Tomo la palabreja del título, un espléndido neologismo, de la novela La inmortalidad, del escritor checo Milan Kundera (1929-2023). Se trata del título de un subcapítulo del libro, en el que el autor realiza una serie de comentarios acerca de la publicidad.
¡Ay, la publicidad!, me digo yo. Desde hace largo tiempo la publicidad domina enteramente el mundo. Prensa escrita, radio, televisión dejaron de ser medios informativos para convertirse en meros instrumentos publicitarios. Y hablo de la publicidad pura y dura, no la que puede mostrarse más o menos abiertamente en una noticia o en un artículo periodisticos, que también.
Hay una novela del griego Petros Márkaris, El accionista mayoritario, en la que un loco, o eso es lo que se nos da a entender a los lectores, anuncia que si no dejan de emitirse anuncios publicitarios en los distintos medios de comunicación irá matando uno a uno a todos los que con ellos se relacionen hasta conseguir su objetivo. Y esto es lo que hace: mata en primer lugar a un famoso modelo que protagoniza distintos anuncios televisivos para una marca comercial. Como los anuncios siguen, el loco vuelve a matar.
Ahora los presidentes de los medios, especialmente los de televisión, ponen el grito en el cielo ante la policía y ante el Ministro del Interior, con el argumento, nada descabellado, desde luego, de que si la publicidad se para, Grecia entera se viene abajo. Tendrán que cerrar las agencias publicitarias, luego las cadenas de televisión, luego las radios, luego los periódicos. No se venderá de nada, por lo que una detrás de la otra irán cerrando las fábricas y el paro adquirirá caracteres apocalípticos. Naturalmente, el loco es atrapado, aunque después del cuarto asesinato, porque el mundo no puede parar.
El buen paño en el arca se vende, decían antaño los comerciantes. La frase tiene su enjundia, porque si por una cara dice exactamente que lo que tiene calidad no necesita de publicidad alguna para su venta, por la otra afirma que todo aquello que se publicita es falso, o bien, que la publicidad consiste esencialmente en una mentira.
En efecto, todo el que quiere venderte algo, una bicicleta, por ejemplo, podrá adornar su discurso con las imágenes o con las palabras más sugerentes y bellas, pero lo único que pretende es venderte la bicicleta. Con su venta no busca, aunque lo repita machaconamente, tu felicidad, tu bienestar o tu placer, lo único que busca es venderte la bicicleta. Y, dicho en sentido amplio: ¡trincar el importe de la venta! Las imágenes, las palabras, son solamente engañifas para mover tu ánimo, hasta que caes en el garlito.
Cuando hablo de publicidad no me circunscribo a objetos materiales. En este tipo de objetos, una vez hecha la venta, el vendedor se desentiende del comprador y ya no quiere saber nada él. Pero hay también elementos vendibles de tipo inmaterial, en los que, por sus características, sí que el vendedor busca la cautividad del comprador para que consuma su producto con regularidad. Una plataforma televisiva, un club de lo que sea forman parte de este conjunto de vendedores.
Objeto de venta inmaterial con cautividad incluida son actualmente las ideologías, encarnadas en los diferentes partidos políticos. A los representantes de éstos, los que les interesa sobre todo es tu voto en cuanta elección se vaya produciendo, circunstancia que buscan conseguir vendiéndote sus distintos programas políticos. En este sentido y sólo en él van orientados principalmente los discursos de los candidatos y toda la publicidad partidista. Claro es que el votante que se sienta cautivo de un partido es bien por su incultura, bien porque así lo quiere, pues, siendo el voto secreto, puede cambiar de partido o quedarse tranquilamente en su casa y no votar a ninguno.
Ahora, si hay algo inmaterial de verdad que esté a la venta es lo que vende la religión: el producto que ofrecen no lo ha visto jamás nadie; su silencio es pavoroso. Pero ahí lo tiene usted: captando compradores a los que mantiene permanentemente cautivos. En la religión católica, que es la que venimos sufriendo en este país, la captación de un nuevo socio empieza pronto, cuando éste tiene sólo ocho o diez días de vida. Y, según el dogma católico, se trata de una captación perpetua, puesto que el bautismo imprime carácter, esto es, marca el alma con una huella que no puede ser borrada con nada, ni siquiera con la apostasía. La Iglesia justifica la prontitud en otorgar el bautismo con mil triquiñuelas teológicas, pero la única razón verdadera, siempre según sus dogmas, es que, lo mismo que una res, una vez marcado, el individuo ya no puede dejar de ser cristiano.
Hoy, sin embargo, muchos de estos cautivos fuerzan su libertad alejándose de la Iglesia y negándose a bautizar a sus hijos. No siempre fue así; basta repasar ligeramente la historia para descubrir hasta qué punto ataba el bautismo. Es por ello que hoy los líderes católicos tienen que esforzarse más que en otras épocas para conseguir que el rebaño no se escape del redil. Pero también el papa, los obipos, los sacerdotes, con sus bellos, atronadores, amenazantes o dulcísimos discursos, lo que pretenden por encima de todo es venderte el artículo gracias al cual comen, exactamente los mismo que el publicista de un jabón de tocador o de la última pomada para las hemorroides.








































