miércoles, 23 de junio de 2021

LA PACIENCIA DE ÁFRICA

¿Es China un país comunista? Politólogos, sociólogos, comentaristas en general, gente de derechas y gente de izquierdas y libros de texto y de historia contestan que sí, que es un país comunista desde la Revolución encabezada por Mao Zedong allá por 1949.
Yo sé que China está gobernada por el Partido Comunista Chino, pero con todos los respetos a los chinos, al partido, a su gobierno y a todos los expertos y autores de los libros de texto y de historia, la Revolución pudo ser comunista, pero si por las obras se conoce realmente a las personas y a las organizaciones, hoy en China lo que hay, bajo la parafernalia y los símbolos del partido comunista, es una dictadura capitalista y también imperialista.


Todos los que, en España concretamente, condenan a los africanos que arriesgan su vida cruzando el Mediterráneo para alcanzar lo que creen tierra de promisión, todos son unos miserables que no tienen ni idea, o no quieren tenerla, que es aún peor, de la situación de África y de lo que está ocurriendo ahora mismo en este gran continente, tan castigado por la historia.
Terminó el colonialismo y los pueblos son al día de hoy independientes. Pero eso es sólo en la letra. La realidad es que actualmente los antiguos países coloniales, a los que se suman Estados Unidos y China, seguimos explotando el continente con la misma intensidad de antaño, aunque con modales más finos, si así puede decirse: Estamos enviando a África sin ningún control nuestra basura electrónica; extraemos y nos llevamos su oro y sus diamantes, utilizando, para mayor escarnio o, casi mejor, recochineo, mano de obra autóctona en régimen de semi esclavitud; nos estamos apoderando de sus tierras raras, nombre que se le da familiarmente a determinados minerales imprescindibles al día de hoy para la fabricación de los productos electrónicos que nosotros alegremente disfrutamos: teléfonos móviles, ordenadores, televisores, etc.; estamos arrasando sus mares, siendo esta la principal fuente de alimentos proteicos de multitud de localidades ribereñas, muchas de ellas de gran importancia. Todo con la coartada de contribuir al desarrollo de los países africanos y con la colaboración de gobiernos corrompidos por los mismos explotadores, que también maniobraron lo suyo para que alcanzasen el poder.
Aunque nunca tuviera colonias en el continente, uno de los países explotadores, si no el principal, de todos los que están operando en África es China. Como demostración de lo que acabo de escribir voy a exponer con algún detalle únicamente un ejemplo, a mi entender, suficientemente esclarecedor: En la actualidad, la mitad del pescado que se consume en el mundo es de acuicultura. El crecimiento mundial se ha duplicado desde su despegue en la sexta década del siglo pasado. 

Durante bastante tiempo se extendió la opinión de que la cría de peces en cautividad era el mejor remedio para poner fin a la sobre explotación de mares y océanos. Ese fue el mensaje embustero que logró imponer la industria piscícola, porque los peces que en ellas se crían necesitan alimentarse. ¿Y con qué se alimentan? ¡Bingo! ¡Con harinas de pescado! De manera que ahora se pesca más que antes y además de manera indiscriminada, pues todo lo que se mueve bajo las aguas, con escamas o sin ellas, con concha o sin ella, es susceptible de transformarse en harina. O sea, que cuando usted, señora, o usted, señor, se meten entre pecho y espalda un rodaballo, una lubina, una dorada o unos langostinos mismamente, de entre las muchas especies que hoy se crían en las piscifactorías, debe saber que su pescadito ha devorado a lo largo de su corta vida unos cuantos de kilos de peces salvajes, muchos sin valor comercial, pero de altísimo valor para la conservación de la vida marina.


Situado en el África Occidental, Gambia, con sólo 11.295 kilómetros cuadrados de superficie, es el país más pequeño del continente. Ocupa una franja de terreno a un lado y a otro del río del mismo nombre, que discurre a lo largo de unos trescientos kilómetros tierra adentro. Constituye una especie de cuña clavada en el territorio de Senegal, que lo abraza por completo. Por si la descripción no es suficientemente clara, basta echar un vistazo al mapa para advertir de inmediato que se trata de un país artificial, fruto de la deleznable, en tanto aspectos, colonización europea, de la que nadie en Europa parece acordarse. Su población no llega al millón de habitantes, concentrándose la mayor parte en la costa, donde se sitúa la capital, Banjul. Hacia el interior, a un lado y a otro del río, se suceden pequeñas aldeas en las que se conserva la forma de vida tradicional de esta parte de África. 


No lejos de la capital, hacia el sur, se encuentra la localidad de Gunjur, de unos 15.000 habitantes, y a unos veinte minutos de ésta, por una pista de tierra que con las lluvias se hace prácticamente intransitable, se llega a la Reserva Natural de Bolon Fenyo, muy cerca de la cual, el capitalismo chino instaló hace algunos años la Golden Lead, factoría destinada a la fabricación de harinas de pescado para las piscifactorías. Se trataba de una primera obra del megaproyecto con el que China pretendía y pretende extender sus relaciones comerciales, con la coartada de colaborar en el desarrollo de los países más pobres del mundo.
En Gambia, para empezar, la Golden Lead causó con sus vertidos la práctica destrucción de la reserva natural citada. Tras la correspondiente denuncia y multa exquisitamente simbólica, la factoría enterró sus tuberías bajo la cercana playa y ahora vierte sus venenosos desechos en el mar.


Pero esto es sólo el aperitivo. Tradicionalmente, Gambia ha vivido, sobre todo, de la pesca, a la que desde hace alguna décadas se incorporó el turismo. Pues bien, desde la instalación de la Golden Lead, a la que pronto se añadieron otras dos, decenas primero y cientos de barcos industriales en la actualidad, de todos los calibres, incluidos tremendos arrastreros, arrancan del mar todo tipo de animales marinos para su transformación en harina. Gambia se ha convertido así en el primer exportador del mundo de esta harina, que se envía a Estados Unidos, Asia y Auropa.


Los pecadores gambianos pescan artesanalmente, en piraguas muy características impulsadas por motores fuera borda; lanzan sus redes a mano y, si la consiguen, vuelven con la pesca a la misma playa, donde les esperan sus mujeres para llevarlas al mercado. Tienen reservada una franja del mar de nueve millas náuticas, algo más de dieciséis kilómetros, pero los barcos de la harina faenan sin control y entran impunemente en esta zona. No hay inspecciones y si alguna vez se hace alguna, los barcos reciben el aviso y salen de esta franja, escapando mar adentro.
Hace veinte años, en estas costas abundaba la bonga, se pescaban tantas que en algunos mercados las regalaban con la compra de otros pescados. Hoy, los chinos las transforman en harina, ésta la transportan a su país donde sirven de alimento a las telapias, pescado blanco de mucha calidad, propio del Caribe, pero con una extraordinaria adaptación a su cría en cautividad, parte de las cuales venden luego en Gambia a precio elevado. El mismo precio que han tomado las pocas bongas que consiguen pescar los pescadores locales y que, de ser regaladas, ahora sólo pueden comprar las gente adinerada.


Hace un par de años, el ministro de pesca, James Gómez, declaraba que el sector de la pesca estaba viviendo un periodo de prosperidad. Desde luego, las fábricas harineras son las mayores empleadoras del país, pero con una manifiesta explotación de los trabajadores; los que van en los barcos, donde los gambianos tienen reservado un cupo de puestos de trabajo, afirman que son tratados como perros. Los beneficios económicos se van a China, menos un pequeño porcentaje que le sirve a los chinos para comprar la voluntad del gobierno.
Mientras tanto, las fábricas harineras se han extendido a lo largo de las costas de Guinea- Bisau, Senegal y Mauritania, contándose más de cincuenta de ellas. Ahora, pues, el expolio de los recursos marinos se ha extendido a toda la costa occidental africana. De momento, estas fábricas han arruinado la economía local de Gambia y lleva camino de hacerlo con la de las costas de los tres países mencionados. Pero la pregunta es: ¿Qué ocurrirá cuando se agoten los recursos marinos, que a este paso no tardarán mucho en hacerlo?.
Pues, a pesar de todo esto, que es sólo una ínfima parte de la explotación a la que estamos sometiendo África, ahí están los que siguen condenando y despreciando a estos migrantes, diciendo, como esa verdulera indecente que tiene por nombre Celia Villalobos, que "no los queremos en nuestra casa." 

Fuentes:
Le Monde Diplomatique. Septiembre, 2020 y junio, 2021.
La Vanguardia. 15-4-2020
La Francofonía. El nuevo rostro de la colonización en África.- Justo Boleki
China en África: Pekín a la conquista del continente africano.- Serge Michel y Michel Beuret

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