Ayer tarde nos reunimos en mi casa mis amigos Dávila Méndez y Ernesto Caraba, mi mujer y yo. Mi amigo Dávila Méndez, al que traigo aqui por primera vez, fue enterrador en un cementerio de la ciudad; luego, en un viaje que hizo a Madrid, se rascó un premiazo de la Primitiva, cinco o seis millones de euros, y dejó de trabajar. "Era un trabajo muy grato, porque no tenías quejas de los clientes, pero era también muy aburrido, porque no podías charlar con ellos", nos dijo a poco de dejarlo. Más tarde se fue de la ciudad, "a recorrer el mundo", dijo. Volvió cinco años después. Contaba que había pasado unos meses en una clínica de reposo de Marbella. "Dinero llama a dinero, yo no lo creía, pero es así", nos comentó. "Hice una buenas inversiones y me entraba de tal manera que casi me vuelvo loco." "Compraste pisos y los pusiste en alquiler", intervinó, zumbón, Ernesto. "¿Qué dices, Caraba? Eso son cosas de marrajos y de buitres y yo habré sido un humilde enterrador, pero no me convertiría en rentista ni aunque me garantizaran la inmortalidad. Invertí en empresas y me salió bien. Pero, bueno, regresé y volví a encontrarme con vosotros y sigo siendo el mismo que cuando trabajaba en el cementerio."
La muerte y la doncella es el título de una doble obra musical de Franz Schubert: en primer lugar, un lied compuesto en 1817 y, luego, un cuarteto de cuerda, tres violines y un celo, compuesto en 1824, inspirado en un poema de Mathias Claudius (1740-1815), en el que el delicado poeta alemán ofrece un diálogo entre una joven a punto de morir, que implora por su vida y la muerte, que le ofrece un descanso eterno.
Pero el objeto de nuestra reunión no era escuchar música, sino ver la película que con el mismo titulo de La muerte y la doncella rodó en 1994 el cineasta Roman Polanski, adaptación de la obra teatral del dramaturgo chileno Ariel Dorfman (1940). La película, como la obra, se desarrolla en un país sudamericano (evidentemente, Chile) tras el fin de una dictadura.
Cuenta con sólo tres personajes: Paulina Escobar (Sigourney Weaver); el doctor Roberto Miranda (Ben Kingsley) y Gerardo Escobar (Stuart Wilson), marido de Paulina. El matrimonio vive en un lugar apartado, al lado del mar, sobre un alto acantilado. Viven aquí, porque Paulina fue torturada durante la dictadura y, aunque sobrevivió, no se fía de la democracia y teme que vuelva a torturarla.
La noche en que se desarrolla la acción, Paulina se encuentra sola en la casa. Está nerviosa porque su marido se retrasa. Por la radio oye que a él, un importante abogado, lo han nombrado para presidir una comisión investigadora de los crímenes de la dictadura, y esta noticia la pone más nerviosa aún. Una fuerte tormenta azota la casa. Se va la luz y se va también el teléfono. Poco después llega el marido acompañado del doctor Roberto Miranda. El coche de Gerardo, el marido, se ha averiado y el doctor se ha prestado amablemente a llevarlo a la casa en el suyo. (Sintetizo, para no alargar) Paulina, que se ha escondido al verlos llegar, descubre por la voz que el tal Miranda fue su torturador. Nada menos que catorce veces la violó encima de una mesa, después de aplicarle diversos métodos de tortura.
Mujer. De Kooning
Paulina consigue salir de la casa sin ser vista, coge el coche del doctor, se lo lleva y lo arroja al mar por el acantilado. Cuando regresa, marido y doctor han estado bebiendo y duermen profundamente. Ella aprovecha la situación para maniatar al doctor, atarlo en una silla y proceder a interrogarlo para arrancarle la confesión de que, en efecto, fue su torturador. El marido se despierta y la tensión, que apareció nada más iniciarse la película, se intensifica. Marido y mujer discuten porque él cree que puede ser inocente.
Al final, Paulina no consigue que el doctor confiese, pero ambos lo cogen y lo llevan al borde del acantilado. Por un momento, da la impresión de que Paulina, que no duda en que fue su torturador, lo va a arrojar al mar, pero lentamente le desata las manos y se aleja de él hasta que desaparece de la escena. El marido, que está al otro lado y que a estas alturas tiende a creer que su mujer tiene razón, pasa detrás de él igualmente sin empujarlo. La película termina como empezó: con un cuarteto de cuerda interpretando en un teatro la composión de Schubert, con Paulina y su marido entre el público del patio de butacas. En un palco se encuentra el doctor Miranda acompañado de su mujer y de sus preciosos hijos. Desde la alturas, muestra de su superioridad, mira a Paulina, mientras su cara muestra un claro semblante de satisfacción.
"Bien, ¿qué os parece?", preguntó Dávila Méndez, que fue el que trajo la película, nada más concluir la reproducción. "Una excelente película, como casi todas las de Polanski", respondió Ernesto Caraba. "Eso ya lo sabemos, me refiero al hecho de que dejaran con vida al que parece ser un torturador." Y a partir de aquí iniciamos una discusión en la que aparecían los términos, generosidad, ética, no podemos ser como ellos, no se debe responder a la violencia con violencia, no debemos tomarnos la justicia por nuestra mano, incluso el peor de los asesinos merece un juicio justo... Hasta que nos interrumpió mi mujer:
"¿Pero qué estáis diciendo, imbéciles míos? El doctor Miranda y los que son como él aparentan ser tipos normales, delicados, incluso cultos, lo primero para ellos es su familia, miman a su hijos, asisten a conciertos de música, pero en la realidad son bestias salvajes que se desatan ante los débiles cuando tienen el amparo de los poderosos. En una dictadura, hombres y mujeres son torturados por igual, pero a las mujeres además nos violan y, creedme, no hay tortura que pueda compararse a la de la violación. Paulina tuvo que haberle dado al doctor Miranda el empujón que necesitaba y tuvo que hacerlo porque es más que evidente que se trata de un torturador y los torturadores, más si torturan bajo el amparo del Estado, no merecen vivir, ¿sabéis por qué?, porque por mansos que se muestren en una situación como la de la película, volverán a torturar en cuanto que se les presente la ocasión, volverán a violar una vez tras otra a las Paulinas que caigan en su manos."
Todos, incluido yo, miramos a mi mujer, pero ninguno nos atrevimos a replicarle. Y aquí terminó la discusión.
Imágenes: Internet








































