Desde que no cierro bares y, por tanto, no me acuesto con las claras del día no puedo asegurar que se siga consumiendo, pero en aquellos tiempos de mi vida nocturna el bloody mary era una bebida bastante popular. Se trata de un cóctel ajustado a la siguiente fórmula:
45 ml de vodka
90 ml. de zumo de tomate
15 ml de zumo de limón recién estrujado
2 o 3 gotas de salsa Perrins
2 o 3 gotas de tabasco
una pizca de sal de apio y de pimienta.
Fue creado en 1921 por el barman francés Fernand Petiot, en el Harry's New York Bar de París.
El resultado es una bebida de un intenso color rojo, más bien chocante al paladar, pero que, según decían, iba muy bien en las resacas, aunque yo nunca tuve ocasión de comprobarlo. Su nombre significa en inglés María la Sangrienta y no tiene nada de casual y mucho menos de inocente, sino que, por el color tan rojo, tan de sangre, el barman se lo puso recordando a María Tudor, reina de Inglaterra e Irlanda entre 1553 y 1558, a la que sus súbditos apoderan precisamente Bloody Mary.
Yo soy de los convencidos (tengo para mí que no somos muchos) de que si las mujeres tomaran las riendas del poder que desde hace tantos siglos están en manos de los hombres, el mundo sería un lugar menos sucio, menos impuro y bastante más pácifico. Eso no quiere decir que no existan mujeres sanguinarias, incluso tanto o más que lo somos habitualmente los hombres. Una de estas mujeres fue María Tudor.
Hija de Enrique VIII de Inglaterra y de la española Catalina de Aragón, María nació el 18 de febrero de 1516. Tras la muerte de Enrique VIII, ocurrida el 28 de enero de 1547, ascendió al trono su hijo Eduardo VI. El nuevo rey tenía sólo nueve años, por lo que se estableció un Consejo de Regencia dirigido por su tío Edward Seymour, duque Somerset, Consejo que se aplicó a consolidar el anglicanismo y, por tanto, la separación de la iglesia de Inglaterra de la obediencia al papa. Sin embargo, Eduardo murió de tuberculosis con sólo quince años, lo que permitió el acceso al trono de María Tudor. La nueva reina tenía en aquel momento 37 años.
Un año más tarde se casó con su sobrino-nieto Felipe de Absburgo, futuro Felipe II de España, que entonces contaba sólo 27 años. La reina estaba enamoradísima del príncipe, pero Felipe se había casado con ella sólo con el propósito de restaurar el catolicismo en Iglaterra. No obstante, la pareja hizo vida marital, poniendo todo cuanto era necesario y más para conseguir descendencia. Pero los hados no estuvieron por la labor y todo lo más que consiguió la reina fueron dos pseudociesis, esto es, dos embarazos psicológicos.
Ahora bien, no fueron estos fracasos lo que la convirtieron en sanguinaria. Mujer muy culta y muy católica, cualidades que, como bien ejemplifica este caso, no ponen limites a la crueldad ni a la brutalidad, es decir a la maldad, desde el minuto uno de su reinado la principal obsesión de María consistió en reintegrar el reino a la órbita romana. Con este objetivo, se alzó lo mismo que un monstruo titánico y se llevó por delante sin juicio alguno a 280 protestantes, entre ellos a los obispos Hugh Latimer, Nicholas Ridlley, John Hooper, Robert Ferrer, y al arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer. También, entre otros menos renombrados, al teólogo y traductor de la Biblia al inglés, John Rogers. De las 280 víctimas, alrededor de cincuentas fueron mujeres, como Alice Drivers y Agnes Potten, todas ellas por negarse a asistir a la misa católica. Igualmente, a William Hunter, un muchacho de sólo 19 años, cuyo gravísimo delito consistía en negarse a abandonar la lectura de la Biblia.
Sólo la muerte de la reina puso fin a la carnicería, relatada puntualmente por John Foxe en su Libro de los Mártires, texto que, publicado en 1563, constituiría un monumental apoyo para la consolidación del protestantismo inglés y para el reinado de Isabel I, hija de Enrique VIII y Ana Bolena, proclamada la noche del 17 de noviembre de 1558, pocas horas después de la muerte de María.
Hace unas noches, en un bareto apropiado, en el que había sobre todo gente joven, le pedí al barman: "¿Me pone un bloody Mary?" El barman parpadeó repetidamente, arrugó el hociquito hasta convertirlo en una especie de pico de pato y exclamó: "¿Un quéeee?" "Nada, un J.B. Doble" Ahí comprobé que, al menos por estos lares, el bloody mari está, en efecto, pasado de moda. Lo mismo que yo.




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