miércoles, 28 de septiembre de 2022

DEL JAMÓN HASTA EL HUESO

Hace no demasiado tiempo, en una de las entradas que escribí en el desaparecido Cuaderno Escarlata, confesaba que empezaba a sentirme viejo. Bien, hoy no es que me sienta o deje de sentirme viejo, es que lo soy. Y aprovecho la ocasión para decir que todas esas bondades de que hablan acerca de la vejez, la experiencia, la serenidad, la templanza, etc., todas, no son más que un mito con el que tratamos de conformarnos. ¡La vejez es una puta mierda! Es el tramo más turbio de la vida. Ahora bien, hay que vivir, no podemos tirar la toalla, de modo que, aunque la salud no sea tan boyante, no hay que dejar de soñar, de proyectar y de ejecutar.
A los viejos se nos acusa de ser propensos a contar batallitas, porque, cosa por demás curiosa, se nos deteriora la memoria próxima, de modo que, por ejemplo, al caer la tarde no recordamos lo que hemos comido al mediodía, en cambio se nos aviva la memoria lejana y recordamos a la perfección hechos ocurridos hace años y años y años. Sin embargo, lo que yo voy contando de mi familia, y ya he contado algo por aquí, pueden ser batallitas, pero mi intención es que ante todo sean fotografías de una época negra que muchos, sobre todo jóvenes, e incluyo entre los jóvenes hasta a los cincuentones, desconocen, y que parece que muchos también tratan de hacerla revivir (véase lo que el domingo 25-9-2022, fecha infausta, ha ocurrido en Italia)
En 1943, cuando mi padre y mi madre llevaban sólo unos meses de noviazgo, mi padre sufrió un ataque de ciática de tal calibre que lo llevó al entonces llamado Hospital de Agudos, hoy Facultad de filosofía. Allí estuvo ingresado nada menos que ocho meses, si bien los últimos tres, ya bastante mejorado, entraba y salía del hospital cuando le parecía y hasta hizo para la institución algunos trabajos de poco esfuerzo, como restaurar algún cuadro y cosas por el estilo.
Mi padre era el mayor de seis hermanos, cuatro varones y dos hembras, y era el responsable de la familia o, para decirlo más crudamente, el que ingresaba el grueso del poco dinero que entraba en la casa, porque mi abuelo padecía una artrosis generalizada y llevaba años y años atado a un sillón. Sólo se despegaba de él hacia el medio día para, pasito a pasito, ir a arrearse dos o tres medios de los de entonces a una taberna cercana a su casa. Naturalmente, durante aquellos ocho meses apenas entraron en la casa dos reales, porque, aparte de mi padre, sólo trabajaba, y a salto de mata, uno de los varones; de los otros dos, uno estaba en la división azul y el otro era un chavalín de once años y ni pensar que las dos mujeres, unas adolescentes todavía, trabajaran. De manera que a la situación catastrófica que vivía el país, con el hambre instalada crónicamente en la mayoría de los hogares, en la de mi abuelo se añadía que no había dinero para comprar casi nada.
¿Os acordáis de Tony Arjona? Sí, la pionera del deporte femenino en Córdoba y, más específicamente, la introductora del voleibol. Alguna de las que puedan leer esta entrada la sufriría en su momento como profesora; yo la sufrí como tía. ¡Qué elemento! Fue profesora de gimnasia en el Instituto Góngora y también en el colegio de las Esclavas. Por si alguien no lo sabe o no lo recuerda, durante la Dictadura, para ser profesor de gimnasia o de política, de Formación del Espíritu Nacional, la llamaban, era imprescindible ser miembro de Falange. Pero además de profesora, doña Tony ejercía también de entrenadora personal de varias damas encopetadas, con alguna de las cuales alcanzó tal familiaridad que, junto con el falangismo, llegó a creer firmemente dos cosas: que realmente formaba parte de aquel grupo de élite y que descendía por línea directa de la bragueta de Pelayo.
Pero esto vendría bastante tiempo después. En 1943, mientras mi padre permanecía ingresado en el Hospital de Agudos, la señorita Tony era una jovencita de dieciséis años que empezaba a dar sus primeros pasos en el deporte como jugadora de balonmano. A mi madre no la tragaba ni ella ni nadie de su familia, aparte de mi padre, claro, más que nada por que iba a arrebatarles la fuente principal de ingresos con la que contaban. No obstante, mi madre iba todos los días a ver a su novio, aunque a veces se encontraba con alguno de sus futuros cuñados y la visita no resultaba demasiado agradable. En cierta y rarísima ocasión, mi madre, que era más callada que una tumba, se soltó un tanto la lengua y me contó que ante el rechazo que veía por parte de la familia de mi padre y viendo que pasaban las semanas y los meses y su novio no se recuperaba llegó a pensar incluso en cancelar su noviazgo. Sin embargo, y esta es ya una conclusión mía, con treinta y dos años, lo que la empujó a seguir adelante debió ser el miedo a la soltería, entonces fatalmente vista. Siempre estuve convencido de que mi madre no sabía lo que le esperaba.
El caso es que, cierto día, mi padre compró un boleto de una rifa en la que se sorteaba un jamón y se lo regaló a su novia cuando fue a verlo. Y, mire usted por donde, tocó. Tocó y, aunque el jamón era suyo, puesto que el boleto se lo había regalado su novio, mi madre lo recogió y lo guardó con el propósito de que fuera para su novio cuando saliera del hospital (la situación en la casa de mi madre no era tan mala como la de mi padre).
¿Para cuándo saliera del hospital? ¡Qué risa! El tontorrón de mi futuro padre, por no aplicarle otro adjetivo algo más contundente, le contó a la señorita Tony, su hermana, que le había tocado un jamón y que estaba en casa de su novia. ¡Qué le había tocado a él, cuando le había regalado el boleto a su novia! Pero fue oír a su hermano y la señorita Tony pegó un respingo y, sin despedirse siquiera, se largó a la carrera. Media hora más tarde ella, su hermana y el hermano que seguía a mi padre, un tiarrón, así como mi abuela, se presentaron en casa de mi madre reclamando el jamón y mi madre, que era extraordinariamente pacífica, ni dudó en entregárselo. 
¡Menudo regalo para aquellos energúmenos! De estampida salieron con el jamón al hombro del hombrón. Y qué hambre atrasada no tendrían que, una vez en su casa, se lo liquidaron en menos que cada un gallo. Todo. De una sentada. Completo. Todo, es decir, incluido el hueso, que lo machacaron, lo pulverizaron y también se lo "jamaron"
Muchos años después, la señorita Tony, entonces en la cumbre de su fama, fue a visitar a mis padres, ya mayores, una visita que realizaba de tarde en tarde y, desde luego, de no demasiada buena gana. En el curso de una charla más bien insustancial, mi padre exclamó de repente. "¡Y el hambre que pasábamos! ¿Te acuerdas?" "¡Hambre!", bramó la señorita Tony descompuesta. "¿Hambre? Nosotros no hemos pasado hambre nunca, nunca!" Se levantó y salió como un rayo. Y nunca más volvió a ver a su hermano, al que, sin embargo, le debía todo lo que era. Pero esta es otra historia que contaré otro día.

Imágenes: Internet


sábado, 17 de septiembre de 2022

CAMPOS DE SANGRE

Es difícil encontrar a un historiador de la Iglesia Católica, creyente, o a un sociólogo de la religión, creyente también, que digan la verdad. No mienten por lo que dicen, sino por lo que callan o por lo que distorsionan para acercar el ascua a su sardina, como se dice coloquialmente. 
Uno de estos historiadores es Karen Armstrong, que es también socióloga. Nacida en Reino Unido en 1944, la señora Armstrong profesó muy joven como monja en la Sociedad del Santo Niño Jesús, institución que abandonó en 1969 para dedicarse a la enseñanza y a la investigación. Es historiadora de la religión y experta en religiones comparadas. Ha escrito libros como En defensa de Dios, Historia de la Biblia, Buda, Mahoma y Campos de Sangre, entre otros. Es miembro del grupo de alto nivel de la Alianza de Civilizaciones y entre sus variados premios cuenta con el Princesa de Asturias de Ciencias Sociales.
Bien, pues con toda está formación, publicaciones y premios, en su libro Campos de sangre, que tiene por subtítulo La religión y la historia de la violencia, doña Karen barre para su terreno, el de la defensa de la religión, al considerar como violencia exclusivamente al enfrentamiento físico, sin armas o con armas, entre dos personas o entre grupos de ellas. Ya en la contraportada se afirma textualmente que: "Desafiando la popular afirmación atea que sostiene que las religiones y sus seguidores son constitutivamente violentos... (la autora) demuestra que las verdaderas razones de la guerra y la violencia en nuestra historia, a menudo tienen muy poco que ver con la religión."
No se puede escribir nada más falso que lo que en esas frases se sostiene. Yo no conozco a ningún ateo que afirme que las religiones y sus creyentes sean constitutiva y absolutamente violentos ni, mucho menos, que todas las guerras se deban a motivaciones religiosas.
Pero dejando semejante distorsión de momento aparte, a la señora socióloga se le escapa, no creo que inconscientemente, que en nuestro mundo humano existe una violencia primaria, sumamente potente, que nada tiene que ver con el enfrentamiento físico, armado o no, y que, en todo caso, es anterior a éste. Se trata, como conocen muy bien los expertos, de una violencia de carácter fundamentalmente psicológico, que actúa de manera principal sobre la mente, aunque en determinadas ocasiones el cuerpo no escape de ella. Esta violencia, en apariencia, sutil, ejercida en la mayoría de las ocasiones sobre niños, a menudo muy pequeños, y siempre de un individuo superior sobre uno inferior, deja una huella tan profunda en la mente de quienes la sufren que suele ser la responsable más tarde de la violencia física de los adultos y/o, cuando menos, de sufrimientos sumamente difíciles de superar.
El autoritarismo, por ejemplo, ejercido por un adulto sobre un niño, o el maltrato verbal de un hombre sobre una mujer, ¿qué otra cosa son sino violencia? ¿Y no es violencia también, violencia elemental, primaria, meter miedo a un niño? ¿Acaso no es violencia de la peor especie y, desde luego, anterior a cualquier enfrentamiento físico, la pederastia? Últimamente vienen repitiéndose las noticias y denuncias sobre pederastas religiosos. Seguramente, no existe una violencia más repugnante. que la que valiéndose de la superioridad de la edad, pero, sobre todo, de la superioridad moral ejerce un sacerdote sobre un niño o una niña a los que somete a abusos sexuales. Una acción que deja a la víctima tocada para toda su vida y cuya criminalidad se multiplica cuando, además, es ocultada por los obispos y las autoridades religiosas. Ahora bien, no es posible negar que, mucho más que en instituciones religiosas, tanto la pederastia como el autoritarismo en general se produce en el seno de la familia, es decir, exclusivamente entre laicos.
Sin embargo, sí que existe una violencia inherente a la religión, a cualquier religión. Así, es violencia genuinamente religiosa inculcarle a un niño o a una niña que un ser invisible y todopoderoso los vigila constantemente, de día y de noche, controlando no sólo la totalidad de sus actos, sino también sus palabras y hasta sus pensamientos. Si, además, no se limitan a decírselo, sino que se lo graban en la mente con martillo y cincel, como sacerdotes católicos me hicieron a mí y a buena parte de mi generación, la violencia es de tal calibre que llega a ser casi tan criminal como la pederastia.
Y, no obstante, la violencia exclusivamente religiosa no termina aquí. En el ámbito del catolicismo, que es el que más nos afecta a los españoles, ¿no es acaso violencia el bautismo de un recién nacido, al que de esta forma se convierte en católico sin contar con su autorización? ¿Y qué es, aparte de violencia, la oposición continua a las innovaciones tecnológicas, como históricamente ha hecho la Iglesia Católica y como sigue haciendo en la actualidad cuando condena la investigación con células madre, el uso de embriones humanos fallidos, o la consecución de un bebé capaz de curar una enfermedad incurable de su hermano mayor, no limitando su negativa a sus fieles, sino con la pretensión de extenderla a todo el mundo?
La Iglesia Católica no sólo se negaba a reconocer que la tierra no es ni plana ni el centro del universo, sino redonda y en continuo giro alrededor del sol, también se oponía a la construcción de canales para el riego, aduciendo que los ríos eran intocables, porque así lo había dispuesto Dios, quien, de haberlo encontrado necesario, habría creado también dichos canales. Se opuso igualmente a la vacuna de la viruela, la primera que empezó a aplicarse, gracias a los experimentos del médico inglés Edward Jenner, etc. etc.

¿Y no es violencia esencialmente religiosa que un papa se declare infalible, es decir, que no puede equivocarse tanto cuando declara dogmas determinadas creencias, que eso allá los creyentes, sino también cuando establece normas morales con la pretensión de imponerlas a toda la sociedad mediante la presión a los Estados para que las transformen en leyes punitivas.? ¿Y qué otra cosa que pura violencia religiosa contenía la excomunión con la que en otro tiempo los papas lograron que reyes y emperadores se arrastraran sumisamente hasta ellos implorando su perdón? ¿Pero es que no es violencia puramente religiosa presentarse en África en plena oleada del sida y, al tiempo que se reafirma la prohibición del preservativo, decirle a niños con la enfermedad adquirida en el vientre de sus madres infestadas "bienvenidos al banquete de la vida", como hizo el deplorable Juan Pablo II, cuando él sabía de sobra que la vida no es ningún banquete y que, de serlo, jamás lo sería para aquellos niños?
Ejemplos como estos de una violencia específica e inherente a la religión podríamos seguir poniendo bastantes. Sin embargo, de esta violencia, anterior y distinta a cualquier enfrentamiento físico, nada quiere saber doña Karen. La señora socióloga prefiere centrarse exclusivamente en la violencia de los enfrentamientos físicos, en concreto, en la guerra, porque en este terreno siempre encuentra la excusa para que, aunque un enfrentamiento, una guerra, tenga en su origen una motivación religiosa, la violencia desatada acabe siendo laica.
Así, por ejemplo, las cruzadas, guerras montadas para liberar la llamada Tierra Santa, entonces en poder de los musulmanes. Se trató de una iniciativa del papa Gregorio VII (1073-1085) que llevó a cabo su sucesor, Urbano II (1088-1099) quien predicó la primera en Clermond (Francia) en 1095. Más religioso no podía ser el asunto, pero como quiera que lo que movió a un gran número de participantes fueron motivos económicos y políticos, la conquista de tierras, con las perspectivas de ganancias personales, pues nada, para la señora Karen, la violencia generada no fue propiamente religiosa, sino laica.

 
Más descarado aú: la cruzada contra los cátaros proclamada por Inocencio III (1198-1216). En la terminología católica, la de los cátaros era una herejía que la Iglesia no podía tolerar. Por tanto, su extirpación era un motivo exclusivamente religioso. Ahora bien, teniendo en cuenta la ambición del monarca francés Felipe Augusto, que pretendía aprovechar la ocasión para apoderarse de las tierras del Languedoc, entonces independientes de la corona francesa, pues nada otra vez, la violencia que se produjo no era exclusivamente religiosa, sino laica.
Como se ve, no sólo con el silencio de la violencia expuesta en la primera parte, sino también en el terreno de la guerra hace trampas doña Karen, pues lo cierto es que ninguna, absolutamente ninguna guerra se produce por una sola causa, sino que en todas ellas existen distintas motivaciones, que van desde la política, la economía, la religión y hasta mismamente el odio. Pero lo que hay que ver es cual es el motivo predominante y es indudable que a lo largo de la historia son numerosos los conflictos bélicos originados por y para la religión.

Imágenes.- Internet.

jueves, 1 de septiembre de 2022

LAS SECUELAS DE LA INQUISICIÓN

Su reino no es de este mundo, no paran de repetirlo, pero la voracidad y la codicia eclesiásticas no tienen límite. Con el cinismo y la habilidad que la caracterizan la Iglesia católica se ha apropiado a lo largo de los últimos años de más de treinta y cinco mil bienes inmobiliarios urbanos y rústicos que jamás fueron suyos, incluidos monumentos como la Mezquita de Córdoba, una apropiación legal, pero ellos saben que ilegítima.
Esta voracidad no es nueva, sino que se ha ido desarrollando a lo largo de la historia, y no se queda únicamente en España, sino que se extiende a todos los lugares del planeta a los que llegan sus tentáculos. Pero centrándonos en España y sin remontarnos demasiado, en 1701, tras la muerte de Carlos II y la llegada de Felipe V, el primer Borbón, el irlandés Tobías Boureck, representante del fugaz pretendiente al trono español Jacobo de Inglaterra, cuenta textualmente lo siguiente: "El clero constituye por lo menos un tercio de este reino, y el tercio más poderoso. Los religiosos tienen la mayor parte de la riqueza del país en sus manos y, si alguna vez llega a haber un levantamiento en España serán ellos quienes, por consideraciones puramente temporales les proporcionen los medio necesarios. El gobierno presente no tiene enemigos más peligrosos que ellos." (Tremenda premonición que, entre otras ocasiones, se cumpliría en el levantamiento de 1808 contra los franceses, o en el golpe militar de 1936 contra el gobierno de la República, contra la que el clero conspiró desde el minuto uno de su instauración.)
Pero la organización verdaderamente voraz dentro del clero fue la Inquisición, organismo represivo católico que estuvo funcionando en España desde 1478 a 1833, nada menos que 355 años y que, si en un principio se dedicó a perseguir herejes, pronto se enseñoreaba del país persiguiendo con cualquier excusa a todo el que se atrevía a alzar la voz por leve que fuera contra la organización, contra los privilegios de la Iglesia o a favor del más mínimo cambio en la organización política, social o económica del territorio.
De la Inquisición se han estudiado más o menos a fondo sus métodos, brutales; su organización; su modus operandi para apoderarse de los bienes de los condenados. Lo que no se ha estudiado aún y, a mi juicio es, quizás, lo más importante, es el sufrimiento no sólo de sus víctimas directas, sino de buena parte de los españoles, así como la huella que dejó en el país y en el modo de ser de sus habitantes. Una organización tan poderosa, presente en todos los estratos sociales, con el mismo afán insaciable de sangre que de bienes materiales, que además actúa durante tanto tiempo, no pasa por un territorio sin dejar en él una profunda huella.
La Inquisición implantó la fiscalización generalizada de los españoles entre sí, fiscalización que no se limitaba a la vida pública, sino que penetraba con el mismo rigor en la privada, introduciéndose hasta el último rincón de las casas. Ay, por ejemplo de los que nunca empleaban en sus cocinas los productos del cerdo, porque eso significaba que eran judaizantes, un delito feroz que la Inquisición perseguía con especial saña. Unos a otros se fiscalizaban los vestidos, los comportamientos y hasta el modo más o menos cordial de saludar. Los españoles dejaron de tener vida propiamente privada, porque hasta el pensamiento propio era peligroso y, desde luego, por diversas razones, había que tener infinito cuidado con las confidencias. 
Blanco White (1775-1841), uno de los españoles más honrados de su tiempo, contaba en sus memorias que cuando empezó a tener dudas acerca de los dogmas católicos, no podía hacer partícipe de ellas ni siquiera a su madre, porque, de hacerla, ésta estaba obligada a denunciarlo a la Inquisición, no sólo bajo pena de pecado, sino de complicidad con su hijo, si, por el camino que fuera, llegaba tal confidencia a oídos de la Inquisición.
Tal fiscalización a lo largo de tanto tiempo se tradujo en un celo desmesurado por preservar la vida íntima. Todavía hoy, a los españoles en general nos cuesta no poco presentarnos, dar nuestro nombre, como hacen, por ejemplo, los norteamericanos a las primeras de cambio, nos cuesta franquear la entrada de nuestra casa, incluso entrar en la ajena cuando nos invitan a hacerlo.
El temible organismo creó toda una espesa red de espionaje que se extendía por todo el país. Los espías recibían el curioso nombre de familiares, que denunciaban no sólo las sospechas de herejía, sino todo tipo de insignificancias y hasta de imbecilidades que, no obstante, en la mayoría de las ocasiones servían para armar un caso e iniciar un procedimiento. El cargo de familiar, que en un principio fue ocupado por personar de baja extracción, debido a que era despreciado, precisamente por su carácter de chivato, con el paso de no mucho tiempo y gracias a la importancia que los inquisidores daban a sus pesquisas, ganó tal relevancia, que no tardaron en ocuparlo personas incluso de la nobleza.
Pero la Inquisición hizo todavía algo peor: dividió a los españoles en dos categorías: cristianos viejos y cristianos nuevos, dando lugar a la aparición de la miserablemente célebre limpieza de sangre, de manera que por las venas del cristiano viejo corría sangre purísima, mientras el sistema circulatorio del cristiano nuevo era poco menos que un albañal. Influidos no poco por la Iglesia, los Reyes Católicos, tan unánimemente aplaudidos por los historiadores, le ofrecieron a los numerosos judíos que existían en el reino la alternativa de conversión o expulsión. La mayoría salieron de España entonces, pero no pocos optaron por la conversión. Casi un siglo antes y después de la encerrona de Tortosa (los historiadoras la llaman Disputa, cuando allí no hubo nada que disputar), Vicente Ferrer, el valenciano, no el de la India, había conseguido con todo tipo de triquiñuelas, artimañas y, sobre todo, amenazas, la conversión contaban que de numerosos judíos.
Bien, pues para la autoridades religiosas, para los católicos de toda la vida y para la Inquisición, con la conversión no bastaba: el judío era siempre judío y, aunque el cristianismo predicase el amor y el perdón, incluso de los enemigos, al judío converso, o cristiano nuevo, había que cortarle las alas y tenerlo bien controlado hasta la vigesimotercera generación, por lo menos. Una situación que, dado que el cristiano viejo no se distinguía en nada del cristiano nuevo, abocaba a los españoles de entonces a hacer malabarismos para demostrar que entre sus antepasados no había ningún judío.
Cuando en 1716 la Inquisición le imputa a Melchor Macanaz ascendencia judía, este se remontó nada menos que catorce generaciones para demostrar la pureza de su sangre, nombrando antepasados ilustres, como Damián Macanaz, que participó en la batalla de Lepanto y Ginés Macanaz, capitán del ejército, defensor de Tarragona en 1641. El abate Jean Vayrac (1664-1734), que viajó por España dejó el siguiente testimonio escrito: "No existe ni un triste aldeano que no traiga siempre su genealogía y que no se esfuerce por convencer a todo el mundo de que desciende en línea recta de los godos que ayudaron a Pelayo a echar a los moros de Castilla la Vieja."
La exigencia de la limpieza de sangre, produjo el afán por la nobleza de la estirpe, por la hidalguía, es decir, por la pertenencia a una clase que rehuía el trabajo, la dedicación al comercio o a la industria, consideradas profesiones viles que sólo podían ejercer las clases inferiores o, lo que era lo mismo, los cristianos nuevos, motivo por el que los que a ellas se dedicaban resultaban también para la Inquisición sospechosos de judaísmo. La de la hidalguía fue una auténtica plaga que cayó sobre nuestro país, por distintas razones, entre las que sobresale la existencia de la Inquisición, porque, aunque a la hora de acusar, esta no discriminaba a nadie, la hidalguía, en principio, constituía un buen salvoconducto ante posibles sospechas, más aún si iba acompañada de la ociosidad. Por toda España se multiplicaban los hidalgos que se morían de hambre antes que ejercer cualquiera de aquellos oficios. Cervantes hizo de ellos una síntesis magistral en la figura de su Don Quijote.


Imágenes de Internet. Para alegrar un poquito la vista, dada la poca gracia del tema.

sábado, 27 de agosto de 2022

DE CÓMO ASESINÉ A LA ROMANA



Yo me enamoré del teatro a los nueve años de edad. Fue un flechazo en toda regla. Una sombría tarde de otoño, en el teatro del colegio de los salesianos de Córdoba, hoy sede del Teatro Avanti. No puedo recordar el título de la obra que se desarrollaba en el escenario y, claro es, tampoco su autor. Creo que se trataba de El cardenal. En todo caso, era un montaje del grupo de teatro de la Asociación de Antiguos Alumnos del colegio. El patio de butacas estaba a rebosar de alumnos. Pero yo, no sé por qué, me encontraba en el anfiteatro, junto a sólo un pequeño grupito de compañeros. Me fascinó, sobre todo, la iluminación del escenario en medio de la oscuridad absoluta de la sala, luces de distintos colores que se encendían o se apagaban acentuando o difuminando  los distintos momentos de la obra y, bajo ellas, los personajes deambulando en sus trajes de época, principios del siglo XX, sosteniendo entre ellos diálogos que ni entendía ni falta que me hacía, pura magia para mi, que me permitió vivir uno de los momentos más gratos e intensos de mi estancia en el colegio.
La afición a la lectura era anterior. Tengo para mí que nací con ella. A los cuatro años ya leía el periódico y todos los letreros de las tiendas que veía en la calle, sin enterarme de casi nada, por supuesto. Me enseñó mi padre, que leía mucho, sobre todo en la cama, con su casi perpetuo cigarrillo entre los dedos, pero sólo novelas del oeste, de aquellas de Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane y otros por el estilo. Estas constituyeron también mis primeras lecturas. Las leía a escondidas, algún día contaré por qué. Mas llegó un día en que me cansé de ellas: eran todas iguales. No sé cómo mi padre podía leer una tras otra sin cansarse ni aburrirse.
En una casa humilde en la que faltaba casi de todo, un buen refugio para mí, aunque mucho más adelante, fue la Enciclopedia Pulga. Gracias a ella descubrí a Julio Verne, Salgari, Stevenson, Poe, etc. Me hice de dos ejemplares y luego los iba cambiando por una perra gorda en un local de tebeos y de novelas del oeste y del FBI que había casi al lado de mi casa y que tenía decenas de ejemplares de esta colección.
Mi adolescencia transcurrió en su mayor parte en una guerra permanente entre la naturaleza y la religión. La naturaleza me empujaba a descubrir mi cuerpo, a conocerlo, a disfrutar del placer que podía proporcionarme, en una palabra, me empujaba a masturbarme, cosa que, por temporadas, practicaba casi a diario con exquisita fruición. La religión, por su parte, tiraba de mí, desgarrándome, hacia una antinatural e imposible castidad, cuya exigencia me habían imbuido los santos padres del colegio, señalándomela como el único camino para llegar a ser un hombre de provecho y, lo que era mucho más importante, para conseguir la salvación eterna en la otra vida. Fue una lucha titánica, con episodios que me llenaban de euforia seguidos de otros que me hundían en la más amarga desesperación.
Hacia los catorce años, no recuerdo cómo, cayó en mis manos un libro inolvidable: La Romana, de Alberto Moravia. ¡Madre de Dios, cómo narraba el bueno de Pincherle! ¡Qué verismo! ¡Y que escenas tan eróticas y tan... tan... tan magníficas! Bendito Onán que estás en el paraíso, ni gallardas que me eché yo a costa de la pobre Adriana. Aquel buscándonos las carnes, de la  protagonista con su noviete o con uno de sus clientes, no recuerdo, me ponía como un soldado romano a punto de entrar en combate. Que me perdone don Alberto, pero una vez tras otra volvía a aquel libro buscando únicamente las escenas subidas de tono y siempre con el mismo propósito.
Llevaba sólo unos meses con aquel libro cuando subí por primera vez a un escenario. Fue también en los salesianos. Un domingo de primavera, a primeras horas de la tarde. Me escogió uno de aquellos benditos padres para hacer nada menos que de Santo Domingo Savio, el protagonista de una de aquellas obras educativas de la Galería Dramática Salesiana. En síntesis, la obrita contaba cómo un grupete de niños se hacía con una revistas de mujeres ligeras de ropa y cómo Dominguito Savio que, según contaban no se había masturbado ni siquiera una vez en su vida, los descubría, se apoderaba de las revista y las destruía, después de haber conseguido el acuerdo de los chavales, a los que les había largado una sentida plática acerca de la pureza.
No sé cómo ocurrió. Quizás que, en mi inexperiencia, me metí demasiado en el papel. O acaso fueran los continuos sermones del cura en los ensayos, incluidas las consabidas amenazas ultraterrenales. El caso es que al terminar la representación sufrí uno de los ataques de remordimiento y de temor que me volvían del revés y me empujaban al arrepentimiento y a la expiación, de manera que corrí a mi casa, cogí la queridísima Romana de Moravia, que guardaba como un tesoro bien oculto a las miradas siempre inquisitivas de mi madre, me fui con ella a la orilla del río y allí, cayendo ya la tarde, entre lágrimas y suspiros, fui arrancando sus hojas y una a una arrojándolas al agua. Un asesinato en toda regla del que todavía no he terminado de arrepentirme.


domingo, 21 de agosto de 2022

SOBRE LOS ÁNGELES

 

¿Existen los ángeles? Si está pregunta se la hacemos a un creyente católico, a un judío o a un mahometano, nos responderán que sí, sin duda. Si la pregunta me la hubieran hecho a mí cuando era niño, hubiera contestado exactamente lo mismo. Ángel de la guarda, dulce compañía, no me abandones ni de noche ni de día. Que levanten la mano los que allá por los años cuarenta, cincuenta y mitad de los sesenta, por lo menos, no recitó esta invocación en ningún momento de su vida. En la habitación en la que dormíamos mi hermana y yo había un cuadro con una litografía de bajísima calidad, pero en la que se veía perfectamente un tenebroso paisaje con un puente en regular estado tendido sobre un abismo, en un extremo un niño empezando a cruzarlo y a su lado, casi sujetándolo por los hombros, un ángel andrógino, con una larga melena rubia, como de oro, y relamido hasta el cansancio. El mismo cuadro u otro semejante se encontraba en buena parte de los hogares españoles. ¡Cómo para negar su existencia!
Si la pregunta se le hubiéramos hecho a Pitita Ridruejo (1930-2019), no sólo nos habría contestado afirmativamente, sino que, seguidamente y sin solución de continuidad, nos habría largado una conferencia de no te menees en la que nos habría contado todo lo que se puede saber sobre estos seres invisibles e inefables. Nos habría dicho, ante todo, que los ángeles son espíritus puros. Nos habría contado que eran, como todo, creación divina y que allá por los tiempos de María Castaña (el que sepa quién era esta señora que nos lo cuente), todos vivían en paz y armonía, pero que cierto día un grupo de ellos, encabezado por el más bello de todos, Luzbel, hasta las mismas narices de soportar las perfectas inmovilidad e inmutabilidad del Gran Hacedor, se rebelaron contra él. El Gran Hacedor no movió ni un dedo, pero los ángeles fieles a Él, encabezados por Miguel, se enfrentaron a los rebeldes a los que derrotaron en descomunal batalla. Aquel fue un día terrible para el cielo, porque los derrotados fueron condenados al infierno, creado para ellos en aquel mismo momento. Pero, de rebote, fue también un día terrible para los seres humanos, quienes aún no habían sido creados, pero que cuando Dios los creara y los pusiera en el paraíso terrenal y, más tarde, los expulsará de él irían a parar a aquel mismo infierno todos los que no cumplieran sus mandamientos y, en su día, también los de su Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana.
Pitita Ridruejo nos contaría después que en el cielo hay tres estratos o esferas en las que se reparten los ángeles que ganaron aquella batalla. En la primera esfera, que es la más cercana al trono divino, están los Serafines, Querubines y Tronos; en la segunda están los gobernadores celestes: Dominaciones, Virtudes y Potestades; y en la tercera esfera, los mensajeros celestes: Principados, Arcángeles y Ángeles.
Ahora bien, el ángel más célebre de todos es, precisamente el de la guarda, que hemos mencionado al principio. Se sabe, porque se sabe, y si no Pitita Ridruejo, nos los habría asegurado, que cada persona, sea de la condición que sea, tenemos uno. Sin embargo, si es así, tendrá que haber una fábrica de ellos, aunque esto no nos habríamos atrevido a preguntárselo a doña Pitita, porque parecería que poníamos en duda sus historias; pero, no remontándonos mucho, si al principio del siglo XX éramos seis mil millones de habitantes en el planeta y hoy somos ya ocho mil millones, con perspectiva de seguir creciendo, ¿de dónde proceden esos ángeles necesarios para atender a los nuevos seres humanos? No lo sabemos.
No obstante, que carezcamos de respuesta para esta pregunta no resta ni un ápice de popularidad al ángel de la guarda. Es un personaje tan habitual que hasta los politicos lo tienen. Por ejemplo, ahí está Fernández Díaz, un inmundo personaje, presuntísimo subjefe de las cloacas del Estado (el jefe, presunto, era un tal M. Rajoy, que todo el mundo sabe quién es menos los jueces españoles), esa especie de sabandija beatona, antaño golfo de discoteca y después golfo de la política, tiene también el suyo. Se llama Marcelo y el exministro habla con él y lo ayuda nada menos que a aparcar. Todo un portento.
Pero esto de los ángeles en la política no es nuevo. Nada menos que en 1701, recién llegado a España Felipe V, el Borbón, cuya dinastía sustituyó a la de los Austrias, nos enteramos de que algunas personas privilegiadas no cuentan con un ángel de la guarda, sino con dos. En efecto, nada menos que don Manuel Arias, Presidente del Consejo de Castilla y segunda autoridad del reino, le decía textualmente al nuevo monarca: "Los ministros y el mismo arzobispo de Toledo, tienen solamente un ángel de la guarda cada uno; los reyes tienen dos y uno de ellos preside el gobierno de sus Estados y es mucho mas hábil que el otro: el rey más mediocre es capaz de gobernar por medio de estos ángeles mejor que el mejor ministro." Una declaración que nos deja perplejos y con una enorme duda quemándonos los labios, pues, si la declaración del señor Arias es cierta, es posible que Carlos II, al que llamaron El hechizado, no estuviera el pobre medio tonto a causa de los cruces intrafamiliares, sino que mentes oscuras y manos malvadas, burlando a sus ángeles de la guarda, lo entontecieron para acabar con la dinastía. Y si esto fue así, ¿cabe dudar de que todo el complot lo hubiera organizado Luis XIV, el rey de Francia, abuelo de Felipe V, con el propósito de introducir su dinastía en España y ponerla a su servicio?
Sea como sea, menudo país el nuestro, ¿no? Porque si los ángeles existen, y dudarlo es cosa propia sólo de inmorales ateos, ya sabemos quien protegía al Emérito en sus fechorías para que nadie, ni políticos, ni periodistas, ni, muchos menos, fiscales y/o jueces, se percataran de ellas. Y, sin la menor duda, un ángel ha sido también el que le escribió al monarca actual la sentidísima rogativa dirigida a Santiago Matamoros en su catedral de Santiago de Compostela el pasado 25 de julio. Con ella, don Felipe VI le pedía al presunto apóstol que nos ayude a los españoles a encontrar certezas que sirvan de guía en nuestros caminos. Y también: "Los valores inmutables de la peregrinación nos guiarán de nuevo en la superación de las adversidades."
Sí, ha tenido que ser el ángel de la guarda, no sólo el que le ha escrito la rogativa, sino el que ha empujado al monarca a recitarla, porque de otra forma no se explica que el Jefe del Estado, un Estado aconfesional, y en su calidad de Jefe de Estado, se pase olímpicamente por la entrepierna la Constitución que recoge dicha aconfesionalidad, además, en un templo católico. ¡Y que a nadie, ni al Tato, se le ocurra, por lo menos, protestar!

P.S. Las negritas son de quien escribe.
Las imágenes son de internet

miércoles, 17 de agosto de 2022

SALVADO POR LA CAMPANA

Por encima de dogmas y de creencias, el catolicismo es una religión de pecado y de perdón. A diferencia de la mayoría, por no decir de la totalidad de las demás religiones, que tienen como objetivo declarado el perfeccionamiento de sus fieles a través de las prácticas piadosas, el catolicismo no es que rechace la consecución de la virtud, sino que el practicante católico puede ser más malo que un dolor de muelas que tal circunstancia carece de verdadera importancia. O, dicho más claramente, usted puede pecar y pecar tanto como quiera, siempre que cada vez que peque se acerque al confesionario, le cuente su pecado al sacerdote de turno y listo, lavado y suavizado como la mejor de sus prendas de cama o de vestir.
"¿Y cuántas veces debemos perdonar, Maestro, siete?"
"No te digo yo siete, sino setenta veces siete."
De esta manera, el evangelista pone en boca de Jesús la creación del pasaporte para el pecado, pues el setenta veces siete no quiere decir cuatrocientos noventa, que es el resultado de la operación, sino las veces que sea necesario. Al menos, así lo ha interpretado la Iglesia. Pero tanto y tanto perdón ¿qué es en el fondo sino una invitación a pecar? Pues si una y otra vez se te perdonan tus fechorías, que, además, suelen ser las mismas, ¿qué estímulo tienes para dejar de practicarlas?
Hay que señalar, no obstante, que el perdón de los pecados tiene como premisa cinco condiciones: examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Estas cinco condiciones me las hicieron aprender de memoria en las clases que llamaban de religión, pero que ayer, como hoy, eran y son de catequesis. Y se me quedaron tan adentro que las recuerdo como si las estuviera recitando en este momento ante el cura de turno.
La Iglesia, que lo tiene todo minuciosamente catalogado y puntualizado, explica que el dolor de corazón es en realidad arrepentimiento del pecado y que este admite dos formas la atricción y la contricción. La primera es el arrepentimiento por temor a las penas que te pueden caer en la otra vida, al infierno, concretamente; la segunda, mucho más valiosa, define el arrepentimiento por amor de Dios.
Pero la doctrina del pecado, ellos la llaman teología, para darle cierto sabor científico, no termina en el perdón. La Iglesia sostiene dogmáticamente que quien muere en pecado mortal va directamente al infierno. Ni de veces que de niño los sacerdotes nos acojonaban literalmente al advertirnos con sus expresiones más sofisticadas que si, una vez acostados, pecábamos, y a qué pecado se referían ya lo sabíamos todos, y moríamos durante el sueño no tendríamos salvación, al fuego por toda la eternidad (lo que les ha gustado siempre a estos caballeros el fuego, han sido y son 
auténticos pirómanos)
Morir en pecado mortal. Qué expresión tan sencilla, tan clara y tan directa, ¿no? Pues más allá de su sencillez esta frase esconde tras ella una de las hipocresías más potentes de la Iglesia católica, organización que en esta materia es difícil de superar. ¿Y en qué consiste esa hipocresía? Verá: usted puede llevar una vida de rectitud incluso hasta el heroísmo; usted puede cumplir hasta la extenuación y hasta con riesgo de la vida todos y cada uno de los mandamientos de la Ley de Dios y los de la Iglesia, puede ejercer exhaustivamente la caridad y practicar las obras de misericordia, usted puede vivir, en fin, entregado enteramente al amor de Dios y del prójimo, que si un mal día cae usted en la tentación y peca mortalmente y muere sin tiempo de obtener el perdón, usted va directamente al infierno. 
Ahora bien, usted puede ser a lo largo de su vida el mayor crápula de la historia, puede ser un asesino en serie, un violador, un genocida, en una palabra, puede ser un pecador con toda la batería de pecados posibles a sus espaldas que si un día se arrepiente, se confiesa, obtiene la absolución y, seguidamente, muere, su destino no es otro que el cielo. Es decir, que usted resulta salvado por la campana, exactamente igual que en esa salvajada del boxeo un púgil se salva del KO cuando, un instante antes de caer, suena la campana que anuncia el fin del combate.
Sin embargo, como, aparte de hipócrita, esta doctrina es de una brutalidad insuperable, pues no se acumulan méritos ni se tiene en cuenta el sacrificio de toda una vida, sino que el premio o el castigo dependen de la fotografía de un sólo momento, la Iglesia inventó el purgatorio, lugar que no figura ni como metáfora ni como alegoría en ningún sitio del Antiguo o del Nuevo Testamentos. En el desarrollo de la teología del pecado, llegó a la conclusión de que, aunque la absolución del sacerdote concede el perdón del pecado, éste deja en el alma huellas o cicatrices con las cuales no se pueden entrar en el cielo, lugar de absolutas limpieza y perfección. El purgatorio es entonces, como su nombre indica, el lugar en el que se limpian esas manchas y se eliminan las cicatrices. ¿Y cómo se eliminan? Pues cómo va a ser: exactamente, con fuego. ¡Lo mismo que en el infierno! Sólo que aquí el sufrimiento es temporal y se hace más llevadero al conservar la esperanza de salir de él.
 
Imágenes de Córdoba, propias:
1.- Jardines Campo de la Merced
2.- Patio Calle Frailes
3.- Patio calle Isabel II
4.- Patio calle Maese Luis

martes, 9 de agosto de 2022

PROHIBIDO DUDAR

Cuando yo era niño, ¡madre mía!, ¿cuándo fue eso?, preparándonos para la primera comunión, el párroco de San Pedro, don Julián Caballero nos contó una historia que, en nuestra insignificancia de entonces, nos llenó de pavor. Como además nos la contó con su voz más potente y cavernosa, aquella tarde salimos del templo con los congojos completamente atravesados en el gaznate.
Era dos amigos, llamémosles Felipe y Amadeo, ya adultos que conservaban su amistad desde la primera infancia. Cierto día, Amadeo le confesó a Felipe que tenía serias dudas de que Dios existiera, como le habían enseñado desde que eran niños, y de que existiera realmente otra vida después de la muerte. "A mi parecer", le dijo, "toda esa parafernalia que monta la religión es sólo teatro para domesticarnos y manejarnos a su antojo." Felipe, naturalmente protestó, señalándole a su amigo que sin Dios, el mundo, la vida, su amigo y él mismo carecían de explicación y, por supuesto, de sentido. 
Pero a Amadeo no se le disipaban las dudas. Muy al contrario, cada día dichas dudas se le iban transformando en la negación de la existencia de Dios. Pero poco antes de que su negación cristalizara y se tornara irreversible, Amadeo enfermó gravemente y, sintiendo que llegaba su última hora, hizo llamar a su amigo Felipe y cuando lo tuvo a su lado le dijo: "Felipe, me muero, ya lo ves, me voy al otro mundo. Te he llamado para decirte que si es verdad que hay Dios volveré a decírtelo." Y no bien hubo dicho estas palabras, expiró.
Pasó una semana, dos, tres. Felipe estaba seguro de que del otro lado de la muerte no había vuelto nunca nadie, salvo Jesús, por eso no le extrañaba que pasaran los días y Amadeo no regresara. 
Pero un día, justo cuando se cumplía el veintiuno de su muerte, a media noche, se escuchó en la habitación de Felipe un estruendo como si se hubiera caído un armario o hubieran tirado una piedra de buen tamaño por la ventana. Felipe despertó bruscamente y al abrir los ojos descubrió a los pies de su cama una figura negra y humeante, tan pavorosa que poco faltó para que sufriera un ataque al corazón. Pero entonces, "¡Feliiipeee! ¡Feliiipeee!", brotó de aquella horrorosa figura la voz que recordaba vagamente la de su amigo fallecido, "Soy Amadeoooo! Vengo a decirte que Dios existe y que yo estoy en el infierno para toda la eternidad por haber dudado de su existencia." Teníamos siete años y entonces no había televisión, ni radio en la mayoría de las casas, ni nada de nada.
Yo no sé en otras religiones, porque no soy un experto en religión comparada, pero en el catolicismo la simple duda es un pecado de tal calibre que, de morir con él, usted va directamente al infierno. Puede llevar una vida intachable, cumpliendo escrupulosamente todos los mandatos de la religión, incluso heroicamente y hasta, quizás con riesgo de su vida, que si en el último momento tiene la más mínima duda, ¡cataclás! de cabeza al infierno. Que religión tan chusca, ¿no?, incluso miserable. ¿Y qué clase de Dios es ese que a mí me predicaban de niño que te endosa un castigo eterno por una simple duda? La realidad es que, hábiles como son, sacerdotes y jerarcas lo único que persiguen es meterte bien metido el miedo en el cuerpo, sabedores de que el miedo que se adquiere de niño es si no imposible sí que muy difícil de erradicar.
Pero la duda está además tan duramente condenada, porque tras ella puede llegar y de hecho llega en muchas ocasiones la confirmación de que todo lo que te contaron no es más que un cuento para tenerte, como se dice, amarrado a los pies de la cama.
Tenía yo alrededor de catorce años y, pese al temor y todo lo demás, a mí me llevaban surgiendo dudas desde hacia bastante tiempo. Por aquel entonces, yo no pretendía alejarme de la Iglesia, sino encontrar respuestas. Y la encontré, la más formidable que hubieran podido darme. Durante un tiempo estuve preguntándome a quien plantearle aquella dudas y tras rechazar a don Julián, el párroco, a los padres de los salesianos en los que estudiaba, me acordé del coadjutor de mi parroquia, don Juan, un tipo cetrino y silencioso, gran fumador, que, aunque yo no lo sabía, vivía amancebado con la señora que, en teoría, le limpiaba la casa y le hacía la comida. Además de su silencio, aquel don Juan, que lo más que me decía era: "tú eres un niño zangolotino que se comió cuarenta kilos de pepinos." y que no tragaba a las beatas, hasta el punto de que les daba la comunión como si estuviera repartiendo cartas de mala leche, aquel don Juan era el mío. Así es que una mañana lo abordé en el atrio de la iglesia.
"Que mire usted, don Juan", empecé tímidamente. "Que yo es que tengo algunas dudas y me gustaría...."
No me dejó terminar.
"¿Dudas?", replicó si alterarse. "¡Dudas! Tú lo que tienes que hacer es rezar, verás como te desaparecen las dudas."
Y justo a partir de aquel momento me desaparecieron todas las dudas, vaya si me desaparecieron. Nunca más volví a dudar. Seguí acudiendo a la iglesia durante un tiempo, porque había que hacer el paripé, pero el catolicismo quedó para siempre fuera de mi vida.

Imágenes: Pinturas del cordobés Manuel Castillero

miércoles, 3 de agosto de 2022

FE Y CREDULIDAD



En la tertulia que los jueves mantenemos aquí, en mi casa, mis amigos Ernesto Caraba, Sacho Dávila, mi mujer y yo hablamos de todo sin un orden del día previo y muchas veces saltando de un asunto a otro y picoteando aquí y allá. Pero casi siempre surge un tema en el que acaban centrándose las intervenciones y en el que hasta llegamos a alguna conclusión que damos por definitiva.
El jueves pasado, yo mencioné la toma de posesión del nuevo presidente de la Junta de Andalucía, un tal Moreno Bonilla, un acto para cuya celebración el buen señor reunió nada menos que a setecientos invitados, dato, no obstante, que, por su exageración, hay que coger con pinzas, pues está tomado de los periódicos y ya sabemos que en España la prensa, en fin, no es demasiado veraz, para decirlo lo más suavemente posible. En cualquier caso parece que fue una celebración potente, algo así como si se tratara de la boda de un magnate de las finanzas o del presidente de alguna de las grandes empresas de energía eléctrica que se están forrando con el timo de la estampita.
Pero cuando más bien chismorreábamos que hablábamos seriamente acerca tanto del acto como de las medidas y proyectos que Moreno Bonilla se propone llevar a cabo a lo largo de la legislatura, Ernesto Caraba soltó: "Desde luego hay que tener fe, mucha fe, para creer a un señor que en plena pandemia del Covid no se le ocurrió nada mejor que despedir a varios miles de médicos de nuestra Seguridad Social, mientras le perdonaba algo así como cuatrocientos millones de euros a la COPE, la cadena radiofónica de los obispos españoles; retiraba unidades temáticas de los colegios públicos y aumentada descaradamente el apoyo económico a la enseñanza privada."
"A mí", intervino mi mujer, yo creo que un tanto irónicamente, "me enseñaban de niña que la fe era una gracia que Dios nos daba gratuitamente y que, del mismo modo, nos la quitaba si nos alejábamos de él y no cumplíamos sus mandamientos y los de la Santa Madre Iglesia."
Y aquí se inició un pequeño guirigay acerca de lo que era o no la fe  y acerca de la clase de fe a la que se refería tanto Ernesto como mi mujer, que por cierto se llama Lola, a la que en adelante la llamaré por su nombre, sin especificar que se trata de mi mujer, puesto que ni es mía ni nunca lo ha sido. La cuestión era que no parecían ser del mismo tipo la fe a la que se refería Lola y aquella a la que se refería Ernesto, y si era así, ¿de cuántas fes podíamos hablar? Parecía un tema baladí, pero por la pasión que enseguida empezamos a mostrar Ernesto, Lola y yo mismo pronto nos dimos cuenta de que no era tan sencillo llegar a una conclusión. Entonces intervino Sancho Dávila que hasta aquel momento había permanecido callado y muy atento a lo que cada uno de nosotros decía.
"Vamos a ver, aquí hay una confusión de principio que vicia la discusión y que conviene aclarar. Cuando se habla de fe es necesario distinguir entre esta y la credulidad, que casi siempre se mezclan y se confunden. La religiones en general e interesadamente ponen el acento en la necesidad de la fe para aceptar sus contenidos y dogmas y cumplir sus mandamientos. Y, según los dirigentes de cada religión no es necesario que tales contenidos y dogmas tengan un carácter racional, más bien al contrario, ese carácter, sostienen, puede ser un obstáculo para la fe y, por tanto, para la aceptación de dichos contenidos y dogmas. Centrándonos en el cristianismo, Tertuliano, por ejemplo, afirmaba: 'Creo porque es absurdo.' Y en general desde los Padres de la Iglesia hasta el último cura de aldea sostienen que sin fe es imposible la salvación. Bien, pero ninguno aclara que es para ellos eso de la fe.
Dávila hizo una pausa, dio un sorbo al refresco que tomaba, que ya debería estar más bien calentito, suspiró levemente, como con resignación y prosiguió:
"Hay algo en este asunto que siempre se pasa por alto y es lo siguiente: queramos o no, creer en algo o en alguien, es decir, tener fe, exige cierto sustrato de verosimilitud por parte de ese algo o ese alguien, de lo contrario, de lo que en realidad se habla no es de fe, sino de credulidad, que podemos definir como la creencia infantiloide en cualquier cosa, por absurda e imposible que sea. 
"Con un ejemplo lo veremos claro: Un amigo de confianza ha vuelto de Nueva York y me cuenta que hay edificios de más de cien metros de altura a los que llaman rascacielos. Yo no he visto en mi vida un rascacielos y hasta este momento no he tenido noticia alguna de su existencia; sin embargo, creo a mi amigo porque si con las técnicas actuales de construcción yo he visto edificios de doce o catorce plantas, no considero imposible ni absurdo un edificio que bien puede tener treinta y cinco o cuarenta plantas, incluso más. Entonces, lo que tengo en relación con lo que me cuenta mi amigo, es fe. Que mi amigo me engañe y no sea cierto que en Nueva York haya rascacielos no afecta a la esencia de mi fe, puesto que aquello en lo que yo creo resulta, en principio, ciertamente creíble.
"Imaginad que, poco después, el que viaja a Nueva York soy yo y descubro que mi amigo me ha engañado que allí no hay rascacielos ni nada que se le parezca. Inmediatamente yo pierdo la fe en mi amigo y a partir de ese momento en todo lo que me diga. Es decir, que la fe no se tiene por una persona, por mucha autoridad moral o académica que tenga, sino por aquello que se nos propone creer, pero se pierde por la persona que te dijo una mentira en lugar de la verdad.
"Supongamos ahora que ese amigo nuestro es el papa de Roma, la mayor autoridad moral del mundo occidental, al menos en teoría. Supongamos que nos dice que, cuando era cardenal, viajando desde Buenos Aires a Roma vio por la ventanilla del avión una bandada de elefantes volando. Como quiera que un hecho así no tiene el menor sustrato de verosimilitud, puesto que sabemos que los elefantes carecen de alas y, por tanto, no pueden volar, si creemos lo que nos dice el papa no es fe lo que tenemos, sino credulidad, que es lo que tienen los niños cuando se les habla del hombre del saco o de los Reyes Magos.
"Por consiguiente, si, volviendo al presidente de la Junta de Andalucía, creemos que Andalucía va a convertirse en una potencia en energías renovables, como él afirma, lo que tenemos en principio es fe, porque no podemos negar que Andalucía cuenta con una base más que suficiente para convertirse efectivamente en esa potencia energética. Ahora bien, considerando que el personaje ya nos ha mentido en alguna que otra ocasión aceptar ahora lo que dice entraría plenamente en el terreno de la credulidad.
"Por su parte, la afirmación de Tertuliano, que pasa por ser uno de los grandes pensadores de la Iglesia, lo que revela no es que tuviera fe, sino que era un crédulo, es decir, que tenía credulidad. Eso o era un cínico, puesto que es imposible creer de verdad en algo que de entrada sabemos o entendemos que es absurdo. Y no es poco lo que el cristianismo tiene de absurdo. Por ejemplo, que un hombre que muere en una cruz resucita y, en lugar de mostrarse públicamente para que todo el mundo se convenza de la verdad de su mensaje, sólo se aparece a sus compinches, quiero decir, a sus discípulos. Por lo tanto, querida Lola, lo que a ti y a todos nosotros nos enseñaron de niños no es fe, sino credulidad, porque los hechos a los que se refiere no tienen el más mínimo sustrato de verosimilitud, sino todo lo contrario. Y de hecho cuando a un sacerdote o a un teólogo le planteas el tema de este modo, no sólo el de la resurrección, sino el de la Trinidad, el de la transustanciación del pan, etc, etc, tratará de salirse por la tangente, pero si le aprietas acabará diciéndote que se trata de un misterio y que, como tal, resulta inexplicable. Lo que en realidad están diciendo es que se trata de absurdos, hechos que requieren amplias tragaderas para creer en ellos, es decir, requieren no fe, sino credulidad."

Imágenes: pinturas de Miró.


jueves, 28 de julio de 2022

VIVA LA GUERRA


De tanto repetirnos y repetirnos que el ser humano necesita encontrar el sentido de la vida, ahí vamos como autómatas metidos sin pensar en esa búsqueda, retorciéndonos no sólo el cerebro, sino hasta la nariz y el "diodeno", como diría Chiquito de la Calzada. Desde muy pequeñitos nos lanzan por un tobogán interminable en cuya cabecera se encuentra siempre la religión, es decir, los hombres, porque son sobre todo hombres, que de ella viven. ¿De dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Adónde vamos?, nos repiten una y otra vez mientras nos deslizamos pendiente abajo tratando de encontrar una respuesta. Nos machacan, sobre todo, con la última, la más inquietante, ¿adónde vamos? No pocos de estos controladores religiosos se disfrazan de filósofos y hasta inventan sistemas en los que a primera vista la religión no existe o no se tiene en cuenta, hasta que, en el momento menos esperado, dan un giro y, ¡zas!, el sistema termina justamente en el divino Dios.
Una vez introyectada la necesidad de encontrar el sentido de la vida, cualquier medio es válido y aceptable para proceder a su búsqueda. Así, la británica Karen Armstrong, gran experta en religión comparada, miembro prominente del grupo de la Alianza de Civilizaciones y, en 2017, premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, rizando el rizo y retorciendo los hechos hasta llevarlos enteramente a su terreno, en su libro Campos de Sangre y a propósito de la caza en la prehistoria, en la que un pequeño, diminuto, grupo humano se enfrenta con armas rudimentarias a un animal gigantesco, por ejemplo, un mamut, esa señora afirma que: "...estas persecuciones violentas se percibían como actividades religiosas naturales, por muy extraño que parezca a nuestra comprensión actual de la religión (es decir, porque lo digo yo). Las personas, especialmente los hombres, experimentaban un poderoso vínculo con sus compañeros guerreros (guerreros, no cazadores, dice la señora), una intensa sensación de altruismo al poner su vida en peligro por los demás y la sensación de vivir con más plenitud."
Yo no sé cómo puede conocer la señora especialista los sentimientos que embargaban a nuestros antepasados prehistóricos en una situación de peligro como esta, pero por si fuera poco el retorcimiento interpretativo de las pinturas que esos mismo cazadores dejaron en las cuevas en las que habitaban, doña Karen no tiene reparos en echar mano de una cita de Chris Hedge, corresponsal de guerra del The New York Times que dice lo que sigue:
"La guerra hace que el mundo sea comprensible, un cuadro en blanco y negro que divide a buenos y malos (a recordar: los buenos son los del Séptimo de Caballería, los malos los indios). Suspende el pensamiento, en especial el pensamiento autocrítico (es decir, la conciencia de la bondad o maldad de nuestros actos, las cosas por su nombre). Todos se inclinan ante el esfuerzo supremo. Somos uno. La mayoría de nosotros acepta la guerra con gusto (la negrita es mía) siempre y cuando pueda enmarcarse en un sistema de creencias que postule el sufrimiento subsiguiente como algo necesario para un bien superior, pues los seres humanos no sólo buscan felicidad, sino también el sentido. Y por desgracia, a veces la guerra es la herramienta más poderosa de que dispone la sociedad humana para alcanzar el sentido."
Que en pleno siglo XXI, con lo que se conoce ya del cerebro y de nuestras capacidades para controlar la violencia y llegar a entendimientos pacíficos, tengamos que leer todavía alegaciones guerreras como esta y que una señora como Karent Armstrong, que no sólo es experta, sino defensora de la religión, reciba el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales da idea de cómo se mantienen y actúan sobre la sociedad los grandes manipuladores y controladores del rebaño humano. 
Al señor periodista se le han olvidado varias cosas. La primera, quizás, que para alcanzar el sentido de la vida lo mejor es hacerse miembro de la OTAN, porque seguro que no van a ser guerras lo que nos va a faltar. Mi padre, que, como ya he dicho alguna vez en este mismo medio, hizo la guerra del treinta y seis en la legión no contaba nada de ella, sólo una mínima, aunque rocambolesca, historia de cómo y por qué había llegado a la legión. Pero en cierta ocasión, le oí comentar con un familiar que en aquella guerra él cambiaba agua por coñac. Tal vez se le escapara, porque fue un comentario fugaz, pero de él yo deduje que el ardor de los soldados en el combate debía deberse a la ración de alcohol que le facilitaban y no a ideal alguno, puesto que, a despecho del comentario del señor periodista de más arriba, la práctica totalidad de los seres humanos no desean morir y a muy, pero a que a muy pocos les satisface matar. Si al alcohol le añadimos la arenga de los mandos la desaparición del pensamiento autocrítico está servida y entonces, sí, lo que aparece es la sed de sangre y el ansia de matar a quién, por el mismo camino que tú, anhela matarte a ti. Aquella intuición no tardé demasiado en corroborarla a través de mis lecturas al respecto.
Bien, pues por mucho que se empeñen los pensadores y dirigentes del cotarro religioso, por más que se empeñen filósofos y teólogos, lo único que de verdad conocemos de Dios es su silencio, un silencio aplastante, abrumador, continuo e interminable. Por consiguiente, en el asunto de la búsqueda del sentido de la vida es más que conveniente aplicar la navaja de Ockham y decir lo que Laplace le dijo a Napoleón: No, sire, Dios no es necesario en mi sistema."
La proposición buscar el sentido de la vida, es una proposición malévola que interesa sobremanera a los dirigentes religiosos, al señor obispo de Córdoba, por ejemplo, gran inventor de bulos, entre otras cosas, a los miembros de la Conferencia Episcopal y a personas en general que viven no por la religión, sino de la religión. 
Nacida de un farragoso azar, en lo que hoy parecen estar de acuerdo la mayoría de los científicos, la vida no tiene, no puede tener sentido alguno. Sencillamente es. Y punto. Surgida, además, en un medio hostil, en el que los individuos nacen y mueren, porque aquello mismo que los alimenta es lo que los mata, su único objetivo es mantenerse trasmitiéndose de unos seres a otros, adaptándose y evolucionando. La pregunta, pues, ¿de dónde venimos? queda contestada de este modo. La respuesta a la pregunta ¿qué hacemos aquí?, no es otra sino la de transmitir nuestros genes, esto es, transmitir la vida, cosa que hacemos todos los seres vivientes incluidos los humanos, ese y no otro es nuestro principal y único objetivo, todo lo demás es accesorio y, desde luego, innecesario para la vida. La pregunta que al día de hoy sigue sin respuesta es ¿adónde vamos? Pero ni debemos inquietarnos ni, mucho menos, atender a la respuesta que sostienen los representantes y vividores religiosos, porque no tienen prueba alguna de esa respuesta. No debemos inquietarnos, porque lo más probable es que no vayamos a ningún sitio. En cualquier caso, dejemos a la ciencia que siga investigando, pues será de ella de quien nos llegue la respuesta correcta, si es que realmente existe.
El sentido de la vida no lo vamos a encontrar nunca, aunque busquemos y busquemos, mucho menos en esa infernal brutalidad que representa la guerra, donde lo que se desatan realmente son los peores instintos de la especie humana, alojados en el cerebro reptiliano que seguimos poseyendo. Y no lo vamos a encontrar porque, como ya he dicho y repito, la vida carece por completo de sentido, no tiene lógica ni fundamento.
Otra cosa absolutamente distinta es darle un sentido a nuestra vida. Todos los animales, incluidos los superiores, se limitan a vivir y a luchar por su supervivencia. Dotado a lo largo de la evolución de la capacidad de pensar en sí mismo y en su entorno, únicamente el animal humano, siempre insatisfecho, puede, si no es capaz de limitarse tranquilamente a vivir, darle un sentido a su vida, cualquiera, el que le parezca mejor, material o espiritual, eso carece de importancia, lo importante es que ese sentido será único y personal, cada persona tendrá el suyo propio, porque lo contrario, tratar de imponer a los demás el sentido que yo le doy a mi vida sería caer precisamente en la misma dictadura mental y uniformista  que pretenden los vividores de la religión.

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