Hace unos días, huroneando por youtube en busca de explicaciones sobre la teoría de cuerdas me topé con un podcast cuyo título rezaba: La especie humana no es de este planeta. Sonreí y pasé de largo, ni se me ocurrió entrar para ver, al menos, como se enfocaba el tema, no estoy ya para tonterías de semejante calibre, me dije.
Pero luego, a lo largo del día y de los días siguientes, el titulito no dejaba de tintinearme en la cabeza, de manera que cada vez me costaba más rechazarlo y olvidarme de él. Al fin, empecé a darle vueltas al asunto, a ver si analizándolo me dejaba tranquilo de una vez. Las obsesiones tienen eso: que empiezan casi sin advertirlo y, si no te enfrentas a ellas para ponerles freno, acaban ocupando por entero tu cabeza y tu tiempo.
Yo no creo en absoluto esa historia que corre por algunos mentideros de que unos extraterrestres manipularon el ADN de unos monos, de los cuales descendemos. O la otra, más estrambótica aún, según la cual somos seres venidos de otro planeta que acabamos estableciéndonos aquí como consecuencia de una avería irreparable del vehículo en el que llegamos, o porque éramos, eran nuestros antepasados, los supervivientes de un planeta que había perdido su capacidad para mantener la vida. Y, desde luego, la que al día de hoy resulta absolutamente increíble, incluso para un niño de ocho o diez años medianamente informado, es el cuentecito que aparece en el Génesis, el primer libro que figura en la Biblia.
Yo me sitúo en el marco de la evolución, no como creyente, sino porque se trata de un descubrimiento científico del que existen diversas y contundentes pruebas. En este marco, lo primero que cabe afirmar es que el ser humano es una especie animal, somos animales mamíferos que descendemos de forma natural y por mor de la evolución de una especie de primates que evolucionó por una mutación en su ADN motivada por cambios en el habitat de su época. Al día de hoy, esta afirmación es una perogrullada, sin embargo, son legión los que la niegan, no hay más que darse un breve paseo por las redes sociales o por más de una de las universidades norteamericanas.
Ahora bien, estoy convencido, y es una conclusión exclusivamente personal, de que tal mutación es idéntica a la que se produce en nuestro cuerpo cuando generamos un cáncer, es decir, estoy convencido de que la aparición del género homo que terminaría en el homo sapiens, o sea, en nosotros, los hombres y mujeres que ahora somos, no fue un progreso, sino un error evolutivo, el cáncer sin remedio que generó la naturaleza.
El ser humano es el único animal de nuestro planeta con autoconciencia y el único con la capacidad del lenguaje articulado. Ambas propiedades o cualidades, como se quiera, nos distingue del resto de los animales, incluidas las distintas especies de monos, que parecen ser los más evolucionados después de nosotros. Ahora bien, ¿tales cualidades nos permiten ser más inteligentes?
No cabe duda que, al día de hoy, parece que existe una diferencia abismal entre el ser humano y el resto de los animales en cuanto a inteligencia. Pero, ¿esta diferencia es real? Veamos: Si mi información es correcta, salvo la urraca, el ser humano es el único animal que acapara para sí más objetos y/o bienes de los que necesitará en toda su vida y aun en cientos de vidas que tuviera ocasión de vivir. Tal circunstancia lleva a que haya gente inmensamente rica, mientras la mayoría se pasa la vida lampando por un simple trozo de pan.
La avaricia, el afán de poseer y de dominar es causa de que entre los seres humanos se produzcan enfrentamientos de unos grupos contra otros, enfrentamientos armados, guerras, que provocan la muerte de un buen número de los participantes y llevan la destrucción y el horror a los diferentes teatros de operaciones. Una situación absolutamente impensable entre las distintas especies de animales, sea cual sea la causa por la que se produzca el enfrentamiento.
Además de la avaricia, al ser humano lo dominan con facilidad el rencor, la envidia y la venganza. En las peleas de muchos machos de las especies animales para, por ejemplo, conseguir el favor de una hembra, el perdedor se retira sin sufrir animadversión ni afán alguno de venganza a causa de su derrota. Sin embargo, en el ser humano una simple discusión puede producir, y de hecho produce en muchas ocasiones, un enfado que no se diluye con el paso del tiempo sino que, por el contrario, crece con éste, de modo que el vencido en una discusión no dejará de desear toda clase de males al vencedor. Como minimo, le retirará la palabra sin importarle que en un instante se vaya al vertedero una amistad y hasta un amor de un montón de años. La envidia y la venganza, por su parte, pueden llevar al ser humano hasta al asesinato. De hecho, no pocos de los que se cometen lo son por cualquiera de estas dos inclinaciones.
Pero hay algo aún peor que es patrimonio exclusivo de nuestra especie: se trata de la destrucción del propio hábitat. Los animales son extraordinariamente cuidadosos con el territorio en el que viven. No son pocas las especies que incluso controlan su reproducción cuando su número crece en demasía de modo que amenace la dotación de alimento o cuando, por la causa que sea, una seguía, pongamos por caso, el alimento disminuye. Ante semejante circunstancia, las ciervas, por ejemplo, se tornan estériles hasta que la situación se normaliza.
El ser humano, sin embargo y en general, el propio habitat le importa literalmente un carajo, incluso aunque su destrucción ponga en riesgo su supervivencia. Durante unos años estuve yendo en verano a Carboneras, un pueblo costero de la provincia de Almería. Se llama así porque en otro tiempo allí se producía carbón vegetal. La industria se mantuvo hasta que acabaron con todos los árboles del territorio, hoy sólo hay matorrales resecos y escombreras y el pueblo, como media España, vive del turismo.
La historia se repite siempre, lo único que cambia son los medios técnicos con los que en cada momento cuentan las distintas sociedades humanas. En el siglo XX hubo dos guerras mundiales que produjeron daños incalculables, aunque la humanidad consiguió recuperarse de ellas. Con los medios de los que hoy disponermos, una tercera guerra mundial, que en los últimos tiempos parece más que probable, supondrá la destrucción prácticamente total de la vida humana. Una circunstancia que a la mayoría de los seres humanos parece traerles sin cuidado. Quizás, si esto ocurriera, el planeta acabaría agradeciéndolo, aunque si quedarán algunos seres humanos, andando el tiempo todo volvería a reproducirse, porque si en algo destaca verdaderamente el ser humano es en que no se arrepiente de sus errores ni escarmienta con sus consecuencias.




































