Anda que llega hoy bueno a mi casa mi amigo Ernesto Caraba.
"¡Me cago en el juez!", grita nada más entrar.
"¿En cuál?", le pregunta realmente interesada mi mujer.
"¡Da lo mismo!", responde Ernesto dejándose caer en el sofá con un gesto de cabreo verdadero.
Y, tras acomodarse, se pasa la mano por la cara y suelta:
"¡Y me cago en la voluntad de Dios!"
"¿Qué te pasa, Ernesto? ¿Has vuelto a dormir mal?", le pregunto suavizando la voz todo lo que puedo con el propósito de calmarlo, porque cuando Ernesto duerme mal se levanta con un humor de perros y se pasa el día despotricando de todo. Y lo más gracioso es que siempre nos toma a mi mujer y a mí por el yunque sobre el que descargar y metabolizar su ira.
"¡No, no he dormido mal!", replica mi amigo poco más que en un gruñido.
"Entonces, ¿qué te pasa?"
"Me pasa... me pasa... ¡Qué soy gilipollas!
"A ver, cuéntanos por qué."
Acostumbrada a los exhabruptos y a la salidas extemporáneas de Ernesto, mi mujer interviene con un claro tono de guasa:
"Eso, dinos qué te ocurre, ¿por qué te sientes gilipollas? ¿O prefieres que te prepare una taza de tila?"
Con la mirada le lanzo a mi mujer un reproche, pues temo que su ofrecimiento acentúe el cabreo de Ernesto. Pero ocurre justo lo contrario. Por un momento nos mira como si fuésemos desconocidos o fantasmas, parpadea repetidamente, vuelve a pasarse la mano por la cara y prorrumpe algo más calmado:
"Sabéis que yo no veo nunca poscadts de esos que aparecen en youtube, la mayoría me parecen hechos por gente imbécil que, para colmo, se largan de España y emiten desde Andorra o desde Dubai para escaquearse de los impuestos. No soporto siquiera los que parecen más o menos serios. En muchos de ellos sus autores se presentan como médicos o como fisioterapeutas o como expertos conocedores de lo que ocurre después de la muerte, etc. Un despiporren, vamos, porque ninguno muestra un solo título de nada.
"Sin embargo, esta mañana, cuando me disponía a desayunar, abro el móvil y no sé por qué arte de prestidigitación me encuentro a un tipo, que por el alzacuello parecía sacerdote, hablando nada menos que de la justicia. Afirmaba que un buen católico está obligado a aceptar el fallo de los jueces, se llamen Peinado, Marchena, Hurtado, o Recaredo, porque tal es la voluntad de Dios. Y añadió textualmente: "La posición de la moralidad católica se fundamenta en la razón humana iluminada por la fe y guiada conscientemente por la intención de hacer la voluntad de Dios."
"Mirad, no estrellé el móvil en aquel momento, porque logré contenerme, pero estallaba por dentro, ¡estallaba! Desde que era un mocoso vengo escuchando la necesidad que tenemos los seres humanos de hacer o aceptar la voluntad de Dios. Que tu hijo de seis años muere de una leucemia galopante, ¡es la voluntad de Dios!; que te atropella un automóvil y te rompe las dos piernas, ¡es la voluntad de Dios!; que sobre tu huerto, con el que alimentas a tu familia, descarga una tormenta de granizo, ¡es la voluntad de Dios!; que te echan del trabajo, ¡es la voluntad de Dios!; que tantos hijos de perra nos estén amargando la vida por causa de su avaricia, ¡es la voluntad de Dios! Todo, absolutamente todo, es la voluntad de Dios.
"Y lo más curioso: quienes invocan una y otra vez la volutad de Dios no son extraterrestres ni superhombres, sino seres humanos como vosotros y como yo, que se arrogan la prebenda de saber en todo momento cuál es la voluntad de Dios. Porque, vamos a ver, ¿a vosotros os ha hablado Dios alguna vez?,¿os ha dicho cuál es su voluntad para lo que quiera que sea? A mí tampoco. Os diré mas: Dios no le ha hablado jamás a ningún hombre. Hay hombres que afirman que Dios ha hablado con ellos, pero no ofrecen prueba alguna.
"En el lado católico del mundo, en el que nos encontramos, hay una casta de privilegiados, hombres, por supuesto, varones, que afirman que descubren la voluntad de Dios gracias a unos libros escritos nada menos que hace más de tres mil años. ¡Y por otros hombres! Son los señores consagrados (unos a otros) de la Iglesia Católica, el papa, los cardenales, los obispos, los sacerdotes y religiosos en general. A partir de su descubrimiento, que sólo ellos son capaces de realizar, por la voluntad de Dios igual llevan bajo palio a un dictador asesino que le dan la comunión a otro que tiene en su haber miles de desapariciones y de muertes escalofriantes; por la voluntad de Dios no dicen en sus discursos ni una palabra del genocidio de judíos que los nazis estaban llevando a cabo, pero felicitan de todo corazón a los vencedores de la guerra civil española; por la voluntad de Dios esconden a sus pederastas; por la voluntad de Dios queman en la hoguera a todos los que no piensan como ellos; por la voluntad de Dios se apoderan de miles de bienes urbanos y rústicos que jamás fueron suyos, como la Mezquita de Córdoba, por ejemplo. En dos palabras, por la voluntad de Dios hacen los que les sale de los cojones y todo ello sin dar jamás un palo al agua.
Caraba calló, alzó la cabeza como si buscara algo más allá del techo de la habitación en la que nos encontrábamos; luego, con un gesto de evidente desencanto exclamó: "¿comprendéis ahora mi cabreo? Si es que no tengo que ver televisión, ni escuchar la radio ni leer un periódico y, mucho menos, detenerme ni siquiera un segundo en un poscadt, porque cada vez que me encuentro con la palabra justicia o con la expresión la voluntad de Dios, me estalla un volcán en el pecho y me... me... lanzaría contra..."
"No lo digas, Ernesto, no lo digas", exclamó mi mujer. "Nosotros ya lo sabemos y haríamos exactamente lo mismo que tú."




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