sábado, 22 de agosto de 2026

¿ME PONE UN BLOODY MARY?

El bloody mary
Desde que no cierro bares y, por tanto, no me acuesto con las claras del día no puedo asegurar que se siga consumiendo, pero en aquellos tiempos de mi vida nocturna el bloody mary era una bebida bastante popular. Se trata de un cóctel ajustado a la siguiente fórmula:
                 45 ml de vodka
                 90 ml. de zumo de tomate
                 15 ml de zumo de limón recién estrujado
                 2 o 3 gotas de salsa Perrins
                 2 o 3 gotas de tabasco
                 una pizca de sal de apio y de pimienta.
Fue creado en 1921 por el barman francés Fernand Petiot, en el Harry's New York Bar de París. 
El resultado es una bebida de un intenso color rojo, más bien chocante al paladar, pero que, según decían, iba muy bien en las resacas, aunque yo nunca tuve ocasión de comprobarlo. Su nombre significa en inglés María la Sangrienta y no tiene nada de casual y mucho menos de inocente, sino que, por el color tan rojo, tan de sangre, el barman se lo puso recordando a María Tudor, reina de Inglaterra e Irlanda entre 1553 y 1558, a la que sus súbditos apoderan precisamente Bloody Mary.
María Tudor
Yo soy de los convencidos (tengo para mí que no somos muchos) de que si las mujeres tomaran las riendas del poder que desde hace tantos siglos están en manos de los hombres, el mundo sería un lugar menos sucio, menos impuro y bastante más pácifico. Eso no quiere decir que no existan mujeres sanguinarias, incluso tanto o más que lo somos habitualmente los hombres. Una de estas mujeres fue  María Tudor.
Hija de Enrique VIII de Inglaterra y de la española Catalina de Aragón, María nació el 18 de febrero de 1516. Tras la muerte de Enrique VIII, ocurrida el 28 de enero de 1547, ascendió al trono su hijo Eduardo VI. El nuevo rey tenía sólo nueve años, por lo que se estableció un Consejo de Regencia dirigido por su tío Edward Seymour, duque Somerset, Consejo que se aplicó a consolidar el anglicanismo y, por tanto, la separación de la iglesia de Inglaterra de la obediencia al papa. Sin embargo, Eduardo murió de tuberculosis con sólo quince años, lo que permitió el acceso al trono de María Tudor. La nueva reina tenía en aquel momento 37 años. 
Felipe de Absburgo
Un año más tarde se casó con su sobrino-nieto Felipe de Absburgo, futuro Felipe II de España, que entonces contaba sólo 27 años. La reina estaba enamoradísima del príncipe, pero Felipe se había casado con ella sólo con el propósito de restaurar el catolicismo en Iglaterra. No obstante, la pareja hizo vida marital, poniendo todo cuanto era necesario y más para conseguir descendencia. Pero los hados no estuvieron por la labor y todo lo más que consiguió la reina fueron dos pseudociesis, esto es, dos embarazos psicológicos.
Ahora bien, no fueron estos fracasos lo que la convirtieron en sanguinaria. Mujer muy culta y muy católica, cualidades que, como bien ejemplifica este caso, no ponen limites a la crueldad ni a la brutalidad, es decir a la maldad, desde el minuto uno de su reinado la principal obsesión de María consistió en reintegrar el reino a la órbita romana. Con este objetivo, se alzó lo mismo que un monstruo titánico y se llevó por delante sin juicio alguno a 280 protestantes, entre ellos a los obispos Hugh Latimer, Nicholas Ridlley, John Hooper, Robert Ferrer, y al arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer. También, entre otros menos renombrados, al teólogo y traductor de la Biblia al inglés, John Rogers. De las 280 víctimas, alrededor de cincuentas fueron mujeres, como Alice Drivers y Agnes Potten, todas ellas por negarse a asistir a la misa católica. Igualmente, a William Hunter, un muchacho de sólo 19 años, cuyo gravísimo delito consistía en negarse a abandonar la lectura de la Biblia.
Sólo la muerte de la reina puso fin a la carnicería, relatada puntualmente por John Foxe en su Libro de los Mártires, texto que, publicado en 1563, constituiría un monumental apoyo para la consolidación del protestantismo inglés y para el reinado de Isabel I, hija de Enrique VIII y Ana Bolena, proclamada la noche del 17 de noviembre de 1558, pocas horas después de la muerte de María.
Hace unas noches, en un bareto apropiado, en el que había sobre todo gente joven, le pedí al barman: "¿Me pone un bloody Mary?" El barman parpadeó repetidamente, arrugó el hociquito hasta convertirlo en una especie de pico de pato y exclamó: "¿Un quéeee?" "Nada, un J.B. Doble" Ahí comprobé que, al menos por estos lares, el bloody mary está, en efecto, pasado de moda. Lo mismo que yo.

jueves, 20 de agosto de 2026

LA ESPECIE HUMANA

Hace unos días, huroneando por youtube en busca de explicaciones sobre la teoría de cuerdas me topé con un podcast cuyo título rezaba: La especie humana no es de este planeta. Sonreí y pasé de largo, ni se me ocurrió entrar para ver, al menos, como se enfocaba el tema, no estoy ya para tonterías de semejante calibre, me dije.
Pero luego, a lo largo del día y de los días siguientes, el titulito no dejaba de tintinearme en la cabeza, de manera que cada vez me costaba más rechazarlo y olvidarme de él. Al fin, empecé a darle vueltas al asunto, a ver si analizándolo me dejaba tranquilo de una vez. Las obsesiones tienen eso: que empiezan casi sin advertirlo y, si no te enfrentas a ellas para ponerles freno, acaban ocupando por entero tu cabeza y tu tiempo.
Yo no creo en absoluto esa historia que corre por algunos mentideros de que unos extraterrestres manipularon el ADN de unos monos, de los cuales descendemos. O la otra, más estrambótica aún, según la cual somos seres venidos de otro planeta que acabamos estableciéndonos aquí como consecuencia de una avería irreparable del vehículo en el que llegamos, o porque éramos, eran nuestros antepasados, los supervivientes de un planeta que había perdido su capacidad para mantener la vida. Y, desde luego, la que al día de hoy resulta absolutamente increíble, incluso para un niño de ocho o diez años medianamente informado, es el cuentecito que aparece en el Génesis, el primer libro que figura en la Biblia.
Yo me sitúo en el marco de la evolución, no como creyente, sino porque se trata de un descubrimiento científico del que existen diversas y contundentes pruebas. En este marco, lo primero que cabe afirmar es que el ser humano es una especie animal, somos animales mamíferos que descendemos de forma natural y por mor de la evolución de una especie de primates que evolucionó por una mutación en su ADN motivada por cambios en el habitat de su época. Al día de hoy, esta afirmación es una perogrullada, sin embargo, son legión los que la niegan, no hay más que darse un breve paseo por las redes sociales o por más de una de las universidades norteamericanas.
Ahora bien, estoy convencido, y es una conclusión exclusivamente personal, de que tal mutación es idéntica a la que se produce en nuestro cuerpo cuando generamos un cáncer, es decir, estoy convencido de que la aparición del género homo que terminaría en el homo sapiens, o sea, en nosotros, los hombres y mujeres que ahora somos, no fue un progreso, sino un error evolutivo, el cáncer sin remedio que generó la naturaleza.
El ser humano es el único animal de nuestro planeta con autoconciencia y el único con la capacidad del lenguaje articulado. Ambas propiedades o cualidades, como se quiera, nos distingue del resto de los animales, incluidas las distintas especies de monos, que parecen ser los más evolucionados después de nosotros. Ahora bien, ¿tales cualidades nos permiten ser más inteligentes?
No cabe duda que, al día de hoy, parece que existe una diferencia abismal entre el ser humano y el resto de los animales en cuanto a inteligencia. Pero, ¿esta diferencia es real? Veamos: Si mi información es correcta, salvo la urraca, el ser humano es el único animal que acapara para sí más objetos y/o bienes de los que necesitará en toda su vida y aun en cientos de vidas que tuviera ocasión de vivir. Tal circunstancia lleva a que haya gente inmensamente rica, mientras la mayoría se pasa la vida lampando por un simple trozo de pan. 
La avaricia, el afán de poseer y de dominar es causa de que entre los seres humanos se produzcan enfrentamientos de unos grupos contra otros, enfrentamientos armados, guerras, que provocan la muerte de un buen número de los participantes y llevan la destrucción y el horror a los diferentes teatros de operaciones. Una situación absolutamente impensable entre las distintas especies de animales, sea cual sea la causa por la que se produzca el enfrentamiento.
Además de la avaricia, al ser humano lo dominan con facilidad el rencor, la envidia y la venganza. En las peleas de muchos machos de las especies animales para, por ejemplo, conseguir el favor de una hembra, el perdedor se retira sin sufrir animadversión ni afán alguno de venganza a causa de su derrota. Sin embargo, en el ser humano una simple discusión puede producir, y de hecho produce en muchas ocasiones, un enfado que no se diluye con el paso del tiempo sino que, por el contrario, crece con éste, de modo que el vencido en una discusión no dejará de desear toda clase de males al vencedor. Como minimo, le retirará la palabra sin importarle que en un instante se vaya al vertedero una amistad y hasta un amor de un montón de años. La envidia y la venganza, por su parte, pueden llevar al ser humano hasta al asesinato. De hecho, no pocos de los que se cometen lo son por cualquiera de estas dos inclinaciones.
Pero hay algo aún peor que es patrimonio exclusivo de nuestra especie: se trata de la destrucción del propio hábitat. Los animales son extraordinariamente cuidadosos con el territorio en el que viven. No son pocas las especies que incluso controlan su reproducción cuando su número crece en demasía de modo que amenace la dotación de alimento o cuando, por la causa que sea, una seguía, pongamos por caso, el alimento disminuye. Ante semejante circunstancia, las ciervas, por ejemplo, se tornan estériles hasta que la situación se normaliza.
El ser humano, sin embargo y en general, el propio habitat le importa literalmente un carajo, incluso aunque su destrucción ponga en riesgo su supervivencia. Durante unos años estuve yendo en verano a Carboneras, un pueblo costero de la provincia de Almería. Se llama así porque en otro tiempo allí se producía carbón vegetal. La industria se mantuvo hasta que acabaron con todos los árboles del territorio, hoy sólo hay matorrales resecos y escombreras y el pueblo, como media España, vive del turismo.
La historia se repite siempre, lo único que cambia son los medios técnicos con los que en cada momento cuentan las distintas sociedades humanas. En el siglo XX hubo dos guerras mundiales que produjeron daños incalculables, aunque la humanidad consiguió recuperarse de ellas. Con los medios de los que hoy disponermos, una tercera guerra mundial, que en los últimos tiempos parece más que probable, supondrá la destrucción prácticamente total de la vida humana. Una circunstancia que a la mayoría de los seres humanos parece traerles sin cuidado. Quizás, si esto ocurriera, el planeta acabaría agradeciéndolo, aunque si quedarán algunos seres humanos, andando el tiempo todo volvería a reproducirse, porque si en algo destaca verdaderamente el ser humano es en que no se arrepiente de sus errores ni escarmienta con sus consecuencias.



martes, 11 de agosto de 2026

EL PERRO Y YO

Anoche, aprovechando que había refrescado, estábamos mi amigo Ernesto Caraba y yo tomándonos una copa de vino bajo los frondosos plátanos de la cervecería Master cuando pasó una señora de mediana edad con un perro muy distinguido, quiero decir... era un vulgar perro de aguas, pero caminaba erguido, moviendo el cuerpo de tal modo que, más que de aguas, parecía un galgo afgano.
Quizás porque, cosa rara en mí, me quedé mirando al perro más que a la señora que lo llevaba, Ernesto me interpeló:
"¿Tú sabes cual es la diferencia fundamental entre ese perro y tú?"
"¡Claro! Que el tiene cuatro patas y yo dos", respondí
"Déjate de cachondeitos. Te lo preguntó en serio."
"Hombre, es que haces unas preguntas. La diferencia fundamental es que yo tengo razón y él no."
"¿Ves como te equivocas?", replicó Ernesto, enarcando las cejas y abriendo los ojos como si viera una aparición. "De algún modo, quizás embrionario, ese perro tiene también razón. La diferencia contigo es más simple y más inmediata y, no obstante, más significativa."
"Pues como no sea que a él lo mueve el celo y yo estoy caliente a todas horas..."
"Pero, ¿es que no puedes dejar de pensar en el sexo ni un instante?", replicó con su habitual seriedad Caraba, para el que el sexo ocupa un lugar secundario, después de la comida, de la bebida, de la charla con un amigo, de un paseo, de un viaje, etc. etc. "Si lo pensaras un momento, seguro que lo sabrías."
"Va, dímelo, si no es la razón, tampoco puede ser la inteligencia, así es que no sé lo que es, o lo que tú crees que es."
"La direncia fundamental", prorrumpió Ernesto casi solemne, "consiste en que él desconoce que va a morir y tú no. Es este hecho, en apariencia insignificante, el que nos distingue no sólo del perro, sino de todos los animales, incluido el elefante y algún otro que, aunque parecen tener alguna idea de la muerte, es a posteriori, es decir, cuando la muerte se ha llevado consigo a algún miembro de la manada."
Caraba dio un trago de su copa, miró hacia el fondo del jardín en el que jugaban unos niños pequeños y prosiguió:
"Si te detienes a pensarlo, observabarás que, a pesar de su insignificancia, es este hecho principalmente el que nos ha modelado como seres humanos, el que ha propiciado la creación de instituciones y organismos que rigen nuestra vida y la controlan por entero.   
"La primera de estas instituciones es la religión. En un mundo feroz en el que pequeños grupos humanos debían superar tremendos obstáculos para conseguir el alimento diario; en un mundo lleno de peligros, pero también de misterios aterradores -la tormenta. un volcán, un terremoto, un eclipse-, los seres humanos encontraron consuelo a su lamentable situación en la creencia de que la muerte no era el final de todo, de que, tras ésta, habría otra vida, esta sí, apacible e intemporal, es decir, eterna. 
"Es seguro que muchos de aquellos individuos soñarían con algún miembro del grupo recientemente fenecido, circunstancia que lo empujaría a creer que aquel miembro no había muerto realmente, sino que seguía vivo, aunque en otro lugar y de otro modo. De aquí a creer en seres superiores invisibles que habían creado el mundo y lo regían no había más que un paso y, en su deplorable ignorancia, el ser humano lo dio.
"Más tarde, algunos avispados incluso se permitieron escribir la historia de la "creación", una historia de la que más tarde aún se afirmaría que, aunque había sido escrita por hombres, por varones, había sido inspirada por Dios y consistía, por tanto, en una auténtica revelación divina. Y en ello estamos aún, tantos miles de años después, cuando ya sabemos que somos producto de la evolución y, aunque queda mucho por conocer, hemos desentrañado la práctica totalidad de los misterios que aterraban a nuestros antepasados."
Ernesto se detuvo, dirigiéndo su mirada hacia la mujer del perro, que, un poco más adelante, charlaba con un hombre, también con su perrito.
"Es una invasión", dijo, "no me cabe duda: en este país hay ya más perros de compañía que niños. El mundo no camina con los pies, ni con las manos, camina con las orejas." 

martes, 4 de agosto de 2026

LA VOLUNTAD DE DIOS

Fotografía de Bruno Barbey
Anda que llega hoy bueno a mi casa mi amigo Ernesto Caraba.
"¡Me cago en el juez!", grita nada más entrar.
"¿En cuál?", le pregunta realmente interesada mi mujer.
"¡Da lo mismo!", responde Ernesto dejándose caer en el sofá con un gesto de cabreo verdadero.
Y, tras acomodarse, se pasa la mano por la cara y suelta:
"¡Y me cago en la voluntad de Dios!"
"¿Qué te pasa, Ernesto? ¿Has vuelto a dormir mal?", le pregunto suavizando la voz todo lo que puedo con el propósito de calmarlo, porque cuando Ernesto duerme mal se levanta con un humor de perros y se pasa el día despotricando de todo. Y lo más gracioso es que siempre nos toma a mi mujer y a mí por el yunque sobre el que descargar y metabolizar su ira.
"¡No, no he dormido mal!", replica mi amigo poco más que en un gruñido.
"Entonces, ¿qué te pasa?"
"Me pasa... me pasa... ¡Qué soy gilipollas!
"A ver, cuéntanos por qué."
Acostumbrada a los exhabruptos y a la salidas extemporáneas de Ernesto, mi mujer interviene con un claro tono de guasa:
"Eso, dinos qué te ocurre, ¿por qué te sientes gilipollas? ¿O prefieres que te prepare una taza de tila?"
Fotografía de Atin Aya
Con la mirada le lanzo a mi mujer un reproche, pues temo que su ofrecimiento acentúe el cabreo de Ernesto. Pero ocurre justo lo contrario. Por un momento nos mira como si fuésemos desconocidos o fantasmas, parpadea repetidamente, vuelve a pasarse la mano por la cara y prorrumpe algo más calmado:
"Sabéis que yo no veo nunca poscadts de esos que aparecen en youtube, la mayoría me parecen hechos por gente imbécil que, para colmo, se largan de España y emiten desde Andorra o desde Dubai para escaquearse de los impuestos. No soporto siquiera los que parecen más o menos serios. En muchos de ellos sus autores se presentan como médicos o como fisioterapeutas o como expertos conocedores de lo que ocurre después de la muerte, etc. Un despiporren, vamos, porque ninguno muestra un solo título de nada.
"Sin embargo, esta mañana, cuando me disponía a desayunar, abro el móvil y no sé por qué arte de prestidigitación me encuentro a un tipo, que por el alzacuello parecía sacerdote, hablando nada menos que de la justicia. Afirmaba que un buen católico está obligado a aceptar el fallo de los jueces, se llamen Peinado, Marchena, Hurtado, o Recaredo, porque tal es la voluntad de Dios. Y añadió textualmente: "La posición de la moralidad católica se fundamenta en la razón humana iluminada por la fe y guiada conscientemente por la intención de hacer la voluntad de Dios."
Fotografía de García Rodero
"Mirad, no estrellé el móvil en aquel momento, porque logré contenerme, pero estallaba por dentro, ¡estallaba! Desde que era un mocoso vengo escuchando la necesidad que tenemos los seres humanos de hacer o aceptar la voluntad de Dios. Que tu hijo de seis años muere de una leucemia galopante, ¡es la voluntad de Dios!; que te atropella un automóvil y te rompe las dos piernas, ¡es la voluntad de Dios!; que sobre tu huerto, con el que alimentas a tu familia, descarga una tormenta de granizo, ¡es la voluntad de Dios!; que te echan del trabajo, ¡es la voluntad de Dios!; que tantos hijos de perra nos estén amargando la vida por causa de su avaricia, ¡es la voluntad de Dios! Todo, absolutamente todo, es la voluntad de Dios.
"Y lo más curioso: quienes invocan una y otra vez la volutad de Dios no son extraterrestres ni superhombres, sino seres humanos como vosotros y como yo, que se arrogan la prebenda de saber en todo momento cuál es la voluntad de Dios. Porque, vamos a ver, ¿a vosotros os ha hablado Dios alguna vez?,¿os ha dicho cuál es su voluntad para lo que quiera que sea? A mí tampoco. Os diré mas: Dios no le ha hablado jamás a ningún hombre. Hay hombres que afirman que Dios ha hablado con ellos, pero no ofrecen prueba alguna.
Fotografía de García Rodero
"En el lado católico del mundo, en el que nos encontramos, hay una casta de privilegiados, hombres, por supuesto, varones, que afirman que descubren la voluntad de Dios gracias a unos libros escritos nada menos que hace más de tres mil años. ¡Y por otros hombres! Son los señores consagrados (unos a otros) de la Iglesia Católica, el papa, los cardenales, los obispos, los sacerdotes y religiosos en general. A partir de su descubrimiento, que sólo ellos son capaces de realizar, por la voluntad de Dios igual llevan bajo palio a un dictador asesino que le dan la comunión a otro que tiene en su haber miles de desapariciones y de muertes escalofriantes; por la voluntad de Dios no dicen en sus discursos ni una palabra del genocidio de judíos que los nazis estaban llevando a cabo, pero felicitan de todo corazón a los vencedores de la guerra civil española; por la voluntad de Dios esconden a sus pederastas; por la voluntad de Dios queman en la hoguera a todos los que no piensan como ellos; por la voluntad de Dios se apoderan de miles de bienes urbanos y rústicos que jamás fueron suyos, como la Mezquita de Córdoba, por ejemplo. En dos palabras, por la voluntad de Dios hacen los que les sale de los cojones y todo ello sin dar jamás un palo al agua.
Caraba calló, alzó la cabeza como si buscara algo más allá del techo de la habitación en la que nos encontrábamos; luego, con un gesto de evidente desencanto exclamó: "¿comprendéis ahora mi cabreo? Si es que no tengo que ver televisión, ni escuchar la radio ni leer un periódico y, mucho menos, detenerme ni siquiera un segundo en un poscadt, porque cada vez que me encuentro con la palabra justicia o con la expresión la voluntad de Dios, me estalla un volcán en el pecho y me... me... lanzaría contra..."
"No lo digas, Ernesto, no lo digas", exclamó mi mujer. "Nosotros ya lo sabemos y haríamos exactamente lo mismo que tú."