabar con la dinastía. Y si esto fue así, ¿cabe dudar de que todo el complot lo hubiera organizado Luis XIV, el rey de Francia, abuelo de Felipe V, con el propósito de introducir su dinastía en España y ponerla a su servicio?
Sea como sea, menudo país el nuestro, ¿no? Porque si los ángeles existen, y dudarlo es cosa propia sólo de inmorales ateos, ya sabemos quien protegía al Emérito en sus fechorías para que nadie, ni políticos, ni periodistas, ni, muchos menos, fiscales y/o jueces, se percataran de ellas. Y, sin la menor duda, un ángel ha sido también el que le escribió al monarca actual la sentidísima rogativa dirigida a Santiago Matamoros en su catedral de Santiago de Compostela el pasado 25 de julio. Con ella, don Felipe VI le pedía al presunto apóstol que nos ayude a los españoles a encontrar certezas que sirvan de guía en nuestros caminos. Y también: "Los valores inmutables de la peregrinación nos guiarán de nuevo en la superación de las adversidades."
Sí, ha tenido que ser el ángel de la guarda, no sólo el que le ha escrito la rogativa, sino el que ha empujado al monarca a recitarla, porque de otra forma no se explica que el Jefe del Estado, un Estado aconfesional, y en su calidad de Jefe de Estado, se pase olímpicamente por la entrepierna la Constitución que recoge dicha aconfesionalidad, además, en un templo católico. ¡Y que a nadie, ni al Tato, se le ocurra, por lo menos, protestar!

P.S. Las negritas son de quien escribe.
Las imágenes son de internet

miércoles, 17 de agosto de 2022

SALVADO POR LA CAMPANA

Por encima de dogmas y de creencias, el catolicismo es una religión de pecado y de perdón. A diferencia de la mayoría, por no decir de la totalidad de las demás religiones, que tienen como objetivo declarado el perfeccionamiento de sus fieles a través de las prácticas piadosas, el catolicismo no es que rechace la consecución de la virtud, sino que el practicante católico puede ser más malo que un dolor de muelas que tal circunstancia carece de verdadera importancia. O, dicho más claramente, usted puede pecar y pecar tanto como quiera, siempre que cada vez que peque se acerque al confesionario, le cuente su pecado al sacerdote de turno y listo, lavado y suavizado como la mejor de sus prendas de cama o de vestir.
"¿Y cuántas veces debemos perdonar, Maestro, siete?"
"No te digo yo siete, sino setenta veces siete."
De esta manera, el evangelista pone en boca de Jesús la creación del pasaporte para el pecado, pues el setenta veces siete no quiere decir cuatrocientos noventa, que es el resultado de la operación, sino las veces que sea necesario. Al menos, así lo ha interpretado la Iglesia. Pero tanto y tanto perdón ¿qué es en el fondo sino una invitación a pecar? Pues si una y otra vez se te perdonan tus fechorías, que, además, suelen ser las mismas, ¿qué estímulo tienes para dejar de practicarlas?
Hay que señalar, no obstante, que el perdón de los pecados tiene como premisa cinco condiciones: examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Estas cinco condiciones me las hicieron aprender de memoria en las clases que llamaban de religión, pero que ayer, como hoy, eran y son de catequesis. Y se me quedaron tan adentro que las recuerdo como si las estuviera recitando en este momento ante el cura de turno.
La Iglesia, que lo tiene todo minuciosamente catalogado y puntualizado, explica que el dolor de corazón es en realidad arrepentimiento del pecado y que este admite dos formas la atricción y la contricción. La primera es el arrepentimiento por temor a las penas que te pueden caer en la otra vida, al infierno, concretamente; la segunda, mucho más valiosa, define el arrepentimiento por amor de Dios.
Pero la doctrina del pecado, ellos la llaman teología, para darle cierto sabor científico, no termina en el perdón. La Iglesia sostiene dogmáticamente que quien muere en pecado mortal va directamente al infierno. Ni de veces que de niño los sacerdotes nos acojonaban literalmente al advertirnos con sus expresiones más sofisticadas que si, una vez acostados, pecábamos, y a qué pecado se referían ya lo sabíamos todos, y moríamos durante el sueño no tendríamos salvación, al fuego por toda la eternidad (lo que les ha gustado siempre a estos caballeros el fuego, han sido y son 
auténticos pirómanos)
Morir en pecado mortal. Qué expresión tan sencilla, tan clara y tan directa, ¿no? Pues más allá de su sencillez esta frase esconde tras ella una de las hipocresías más potentes de la Iglesia católica, organización que en esta materia es difícil de superar. ¿Y en qué consiste esa hipocresía? Verá: usted puede llevar una vida de rectitud incluso hasta el heroísmo; usted puede cumplir hasta la extenuación y hasta con riesgo de la vida todos y cada uno de los mandamientos de la Ley de Dios y los de la Iglesia, puede ejercer exhaustivamente la caridad y practicar las obras de misericordia, usted puede vivir, en fin, entregado enteramente al amor de Dios y del prójimo, que si un mal día cae usted en la tentación y peca mortalmente y muere sin tiempo de obtener el perdón, usted va directamente al infierno. 
Ahora bien, usted puede ser a lo largo de su vida el mayor crápula de la historia, puede ser un asesino en serie, un violador, un genocida, en una palabra, puede ser un pecador con toda la batería de pecados posibles a sus espaldas que si un día se arrepiente, se confiesa, obtiene la absolución y, seguidamente, muere, su destino no es otro que el cielo. Es decir, que usted resulta salvado por la campana, exactamente igual que en esa salvajada del boxeo un púgil se salva del KO cuando, un instante antes de caer, suena la campana que anuncia el fin del combate.
Sin embargo, como, aparte de hipócrita, esta doctrina es de una brutalidad insuperable, pues no se acumulan méritos ni se tiene en cuenta el sacrificio de toda una vida, sino que el premio o el castigo dependen de la fotografía de un sólo momento, la Iglesia inventó el purgatorio, lugar que no figura ni como metáfora ni como alegoría en ningún sitio del Antiguo o del Nuevo Testamentos. En el desarrollo de la teología del pecado, llegó a la conclusión de que, aunque la absolución del sacerdote concede el perdón del pecado, éste deja en el alma huellas o cicatrices con las cuales no se pueden entrar en el cielo, lugar de absolutas limpieza y perfección. El purgatorio es entonces, como su nombre indica, el lugar en el que se limpian esas manchas y se eliminan las cicatrices. ¿Y cómo se eliminan? Pues cómo va a ser: exactamente, con fuego. ¡Lo mismo que en el infierno! Sólo que aquí el sufrimiento es temporal y se hace más llevadero al conservar la esperanza de salir de él.
 
Imágenes de Córdoba, propias:
1.- Jardines Campo de la Merced
2.- Patio Calle Frailes
3.- Patio calle Isabel II
4.- Patio calle Maese Luis

martes, 9 de agosto de 2022

PROHIBIDO DUDAR

Cuando yo era niño, ¡madre mía!, ¿cuándo fue eso?, preparándonos para la primera comunión, el párroco de San Pedro, don Julián Caballero nos contó una historia que, en nuestra insignificancia de entonces, nos llenó de pavor. Como además nos la contó con su voz más potente y cavernosa, aquella tarde salimos del templo con los congojos completamente atravesados en el gaznate.
Era dos amigos, llamémosles Felipe y Amadeo, ya adultos que conservaban su amistad desde la primera infancia. Cierto día, Amadeo le confesó a Felipe que tenía serias dudas de que Dios existiera, como le habían enseñado desde que eran niños, y de que existiera realmente otra vida después de la muerte. "A mi parecer", le dijo, "toda esa parafernalia que monta la religión es sólo teatro para domesticarnos y manejarnos a su antojo." Felipe, naturalmente protestó, señalándole a su amigo que sin Dios, el mundo, la vida, su amigo y él mismo carecían de explicación y, por supuesto, de sentido. 
Pero a Amadeo no se le disipaban las dudas. Muy al contrario, cada día dichas dudas se le iban transformando en la negación de la existencia de Dios. Pero poco antes de que su negación cristalizara y se tornara irreversible, Amadeo enfermó gravemente y, sintiendo que llegaba su última hora, hizo llamar a su amigo Felipe y cuando lo tuvo a su lado le dijo: "Felipe, me muero, ya lo ves, me voy al otro mundo. Te he llamado para decirte que si es verdad que hay Dios volveré a decírtelo." Y no bien hubo dicho estas palabras, expiró.
Pasó una semana, dos, tres. Felipe estaba seguro de que del otro lado de la muerte no había vuelto nunca nadie, salvo Jesús, por eso no le extrañaba que pasaran los días y Amadeo no regresara. 
Pero un día, justo cuando se cumplía el veintiuno de su muerte, a media noche, se escuchó en la habitación de Felipe un estruendo como si se hubiera caído un armario o hubieran tirado una piedra de buen tamaño por la ventana. Felipe despertó bruscamente y al abrir los ojos descubrió a los pies de su cama una figura negra y humeante, tan pavorosa que poco faltó para que sufriera un ataque al corazón. Pero entonces, "¡Feliiipeee! ¡Feliiipeee!", brotó de aquella horrorosa figura la voz que recordaba vagamente la de su amigo fallecido, "Soy Amadeoooo! Vengo a decirte que Dios existe y que yo estoy en el infierno para toda la eternidad por haber dudado de su existencia." Teníamos siete años y entonces no había televisión, ni radio en la mayoría de las casas, ni nada de nada.
Yo no sé en otras religiones, porque no soy un experto en religión comparada, pero en el catolicismo la simple duda es un pecado de tal calibre que, de morir con él, usted va directamente al infierno. Puede llevar una vida intachable, cumpliendo escrupulosamente todos los mandatos de la religión, incluso heroicamente y hasta, quizás con riesgo de su vida, que si en el último momento tiene la más mínima duda, ¡cataclás! de cabeza al infierno. Que religión tan chusca, ¿no?, incluso miserable. ¿Y qué clase de Dios es ese que a mí me predicaban de niño que te endosa un castigo eterno por una simple duda? La realidad es que, hábiles como son, sacerdotes y jerarcas lo único que persiguen es meterte bien metido el miedo en el cuerpo, sabedores de que el miedo que se adquiere de niño es si no imposible sí que muy difícil de erradicar.
Pero la duda está además tan duramente condenada, porque tras ella puede llegar y de hecho llega en muchas ocasiones la confirmación de que todo lo que te contaron no es más que un cuento para tenerte, como se dice, amarrado a los pies de la cama.
Tenía yo alrededor de catorce años y, pese al temor y todo lo demás, a mí me llevaban surgiendo dudas desde hacia bastante tiempo. Por aquel entonces, yo no pretendía alejarme de la Iglesia, sino encontrar respuestas. Y la encontré, la más formidable que hubieran podido darme. Durante un tiempo estuve preguntándome a quien plantearle aquella dudas y tras rechazar a don Julián, el párroco, a los padres de los salesianos en los que estudiaba, me acordé del coadjutor de mi parroquia, don Juan, un tipo cetrino y silencioso, gran fumador, que, aunque yo no lo sabía, vivía amancebado con la señora que, en teoría, le limpiaba la casa y le hacía la comida. Además de su silencio, aquel don Juan, que lo más que me decía era: "tú eres un niño zangolotino que se comió cuarenta kilos de pepinos." y que no tragaba a las beatas, hasta el punto de que les daba la comunión como si estuviera repartiendo cartas de mala leche, aquel don Juan era el mío. Así es que una mañana lo abordé en el atrio de la iglesia.
"Que mire usted, don Juan", empecé tímidamente. "Que yo es que tengo algunas dudas y me gustaría...."
No me dejó terminar.
"¿Dudas?", replicó si alterarse. "¡Dudas! Tú lo que tienes que hacer es rezar, verás como te desaparecen las dudas."
Y justo a partir de aquel momento me desaparecieron todas las dudas, vaya si me desaparecieron. Nunca más volví a dudar. Seguí acudiendo a la iglesia durante un tiempo, porque había que hacer el paripé, pero el catolicismo quedó para siempre fuera de mi vida.

Imágenes: Pinturas del cordobés Manuel Castillero