viernes, 12 de julio de 2024

VÍRGENES CONSAGRADAS

El rechazo de la sexualidad es una de las características principales del cristianismo, más aún la de la mujer, a la que desde siempre le han pedido la conservación de su virginidad. No en vano, la religión cristiana hunde su primera raíz en una virgen, la judía María, que concibió y parió a Jesús sin pérdida, ni siquiera daño, del apreciadísimo himen. San Pablo aceptaba el matrimonio sólo para aquellos que podían abrasarse en el fuego del deseo y, en consecuencia, pecar, yendo con rameras y otras mujeres de mal vivir. (En este y en la mayoría de los asuntos de los que trata en sus epístolas, el gran difusor del cristianismo católico se dirige prácticamente siempre al hombre) San Jerónimo (340-420) aconsejaba a una matrona romana de elevada posición cómo debía ser la educación de su hija Paulita, consagrada a Cristo ya desde antes de su nacimiento.
Imagen de El Confidencial
Luego vinieron los conventos, comunidades de mujeres, teóricamente vírgenes, dedicadas a la oración, a la contemplación y a la penitencia. Pero al margen de los conventos, desde la época medieval y hasta bien avanzada la Edad Moderna se produjo en España el movimiento de las emparedadas, mujeres que sin ser monjas ni seguir regla alguna y sólo por amor a Cristo decidían encerrarse de por vida, generalmente solas, pero en algunos caso en grupo, en espacios estrechos y sin comunicación exterior, dedicadas enteramente a la oración y, por supuesto, con absoluta castidad. Bien cierto es que la Iglesia nunca vio con demasiado agrado este movimiento y muchas de aquellas, vamos a decir, piadosas mujeres tuvieron problemas con el obispo de su diócesis.
Este movimiento pasó. Sin embargo, cómo cambian los tiempos. La aparición de los anticonceptivos, así como en nuestro país el fin de la dictadura, liberalizó la sexualidad, principalmente, al liberar a la mujer de la servidumbre del embarazo no deseado (sigue habiéndolos, pero ahora, más que nada, por error o por dejación), circunstancia que restó y de qué manera importancia a la sacrosanta conservación del himen hasta el momento del matrimonio. La Iglesia, no obstante, aunque más comedidamente, sigue abogando por la castidad, ahí está manteniendo el celibato de sus sacerdotes, a pesar de los problemas ya constatados que aquél produce.
Imagen BBC
Ahora bien, dentro de esta eclosión de libertad sexual, si ahora, en pleno siglo XXI, uno de esos periodista callejeros que hacen preguntas al azar para determinados programa de televisión, preguntara si al día de hoy existen mujeres que dedican a Dios su castidad, todo el mundo contestaría que sí, que, aunque escasos en vocaciones autóctonas, ahí siguen en pie los conventos de monjas, devotas esposas de Cristo, muchas de ellas todavía en rigurosa clausura. Pero si el periodista añadiera que no se trata de monjas, sino de mujeres seglares que, al estilo de las antiguas emparedadas, deciden no ofrecer su vida, como hacían éstas, sino, exactamente, su virginidad, la respuesta, probablemente, sería un gesto de asombro y de incredulidad o, directamente, una carcajada.
¡Y no obstante, existen!
¿Ahora, en pleno siglo XXI?
Ahora y aquí mismo, en la tierra de María Santísima, en esta España nuestra que dicen tan liberal, tan laica y con una Justicia tan justa. ¡Qué tiempos! La Iglesia, a la que tan poca gracia le hacían aquellas emparedadas de antaño, porque no se sometían a regla alguna, consagra hoy a estas nuevas vírgenes, a veces, en pomposas ceremonias celebradas en las catedrales, sin necesidad de profesar en convento alguno ni el de realizar otro voto que el de su perpetua virginidad.
Conferencia Episcopal Venezuela
Y están aquí, entre nosotros, caminan por las calles, pasean por los parques, se entregan a su trabajo, participan en labores sociales ¡y son vírgenes! Unas ejercen de maestras, otras de médicos, otras son funcionarias municipales o estatales. Unas viven con sus padres, otras solas, otras comparten piso. Visten como cualquier mujer de hoy, alternan con sus amigos, no se apartan del mundo, uno de los enemigos clásicos del alma (los otros dos son el demonio y la carne), de modo que no es posible distinguirlas ni por su aspecto ni por sus vestidos. En lo único que se distinguen de las demás mujeres con las que nos cruzamos es en que, más allá de sus ocupaciones mundanas, ellas viven entregadas por completo a su Amante, un Amante perfecto, según creen, que les perforará el alma con el dardo de su amor, pero nunca, nunca les desgarrará su delicado humen, como acostumbramos a hacer los bestias de los amantes humanos.

domingo, 7 de julio de 2024

LA MUERTE ES UN ORGASMO CÓSMICO

Golondrina
Con diez u once años vi, creo recordar que en el cine Andalucía, de verano, la película
Los crímenes del museo de cera, sobradamente conocida. En ella hay una secuencia en la que la protagonista, tras descubrir que su amiga desaparecida es la figura que se exhibe en el museo, se enfrenta al director del mismo. La tensión sube rápidamente, hasta el punto de que en un momento ella le da al director un puñetazo en la cara y ésta salta en pedazos, porque se trata de una máscara de cerámica, dejando al descubierto un rostro quemado de horroroso aspecto. El impacto que me produjo aquella secuencia fue tan intenso que durante años, tres o cuatro, entraba en los lugares oscuros silbando o cantando del canguelo que llevaba encima.
El miedo puede mover montañas más altas que la fe, no hay más que ver, como han ofrecido ciertos documentales, la transformación que sufre una persona cuando se ve amenazada por el fuego, por ejemplo; puede hacernos enloquecer y entonces igual podemos arrojarnos por un precipicio que coger un cuchillo y salir a la calle repartiendo puñaladas. Pero estos son caso excepcionales, la realidad es que en prácticamente el cien por cien de las ocasiones el miedo paraliza y domestica.
¿Y todo esto a cuento de qué viene? Pues a que desde hace un tiempo no paramos de retroceder, no sólo en el ámbito de la política, sino en el de todos los campos de la actividad social. Y la raíz de ese retroceso no es otra que el miedo, inoculado groseramente por activistas de extrema derecha y neofascistas, pero también por ideólogos que se manifiestan con un lenguaje más elevado y, aparentemente neutral, y desde ángulos en principio alejados de la política e incluso de las preocupaciones diarias de la gente.
Jeff Dune
Hace poco más de una semana un tal Jeff Dune, doctor en física nuclear, al que no tengo le gusto de conocer, declaraba en una entrevista que le hacían en el periódico La Vanguardia que "hay pruebas abrumadoras de que nuestra conciencia, nuestra propia identidad, no son el resultado de la actividad de nuestras neuronas. Existimos más allá de los físico." Bien, ¿pero qué pruebas son esas que menciona el señor físico nuclear? El número de relatos de experiencias cercanas a la muerte. "El yo", añade el caballero, "no está limitado por el tiempo, las evidencias de que la consciencia no es el resultado de la forma física están ahí y a mí me lleva a afirmar que nuestra consciencia no depende de lo físico para su existencia." Es decir, que todas las pruebas reales que aporta el buen señor consisten en su apreciación personal. Pero lo interesante no es eso. ¿No sé si les suena  el recurso o la invocación de la consciencia? Si no les suena todavía, prosigamos de momento.
Hace tres o cuatro días, en el mismo periódico, entrevistaban a Enric de Benito, en esta caso, un eminente doctor en medicina que durante cincuenta años (hoy tiene setenta y cinco) ha sido médico de cuidados paliativos en los Hospitales Virgen de la Salud y Juan March, de Palma de Mallorca, y que actualmente da conferencias y cursos en la Universidad Ramon Llull, también en Palma de Mallorca y en distintas universidades del mundo. Es, además, autor de un libro, El niño que se enfadó con la muerte, que lleva cinco ediciones y cuyos derechos de autor el señor Benito destina a la Sociedad Española de Cuidados Paliativos.
Doctor Enric de Benito
En esta entrevista, que le hacen. igualmente, en la Vanguardia y que parece una redundancia de la anterior, aunque con matices ligeramente distintos, el eminente doctor va soltando perlas a cual más sorprendente. Así, por ejemplo, afirma que "igual que el nacer está bien organizado, el proceso de morir también." Y no sólo eso, sino que, añade don Enric: "el proceso fisiológico por el que pasa la madre está bellamente organizado para que el bebé pueda nacer y con la muerte pasa lo mismo." Yo no sé si alguna parturienta estará de acuerdo con esta afirmación, pero a mí, francamente, con el dolor que sufre la mujer, la sangre, los fluidos pegajosos y, a veces, hasta excrementos, un parto me parece muchas cosas antes que bello.
La afirmación siguiente es todavía más sorprendente, aunque a estas alturas pocas cosas puedan sorprendernos: "La muerte es un orgasmo cósmico, y yo lo sé porque lo he visto miles de vece. Yo no hablo de lo que no sé." Yo tampoco hablo de lo que no sé, pero he visto morir a varios familiares y si esas muertes son lo que dice el doctor, yo soy Capitán General de la Armada.
Pintura de Ferdinand Hodler
El señor de Benito asegura que no cree en nada, sabe. No va a misa ni le interesa nada de la religión, eso dice. Tampoco cree que el tiempo sea algo objetivo, sino que sólo existe en nuestra mente y afirma con aplastante rotundidad: "El sufrimiento no es más que rechazo de presente." Y tu te preguntas qué pensará de esto una persona con dolor crónico o con dolor permanente por la desaparición de un hijo o una hija, por ejemplo. Pero es que un poco más adelante, con un lenguaje tan campechano como el del emérito fugitivo: "Un hijo de puta es una persona mal informada de sí mismo. Lo que somos todos es belleza, verdad y bondad." Una afirmación que cuando echas una mirada alrededor no puedes menos de preguntarte: ¿pero con qué ojos mira el mundo el señor doctor?
Todo esto para llegar al fin a lo que de verdad le interesa y de lo que no ha dejado de hablar entre líneas desde el comienzo de la entrevista: la consciencia. Ésta es la que informa nuestra vida, un elemento inmaterial, autónomo, dentro pero al margen de nosotros, por tanto, imperecedero. ¿Les suena ya? 
La consciencia pirándoselas
El señor doctor y la totalidad de los que hoy tratan estos temas hablan, en realidad, del alma, la vieja alma absolutamente desprestigiada, a la que, para resucitarla sin producir rechazo, dan el nombre de consciencia, un elemento que constituye el núcleo del yo, para el que el proceso de morir, no la muerte, don Enric afirma que la muerte no existe, nos lleva a la plenitud y a la existencia eterna. "¡Por favor, dejen de sufrir tanto!, exclama el eminente médico, "estén tranquilos, no tengan miedo, palabreja ésta, la del miedo, que no falta jamás en charlas, conferencias, entrevistas y declaraciones de grandes entendidos en este asunto.
De ser yo la periodista, le habría preguntado a don Enric dónde estaba la consciencia antes de nuestro nacimiento. Se lo pregunté a uno que hacía un comentario sobre la entrevista. Esta fue su respuesta: "en otro plano, en una dimensión atemporal, mientras no estuviera encarnada en una vida terrenal como la presente.
Insistí: ¿Y cuándo entra en el cuerpo de un nuevo individuo, en el momento de la concepción o en el del nacimiento? No obtuve respuesta, ¿para qué?, si estaba ya todo meridianamente claro. 


miércoles, 3 de julio de 2024

LA ÉTICA DEL ARCHIVERO

Nieto Cumplido
Hace unos días, en Facebook, le censuraron a mi amigo Paco Muñoz la entrada de su blog Notas Cordobesas Una inscripción romana debajo de una baza de la ampliación de Almanzor. Motivo: comentar de pasada que al archivero de la catedral Manuel Nieto Cumplido le había salido un hijo, una noticia que confirmó la Cadena Ser el día 2 del presente mes de julio. Ese hijo fue fruto de una relación de varios años a partir de 1960 con una señora casada, cuando Nieto Cumplido fue párroco de la iglesia de Peñarroya (Córdoba). El niño habría nacido en 1963, aunque la señora se lo adjudicó al marido.
Para completar la catadura moral del que años más tarde llegaría a ser, en efecto, canónigo del cabildo catedralicio de Córdoba y archivero de la catedral, reproduzco la entrada que con el título de referencia publiqué en el antiguo El cuaderno escarlata, el 21 de noviembre de 2015, cuando el señor archivero aún estaba vivo. Aquí va:

En una entrevista publicada en el diario Córdoba el 6 de marzo de 2014, a la pregunta acerca del reconocimiento de las distintas culturas que se reflejan en el bien cultural que constituye la Mezquita-Catedral, causa, una de ellas, por la que la ONU reconoció al monumento cordobés como Patrimonio de la Humanidad, el entonces archivero de dicho templo respondía textualmente: "Los árabes salieron de Arabia con sus tiendas, y al llegar a Siria descubrieron el arte cristiano. Como no tenían otro arte, utilizaron el cristiano, entonces aquí todo lo que hay es arte nuestro.
El archivero mentía y lo hacía no por error o ignorancia, sino a sabiendas, es decir, cometiendo un pecado venial, si es que no, dada la trascendencia del asunto así como la importancia del monumento, un pecado mortal.
Tres cosas se aseguran los individuos que profesan en la vida religiosa dentro de la Iglesia Católica: las habichuelas, el colchón y el techo, tres elementos esenciales para la vida por los que los seglares en general han de luchar día tras día en la jungla mundana, sin que ninguno de ellos los tenga regularmente asegurados, por mucho empeño que pongan en la lucha. Ahora bien, la Iglesia Católica es una organización piramidal de invencible jerarquización, pero si uno está dispuesto a pasar por las horcas caudinas del superior y a dejar la personalidad propia en la puerta de la institución, se acabó el problema.
El archivero en su archivo
El archivero, que lo es desde 1973, ha manifestado en alguna que otra ocasión que el clero cordobés, más que obediente, es sumiso al obispo (diario Córdoba, 30-7-2003). Con esa capacidad de sumisión, que se encuentra muy por encima de su indudable capacidad intelectual, Manuel Nieto Cumplido supo moverse con exquisita habilidad en las, en ocasiones, tenebrosas aguas de la diócesis cordobesa hasta conseguir el puesto más conveniente para la satisfacción de sus inquietudes, que no son otras que la defensa, con verdad, con mentira y con lo que haga falta, de quien le proporciona los tres elementos de los que hablamos más arriba.
Los Estados, incluso los más herméticos, así como la práctica totalidad de las organizaciones humanas hacen públicos los documentos de sus archivos al cabo de un periodo de tiempo más o menos dilatado. Esto es así porque, públicos o privados, los archivos son, en último término, de todos, pues constituyen elementos principales para conocer nuestra historia. Haciendo gala de la egolatría y el secretismo que la caracterizan, la Iglesia Católica guarda celosamente su archivos, permitiendo el acceso únicamente a investigadores de su cuerda y haciendo públicos sólo aquellos documentos que le convienen para la defensa de sus intereses. El cabildo catedralicio cordobés no podía ser menos, de modo que el archivero ha convertido el archivo de la catedral en una trinchera a la que sólo tienen acceso él y aquellos que, no teniendo empacho en bailarle el agua, él considera convenientes.
El obispo Asenjo
En 1998, el gobierno de José María Aznar realizó una modificación de la ley hipotecaria, vigente desde la dictadura franquista, que convertía a los obispos del país en fedatarios públicos, de modo que con su sola fe podían registrar a nombre de la Iglesia bienes inmuebles y rústicos, de usos religioso o no, que hasta entonces tenían la consideración de públicos. De este modo, como se sabe, la Iglesia Católica se ha venido apoderando desde entonces no sólo de templos y ermitas, sino de terrenos, caminos y hasta de plazas públicas, como, por ejemplo, la del Pocito, en la barriada de la Fuensanta de la capital cordobesa. En 2006, valiéndose de esta ley, el obispo Juan José Asenjo registró en el Registro de la Propiedad de Córdoba la Mezquita-Catedral a nombre del obispado, por sólo treinta euros, curiosamente el mismo número de monedas que, según el evangelio, cobró Judas por traicionar a Jesús.
Desde la cesión de Fernando III a la Iglesia en 1236, el obispado cordobés ha pugnado en diversos momentos por desislamizar la Mezquita. En 1489, el obispo Iñigo Manrique destruyó cuatro tramos de la ampliación de al-Hakem II, el mejor espacio del oratorio musulmán, para construir una miserable nave gótica que se usó como capilla mayor o catedral cristiana. Posteriormente, en 1523, otro obispo Manrique, Alonso en este caso, desechó esa capilla para construir la actual catedral cristiana obras que se prolongarían durante dos siglos. Mientras tanto, se fueron construyendo numerosas capillas para enterramiento, generalmente, de nobles. No obstante, en ningún momento se intentó silenciar el mérito de la construcción islámica, ni siquiera quitarle importancia. Este trabajo se iniciaría tras el registro del edificio a nombre del obispado y, más concretamente, tras la llegada en 2010 del obispo Demetrio Fernández, quien anda empeñado hasta en borrar el nombre de Mezquita, dejando sólo el de catedral, exactamente, Santa Iglesia Catedral.
Pero hablábamos del archivero. La catadura ética de este individuo se pone de relieve ya en el título de su libro La persecución religiosa en Córdoba, 1931-1939. Él que, como va dicho, es un fino intelectual, sabe perfectamente que una persecución requiere un plan, un método, unas directrices y una ejecución, y aquí se asesinaron sacerdotes, sí, pero por grupos incontrolados de gente exasperada por la constante cercanía de éstos elementos a los caciques y señores poderosos de la provincia. También Franco mató sacerdotes que se mantuvieron al lado de la República y al señor archivero no se le ocurrió hablar de ello. Ahora que parece actualizarse otra vez el asunto del Estado laico y que buena parte de la población muestra su hartazgo por los abusivos privilegios de que goza la Iglesia, un buen número de fieles se sienten ofendidos y vuelven a traer a la palestra la por ellos llamada persecución. Y es que nadie como la Iglesia para hacerse pasar por víctima en cuanto siente la más mínima amenaza.
Primera Edición
En 1995, nuestro archivero publicó un monumental volumen con el título de La Mezquita-Catedral de Córdoba. Era el tiempo del obispo Javier Martínez Fernández, gran encubridor de pederastas, como quedó demostrado no hace tanto en su nuevo puesto de arzobispo de Granada. Aunque con algunas reticencias y racanerías, en este amplio trabajo el archivero acepta la enorme importancia artística, así como el genio derrochado por los agarenos cordobeses en la construcción de la Mezquita, una importancia que ha sido valorada a lo largo de la historia por infinidad de intelectuales, críticos e historiadores, desde los musulmanes al-Tazi (s.X), o Ibn Idari (s. XIV) hasta los europeos Ambrosio de Morales, Pedro de Salazar, Antonio Ponz, David Roberst, Pedro de Madrazo, Pascual Madoz, Jovellanos, Leví-Provençal, Henri Terrase, Gayangos o Manuel Ocaña, por mencionar algunos.
Esta obra tuvo un considerable éxito, agotándose rápidamente. Como existía una gran demanda de la misma, se hacía necesaria una segunda edición, pero ésta no se produjo hasta trece años más tarde, es decir, en 2008, una vez inscrita la Mezquita en el Registro de la Propiedad. Trece años de raro silencio editorial, si se tiene en cuenta que la edición estaba a cargo nada menos que de Cajasur. Un silencio que dio lugar a la propagación por los conventículos de la ciudad de rumores en los que se daba cuenta de auténticos navajeos a cuenta de envidias, vetos eclesiales y, sin duda, de la, a juicio de muchos, postura comedida y ecuánime del archivero en su estudio y descripción del monumento.
Segunda edición
En 2008 habían cambiado bastante los tiempos. La Mezquita ya era de la Iglesia y es probable que el archivero hubiera visto peligrar en aquellos rumores si no sus habichuelas, su colchón y su techo, sí su trinchera tan laboriosamente trabajada, de manera que algún arreglo había que hacerle al libro en esta segunda edición. El archivero empezó por modificar sustancialmente el título. Ya no se llamó La Mezquita-Catedral de Córdoba, como su había llamado siempre desde la conquista cristiana de la ciudad, sino La Catedral de Córdoba. A continuación, en una nueva y esplendorosa demostración de su catadura ética y como no era cosa de renovar a fondo el texto, por otra parte, casi meramente descriptivo, el archivero extrajo del saco de su bien adaptable conciencia un extenso prólogo en el que expuso las más aberrantes supercherías, embustes y tergiversaciones que historiador o estudioso alguno del arte haya imaginado nunca.
En este prólogo, toda la gloria constructiva del emirato, primero, y del califato, después, se va literalmente a hacer puñetas. Más aún, el edificio no tiene propiamente nada de musulmán, por más que fueran alarifes musulmanes los que lo construyeran. Fueron los materiales romanos los que dieron forma a la mezquita de Abd al-Rahmán I; más tarde fueron los bizantinos los que realizaron la ampliación de al-Hakem II, y, por fin, que todo tiene su fundamento en Grecia y en el arte cristiano. Y, para culminar el guisote, el señor archivero sostiene que la época musulmana no consistió más que un paréntesis en la historia cristiana de la ciudad, establecido entre la mítica basílica de San Vicente y la reaparición de los cristianos en 1236.
Arquería Mezquita 
Para comprobar cómo miente, a sabiendas, el archivero, basta un solo ejemplo entre los muchos que se podrían aducir. A diferencia de lo que ocurre en el cristianismo, en los oratorios islámicos se busca que los fieles vean directamente el mihrab. Ello exige que, en lugar de los gruesos pilares de los templos cristianos, se utilicen columnas lo más delgadas posible para sustentar la cubierta. Cuando se forman cuadrados o rectángulos con una columna en cada uno de sus vértices, como se hacía habitualmente, es necesario arriostrar estas columnas o de lo contrario no se sostienen adecuadamente, al encontrarse en un equilibrio muy frágil. Hasta la construcción del primer tramo de la actual Mezquita, que llevó a cabo Abd al-Rahmán I, las columnas se arriostraban mediante vigas de madera o barras de hierro. La genialidad del alarife que llevó a cabo este tramo consistió en sustituir estos elementos horizontales por arcos que van de una columna a otra, lo que, además de arriostrar bellísimamente las columnas, permite elevar considerablemente la altura de la edificación, incluso con la construcción de un nuevo arco sobre el primero que, prodigiosamente, viene a descansar también sobre la delicada columna. Qué más da que el arco existiera ya o que las columnas sean romanas, turcas o yugoslavas. Lo importante es la solución del problema, que es en lo que ha consistido siempre el arte, de manera especial la arquitectura.
El archivero, por supuesto, conoce esto mucho mejor que yo, que soy un modestísimo aficionado, pero miente porque lo que le interesa no es la plasmación de la verdad, sino la defensa de su Iglesia sea cual sea el medio que utilice. Seguramente, se ofendería mucho si llegara a leer esta entrada, como se ofenderá más de un fiel que quizás la lea. Al archivero no le haría falta, pero estos fieles no tienen más que consultar cualquier manual de arte para informarse adecuadamente al respecto.