miércoles, 27 de mayo de 2026

UNA CONDENA PERVERSA

¡Por Dios, qué feo es!
Tal fue la exclamación de mi padre cuando me vio por primera vez. Yo estaba en una especie de capacho al lado de mi madre que, más que dormir, se encontraba prácticamente en coma, tal había sido su sufrimiento para ponerme en este mundo. Y, al final, ni siquiera me había parido, sino que habían terminado sacándome de su vientre con un fórceps.
Los médicos y los científicos, en general, están de acuerdo en que el problema que tienen las mujeres a la hora de parir se debe al hecho de que, cuando no éramos más que pitecántropos, se nos ocurrió ponernos de pie, lo que produjo un estrechamiento de la pelvis femenina a la par que una curvatura del canal del parto.
Para los creyentes, especialmente para los cristianos, tal explicación es una falacia, Ellos prefieren atenerse a lo que dice la Biblia, en cuyo primer libro, el Génesis, se cuenta que, tras morder Adán y Eva la manzana (ni siquiera llegaron a comérsela entera), Dios le dijo a la mujer: "Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos, con trabajo parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará."
¡Precioso! "El te dominará", es decir, por si no queda claro, el hombre, el varón, dominará a la mujer, la hembra. De esta condena cabe, en primer lugar, deducir dos conclusiones, no necesariamente contradictorias, una: que el tal Dios era un machista, pero machista de verdad; y dos: que esto lo escribió un hombre. De haberlo escrito una mujer, la declaración divina habría sido muy distinta. Y no digamos si lo hubiera escrito un homosexual pasivo. 
Claro que, tal y como está, también sirve para explicarnos, referido en este caso a la mujer, lo del imperativo categórico del eminente filósofo Inmanuel Kant, que, muy resumido, viene a decir algo así como: Estás en este mundo, ¿no?, pues te jodes y bailas.
Así se explica también que el Vaticano niegue a la mujer el acceso al sacerdocio. "Con la que tenemos montada con los pederastas y los homosexuales, no nos hace falta más que una mujer de cura", se cuenta que dijo uno de los últimos papas. "No señor", añadió, la mujer a casarse y a parir hijos, que bien clarito lo dice el Génesis." "Pero, Santidad, nuestros sacerdotes envejecen y mueren y no hay vocaciones suficientes para relevarlos", se atrevió a replicarle uno de los cardenales, dicen que del ala progresista. "Dios proveerá", respondió tajante el papa. "Como esperemos a que Dios provea...", rezongó el cardenal, aprovechando que el papa estaba empezando a quedarse sordo.
Pero hablando en serio, en esta truculenta historia, siempre queda fuera de ella el nasciturus, el bebé que está por nacer o naciendo. Ni Dios se acuerda de él. De acuerdo, aceptemos por un momento lo que dice la Biblia: la mujer mordió la dichosa manzana y por ello fue condenada a parir con dolor. Pero con esta condena Dios condenaba también al hijo que lleva en sus entrañas, un ser absolutamente inocente, que no ha tenido tiempo aún ni siquiera de levantar la voz. 
Porque, sí, la mujer sufre durante el parto. Y sufre mucho. Pero, ¿y el bebé? El bebé sufre tanto o más que ella: De repente, el saco amniótico en el que vivía feliz, como un pececillo sin depredadores, se rompe y una fuerza imperiosa que no puede controlar lo obliga a abandonar perentoriamente el refugio más confortable y seguro que tendrá en toda su vida. Entonces empieza un duro viaje a través de un túnel resbaladizo, que ni siquiera es recto, sino que presenta una pronunciada curva. El bebé avanza normalmente con la cabeza por delante, si "viene de pies", como se dice vulgarmente en la jerga médica, el viaje se complica y el sufrimiento del nuevo ser se acrecienta. Con la cabeza por delante, debe torcerla, tomando al mismo tiempo una postura lateral para que tras aquélla puedan pasar los hombros. El bebé no respira aún, sigue recibiendo el oxígeno a través de la sangre de la madre por el cordón umbilical. Pero este cordón puede ser un incordio, porque en algunos casos la nueva criatura se enrolla en él y corre el riesgo de que se interrumpa el suministro de oxígeno.
El avance sigue tras doblar la curva, las contracciones de la madre lo ayudan, pero también lo oprimen. Sin embargo, esta compresión permite al bebé a expulsar buena parte del líquido amniótico que saturaba sus pulmones, tiene que expulsarlo, naturalmente, por la boca, lo que supone un sufrimiento más. El líquido que no expulse se asumirá a través de los vasos sanguíneos y linfáticos.
Por fin, el bebé parece que llega al final del tunel, ya asoma la cabeza, poco depués asoman los hombros y ya puede decirse que el parto ha llegado a término. ¡Para la madre! A la nueva criatura aún le quedan que sufrir algunas experiencias nada agradables: lo primero que percibe es una luz, una luz que suele ser muy potente, la percibe incluso aunque llegue con los ojos cerrados. Al mismo tiempo, percibe y sufre la diferencia de presión entre el vientre materno y el exterior; tal diferencia impulsara el aire hacia sus pulmones y, casi siempre con llanto, su primer llanto, el bebé empezará a respirar autónomamente también por primera vez. Luego, con una demora de hasta tres o cuatro minutos, le cortarán el cordón umbilical, momento en el que entonces y sólo entonces el parto habrá concluído también para el nuevo ser.
Cuento el proceso con cierto detalle porque generalmente es algo que se estudia y se comenta después asépticamente, como si se estuviera hablando de un juego o de algo así como labrar un huerto para plantar cebollinos y lo que venga. Y sin embargo, no es difícil imaginar la "angustia", puesta entre tantas comillas como se quiera, que debe sufrir el bebé, la angustia que hemos sufrido todos, porque todos hemos pasado por el mismo trance. Pues bien, de todo este sufrimiento gratuito, absolutamente innecesario e inicuo no dicen nada los cristianos, ni el papa, ni los cardenales, ni el presidente de la Conferencia Episcopal, ni San Agustín, ni Tertuliano, ni Tomás de Aquino, ni ninguno de los filósofos creyentes o no creyentes. ¡Nadie! Seguramente, los creyentes callan porque si el mecanismo de nacer lo ha instituido Dios, no cabe duda alguna de que se trata de una condena perversa, la condena de un auténtico sádico, que quiere ver sufrir a sus criaturas desde antes incluso de su nacimiento. 
Por mi parte, tengo para mí que el trauma es de tal calibre y se nos queda grabado tan profundamente en la memoria que, aunque no lo recordemos a lo largo de nuestra vida, a la hora de morir, cuando la apoxia se va apoderando de nuestro cerebro, el recuerdo aflora súbitamente y volvemos a ver un túnel semejante a aquel por el que llegamos a este mundo, junto con una luz idéntica a la que hirió nuestros ojos por primera vez.

viernes, 22 de mayo de 2026

EL CUARTO BORBÓN


El monarca
El cuarto de los Borbones que hasta el día de hoy han reinado en España fue Carlos IV (1748-1819), hijo de Carlos III. Este monarca tiene en su haber dos importantes debilidades, la primera de ellas consiste en que era imbécil. No imbécil como Carlos II, el último de los Austrias, cuya imbecilidad dio paso a los Borbones, sino tonto de nacimiento o falto de inteligencia. No lo digo yo, ni siquiera lo dicen los historiadores, se lo decía su propio padre: "Hijo mío, lo que es inteligencia no tienes ninguna" (¿No es este suficiente motivo para sobre la monarquía preferir la República? En ésta, el presidente, al ser por elección, es mucho más difícil que sea imbécil, pero si tal resultase el país se lo puede quitar de enmedio en las siguientes elecciones. Una monarquía, en cambio, es para toda la vida. Y no cabe duda de que un monarca imbécil tiene muchas posibilidades de engendrar un hijo imbécil también) No fue este último el caso de Carlos IV, porque su segunda debilidad fue engendrar no a un imbécil, sino al tipo más torcido, felón, traidor, mentiroso y cobarde que, rey o no, haya nacido nunca en España. 
Carlos IV creció casi sin madre, su educación estuvo exclusivamente en manos de clérigos quienes le inculcaron lo que la Iglesia no deja de inculcar en cuanto niño se pone a su alcance: el miedo al pecado y, por extensión, a las penas del infierno y a la condenación eterna. Esta educación no sólo no mejoró su imbecilidad, sino que la acentuó, de manera que, sin ser mala persona, era la menos adecuada para convertirse en rey y, mucho menos, en rey absolutista, como eran entonces.

La pareja
A los dieciséis años me lo casaron con su prima (cómo no iban a salir tontos los reyes con la pavorosa endogamia que se gastaban), María Teresa de Parma, que contaba sólo catorce años (entre esta gente la edad nunca ha sido un impedimento para hacer lo que les ha salido de la entrepierna). Con tan pocos añitos y la más que ñoña educación recibida por los dos se fueron ambos primos a la cama por primera vez. Y cuentan las crónicas que el matrimonio tardó exactamente un mes en consumarse. Y eso que María Luisa era bastante más espabilada que su marido, tanto que resultó pizpireta, coqueta y ligona, que diríamos hoy, hasta el punto de inquietar no a su maridito, sino a su suegro, Carlos III. No obstante, el matrimonio se llevó siempre bien; la indolencia de uno parte y la intrepidez de la otra se complementaban a la perfección. Ella estaba casi siempre embarazada y el marido con no preguntar de quien era la criatura, asunto arreglado. Aunque dicen los que de esto saben que hasta la fecha no se ha podido probar que ella le fuese alguna vez infiel.
Carlos IV accedió al trono español en 1888, un año antes de la Revolución Francesa. Era un tipo al que gobernar le daba náuseas, el prefería la caza y la carpintería (hubiera sido un gran carpintero, si hubiera nacido en la familia adecuada. ¡Cuántas veces no se equivoca el dedo de Dios!, ya que dicen que los reyes lo son por su gracia). Todos los asuntos del gobierno se los cedió a Manuel Godoy, su favorito y el de la reina, un plebeyo cuyo fulminante ascenso fue siempre muy criticado por el pueblo. En 1805, se produjo la batalla de Trafalgar, en la que los ingleses, al mando del almirante Nelson, liquidaron la armada española, que ya nunca volvería a recuperarse.
La familia al completo
En 1807, Manuel Godoy firma el Tratado de Fonteinebleau, por el que, con la excusa de pasar a Portugal, aliado de Inglaterra, los franceses invadieron España y en ella se quedaron. Carlos IV y su familia, acojonaítos porque veían que los franceses se quedaban en España, se trasladaron a Aranjuez, con la intención se seguir viaje hasta Cádiz y allí embarcar para América. Pero entre el 17 y el 19 de marzo de 1808 estalló el motín de Aranjuez, promovido por Fernando VII contra su padre. Fue el momento que aprovechó Napoleón para atraer a ambos individuos a Bayona. Aquí, ambos, padre e hijo, Carlos IV y Fernando VII, los dos, con los pantalones bien manchados por la parte de atrás, vendieron al Emperador francés el reino de España junto con la propiedad que ambos tenían de él, Carlos IV por la cantidad de treinta millones de reales de renta anual (unos setenta y siete millones de euros de hoy al año) y su hijito Fernado cuatro cientos mil francos en efectivo (de 12 a 15 millones de euros actuales) y seiscientos mil francos de renta anual (unos veinte millones de euros actuales al año)
Napoleón envió a Carlos IV al castillo de Compiègne, un lugar más bien siniestro, al norte del país, en el que el frío y la humedad agravaba la gota que sufría el monarca. Como no paraba de quejarse, el emperador francés aceptó su traslado a Marsella y, finalmente, a Roma, en cuyo Palacio Barberini se alojaron Carlos IV, su mujer y el insaparable Manuel Godoy. Aquí vivieron hasta la muerte de la reina (1818) y del rey (1819), prácticamente de la "caridad" del papa Pío VII, dado que las rentas prometidas por Napoleón se habían esfumado tras la caída de éste. 





miércoles, 13 de mayo de 2026

LA MADRE DE DIOS

En el principio era Gaia, la tierra viva, la madre paridora y sustentadora. En el principio no había más que la tierra sola, vacía, en un inabarcable amasijo de tinieblas.
Luego, el tiempo fue andando y andando, aparecieron los primeros seres animados, crecieron y evolucionaron, hasta que un día, en una cadena evolutiva impresionante, hizo su aparición el ser humano. Pronto, este nuevo ser advirtió que frente a su deplorable fragilidad se alzaba la energía, la durabilidad, la firmeza y la generosidad de la tierra, advirtió que era de ella de quien procedía y era a ella a la que volvía. Entonces, agradecido por sus frutos, que le permitía vivir en la abundancia, pero también espantado ante el descomunal poder de la tierra, el ser humano se humilló ante ella y procedió a adorarla. La tierra fue así la primera divinidad que reconoció el ser humano, una diosa, la diosa madre de todas las cosas.
El hombre, el varón, no había descubierto aún su participación en la generación de un nuevo individuo y la mujer, la hembra, engendradora y continuadora de la vida, tenía para él un carácter casi sagrado. Prueba de ello son las estatuillas femeninas de enormes vientres, venus embarazadas que recibían culto tanto de mujeres como de hombres. Sin embargo, toda aquella marea predominantemente femenina concluyó bruscamente el mismo día en que el varón comprendió que su participación era fundamental para el nacimiento de los hijos. La revolución fue tan potente que la mujer pasó a ser un mero recipiente en el que maduraba el ser que en ella había depositado el varón.
De este modo, el culto a Gaia, a la madre tierra, fue sustituido por el culto a dioses masculinos de carácter solar, dioses viriles, duros, como el bíblico Yahvé, poco o nada compasivos, aunque en el caso de Yahvé, la propaganda bíblica así pretenda presentarlo. No obstante, había sido tanto el tiempo que la humanidad había adorado a la Tierra que, aunque derogada, su devoción no pudo ser eliminada del todo. Así lo prueban los cultos mistéricos con protagonismo enteramente femenino, que se practicaban en todo el Mediterráneo, uno de cuyos ejemplos puede ser el griego de Eleusis.
Es este el contexto en el que hace su aparición el cristianismo. Como una escisión del judaísmo, que no deja de ser, la nueva religión llevaba hasta el paroxismo la creencia en un solo Dios, no sólo absolutista y machista, como en el judaísmo, sino también universalista, esto es, que, al creerse la única religión verdadera, pretendía extenderse por toda la tierra entonces conocida, eliminando toda aquella amalgama de creencias y de ritos. No es otra la razón por la que, tras el edicto de Milán, emitido por el emperador Constatino en el 313 y, sobre todo, tras el concilio de Nicea del 325, los cristianos atacaron directamente a los templos, a las imágenes, a las que llamaron ídolos, y a los sacerdotes, llamados paganos.
Pero, sobre todo, la jerarquía cristiana atacó la creencia en la Diosa Madre, así como los cultos que la tenían como protagonista última. Es por ello que la Virgen María, madre de Cristo, es decir, Madre de Dios, es tan maltratada en los evangelios canónicos, los cuatro que de forma exclusiva fueron aceptados en el Concilio de Nicea. Es por eso que no se han encontrado más que un par de imágenes pintadas de María anteriores a este concilio y que los Padre de la Iglesia la mencionan sólo como de pasada y después de este concilio no existe culto alguno dirigido a María en el catolicismo dependiente de roma, el occidental.
Será en el siglo XI cuando bruscamente se produce una eclosión y, entre otros lugares, en España aparecen decenas de imágenes de la Virgen María en los lugares más inverosímiles, siempre en el campo, junto a árboles, cerca de fuentes o en sitios practicamente inaccesibles, imágenes que en la mayoría de los casos son localizadas de forma milagrosa por pastores, individuos que en tiempos de los griegos tuvieron la consideración de sagrados.
¿Qué ocurrió? ¿Cuáles son los motivos o la razón de tantas "apariciones"?. Algunos lo achacan a la poderosa personalidad de Bernardo de Claraval, gran devoto de María, de quien se dice que recibió leche de su pecho. ¿Pero es posible que un sólo hombre tuviera poder como para una extensión tan grande de imágenes saliendo bruscamente de la oscuridad? Otros piensan que la Diosa Madre siempre estuvo allí, si no de forma palpable, sí en el inconsciente colectivo.
la Iglesia ha argumentado, mintiendo una vez más, que el culto a la Virgen María existía desde siempre y refiriéndose en concreto a España sostiene como prueba de ese culto que las imágenes que aparecían eran las que los cristianos habían escondido a la llegada de los musulmanes. Pero lo cierto es que ninguna de esas imágenes ha podido datarse como anteriores al mismo siglo XI.
En cualquier caso, los viejos ídolos femeninos que, junto con los masculinos, la Iglesia se encargó de destruir, reaparecían ahora en forma de imágenes "encontradas". Así, la figura de la Virgen María se despliega desde entonces en decenas, si es que no en centenas de advocaciones diferentes, mostrando comparativamente una indudable semejanza con la egipcia Isis, la griega Démeter, y una cuantas más de diosas del panteón Mediterráneo. 
La iglesia afirma ahora que, a diferencia de egipcios, griegos y romanos, los devotos actuales de las distintas advocaciones marianas han sabido superar el culto "a la imagen por el culto superior al personaje." Pero cuando se observa la historia, se contemplan los exvotos localizados en los distintos santuarios construidos exprofeso para estas imágenes, no es difícil comprender que estamos ante una falsedad más y que lo que la gente venera es la imagen concreta existente en un lugar, distinta a la existente en otro lugar, y en muchas ocasiones enfrentadas entre sí.

Fuentes.-
             Las religiones en el mundo meditarráneo.- Henri-Charles Puech
                 La Iglesia y la vida religiosa en la Edad Media.- Eduardo Mitre
                 Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica.- Pepe Rodríguez
                 Las Máscaras de Dios.- Joseph Campbel
                 Historia de la Iglesia.- Llorca, Villoslada, Montalbán.

Imágenes.- Internet

lunes, 11 de mayo de 2026

EL VALOR DE LA X

En España estamos ahora mismo inmersos en la campaña del IRPF, Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, que grava los ingresos anuales de los españoles que los tienen. A la hora de cumplimentar los trámites, la normativa actual permite que el declarante destine parte de su impuesto a la Iglesia Católica o a Otros Fines Sociales, marcando con una X una u otra de las casillas o las dos del modelo correspondiente.
Voy a referirme exclusivamente a la X marcada para la Iglesia Católica, porque existen un par demalentendidos que conviene aclarar, aunque sea en una entrada de este modestísimo blog. 
Tal y como recoge el oportuno cuadradito en el que se inscribe la X, la aportación estatal se hace exclusivamente a la Iglesia Católica. Las demás confesiones que existen en España, que se guisan y se comen su mantenimiento con sus propios medios. 
Dicha aportación es actualmente del 0,7% de la cuota íntegra del contribuyente que ha marcado la X. En términos reales la aportación del Estado a la Iglesia en los tres últimos años ha sido la siguiente, en millones de euros:
                      2022.- 320,7
                      2023.- 382,4
                      2024.- 429,3
Aquí ocurre un hecho curioso: la cantidad no deja de crecer año tras año, mientras, como se detecta en las propias declaraciones, el número de contribuyentes que marcan la X es cada vez menor. Cómo se explica esta paradoja. Al parecer, muy fácil: Han disminuido los contribuyentes de rentas medias y bajas que marcan la X y han aumentado los de rentas altas y muy altas.
Pero dejando aparte esta cuestión, que no deja de ser una anécdota, lo realmente importante en este asunto es que para la persona que marca la casilla de la Iglesia el valor de la X es cero, o lo que es lo mismo, que NO PAGA NI MEDIO EURO MÁS que la persona que no la marca. Dicho de otro modo: que a la Iglesia Católica NO LA SOSTIENEN LOS CATÓLICOS, sino todos los españoles que pagan impuestos, católicos, fieles de otras confesiones o sencillamente ateos.
En efecto, la cantidad que recibe la Iglesia no sale exclusivamente del bolsillo de los católicos, sino que se detrae de la masa total de los ingresos del Estado por el IRPF. Es una cantidad que se entrega a una entidad de carácter realmente privado, por más vocación o pretensión de universalismo que tenga, cuyos miembros son sólo una parte de los españoles, sea lo grande que sea, y que, en consecuencia, deja de utilizarse para un montón de actividades en las que sí entrarían todos los españoles, como la construcción de colegios públicos, la contratación de médicos para la Seguridad Social, tan necesarios en este momento, etc. etc.
Es posible que haya católicos que crean de buena fe que con marcar la X en la casilla correspondiente están haciendo un esfuerzo personal para sostener a su Iglesia. Pero si lo creen debe ser porque no se han detenido ni medio segundo en considerar la cuestión, porque no creo que el nível cultural de los que marcan la citada casilla sea tan ínfimo como para no advertirlo.
La situación actual es, por encima de todo, completamente injusta. Y si la jerarquía eclesiástica creyera mínimamente en lo que predica sería la primera interesada en ponerle fin. Porque para que los católicos sostengan real y particularmente a su Iglesia no deberían marcar ninguna dichosa X, sino pagar una cuota específica, bien aprovechando la declaración del IRPF, como se hace en Alemania, o, mucho mejor, directamente, como se hace en un club de fútbol, por ejemplo, o con la suscripción a un periódico.


domingo, 10 de mayo de 2026

IMAGOLOGÍA

Tomo la palabreja del título, un espléndido neologismo, de la novela La inmortalidad, del escritor checo Milan Kundera (1929-2023). Se trata del título de un subcapítulo del libro, en el que el autor realiza una serie de comentarios acerca de la publicidad.
¡Ay, la publicidad!, me digo yo. Desde hace largo tiempo la publicidad domina enteramente el mundo. Prensa escrita, radio, televisión dejaron de ser medios informativos para convertirse en meros instrumentos publicitarios. Y hablo de la publicidad pura y dura, no la que puede mostrarse más o menos abiertamente en una noticia o en un artículo periodisticos, que también.
Hay una  novela del griego Petros Márkaris, El accionista mayoritario, en la que un loco, o eso es lo que se nos da a entender a los lectores, anuncia que si no dejan de emitirse anuncios publicitarios en los distintos medios de comunicación irá matando uno a uno a todos los que con ellos se relacionen hasta conseguir su objetivo. Y esto es lo que hace: mata en primer lugar a un famoso modelo que protagoniza distintos anuncios televisivos para una marca comercial. Como los anuncios siguen, el loco vuelve a matar.
Ahora los presidentes de los medios, especialmente los de televisión, ponen el grito en el cielo ante la policía y ante el Ministro del Interior, con el argumento, nada descabellado, desde luego, de que si la publicidad se para, Grecia entera se viene abajo. Tendrán que cerrar las agencias publicitarias, luego las cadenas de televisión, luego las radios, luego los periódicos. No se venderá de nada, por lo que una detrás de la otra irán cerrando las fábricas y el paro adquirirá caracteres apocalípticos. Naturalmente, el loco es atrapado, aunque después del cuarto asesinato, porque el mundo no puede parar.
El buen paño en el arca se vende, decían antaño los comerciantes. La frase tiene su enjundia, porque si por una cara dice exactamente que lo que tiene calidad no necesita de publicidad alguna para su venta, por la otra afirma que todo aquello que se publicita es falso, o bien, que la publicidad consiste esencialmente en una mentira.
En efecto, todo el que quiere venderte algo, una bicicleta, por ejemplo, podrá adornar su discurso con las imágenes o con las palabras más sugerentes y bellas, pero lo único que pretende es venderte la bicicleta. Con su venta no busca, aunque lo repita machaconamente, tu felicidad, tu bienestar o tu placer, lo único que busca es venderte la bicicleta. Y, dicho en sentido amplio: ¡trincar el importe de la venta! Las imágenes, las palabras, son solamente engañifas para mover tu ánimo, hasta que caes en el garlito.
Cuando hablo de publicidad no me circunscribo a objetos materiales. En este tipo de objetos, una vez hecha la venta, el vendedor se desentiende del comprador y ya no quiere saber nada él. Pero hay también elementos vendibles de tipo inmaterial, en los que, por sus características, sí que el vendedor busca la cautividad del comprador para que consuma su producto con regularidad. Una plataforma televisiva, un club de lo que sea forman parte de este conjunto de vendedores.
Objeto de venta inmaterial con cautividad incluida son actualmente las ideologías, encarnadas en los diferentes partidos políticos. A los representantes de éstos, los que les interesa sobre todo es tu voto en cuanta elección se vaya produciendo, circunstancia que buscan conseguir vendiéndote sus distintos programas políticos. En este sentido y sólo en él van orientados principalmente los discursos de los candidatos y toda la publicidad partidista. Claro es que el votante que se sienta cautivo de un partido es bien por su incultura, bien porque así lo quiere, pues, siendo el voto secreto, puede cambiar de partido o quedarse tranquilamente en su casa y no votar a ninguno.
Ahora, si hay algo inmaterial de verdad que esté a la venta es lo que vende la religión: el producto que ofrecen no lo ha visto jamás nadie; su silencio es pavoroso. Pero ahí lo tiene usted: captando compradores a los que mantiene permanentemente cautivos. En la religión católica, que es la que venimos sufriendo en este país, la captación de un nuevo socio empieza pronto, cuando éste tiene sólo ocho o diez días de vida. Y, según el dogma católico, se trata de una captación perpetua, puesto que el bautismo imprime carácter, esto es, marca el alma con una huella que no puede ser borrada con nada, ni siquiera con la apostasía. La Iglesia justifica la prontitud en otorgar el bautismo con mil triquiñuelas teológicas, pero la única razón verdadera, siempre según sus dogmas, es que, lo mismo que una res, una vez marcado, el individuo ya no puede dejar de ser cristiano.
Hoy, sin embargo, muchos de estos cautivos fuerzan su libertad alejándose de la Iglesia y negándose a bautizar a sus hijos. No siempre fue así; basta repasar ligeramente la historia para descubrir hasta qué punto ataba el bautismo. Es por ello que hoy los líderes católicos tienen que esforzarse más que en otras épocas para conseguir que el rebaño no se escape del redil. Pero también el papa, los obipos, los sacerdotes, con sus bellos, atronadores, amenazantes o dulcísimos discursos, lo que pretenden por encima de todo es venderte el artículo gracias al cual comen, exactamente los mismo que el publicista de un jabón de tocador o de la última pomada para las hemorroides.