Yo hice la mayor parte de la enseñanza primaria en el colegio de los Salesianos, zona de gratuitos. Mi hermana estudió en las Esclavas, igualmente en zona gratuita. Mi madre no era especialmente religiosa, pero, como muchos padre de ahora, creo, la atraían poderososamente los colegios de la Iglesia. Durante el franquismo, todos o casi todos los colegios privados, en su abrumadora mayoría religiosos, admitían, caritativamente, niños de baja extracción económica, eso sí, férreamente separados de los de pago, aquellos a los que sus padres podían costearle la enseñanza privada. De hecho, hasta las entradas eran diferentes. En los Salesianos, los gratuitos entrábamos por una puertecilla secundaria que daba a un patio de terrizo que era a la vez campo de fútbol, mientras los de pago lo hacían por la puerta principal, que daba a un magnífico patio enlosado. Luego, en el interior, ambos territorios estaban separados por una verja de hierro.
Desde siempre, la enseñanza en España estuvo controlada por la Iglesia Católica. En el siglo XIX, la Iglesia consiguió frenar que el Estado implantara bajo su control un sistema nacional de educación, como se hacía ya en la práctica totalidad de la Europa a la que hoy pertenecemos. Había pocas escuelas, pero todas estaban en manos de la Iglesia, y el analfabetismo se extendía masivamente por el país.
Cuando el 14 de abril de 1931 se instauró la II República, la situación de la enseñanza era desastrosa: en un país con sólo 23,6 millones de habitantes había un millón de niños sin escolarizar y el 40% de la población eran analfabetos. La República se propuso acabar con este tremendo panorama estableciendo una educación pública, laica, mixta, obligatoria y gratuita. El Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, como se llamaba entonces el Ministerio de Educación, al frente del cual estaba Marcelino Domingo (Tarragona, 1884-Toulouse, 1939) calculó que para solucionar el problema se necesitaban alrededor de 27.000 aulas. Y con el fin de conseguirlas estableció un plan quinquenal (1931-1936)
A pesar de que la República fue atacada desde el minuto uno por monárquicos, grandes terratenientes, parte del ejército y la Iglesia Católica, que, con el cardenal Segura al frente, no podía consentir que la enseñanza se le escapara de las manos, y a pesar de que de noviembre de 1933 a febrero de 1936 el gobierno estuvo en manos de la derecha y de la extrema derecha, en el quinquenio citado la República consiguió crear 12000 aulas, 3000 de ellas en 700 edificios de nueva planta, modernos y bien dotados, y el resto, especialmente en localidades pequeñas, en locales, almacenes, viviendas y espacios municipales convenientemente adaptados. Se contrataron miles de maestros, de modo que el gasto en educación creció un 50%
El triunfo del franquismo en la guerra civil provocada por el fallido golpe de Estado realizado por una parte del ejército, acabó con este desarrollo. Los maestros, a los que despectivamente llamaron rabanillos, fueron represaliados, muchos de ellos fusilados directamente, y la enseñanza regresó al seno de la Iglesia. En 1968, cuando yo hice el servicio mililtar, que entonces era obligatorio, el analfabetismo era todavía del 11%, el doble entre las mujeres y el triple, esto es, el 33% en las zonas rurales, especialmente en Extremadura y Andalucía.
En 1978, tras la muerte del dictador y el fin de la Dictadura, se estableció una nueva Constitución, dicen que democrática, que en materia de educación proclama el derecho a la misma, encomienda al Estado la organización de la escolarización, pero se le exime de la responsabilidad de su prestación. Una formidable fullería para propiciar que la Iglesia mantuviera su dominio absoluto en la enseñanza española.
En las elecciones de 1982 se produjo la victoria del Partido Socialista, comandado por Felipe González. Con el 48,1% de los votos y 202 dos escaños de 350, los socialistas tuvieron en su mano la madernización del país y su equiparación real con Europa. No lo hicieron. Prefirieron dar una larga cambiada para que nada cambiase. En materia de educación, concretamente, pudieron seguir el ejemplo de la República y optar por una educación pública y laica, eliminar las subvenciones a centros educativos privados y construir tantas escuelas como fuesen necesarias. La Constitución no lo impedía, dinero había de sobra para haberlo hecho, y la situación de Europa ya no era la misma que en 1931, con el fascismo y el nazismo en pleno auge.
Sin embargo, prefirieron inspirarse en la Ley General de Educación, promulgada por el ministro franquista José Luis Villar Palasí en 1970, que en sus artículos 94 y 96 establecía un sistema de conciertos con centros privados. Dadas la inestabilidad política de la época, esta ley no llegó a establecerse nunca. Lo que sí se hizo fue crear un sistema de subvenciones provisional, sin control alguno. De este modo, el gobierno de Felipe González, con el ministro José María Maravall en Educación, optó por promulgar en 1985 la famosa LODE, Ley de Ordenación de la Enseñanza, en la que, tras muy duras negociaciones con la Iglesia, que se negaba a perder ni uno sólo de sus privilegios, se establecía que la Iglesia conservaba intacto su sistema escolar, recibiendo cuantiosas subvenciones. A cambio, sus centros debían comportarse como centros públicos, es decir, debían escolarizar a todos los niños de la zona donde estuviese instalado el centro, gratuitamente y sin discriminaciones.
Que la falta de dinero para crear colegios verdaderamente públicos era un camelo lo prueba el hecho de que cuando, en un momento de la negociación, el ministro amenazó con aprobar en el Congreso un crédito extraordinario para llenar España de colegios públicos, los obispos se apresuraron a firmar el acuerdo. Una vez que, hace algo más de dos años, Portugal eliminó las subvenciones a los centros de enseñanza privados, España es el único país de Europa que mantiene este sistema.
Esta fue la primera traición de Felipe González. Luego vinieron más, como, por ejemplo, la OTAN, o el brutal recorte que le practicó a las pensiones, al topar la pensión, con la excusa de que no había dinero, y al mismo tiempo topando las costizaciones, con lo que le restaba a la Seguridad Social una cantidad ingente de fondos.


