jueves, 13 de enero de 2022

AGAPETISMO


 Esta rara palabreja, que no figura en el diccionario de la Academia Española de la Lengua, procede del término griego ágape. Para los griegos, ágape era un término que hacía referencia al amor, en concreto, venía a significar el amor sin exigencias, el amor en el que el amante no aspira a conseguir la correspondiente contrapartida por parte de la amada o el amado, sino únicamente a buscar su bien por todos los medios posibles. En tiempos de Platón, siglo V antes de nuestra Era, algunos filósofos se referían a él como amor a la verdad y también, indistintamente, como amor a la humanidad, diferenciándolo del amor personal.
En cualquier caso el término se distinguía de philos, que hacía referencia a la amistad o al aprecio de algo, como en la palabra filosofía, cuyo significado es amor al conocimiento, y se distinguía igualmente de eros, que significaba el amor en el que estaba presente la sexualidad.
El término ágape, siguió teniendo el mismo significado en latín. Sin embargo, los primeros cristianos lo transformaron en el amor a Dios y en el amor que Dios sentía por la humanidad, aunque la acepción más interesante que le dieron, de cara a la palabreja que da título a esta entrada, fue la de el sacrificio por amor que todo cristiano debía experimentar por los demás. Esta acepción derivaba del capítulo 3, versículo 16 del evangelio de Juan, que dice textualmente: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo primogénito para que todo aquel que cree no se pierda, sin que tenga vida eterna."

Los cristianos llamaron ágape también a una comida de carácter religioso, que iba precedida y seguida de preces y que servía, de algún modo, para mostrar el amor de los reunidos a Dios, así como para estrechar sus relaciones. Hoy el término, prácticamente en desuso ha quedado reducido a una comida colectiva, sin carácter religioso, aunque sí con cierto sentido de ritualidad, pues se le suele dar este nombre a las que se realizan para celebrar algún acontecimiento.
Es indudable que todo el mundo tenemos una idea más o menos común del significado de la palabra amor. Sin embargo, se trata de un término borrascoso por la cantidad de significados que en realidad tiene, especialmente desde el punto de vista filosófico. Así, Platón, por ejemplo, entre las varias acepciones que establece, distingue entre el amor terrenal y el amor celeste; el primero es el que aparece entre las personas; el segundo, mucho más excelso, lleva al conocimiento, a la Verdad, tal y como la entendía el filósofo. Pero el amor es también para él una enfermedad, pues se trataría de una especie de locura que distorsionaría por completo la vida de los amantes.
San Pablo identifica el amor principalmente con la caridad, que en su ideario, es algo así como la entrega desinteresada a Dios y a los demás. A lo largo de la historia no son pocos los filósofos e intelectuales que han aportado sus respectivas versiones, pero, modernamente, una de las más aceptadas es la del escritor y ensayista irlandés Clive Stapies Lewis, conocido principalmente por ser el autor de Las crónicas de Narmia. Autor cristiano, Lewis encuentra cuatro y sólo cuatro tipos de amor: el afecto, la amistad, el eros y la caridad.
Sin embargo, más allá de todas las clasificaciones y acepciones, el amor por antonomasia es el erótico, aquel que busca una relación sexual. Esta prevalencia encuentra su fundamento en el hecho de que la misión principal que tienen todos los seres animados de este mundo no es otra que la transmisión de sus genes. En la mayoría de las especies esta transmisión se realiza a través de un contacto sexual, contacto que tiene especial relevancia entre los mamíferos, a los que pertenece el ser humano. Cierto es que para la realización de este contacto no se necesita que haya amor, pero entre los seres humanos la relación sexual resulta mucho más gratificante si va unida al amor.
Gracias a estar dotados de razón y a la cultura que hemos ido desarrollando a lo largo del tiempo, los seres humanos tenemos la capacidad de abstenernos en la transmisión de nuestros genes, pero la fuerza de este instinto es de tal calibre que resulta francamente difícil abstenerse del contacto sexual.
La religión cristiana, en la que la culpa y la expiación correspondiente ocupan un lugar preponderante, principalmente en su versión católica, le da a la castidad, es decir, a la abstención del sexo en todas sus variantes, incluido el pensamiento, un valor sacrificial de primer orden, incluso la exige como obligación entre los clérigos y personas consagradas, como las monjas. 
Desde los primeros tiempos del cristianismo, mucho antes de la existencia de monjas, hubo bastantes mujeres que, siguiendo la idea del sacrificio, decidían mantener su virginidad para ofrecérsela a Dios. Muchas de estas mujeres, además, por piedad y por caridad y con intención de acentuar el sacrificio, se iban a vivir como hermanas con diáconos y presbíteros que vivían solos. Tales vírgenes fueron llamadas agapetas, cuyo significado venía a ser el de muy amadas, en tanto el movimiento recibía el nombre de agapetismo. La experiencia resultó como no podía dejar de resultar: la práctica totalidad de tales caritativas vírgenes, acabaron preñadas y no una sola vez, sino sucesivas. 
Aunque en aquel tiempo, tanto diáconos como presbíteros podían estar casados, al tratarse en este caso de clérigos solteros, se producían continuos escándalos, por lo que en el año 314 el concilio de Ancira prohibió terminantemente la convivencia de tales vírgenes con hombres, ya fuesen clérigos o no. Tal prohibición tuvo escaso eco, tan escaso que tuvieron que sucederse las prohibiciones, encontrándose aún en los cánones de los concilios I y II de Letrán, en los siglos X y XI.

Un caso particular de agapetismo se produjo en Irlanda. Aquí, Santa Brígida, en el año 470, creó en Kildare el primer monasterio mixto de hombres y de mujeres que se conoce. A partir de éste, ya en el siglo VI se crearon otros igualmente mixtos. En todos ellos, incluido el de Kildare, los monjes se acostaban con las monjas con el propósito de demostrar su autodominio. El resultado fue el mismo: monjas y más monjas embarazadas y no, precisamente, por obra del Espíritu Santo.
Y es que la carne aprieta y es extraordinariamente difícil dominar su empuje. Sólo contados místicos lo consiguen y aun estos con trucos que resultan de lo más dudoso y hasta, en más de un caso, cómicos. Pero de los místicos hablaremos otro día.

Fuentes:
El sexo de los clérigos.- Pepe Rodríguez
Diccionario de Filosofía.- Ferrater Mora
El banquete.- Platón



  


miércoles, 5 de enero de 2022

EL TRIBUNAL DE LA SANGRE


 Felipe II, al que la Historia apoda el Rey Prudente, yo creo que con su poquito de ironía, era en realidad un individuo siniestro, egocéntrico, intransigente, incapaz de delegar en sus subordinados porque no se fiaba ni de su sombra. Gran aficionado a las reliquias, que por aquel entonces seguían estando de moda, llegó a reunir una importante colección en El Escorial, monumental edificio para conmemorar la victoria de San Quintín (1557) contra los franceses, que habían invadido el reino de Nápoles.
Entre las numerosas gracias que este caballero proporcionó a los españoles durante su largo reinado, una de las más significativas fue la de prohibir la importación y la publicación de libros sin licencia del Consejo de Estado, es decir, sin censura previa, bajo pena de muerte. Esta misma prohibición ya la habían decretado los Reyes Católicos, pero entonces la pena se quedaba en una simple multa. Una segunda gracia de don Felipe, no menos graciosa que la anterior, fue la prohibición a los españoles de salir del país para estudiar en el extranjero, salvo a Roma, Nápoles, Coimbra o el Colegio Español de Bolonia.
En Europa, el Rey Prudente, siguió la política guerrera de su padre contra los protestantes. ¿En defensa de los intereses del pueblo español? ¿Pero qué dice usted, caballero?: ¡En defensa de la religión católica! Eso sí, con la idea tan española de equiparar unidad política con unidad de pensamiento y de fe. Y ahí precisamente estaba el problema, porque, en primer lugar, los habitantes de los Países Bajos, entonces bajo dominio de la Corona española, eran en su mayoría protestantes y, en segundo lugar, como tales, exigían libertad para ejercer su fe. ¿Protestantes pretendiendo ejercer libremente su fe? Una barbaridad que el celo católico de don Felipe no podía soportar, de modo que se dispuso a ordenar al poderoso ejército español acantonado en el territorio que pusiese fin al problema, ejerciendo la represión que fuese necesaria. No obstante, movido por la piedad, de la que también poseía un buen cargamento, antes de emitir la orden, el Rey Prudente consultó el caso con distintos teólogos, quienes, sorprendentemente, le aconsejaron que, si el riesgo de la operación era la guerra, el rey podía permitir la libertad de culto en el territorio sin cargo alguno para su conciencia. Pero el monarca hizo caso omiso del consejo y emitió su orden, una decisión que permite pensar que Felipe II lo que buscaba con la consulta era únicamente la conformidad de los teólogos.
En el capítulo 20, versículos 1 a 17 del Éxodo, segundo libro de la Biblia, se detallan los mandamientos del Decálogo que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. El segundo de estos mandamientos dice textualmente: "No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay debajo de la tierra."


Más tarde, tras la célebre rotura de las Tablas en las que Dios había escrito dichos mandamientos, en el capítulo 5, versículos 6 a 21 del Deuteronomio, aparecen de nuevo, tras habérselos comunicado otra vez Dios a Moisés. El segundo de estos mandamientos dice lo siguiente: "No te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto"
La Iglesia Católica, que tan denodadamente luchó contra las imágenes religiosas de los romanos y de los griegos, a las que llamaba despectivamente ídolos, y cuya destrucción física de muchas de ellas llevaron a cabo grupos de monjes fanáticos, como los tristemente célebres parabolani, quienes, entre otras muchas barbaridades procedieron a la destrucción de la biblioteca de Alejandría y al asesinato de Hipatia, bajo el mandato del patriarca de la ciudad, Cirilo, la Iglesia Católica falsificó estos mandamientos, que asumió como suyos, eliminando para empezar este segundo, abriendo de este modo la puerta a la talla de las más variadas imágenes de Cristo, de la Virgen, de los Ángeles y de los santos, a las que los católicos rinde  exactamente el mismo culto que aquellos griegos y romanos rendían a las suyas.

Por el contrario, los protestantes, que siguen fielmente la Biblia y los mandamientos en ella incluidos, son contrarios a las imágenes. En los Países Bajos, exasperados por el asfixiante dominio que ejercían los tercios españoles, dirigidos por el tremendo duque de Alba, los protestantes acabaron rebelándose y, entre sus acciones, una de las más importantes, consistió en destruir las imágenes de los templos católicos.
Estos hechos dieron paso a la más brutal represión que hasta la fecha se había llevado a cabo en el territorio. Fueron detenidas miles de personas, sin pararse a comprobar si habían participado o no en los tumultos. Para su enjuiciamiento se creó el que pasaría a la Historia con el triste, pero elocuente nombre, de Tribunal de la Sangre, al que no pocos historiadores denominan Tribunal de los Tumultos, nombre con el que cargan sobre los rebeldes el peso entero de la culpa y ocultando lo que fue realmente este tribunal.


En él se juzgaron 8.957 personas entre los años 1566 y 1567. De ellas fueron condenadas a muerte nada menos que 1083 y 20 desterradas. No se detuvieron y condenaron a más porque el terror provocado por la actuación indiscriminada de los tercios españoles había puesto en fuga a buena parte de la población. La mayoría de los condenados fueron ahorcados, pero para algunos la muerte fue por decapitación, entre otros, los condes Egmon y Hom, dos de los nobles más importantes de los Países Bajos.
Incluso fue condenado Floris de Montmorecy, barón de Montiny y hermano del conde de Hom. Este caballero, católico, se encontraba en España, concretamente en Madrid, desde 1562, adonde había acudido en nombre de los protestantes para negociar un acuerdo con el monarca español. Aquí lo estuvieron mareando durante cuatro años a lo largo los cuales le fue imposible entrevistarse no ya con el Rey Prudente, sino ni siquiera con alguno de sus consejeros. No sólo eso, sino que, al final, en 1566, fue detenido y trasladado a Simancas, donde, cuatro años más tarde, el 16 de octubre de 1570, fue ejecutado a la española, esto es, estrangulado secretamente por orden del muy católico y muy piadoso Felipe II.
Tan brutal represión no llevó la paz, sino un enorme resentimiento contra el duque de Alba, al que llamaban Duque de Hierro, y contra la monarquía española, resentimiento que conduciría a una nueva rebelión y a la pérdida del territorio por parte de la Corona española.
Ahora hay bastantes historiadores que niegan la célebre Leyenda Negra, pero ninguno de ellos dice que todavía hoy a los niños belgas y holandeses no se les asusta con el coco, sino con la expresión "que viene el duque de Alba." 

Fuentes:
Historia de la locura en España. Tomo I.- Enrique González Duro
El gran duque de Alba.- William Maltby
Felipe II.- Geoffrey Pruker
Yo, la muerte.- Herman Kesten.


Imágenes: Internet.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

ANTICLERICALISMO

 

A la Iglesia Católica española no se le ha ocurrido todavía pedir perdón por su apoyo al golpe de Estado contra la República que, al fracasar, produjo una guerra civil a la que Pío XII otorgó nada menos que el título de CRUZADA; cruzada, sí, exactamente igual que las que se organizaron en la Edad Media contra los cátaros y contra los musulmanes para recuperar Jerusalén, entonces bajo dominio islámico.
Pero hay algo que resulta quizás hasta más inquietante, porque reflejaría cómo esta Iglesia se siente, más que impune, que también, inocente de cuanto lleva ocurriendo en este país desde hace más de cinco siglos, tiempo durante el que Ella ha sido, y no lo puede ocultar, uno de los principales protagonistas: se trata del hecho de que hasta el día de hoy no se ha preguntado por qué entre 1931 y 1936 se quemaron en España templos católicos, incluidas sus imágenes, en tanto se libraban del fuego las iglesias protestantes, los gobiernos civiles, las comisarías, las casas, palacios, cortijos y haciendas de aristócratas, grandes empresarios y terratenientes que también apoyaron el golpe de Estado. No se lo ha preguntado ni siquiera por curiosidad. En su lugar, los obispos dicen con el lado izquierdo de la boca que es necesario olvidar y no reabrir heridas, mientras con el derecho siguen canonizando sacerdotes asesinados durante el conflicto, sacerdotes a los que califica de mártires.
Recientemente, el diario El País, ha llevado a cabo una investigación periodística a través de la cual ha localizado a 253 sacerdotes y seglares empleados en instituciones religiosas que, supuestamente, habrían abusado sexualmente de al menos 1237 niños y niñas desde los años cuarenta del siglo pasado hasta nada menos que 2018. Este informe le fue entregado al papa Francisco el 2 de diciembre de 2021. El pontífice los trasladó de inmediato a la Congregación para la Doctrina de la Fe, eufemístico nombre tras el que se oculta la antigua Inquisición, en la que se centraliza la investigación de la pederastia en todo el mundo. El estudio hace referencia a 31 órdenes religiosas y a 31 diócesis.
Si se tiene en cuenta lo que se ha descubierto sobre este asunto en países como Francia, Alemania o Irlanda, democracias con libertad de prensa y de expresión desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cabe pensar que con el hermetismo existente durante la dictadura franquista, a lo largo de la cual la Iglesia tenía un protagonismo abrumador, cabe pensar, digo, que el número real de víctimas durante el periodo indicado debe ser muy superior a esas 1237 señaladas en el estudio, deben ser probablemente miles.

A la vista de la magnitud del asunto el papa ha ordenado a la Iglesia española la apertura de una investigación a fondo. Y aquí llega lo curioso y lo grave: en un claro enfrentamiento con el pontífice, la Conferencia Episcopal Española se niega a realizar dicha investigación. Más aún: pone en duda la veracidad y validez del estudio y lo achaca "a una campaña de desprestigio por un anticlericalismo desfasado.", como, textualmente, cita El País.
Una vez más, la Iglesia en España responde a las acusaciones bien fundadas adoptando el hipócrita papel de víctima y respondiendo con su mantra preferente, el anticlericalismo. Que se dice que está incumpliendo los acuerdos de 1978, en los que se comprometía a autofinanciarse en el plazo de diez años: anticlericalismo. Que se opina, porque es de justicia, que debe pagar impuestos, como lo hacen los musulmanes y las distintas confesiones protestantes: anticlericalismo. Si se critica el pisito en el que vive un retiro dorado el cardenal Rouco Varela: anticlericalismo. Si se recuerda que la Iglesia sólo le pasa a Cáritas el 2% de su presupuesto y que dedica mucho más a su emisora de televisión: anticlericalismo. Si se dice que los obispos saben que muchas veces las leyes no tienen nada que ver con la justicia, porque lo han dicho ellos mismos, y se afirma que se han apoderado de una ingente cantidad de bienes públicos amparándose en una ley manifiestamente injusta e ilegítima: anticlericalismo. Y así una vez tras otra y tras otra y tras otra.


En el capítulo 18, versículos 5 y 6 del evangelio de Mateo se pone en boca de Jesús las siguientes palabras: "Y el que reciba a un niño como este en mi nombre a mí me recibe. Pero al que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino y lo hundan en lo profundo del mar."
En el capítulo 8, versículo 42, el evangelio de Marcos repite lo mismo, sólo que algo más escuetamente.
Silenciando el término, pero dándolo claramente a entender, ambos evangelios se refieren a la pederastia, pero nuestros obispos hace mucho tiempo que olvidaron los evangelios, si es que los tuvieron en cuenta alguna vez. Sin embargo, la pederastia es un asunto demasiado grave como para que esta caterva, porque no tienen otro nombre, puedan, una vez más, escapar por la tangente. Ha llegado el momento en que el Estado tiene que tomar cartas en el asunto y no seguir mirando para otro lado, porque nos encontramos ante un problema social de insoportable envergadura. Es un problema que origina la Iglesia, pero las víctimas son nuestros hijos y nuestros nietos. Ha llegado el momento de denunciar los acuerdos de 1978, que ni siquiera tienen rango de Concordado, y establecer otros acordes con los tiempos actuales. Unos acuerdos que eviten de una puñetera vez la existencia autónoma de un Estado extranjero dentro de nuestro Estado.

Imágenes: de internet.
La primera: Monseñor Argüello, secretario de la Conferencia Espiscopal.
La segunda: Juan José Omella, Cardenal arzobispo de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal,
la tercera: Carlos Osoro, cardenal arzobispo de Madrid y vicepresidente Conferencia Episcopal.


lunes, 27 de diciembre de 2021

ENTIERRO

 

¡Cómo pasa el tiempo! Y lo peor que tiene el canalla es que llega un momento, a medida que nos hacemos mayores, que ya no corre, vuela. Hace ya nada menos que cinco años que falleció Servando Manjarín, un calavera muy conocido en Sevilla, que tuvo numerosas amantes, aunque la más conspicua y la que más le duró, pues con ella pasó los últimos veinte años de su vida, fue Clotilde Benavides, una vieja amiga mía de los tiempos en que ambos formamos parte de un grupo de teatro aficionado, La rebullanga, de tan escaso éxito como renombre, pero en el que nos lo pasábamos de muerte, como suele decirse, aunque quizás el término no es el más adecuado en una nota como esta. Luego, ella, se marchó de Córdoba por razones de trabajo y algunos años más tarde heredó una verdadera fortuna de un tío solterón que se había encaprichado de esta sobrina precisamente.
Como, a pesar de vivir en ciudades distintas, no había perdido el contacto con ella, me desplacé a Sevilla para asistir al sepelio. En el tanatorio, donde la encontré, Clotilde estaba más triste de lo que yo esperaba, habida cuenta de que el tal Servando no le había dado la mejor de las vidas. Desde que inició su relación con aquel buen señor no fueron pocas las veces en que, cuando nos veíamos, yo le preguntaba cómo podía compartir su vida con un hombre como aquél, para el que el último de sus propósitos era la fidelidad y con el que no estaba casada ni iba a casarse nunca. A lo largo de los años, la respuesta de Clotilde era siempre la misma: "¡Lo amo! No me preguntes por qué, lo amo y basta."
Luego, en la capilla, donde se le hizo al difunto un pequeño funeral laico, ya que él no creía ni en sí mismo, y como cierre a la intervención de varios amigos, Clotilde, entre suspiros y lágrimas, consiguió leer algo así como un pequeño poema de su cosecha con el que, aunque su intención debía ser la de homenajear a su amor, lo cierto es que dejaba meridianamente claro el nexo que en vida de él los había unido a ambos. Después repartió una copia del mismo entre los concurrentes.
Buscando hoy entre mis papeles unas viejas notas, me he encontrado el poema y él me ha traído el recuerdo de aquel día y el de mi amiga, a la que va haciendo demasiado tiempo que no he visto. Helo aquí. Lo pongo como curiosidad, pero juzgue el que lo lea si estaba equivocado o no en mi juicio sobre el mismo:

Era terco, patán, malencarado,
roncaba de la noche a la mañana,
gruñía como un oso malherido,
bebía y apostaba a las carreras,
fumaba unos vegueros espantosos,
se acatarraba por cualquier minucia
y me alzaba la voz y me gritaba.
Era obtuso, gañán, zambombo y fiero,
se comió mi fortuna en un arpegio,
¡pero sabía tan bien su comodoro!

P.S. Los nombres que figuran en la entrada son seudónimos. No pongo los verdaderos por respeto a mi amiga, a la que no le he dicho que iba a hacer público su laudatorio, o lo que sea.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

CELIBATO Y PEDERASTIA CLERICAL

Para los judíos bíblicos tener descendencia era no sólo una bendición de Dios, sino una obligación. Por el contrario, no tenerla era una maldición. Pero tener hijos significaba estar casado. Era impensable y repudiable que, si no contaba con un impedimento físico o mental, un varón de treinta años no estuviera casado y, salvo que uno de los cónyuges o los dos fueran estériles, no tuviera al menos un hijo.
Por tanto y, desde luego, más allá de lo que afirman los hagiógrafos y también muchos historiadores serios, hay que pensar que lo más probable es que Jesús estuviese casado e incluso que tuviera descendencia. Frente a lo que sostienen la mayoría de los historiadores, el silencio al respecto de los evangelios canónicos antes que negar este hecho lo confirmaría, pues con qué objeto se ha de hacer mención de lo que es absolutamente normal. Lo llamativo, y entonces sí que, a no dudar, aparecería, es que Jesús hubiera estado soltero.
La mayoría de los apóstoles estaban casados. San Pablo, que se tiene por el verdadero creador del cristianismo, era soltero, cierto, pero él, aunque judío, era también romano y, además, sus características físicas, con enfermedades como la epilepsia y alguna de la piel más bien repulsiva, como él mismo confiesa, si no le vetaban sí que le  dificultaban el matrimonio. Sin embargo, no está en contra de él. Por el contrario, pide que los diáconos sean serios y casados, aunque también es verdad que el Apóstol de los Gentiles apuesta por la castidad dejando el matrimonio para los que pueden achicharrarse si no se casan.
Pero también en Jesús se había dado una dicotomía semejante: por un lado había manifestado que porque el Creador los había hecho varón y hembra, el hombre dejaría a su padre y a su madre para unirse a su mujer y ser ambos una sola carne. Pero también dijo que en el reino de los cielos entrarían más fácilmente los que se hicieran eunucos a sí mismos, esto es, los que permanecieran castos.

En cualquier caso y, aunque los primeros papas estuvieron casados, lo mismo que muchos de los obispos y de los presbíteros, fueron esta invocación de Jesús y la preferencia de Pablo por la castidad, las que favorecieron hacia finales del siglo II que algunos cristianos se propusieran mantenerse castos durante toda su vida. Pero no sería hasta el siglo IV, con la aparición de los primeros cenobitas en el desierto de Egipto cuando se empieza a hablar de celibato, aunque todavía no recibiera este nombre. El Concilio de Elvira (Granada,303-324), celebrado por los obispos españoles, no prohibía aún el matrimonio, pero en el canon 33 decretaba que obispos, presbíteros y diáconos debían abstenerse de sus mujeres y no engendrar hijos, ordenando el apartamiento  de la clerecía de aquellos que no cumplieran.
De este modo la bola del celibato no dejaba de crecer. En la reciente entrada de este mismo blog dedicada al papa Gregorio VII (1073-1085) puede verse el volumen que había adquirido tras el paso del primer milenio así como el daño que el empeño en su imposición  estaba haciendo tanto entre los clérigos como, más aún entre sus mujeres. Poco después, en 1139, en el II Concilio de Letrán, el celibato se hace al fin obligatorio, aunque no sería hasta el Concilio de Trento, en el siglo XVI, cuando la Iglesia Católica consiguiese imponerlo en todos los clérigos, tanto conventuales como seculares.
¿Pero qué es exactamente el celibato? Muchísima gente, incluidos la mayoría de los católicos, cree que se trata únicamente de la prohibición de contraer matrimonio por parte de los sacerdotes. Pero el celibato es mucho más: es la contención erótica, la entrega absoluta de la castidad a Dios, referida no sólo a actos, sino también a pensamientos. Un sacerdote no puede casarse, pero tampoco puede mantener relaciones eróticas con una mujer o con un hombre, no puede masturbarse y ni siquiera puede tener sin rechazarlos de inmediato pensamientos más o menos libidinosos. 

 
Se trata de un mandato que va frontalmente contra una de las fuerzas más potentes de la Naturaleza, un mandato, es cierto, que el sacerdote acepta voluntaria y libremente, pero que con el correr de los años se va tornando cada vez más y más difícil de cumplir. Muchos tratan enérgica y sinceramente de sublimar la represión que ejercen sobre sí mismos por el camino de la mística (y ya dejó sentado Georges Bataille la semejanza que existe entre mística y erotismo), aunque son poquísimos los que lo consiguen. Deben hacerlo además en la más absoluta soledad, por lo que la mayoría acaba cayendo en la masturbación, en la relación íntima con una mujer o con un hombre y, en muchas casos, en una desviación tan atroz como la pederastia.
Ante todo, cabe señalar, porque no se resalta lo suficiente, que la pederastia, el abuso sexual de menores es, una vez más, una acción propia de hombres. No se conocen casos de abusos sexuales cometidos por mujeres. Y es igualmente un problema que no atañe sólo a la Iglesia Católica, sino también a toda la sociedad, puesto que son nuestros hijos y nuestros nietos los que se convierten en víctimas.
Pero es principalmente un problema de y generado por la Iglesia Católica, que tiene su raíz y encuentra su sustento en el celibato obligatorio. Esta afirmación no ni es caprichosa ni una exageración, sino que puede deducirse fácilmente de lo expuesto hasta aquí, donde se observa que la imposición efectiva de semejante aberración le costó a la jerarquía eclesiástica nada menos que 1560 años. Pero además, hay un dato de lo más significativo: masivamente, lo mismo que una plaga, la pederastia sólo aparece entre los clérigos de la Iglesia Católica, en tanto en las demás confesiones cristianas: ortodoxos, anglicanos, las distintas sectas protestantes, etc. puede que haya algún caso, como lo hay en todos los estratos de la sociedad, pero el problema como tal no existe y la razón de su inexistencia es que en estas confesiones los clérigos se casan, evitando así "achicharrarse".
Lejos del que esto escribe sostener que el pederasta es inocente y, por tanto, no merece castigo alguno, pero es necesario ponerse en el lugar del sacerdote secular o del que pertenece a una orden religiosa dedicada a la enseñanza: está, como ya se ha dicho, absolutamente solo; no puede comentar con ningún compañero nada relacionado con su intimidad y, mucho menos si se trata de sexo, porque ese es un tema tabú entre ellos. Quien, por el motivo que sea, se ha propuesto guardar la castidad, aunque sea sólo por un tiempo, sabe de sobra cómo de potente es el envite de la Naturaleza y el esfuerzo que supone mantener el compromiso. Si a todo esto se añade el secretismo y la protección del culpable que todavía hoy, al menos en España, practica la jerarquía católica, el cuadro resultante no puede ser más desolador. A título de ejemplo, en la imagen de más abajo puede verse al arzobispo de Granada, Francisco Javier Martínez Fernández encogiéndose de hombros ante el problema.

Sin embargo, en relación con el celibato, el cuadro no está completo aún, a todo lo dicho hay que añadir la descomunal hipocresía de la jerarquía eclesiástica en este asunto. En los versículos 32 a 34, capítulo 7 de la epístola primera a los corintios, San Pablo apunta ya, en fecha bien temprana, cuál es exactamente el motivo por el que la Iglesia acabó haciendo obligatorio el celibato: "Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, está por tanto dividido. A esto Gregorio VII añadió que no podía tolerarse que un sacerdote casado dejara su herencia a sus hijos. 
Es decir, lo que la jerarquía ha pretendido y conseguido es tener a su disposición un ejército de trabajadores con dedicación exclusiva que, además, dejen intacto todo lo que vaya cayendo en las arcas de la Iglesia, aunque proceda directamente de ellos.  O lo que viene a ser lo mismo: el celibato como tal importa un pepino. Lo que importa es que el sacerdote no formalice una situación que altere el estatus quo existente. La prueba es que un sacerdote puede tener una amante, siempre que no se haga público, que no haya escándalo. Y no ahora, sino de siempre. Cuando yo era niño, en plena dictadura, el coadjutor de San Pedro vivía amancebado, con conocimiento del párroco, del obispo y de todo el mundo. El párroco de San Lorenzo, al que llamaban El Látigo Negro, por su altura y extremada delgadez, estaba liado al mismo tiempo con una señora y con su hija, mayor de edad., por poner sólo un par de ejemplos. Pero si un sacerdote se dirige a su obispo diciéndole que quiere abandonar el sacerdocio porque se ha enamorado de una mujer y pretende casarse con ella, las presiones que sufre son  brutales, incluida la más que insinuación de que no sea tonto y mantenga a la señora como querida, eso sí en secreto. Cuando el sacerdote, tras mucho insistir consigue que el papa, pues tiene que ser él, lo dispense de su actividad sacerdotal, tiene que comprometerse, antes de obtener el documento, a celebrar el matrimonio en la intimidad, una vez más, sin escándalo. 

La prensa no ha hablado de ello, porque la prensa española es extraordinariamente timorata en el tema eclesiástico, pero hay que imaginar las presiones que habrá recibido Xavier Novell, el obispo de Solsona, hasta conseguir la dispensa papal, siendo, además, nada menos que obispo, no un simple párroco de una iglesia rural. En el libro El sexo del clero, de Pepe Rodríguez, aparecen testimonios realmente pavorosos de sacerdotes y exsacerdotes, con nombres y apellidos, que dan cuenta de lo tremendo de la situación, del dolor y los problemas mentales que sufren muchos de sus compañeros, así como de la abrumadora hipocresía de la jerarquía católica. Ellos mismos llegan a afirmar que el 96% de los clérigos de todas las categorías incumplen el celibato.
Por tanto y como conclusión, una cosa es que un señor o una señora se propongan mantenerse castos y otra la obligatoriedad de mantener la castidad contra viento y marea, es decir, el celibato. Desde los primeros intentos de su implantación, este engendro, válido únicamente para la Empresa, sólo ha producido dolor y, aunque no sea la causa, sí que es la raíz de la que, como plaga, se alimenta la pederastia. Lo sabe el papa actual y lo han sabido los anteriores y lo sabe toda la jerarquía, pero no hacen nada porque no les sale de la entrepierna. Sin embargo, en tanto se mantenga el celibato obligatorio, no desaparecerá el dolor ni, mucho menos, la plaga de la pederastia. Y, dado, como se ha dicho, que éste es un problema social, las autoridades civiles deberían tomar cartas en el asunto y exigirle al obispo correspondiente la oportuna responsabilidad subsidiaria, cada vez que en su diócesis aparezca un pederasta, pues no puede olvidarse que el obispo es el patrón del que dependen los trabajadores de su diócesis.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

GRANADA



 
Por el río bajaba, por el río,
no has podido olvidarlo,
por la fronda del agua,
un corazón con alas
de cometa y aroma de alhelíes

Granada era una ninfa a cielo abierto.
Qué tormenta de luz, de cal, de azul de luna,
qué hechizo de laúdes y de cítaras.
Rumores de violeta se alzaban en los puentes,
zambra de la memoria siempre viva.

Como una rosa bajaba el corazón,
como una rosa, silencioso y ardiente,
ofreciendo de onda en onda
el recuerdo de aquel que en vida
lo llevó en su pecho.

Algo vibró en el aire:
¿Un ala sorprendida en pleno vuelo?
¿Un labio enamorado
que celebraba 
el hallazgo de otro labio?

Viejos cristales cayeron
de viejas ventanas
cuando alguien gritó un nombre:
¡Federico! Y el tiempo se detuvo,
el agua, el sol, la brisa.

¡Qué temblor de agnocastos cayó sobre Granada!
¡Qué mar verde de espumas y de lirios!
¡Qué manzana crujiente, qué amapola encendida!
En las esquinas suspiraban mancebos con las manos de seda.
En las plazas se ahogaban en su bilis soberbios fusileros.

¡Ay, dolor, dolor inmenso,
dolor que nunca se acaba!,
caballo negro de nieve,
navaja de negras cachas,
helada, negra serpiente.

En Granada, cogidos de la mano,
atravesamos el desolado mar de la memoria,
recorrimos el páramo del crimen.

Era otoño, noviembre y en el cielo
se alzaban densos crespones negros.

Granada, 1982

Copyright del autor del blog
 

domingo, 12 de diciembre de 2021

EL GRAN GREGORIO


Cuando el papa Esteban II (752-757) consiguió de Pipino de Francia y de sus hijos, Carlomagno y Carlomán, el pacto por el que se establecían los Estados Pontificios, el papado se vio libre de la amenaza de los longobardos, al tiempo que consolidaba la autoridad papal sobre la Iglesia. 
Sin embargo, Esteban II tuvo que ceder a ciertas pretensiones de Pipino. La más importante de ellas consistió en que, aunque por aquel entonces el papa, como obispo de la ciudad, era elegido por el pueblo romano, a partir del pacto con Pipino no podría tomar posesión de su cargo hasta no ser ratificado por el emperador de los francos. 
Importante también fue la cesión a reyes y condes de la potestad de nombrar obispos y abades de los conventos en el territorio bajo su jurisdicción, potestad que muy pronto dio lugar a un crecimiento desorbitado de la simonía, o venta de cargos eclesiásticos. Así, reyes y condes no nombraban obispo o abad a la persona más idónea, sino a la que podía pagar el precio que aquéllos establecían.
Ahora bien, más allá de este pacto, los papas sucesivos no dejaron en ningún momento de maniobrar para conseguir su absoluta autonomía en el ejercicio de sus funciones, una de las cuales consistía, según su criterio, en el nombramiento por su parte de la totalidad de los cargos eclesiásticos, así como para imponerse sobre los poderes temporales o, lo que es lo mismo, para implantar en el mundo la teocracia con la que soñaban desde la caída del Imperio Romano.
La lucha fue larga y con diferentes alternativas. El paso, quizás, más importante, en principio, tardó algo más de trescientos años en producirse. Lo dio Nicolás II (1059-1061), cuando el mismo año de su elección determinó que en lo sucesivo el papa sería elegido exclusivamente por los cardenales. De esta manera, el papado ganaba en independencia, aunque el emperador del ahora Imperio Sacro Romano Germánico seguía teniendo la potestad de su ratificación. 
Poco tiempo después, el colegio cardenalicio eligió como papa al monje cluniacense Hildebrando, quien tomó el nombre de Gregorio VII (1073-1085). Los historiadores eclesiásticos se deshacen en elogios con este papa. Probablemente, fue la cabeza más privilegiada de Europa, pero era ante todo un monje severo, rígido, hábilmente soberbio, con una dosis nada insignificante de cinismo y con una idea principal en su mente: lograr para el papado establecer al fin el gobierno teocrático del mundo o, para decirlo tal y como es, lograr para la persona del papa el absoluto poder espiritual, pero también el temporal. Para la consecución de este fin, no reparaba en medios, tanto legales como ilegales, tanto éticos como inmorales. Cuenta Eric Frattini, en su libro El sexo de los papas, que uno de sus cardenales le llamaba San Satanás, y Lutero, Höllebrand (hoguera del infierno).
Hildebrando había sido consejero de los papas León IX (1049-1054), Víctor II (1055-1057), Esteban IX (1057-1058), Nicolás II (1059-1061) y Alejandro II (1061-1073), en la elección de los cuales había influido poderosamente; había viajado por toda Europa y había participado con su influencia en la elección de reyes y emperadores, hasta que al fin consiguió que los cardenales lo eligieran a él como nuevo papa. 
En la actualidad, el papa es elegido exclusivamente entre los cardenales que participan en el cónclave, pero en aquel entonces el elegido podía ser cualquier cristiano, incluso un moje como Hildebrando, que ni siquiera era sacerdote. De hecho, aunque lo nombraron en abril, no pudo acceder al papado hasta un mes después, en que recibió la ordenación sacerdotal.
En el camino de la teocracia, las primeras tareas a las que se aplicó fueron las de plasmar definitivamente la autoridad papal sobre clérigos y seglares; acabar con la simonía; y poner fin al matrimonio de los sacerdotes, la mayoría de los cuales vivían con su mujer y sus hijos en parroquias y conventos, transmitiendo a sus hijos la herencia que, según Gregorio VII, correspondía a la Iglesia. 


 
En 1075, emitió el conocido Dictatus Papae, cuya autoría los historiadores eclesiásticos, como LLorca o Villoslada, no han tenido más remedio que admitir, aunque lo hacen a regañadientes y, estos dos, traduciéndolo al castellano con ligeras variantes que suavizan ligeramente su contenido. Se trata de una colección de veintisiete puntos o principios que el papa pretendía desarrollar y en los que expone exactamente sus pretensiones. Entre esos puntos destacan los siguientes:
nº 3.- Sólo el papa puede deponer y reinstalar obispos.
nº 6.- No se debe permanecer en la misma casa con un excomulgado
nº 9.- Todos los príncipes besarán los pies del papa.
nº 10.- El nombre del papa sólo se pronunciará en las iglesias
nº 11.- El título de papa es único en el mundo
nº 12.- (ojo que este es gordo): El papa puede deponer emperadores
nº 19.- El papa no puede ser juzgado por nadie
nº 23.- La iglesia romana nunca se ha equivocado
nº 27.- El papa puede absolver a los súbditos de su lealtad a los hombres malvados.


Este conjunto de directrices enfureció al emperador germánico Enrique IV, que a la sazón contaba con veinte años de edad. Reunió a los obispos alemanes en la dieta de Worms, que decretó la falsedad de Gregorio VII como papa, instando a los romanos a elegir otro. Gregorio respondió con la excomunión fulminante del emperador, así como con la retirada de la obediencia de sus súbditos si en el plazo de un año Enrique no lograba el perdón papal.
Lo que sigue es de sobra conocido, pero conviene recordarlo porque pone de relieve la soberbia de Gregorio, que, a la postre, constituiría su perdición: Enrique se echó atrás y, vestido de penitente, corrió a suplicar el perdón papal a Canosa, al norte de Italia, el castillo de la condesa Matilde, en el que se encontraba el papa. Era invierno y nevaba y Gregorio humilló al emperador impidiéndole la entrada al castillo durante tres días. Por fin, lo hizo pasar y ambos firmaron las paces. 


Pero se trató de una paz ficticia. Los historiadores eclesiásticos cuentan que el papa erró al no deshacerse de Enrique, manteniendo la excomunión. Naturalmente, el emperador no iba a olvidar la humillación a la que había sido sometido, tan no la olvidó que al poco invadió Roma, apresó a Gregorio y nombró a un nuevo papa: Clemente VI. Los acontecimientos se precipitaron: Gregorio logró llamar en su ayuda a los normandos, quienes desde Sicilia, que ocupaban, se presentaron en Roma en un santiamén, expulsaron a Enrique y al antipapa y liberaron a Gregorio. Pero no se detuvieron allí, sino que seguidamente se dedicaron a saquear la ciudad, violando a cuanta mujer encontraban a su paso, incluidas las aristócratas. El pueblo romano culpó a Gregorio de lo que ocurría y éste, acojonado, para decirlo con un término eminentemente popular, y muy lejos de exponerse al martirio, corrió a refugiarse en Salerno. Allí falleció un año más tarde, tras pronunciar una de frases más hipócritas que se le han escuchado jamás a un moribundo: "He amado la justicia y odiado la iniquidad, por eso muero en el exilio."
Su amor a la justicia y su odio (¿pero en el cristianismo no está desterrado el odio?) a la iniquidad se comprueba de manera especial en el sadismo que empleó persiguiendo el matrimonio eclesial, que aún no estaba prohibido por la Iglesia, aunque se valorara más el celibato, una persecución que o no cuentan los historiadores eclesiásticos o pasan por ella de puntillas. No sólo prohibió el matrimonio de los sacerdotes, sino que ordenó la expulsión de todos cuantos no repudiaran y abandonaran de forma inmediata a sus mujeres y a sus hijos. En el colmo del odio a la iniquidad, llegó a mostrarse a favor de "matar a los sacerdotes casados"
Clérigos y obispos protestaron, alegando que mientras Gregorio prohibía el matrimonio clerical, el "tenía tratos con la condesa Matilda." El arzobispo de Mainz declaró: "Este papa, tan sucio y fornicador como es, ha prohibido el matrimonio casto de los sacerdotes." El alegato papal de matar a sacerdotes casados provocó el asesinato de no pocos, incluso mientras oficiaban misa, al tiempo que sus mujeres eran violadas y asesinadas al pie mismo de los altares. "Matar a determinados clérigos no es un crimen, pero sí lo es que éstos amen a sus esposas.", declaraba el arzobispo de Worms. El obispo de Hersfield escribía a un colega: "Sólo un mentecato puede obligar a las personas a vivir como ángeles." El obispo Weinrich, de Tréveris, informaba al papa: "Cada vez que anuncio vuestras órdenes a algún sacerdote casado, responde que esa ley ha sido escupida por el infierno, que la estupidez la ha difundido y la locura intenta consolidarla."
En cualquier caso, la autoridad papal de una parte y el miedo a perder la casa y el sustento por parte de la mayoría de los clérigos, acabó convirtiendo a miles de esposas inocentes en mujeres abandonadas (históricamente, siempre es la mujer la perdedora). Muchas se suicidaron y otras muchas se convirtieron en prostitutas para poder criar a sus hijos, igualmente abandonados. 
Los obispos italianos, bajo el liderazgo del de Pavía, excomulgaron a Gregorio, "por haber separado a esposos y, por tanto, haber propiciado el libertinaje entre el clero, en lugar de la moral del matrimonio." El concilio de Brixeu, celebrado bajo los auspicios del obispo Bermo, de Osnabrüch, condenó a Gregorio "por sembrar el innoble divorcio entre matrimonios legítimos."
A pesar de todo, en 1606, Gregorio VII fue canonizado por Pablo V.

Fuentes:
Historia de la Iglesia. Tomo II, Llorca, Villoslada, Montalbán
Historia de los papas.- Laboa
Los papas y el sexo.- Eric Frattini
Historia política de los papas.- P. Lanfrey

Imágenes: Internet

jueves, 2 de diciembre de 2021

EL AUTO DE FE


 Una vez concluido el proceso inquisitorial con la confesión del acusado, arrancada en la práctica totalidad de los casos bajo tortura, como se detalla en una entrada anterior, el reo volvía a su celda, a la espera de sentencia, que rarísima vez era absolutoria. Dictada la sentencia, el ahora condenado no abandonaba la celda, sino que debía aguardar a la organización de lo que se llamaba Auto de Fe, una ceremonia pública que fue ganando teatralidad y espectacularidad desde el primero, que se celebró en Sevilla en 1481, famoso por el cuadro que de él pintara Berruguete, presidido por Santo Domingo de Guzmán, hasta los que se celebraron a lo largo del siglo XVIII.

¿Pero en qué consistía exactamente el Auto de Fe? Ni siquiera con la sentencia se daba por satisfecha la Inquisición, era necesario que el reo proclamara públicamente su culpa y que públicamente recibiera su condena. Salvo los condenado por asuntos insignificantes, los menos, cuyo sentencia se comunicaba en las mismas dependencias de la Inquisición, en lo que se llamaba un Autillo, en publico confesaban tanto los reconciliados como los relapsos y los condenados directamente a muerte. Conviene decir aquí que reconciliados eran todos los que, tras abjurar de sus errores y arrepentidos de ellos, regresaban al seno de la Iglesia. Había tres tipos de abjuración: de levi, para los que solo se tenían leves sospechas de herejía, como, por ejemplo, los bígamos y los blasfemos
; de vehementi, para los que se estimaba que eran heréticos, aunque no muy gravemente, como los que no comían cerdo o no asistían a misa; y en forma, para los claramente judaizantes, que fueron los más perseguidos al principio, o para las brujas, más tarde, o para los iluminados o los erasmistas y protestantes, después, y eran declarados formalmente culpables. Ninguno se libraba de su condena: los de levi, una multa o una penitencia, como peregrinar a un lugar sagrado a recluirse por un tiempo en un convento; los de vehementi, destierro, flagelación pública, galera o prisión;  finalmente, la condena de los últimos consistía en ser relajados, es decir, entregados al brazo secular, que era quien publicaba y ejecutaba la sentencia: muerte en la hoguera. 

En este hecho, precisamente, que no revela más que la abrumadora hipocresía de la Inquisición y, por extensión, de la propia Iglesia, son legión los historiadores que sostienen que al ser el de la Inquisición un tribunal eclesiástico, sus jueces  no condenaban a muerte, sino que esta condena la dictaba la autoridad civil. Pero demás sabían unos y otros que el relajado iba directamente a la hoguera. Y hay bastantes pruebas que lo certifican, pero bastan los trozos de leña que figuraban en una Cruz Blanca que sacaban en procesión y que representaba la que iba a utilizarse en quemar al relajado. La realidad es que quienes torturaban y condenaban eran los clérigos, aunque físicamente tanto la tortura como la condena a la hoguera la realizaran y materializaran laicos. Lo demás es mentir, que es lo que hacen esa caterva de historiadores, muchos de ellos ocupando cátedras en nuestras universidades.
El Auto de Fe consistía exactamente en una procesión que se organizaba desde la cárcel de la Inquisición hasta el lugar en el que los reos procederían a confesar sus delitos y a recibir oficialmente su sentencia, lugar que, aunque al principio era la iglesia mayor de la localidad en la que se celebraba el Auto, casi enseguida fue la plaza más importante. A tal efecto, los preparativos comenzaban con un mes de antelación, porque lo primero que se hacía era levantar un estrado en el que irían las autoridades y otro en el que estarían los reos. El día anterior al Auto, en una primera procesión, trasladaban al lugar una cruz verde, que constituía, agarrémonos, un símbolo de misericordia y de esperanza. Allí permanecía hasta el día siguiente vigilada por familiares de la Inquisición y por una guardia de soldados.


El Auto de Fe se celebraba siempre en domingo, para que pudiera asistir el mayor número de público, parte del cual llegaba de las localidades aledañas, pues durante el mes de preparación se había ido realizando una intensa campaña de publicidad del mismo. Y es que, aunque mediante el Auto de Fe, las autoridades eclesiásticas afirmaban pretender la salvación del alma del condenado, la realidad era que lo que realmente se buscaba, en connivencia con el poder político, era el mantenimiento del orden público, atendiendo a la idea de "un estado, una religión", por lo que se procuraba inculcar el temor y aún el horror en los concurrentes y que, más que de ejemplo, las ejecuciones les sirvieran de aviso.
 Lo dice textualmente Nicolás Eymerich en su Manual del Inquisidor: "conviene que una gran multitud asista al suplicio y a los tormentos de los culpables a fin de que el temor les aparte del mal." 
El domingo señalado, a las tres de la mañana, se despertaba a los condenados, que habían sido reunidos de distintos tribunales más o menos cercanos, y se les vestía, a unos, los de delitos más leves, con la coroza, gorro de papel semejante a la mitra de los obispos y, a los de delitos más graves, además con el sambenito, especie de gran escapulario, semejante a una casulla, con una cruz de san Andrés y, en ocasiones, con figuras del demonio; se les daba el desayuno, y a las cinco de la mañana la procesión se ponía en marcha por un itinerario previamente anunciado y que a aquella hora ya estaba abarrotado de un público expectante y amenazador.
Se procuraba que asistieran las autoridades del lugar y la más alta llevaba la Cruz Blanca, a la que hemos hecho mención más arriba, seguida del estandarte de la Inquisición. Luego iban los reos, soldados vigilantes, los familiares y oficiales designados de la Inquisición y los correspondientes clérigos. A medida que pasaban, los reos eran injuriados hasta gravemente por el público. Llegados al lugar de la celebración, se procedía a oficiar una misa solemne y seguidamente se abría una arquita a propósito en la que se guardaban las sentencias y se le leían a los reos, a cada uno de los cuales se les asignaban dos religiosos, con el propósito de que consiguieran su abjuración, pues aquel y no antes era el momento en que debían hacerlo. Los condenados a la hoguera también podían abjurar y reconciliarse con la Iglesia, pero esto no los libraba del fuego; lo que conseguían era que los mataran mediante el garrote antes de quemarlos, en tanto, los que se negaban a abjurar, los pertinaces, eran quemados vivos. 
Terminados todos estos actos, que duraban buena parte del día, los condenados al fuego eran trasladados al quemadero, que se encontraba en otro lugar. Allí se quemaba a los presentes, pero también a los ausentes, porque hubieran logrado huir antes de ser detenidos, éstos en imagen, e incluso se quemaban los restos de muertos que habían sido condenados después de morir, o que habían muerto en el curso del proceso, muchas veces sólo un montón de huesos, que era lo que quedaba de ellos.


No tardaron mucho los Autos de Fe en convertirse en celebraciones semejantes a las de los toros o, en aquellos tiempos, a los fuegos artificiales. Como éstos, se organizaban con ocasión de acontecimientos importantes. Así, en 1560, se organizó uno en Toledo para celebrar el matrimonio de Felipe II con Isabel de Valois, al que, por supuesto, asistió el monarca y su esposa (desconocemos el impacto que le causaría el espectáculo a la reina, francesa, aunque Kamen cuenta que a los extranjeros les causaban tanto asombro como repugnancia.)
 En 1564, se organizó otro en Barcelona por la visita del mismo Felipe II para la celebración de Cortes Generales. Al rey macabro, apelativo que le viene como un guante a Felipe II, le encantaban estos actos. Además de a estos dos, asistió al de 1569 en Valladolid; en 1582 en Lisboa, y en 1591 otro más en Toledo. Célebre fue el de 1680 en Madrid, en la boda de Carlos II con María Luisa de Orleans, especialmente por la magnífica pintura que del mismo realizó Francisco Rizi, que puede verse en el Museo del Prado, así como por la relación que de él dejó escrito José Olmo. 
El auto de Fe más brutal, por el número de condenados a muerte, de cuantos se organizaron se celebró en Córdoba el 22 de diciembre de 1504, bajo los auspicios del famoso inquisidor Diego Rodríguez Lucero, apodado Lucero El tenebroso. En este Auto fueron quemadas nada menos que ciento siete (107) personas, muchas de ellas absolutamente inocentes. 

Fuentes:
Historia de la Iglesia Tomo II.- Llorca, Villoslada, Montalbán
La Inquisición española.- Henry Kamen
Historia de la Inquisición española.- H.C. Lea
Los secretos de la Inquisición.- Edward Burman
Historia secreta de la Iglesia española.- César Vidal

Imágenes.- Internet

sábado, 27 de noviembre de 2021

EN EL TIEMPO DE LOS SALONES

 

La Revolución Francesa, que acabó con el Antiguo Régimen y cambió radicalmente las sociedades de buena parte de Europa, no se produjo por un estallido espontáneo de las masas populares, aunque éstas terminaran estallando, sino que, con mayor o menor consciencia de lo que hacían, fue preparada y anticipada por las clases pudientes y por grupos nada insignificantes de aristócratas. Se fue fraguando en los salones más distinguidos y en los cafés, que hicieron su aparición en París hacia 1740, y en este movimiento, de carácter eminentemente intelectual, no fueron pocas las mujeres que tuvieron un importante protagonismo, aunque la historia se haya encargado de mantenerlas en un segundo plano.
Los salones, lugares particulares de reunión de artistas y de pensadores, existían ya desde comienzos del siglo XVII en distintas ciudades de Francia, pero fue en París, a lo largo del siglo XVIII donde se establecieron los más importantes y numerosos. Cabe decir, casi desde antes de nada que desde la invención de la imprenta se había generalizado la lectura y, desde luego en las capas superiores y medias, había desaparecido el analfabetismo en prácticamente toda Europa. La lectura se vio favorecida por la facilidad en la edición de libros y de textos en general, de modo que los que hasta hacía no tanto habían estado a disposición sólo de unos pocos privilegiados, ahora estaban fácilmente al alcance de casi cualquiera. La cultura dio así un enorme paso adelante. Muchos asuntos, cuyo trasfondo pocos conocían, siendo dados por buenos sistemáticamente, fueron puestos en cuestión y estamentos que hasta entonces se habían mantenido bien asentados en la sociedad comenzaron a tambalearse.
Por aquel tiempo, Descartes en Francia, Leibniz en Alemania y Newton en Inglaterra, principalmente, habían establecido principios y leyes nuevos en matemáticas, en física y en filosofía y un nuevo espíritu impregnado de materialismo, que exigía libertad de pensamiento, frente al rigorismo de las normas religiosas, fue progresando y extendiéndose por las capas ilustradas de la sociedad y de éstas hacia las menos dotadas económicamente y de conocimientos. 


La actividad de las mujeres se centró especialmente en la creación y organización de los salones. En este sentido, ellas fueron las principales animadoras de la vida cultural, toda vez que lograban atraer a su alrededor a los más destacados artistas, escritores e intelectuales, no por las posibles belleza o simpatía de la dama, sino por su habilidad para suscitar lecturas y discusiones. Entre los salones más destacados están el de la marquesa de Defflaud, situado en el antiguo convento de las Hijas de San José, en la rue Saint Dominique. En sus casas lo montaron, Julie de Sespinabbe, antigua dama de honor de la anterior; Marie Therese Geoffein y Jean-Françoise Quinault, gran actriz de la Comedia Francesa.
Estas damas solían recibir varios días a la semana, alguno de ellos con comida o cena incluidas, y a sus salones acudían intelectuales de la talla de Diderot, D'Alambert, Mamontes, Reaumur, D'Holbach y hasta el inefable Rousseau, el más conocido de todos, antes que por ser el más valioso, porque la historia y aun la filosofía no sólo ha estado escrita por hombres, sino también por hombres conservadores.


Una mujer destacó poderosamente en este universo, aunque son muy pocos los que la conocen, porque en aquel tiempo, pero también todavía hoy, la mujer sigue siendo considerada inferior al hombre. Se trata de ÉMILE DE CHÂTELET, cuya imagen aparece más arriba. Esta inteligente y brava mujer no formó salón alguno, pero asistía regularmente a ellos, participaba en las tertulias como uno más, tuvo correspondencia con media Europa, entre otros con el rey Federico II de Prusia, al que le escribía: "júzgueme por mis propios méritos o deméritos, o por la falta de ellos, pero no como mero apéndice de esa gran general (su marido) o de aquel reconocido erudito (Voltaire, que fue su amante)"
Gabrielle-Émile Le Tournelier de Bretuil, que este era su nombre de soltera, nació en París en 1706, quinta hija del barón de Bretuil, que fue jefe de protocolo en la Corte de Luis XIV. Como desde muy pequeña mostró una sorprendente inteligencia, recibió una educación nada habitual entre las mujeres de su tiempo y de su clase: Latín, griego, inglés, matemáticas y filosofía.
A los diecinueve años realizó un matrimonio de conveniencia con el marqués de Châtelet, que le doblada la edad, pero con el que llegó a un pacto por el que ella consiguió una muy amplia libertad de movimientos, facilitada por el hecho de que él era militar y pasaba largas temporadas lejos del domicilio familiar. Con él tuvo tres hijos de los que sobrevivieron dos, un niño y una niña. Pero, dada su clase, aquellos niños no coartaron apenas su libertad, porque estuvieron en manos, primero de matronas y, después, de institutrices.


Mujer de carácter fuerte y decidido, su pasión por el conocimiento científico era incontenible. Al respecto, escribía: "Estoy convencida de que muchas mujeres no son conscientes de sus talentos a causa de los prejuicios que les impiden tener carácter intelectual." Aunque algo más adelante, se queja, con un argumento irreprochable: "Siento todo el peso de los prejuicios que universalmente nos excluyen de las ciencias; es una de las contradicciones de este mundo que siempre me han sorprendido, viendo que la ley nos permite determinar el destino de grandes países; sin embargo no existe un lugar donde podamos pensar." Un ejemplo de su carácter lo ofrece el hecho de que como cuando  aparecieron en París los cafés no permitían entrar a mujeres, no dudó ni un instante en disfrazarse de hombre, con objeto de participar en las tertulias que en ellos empezaron a celebrar artistas e intelectuales, muchos de ellos amigos suyos.


Émile de Châtelet escribió mucho, variado y bien: obras de matemáticas, lengua, religión, física y filosofía, mostrando en muchas ocasiones un pensamiento original y creativo, como se pone de manifiesto de manera especial en su "Instituciones de Física", texto en el que se desvinculó de Leibniz y Descartes, pero también de Newton, al que había seguido con anterioridad. En esta obra sostiene que las leyes de la física no podían explicarse por sí mismas, sino que exigían una explicación de orden superior, metafísica. Junto a Voltaire escribió "Elementos de la filosofía de Newtón", algunos de cuyos capítulos son exclusivamente suyos. El propio Voltaire afirma: "Madame de Châtelet tiene su parte en la obra, ella dictaba y yo escribía."
Un ejemplo de lo que hemos hecho los hombres con las mujeres a lo largo de la historia se muestra en que, ante la audacia de terminadas ideas contenidas en "Instituciones de la Física", Émile no se atrevía a publicarla, temerosa de sufrir algún tipo de condena o de represalia, dada su condición femenina. Su amiga Madame de Chambonin, otra ilustrada, la convenció de que la publicara. No obstante, la autora se la dio a leer primero a su antiguo profesor Samuel Koening, el cual, con la mayor desvergüenza, una vez publicada la obra hizo correr el rumor de que era suya y que Émile se había limitado a copiar sus notas. Al final, después de no pocas peripecias, su autoría fue reconocida, siendo alabada por la Sorbona, en la que Émile no sería admitida, y por la Academia de Ciencias de Bolonia, en la que si lo fue.
Se separó de Voltaire cuando ambos decidieron participar en un concurso convocado por la Academia Francesa de Ciencias para estudiar las características del fuego, que por aquel entonces se desconocían. Acodaron hacer la investigación cada uno por su lado y resultó que cada uno obtuvo un resultado diferente. Ninguno de los dos ganó el concurso, pero sus trabajos, de indudable interés, fueron ambos publicados.
Mientras escribía su "Discurso sobre la felicidad", se enamoró del poeta Saint-Lambert, quedando embarazada. Fruto de este amor, en septiembre de 1749 dio a luz a una niña, pero ella falleció pocos días después de fiebres puerperales. Tenía sólo cuarenta y dos años. Aparte del "Discurso sobre la felicidad", había terminado también "Los principios matemáticos de la filosofía de Newton", que sería publicado en 1762.
No obstante, Madame de Châtelet y su obra fueron a parar enseguida al cajón del olvido, apareciendo, si acaso, como una mujer subordina a Voltaire, hasta que casi cien años más tarde la francesa Luise Colet denunció esta manipulación y ocultamiento. Pero la recuperación, no tanto de su obra como de su existencia y de su personalidad, no se produciría, aunque sólo en parte, hasta 1947, cuando la estadounidense Ira O. Wide publicó sus cartas personales.
Al final y refiriéndose a ella algún tiempo después de su muerte, el propio Voltaire cayó también en el estereotipo cuando, tratando de alabar y ensalzar su labor, escribió: "Ella fue un gran hombre cuya única falta fue ser mujer. Una mujer que tradujo y comentó a Newton es, en una palabra, un hombre excelente." Un pensamiento disparatado que, sin embargo, siguen teniendo hoy muchos hombres, más de dos siglos y medio después.

Fuentes:
Historia de la vida privada, tomo III
Historia de las mujeres, tomo III
La aventura de la Historia, número 20, junio 2000
El siglo de la Institución.- Carl Grimberg
Los enciclopedistas.- José A. Pérez, Alex Ord.

Imágenes: Internet.