viernes, 27 de enero de 2023

EL MÉRITO DE MATAR

 

"Quien dice: 'si no piensas como yo te excomulgaré', acabará diciendo: 'piensa como yo o te mataré.'
                                              Voltaire

El quinto mandamiento de la ley de Dios, que la Iglesia Católica hizo suyos, dice: No matarás. Son únicamente dos palabras, que encierran una prohibición taxativa, sin distingos ni excepciones más o menos justificadas: No matarás. Punto. Ni siquiera señala a los seres humanos como únicas víctimas del posible incumplimiento de la prohibición, sino que, ateniéndonos a esas dos escuetas palabras, la prohibición de matar se extendería a todo ser viviente. No obstante, como quiera que en el mundo natural, al que el ser humano no deja de pertenecer, hay animales que imperiosamente necesitan matar para vivir y tales animales, según la creencia religiosa, han sido creados por el mismo Dios que instituyó los mandamientos y no es lógico ni esperable que Dios se contradiga, se entiende que la prohibición se refiere a matar unos seres humanos a otros seres también humanos. 
En cumplimiento de este mandamiento, al que el Jesús evangélico añadió aquello de poner la otra mejilla, los primeros cristianos fueron esencialmente pacifistas, de tal modo que tenían prohibido hasta formar parte del ejército, incluso en servicios auxiliares. Pero de qué valen prohibiciones y pacifismos cuando pasa el tiempo y lo que empezó casi miserablemente enarbolando una cruz con un hombre clavado en ella, crece, se desarrolla y decide emprender la subida hacia la cumbre del poder. Aquel primer pacifismo fue virando y virando hacia posiciones cada vez más alejadas de él, hasta terminar en el más puro belicismo. Tal viraje se inició aceptando el ingreso de los cristianos en el ejército, aunque sólo en servicios auxiliares, elección que era posible entonces; avanza cuando Constantino se hace con el poder imperial y no sólo legaliza, sino que apoya con fervor la religión cristiana y concluye cuando Teodosio prohíbe las diversas creencias paganas e instituye como única la religión de los seguidores de Cristo y de Pablo de Tarso, es decir, la religión católica, que es la que supo imponerse sobre el resto de los variados cristianismo que por entonces coexistían.
Ya a partir de Constantino no sólo se admitió la posibilidad de la guerra, o lo que es lo mismo, la posibilidad de matar organizadamente unos seres humanos a otros, con la participación de cristianos en dicha matanza, sino que incluso se llegó a exigirla, siendo Agustín de Hipona, el célebre San Agustín, su principal valedor. Este gran filósofo, teólogo y místico, según la ortodoxia católica, conocedor como nadie de los designios divinos, llega a decir textualmente que "hay guerras que se hacen por mandato divino, como las dirigidas contra herejes." El mismo Agustín pedía al emperador la intervención militar para poner fin al donatismo, herejía que afectaba, especialmente, al norte de África, donde el santo filósofo tenía su sede episcopal.
Naturalmente, el camino no fue en ningún momento recto, ¿qué camino lo es? Sin alejarse de la ortodoxia se siguieron sosteniendo posiciones pacifistas, de manera especial entre los cristianos orientales. Así, por ejemplo, San Basilio (329-379), denominado el Grande, doctor de la Iglesia, sostenía que "todo el que sea culpable de matar en guerra debe abstenerse de recibir la comunión durante tres años como prueba de arrepentimiento." No obstante, el belicismo entre los cristianos no dejó de acentuarse, de modo que tras la caída del Imperio romano y a medida que avanzaba la Edad Media el mundo cristiano se convirtió en un gran campo de batalla en el que señores feudales, reyes y hasta papas dirimían sus discrepancias casi exclusivamente con las armas. El pacifismo siguió existiendo, pero era cada vez más débil y minoritario. En el año mil, por ejemplo, un sínodo celebrado en Poitiers proclamaba la Paz Pública por Amor a Dios, estableciendo que en adelante las disputas se dirimirían por la justicia y no por la fuerza de las armas. Pero el cristianismo tenía ya la guerra tan introyectada que un acuerdo tan ambicioso como aquel ni siquiera se intentó cumplir en ningún sitio. Alguna mejor suerte tuvo la llamada Tregua de Dios acordada en el sínodo celebrado en Toulouse en 1041, que establecía la prohibición del uso de las armas de jueves a domingo y en determinadas épocas del año. Pero el belicismo siguió su marcha triunfal, hasta culminar poco después del sínodo de Toulouse citado en las Cruzadas, declaradas guerra santa por los papas, con tan importantes indulgencias otorgadas a los guerreros que quienes morían en el combate contra los musulmanes iban derechamente al cielo, así hubieran sido con anterioridad los golfos más golfos de su tiempo.
Para entonces, no sólo se había olvidado el quinto mandamiento, sino que, como se ve, matar se había convertido en un mérito, eso sí, siempre que se matara en defensa del catolicismo y de la Iglesia. Y ya no sólo en la guerra, sino también en la paz. Así, cualquiera que mostrara sus discrepancias con la Iglesia, es decir, porque esta es la realidad, contra la política y las directrices pontificias, era calificado rápidamente de hereje y, como tal, excomulgado. Y matar a un excomulgado, antes que pecado y antes de ir contra la ley civil, para la Iglesia era un acto de gran mérito ante los ojos de Dios. El papa Urbano II (1088-1099) pone de relieve el valor religioso y aun sacramental de quien mata a un hereje, "porque ese cristiano ejemplar", afirma, "le corta la cabeza a su hermano con las entrañas abrasadas de amor a la Santa Madre Iglesia"
Este ideario se extendió de tal modo que hasta en las universidades se enseñaba que "para los herejes obstinados es un beneficio que se les prive de la vida, porque cuanto más vivan más errores cometen y más se pervierten, con lo que su condena eterna es más grave todavía." Y no eran meras palabras. Cuando el obispo Godofredo Lucano le escribe al mismo Urbano II preguntándole qué penitencia debía imponer a quien mataba a un excomulgado, el papa le contesta: "no creo que eso sea homicidio", es decir, que según el papa, no es que no fuera pecado, es que tampoco era delito.
Nada menos que cinco siglos después, en el tiempo de la Contrarreforma, la doctrina católica sobre los herejes, antes de ablandarse, se había endurecido. Basta un solo ejemplo personal para comprobarlo, el del cardenal Roberto Belarmino (1542-1621) Nacido en la Toscana, Belarmino profesó como jesuita, fue catedrático en la entonces prestigiosa Universidad Católica de Lovaina, donde dio clases de filosofía, teología, matemáticas y astronomía. Fue inquisidor y, como tal, formó parte del tribunal que juzgó y condenó a la hoguera a Giordano Bruno. Escribió numerosos libros de apologética, un catecismo abreviado y otro explicado, así como diversos devocionarios.
Famoso fue su Controversias, en cuatro tomos, texto fundamentalmente teológico y jurídico. En el tomo tercero redacta una doctrina para laicos en la que el señor cardenal sostiene que las autoridades civiles no pueden permitir que cada uno piense y viva como quiera con tal de que se guarde el orden público. Eso es lo que sostenían los paganos, viene a decir. Por el contrario, según el cardenal Belarmino, y cito textualmente: "está fuera de discusión que el Estado no puede permitir jamás la libertad de creer", y más adelante: "los herejes, como reconocen todos, pueden ser excomulgados y, por tanto, también pueden ser matados. La experiencia nos enseña que no hay otra solución que la muerte del hereje. Porque la Iglesia ha ido avanzando paso a paso hasta llegar a esa conclusión inevitable... Y esto porque los herejes desafían la excomunión y dicen que es un rayo frío, cómo van a tener una multa cuando carecen del temor a Dios y del respeto a los hombres, y confían encontrar infieles que les crean para engañarlos: si los envían a la cárcel, o al destierro, contaminarán a cuantos tengan cerca con sus palabras y sus libros. Entonces sólo un remedio queda, enviarlos rápidamente al lugar adecuado. Esto es, la hoguera. Y don Belarmino concluye que la hoguera es un acto de caridad para el hereje, un alivio que se lo lleven de esta vida.
Qué lejos, pero qué lejos ha quedado por entonces aquel que murió crucificado, cuya cruz seguía el señor cardenal y sus colegas esgrimiendo como símbolo de amor. 
Pues a este caballero, que, en realidad, sostiene que el hereje no sólo es un disidente religioso, sino también un delincuente político, exactamente lo que fue el Jesús de los evangelios, fue canonizado por el papa Pío XI en 1930 y nombrado doctor de la Iglesia en 1931, fecha en la que la doctrina belicista y de exterminio del que no pensara lo que ordenaba la Iglesia seguía completamente en vigor. Y no es una elucubración: pudo verse cinco años después en España, con el apoyo de la jerarquía eclesiástica al golpe de Estado contra la República y a la guerra que se produjo como consecuencia del fracaso de éste. 
El milagro, como ya he dicho alguna vez en este blog, no es que la Iglesia perviva después de más de dos mil años, el milagro es que hayamos podido sacudirnos el firmísimo yugo al que ha tenido sometida a la humanidad occidental, aunque todavía tengamos que seguir soportando su inmenso poder económico y, como consecuencia del mismo, su influencia política.
Lo que me pregunto ahora es si se hablará de estas cosas, siquiera de pasada, en el ciclo de conferencias que el cabildo catedralicio de Córdoba ha organizado paralelamente a la exposición Cambio de Era. Córdoba en el Mediterráneo cristiano, que se está celebrando en la ciudad.

Fuentes:
El reino de Dios.- Manuel García Pelayo
Los círculos del poder.- Antonio Castro Zafra
Historia de las Cruzadas.- Stevens Runciman
La Iglesia y la cultura en Occidente.- Jacques Paul
Historia de los papas.- Juan María Laboa

Imágenes: Pinterest
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miércoles, 18 de enero de 2023

EL CASO PLATÓN

A la hora de establecer su pensamiento, los filósofos olvidan dos cuestiones previas que, quiéranlo o no, lo acepten o lo nieguen, condicionan toda su filosofía:
1.- Olvidan que un día fueron niños, incluso bebés, y que, por tanto, la base de todos sus conocimientos los fueron adquiriendo a través de los sentidos. De haber nacido sordos, ciegos, mudos y sin tacto no sólo no hubieran sido nunca filósofos, sino que hubieran vivido poco más que como vegetales.
2.- Olvidan el medio social en el que han crecido y se han desarrollado. Es muy difícil llegar a ser filósofo (me refiero a lo que se entiende convencionalmente por este término), habiendo nacido y crecido bajo el umbral de la pobreza.
Por el contrario, prácticamente la totalidad de los filósofos construyen sus sistemas o elaboran sus pensamientos como si siempre hubieran sido adultos y fuesen, además, observadores neutrales y, digamos, alejados o fuera y por encima del mundo del que tratan y de sus habitantes, seres etéreos y sin contaminar por el medio en el que crecieron.
La filosofía, que en los últimos tiempos viene sufriendo graves ataques por parte de las autoridades educativas, debería recuperar la importancia que indudablemente tiene, no sólo porque nos enseña a pensar, sino porque a través del pensamiento de los filósofos podemos conocer mejor y, en su caso, cuestionar el estado de nuestras sociedades. Pero debería enseñarse partiendo de la biografía de los distintos filósofos y destacando, porque es posible, la motivación real que tuvieron a la hora de desarrollar su pensamiento. Nadie, ni siquiera los eremitas, ni, por supuesto, yo, que estoy escribiendo esto, podemos vivir al margen de la influencia del mundo en el que nos ha tocado vivir, la familia, el grupo social, la ciudad, el clima, etc. 
Dicho esto que aunque suene a sermón, es esencial, al menos en mi opinión, vayamos con el caso Platón, cuya es la intención primera de esta entrada:
Fue Heráclito (544-484 a.C.) el primero en advertir y afirmar que todo cuanto existe vive en un perpetuo e irrefrenable movimiento, cambio o fluir. Tal descubrimiento, que, al menos desde entonces, cualquier observador medianamente atento puede corroborar, horrorizaba al propio Heráclito y ha venido horrorizando a un buen número de filósofos posteriores, pues según ellos, incluido Heráclito, si todo fluye, incluso nosotros mismos, es imposible obtener un conocimiento cierto de los objetos; todo lo más que logramos son vaguedades o meras opiniones que, necesariamente, serán distintas según cada observador.
Acuciado por este sentimiento de inestabilidad, Heráclito se esforzó en encontrar un sustrato, una base que sirviera de apoyo a ese cambio y le diera, por así decirlo, la estabilidad que le faltaba. En último término, creyó encontrarla en el logos, que para Heráclito no era otra cosa que Zeus, Dios, aunque su idea de Dios viene a ser la del todo en su continuo, eterno devenir.
Platón (404-347), considerado uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos, también tenía horror al cambio. Él sí da cuenta de su vida. Incluso explica cómo salió asqueado de la política, tras un corto periodo de dedicarse a ella, pero sin advertir de qué forma este hecho y no sólo él influyeron en la elaboración de lo más importante de su filosofía. Fue discípulo de Sócrates, el primero de los filósofos que sólo trató del hombre, porque, según dicen que decía, es el único de todos los seres con capacidad de ser sujetos de verdades y de valores. Sócrates fue un tipo raro, un parlanchín, dicho sin menosprecio alguno, porque no dejó nada escrito, sólo se dedicaba a hablar con otros hombres. En realidad, aparte de lo poco que contaron Aristóteles y Jenofonte, todo lo que sabemos de Sócrates es lo que de él escribió Platón, que, para colmo, pone en boca del maestro muchas de las ideas del discípulo. Es decir, que, como de Cristo, lo que es saber, saber, de Sócrates no sabemos nada, que es, según se cuenta, lo que él mismo decía que sabía: nada.
Platón tocó muchos palillos, desde los del amor a los de la política, pero en su búsqueda de un sustrato que diera unidad, sentido y base al fluir constante de las cosas fue mucho más allá que Heráclito, tanto que dejó bien asentado el edificio del idealismo. Resumiendo enormemente su pensamiento, podemos decir que Platón sostenía que todos los objetos que vemos en la realidad diaria no tienen existencia propia, o vida real, sino que son copias de modelos o Ideas, a las que también llamó Formas. Pero no las ideas que podemos tener en nuestra mente cuando se nos ocurre, por ejemplo, construir una mesa, volar en globo o escribir una novela, sino entidades, aunque invisibles, vivas, corpóreas y, al mismo tiempo, eternas e inmutables. En una palabra, que lo que nosotros vemos no son más que sombras proyectadas por la realidad verdadera, accesible no a través de los sentidos, sino del pensamiento. Esto suena descabellado, ¿verdad? Pero es así. Platón lo prueba con razones que han resultado y resultan convincentes para toda una legión de filósofos que han ido sucediéndose después de él.
Pero, y esto es lo importante: ¿De dónde viene ese horror al cambio? ¿Es cierto que ese fluir eterno impide el conocimiento de los objetos o existen otras razones para ese horror? Existen, ya lo creo que existen, aunque no suelen explicarse en las clases de filosofía ni siquiera en la Universidad. Heráclito nació y creció en el momento en que la organización tribal, comandada por poderosas aristocracias cuyo gobierno, aunque despótico, daba una gran estabilidad social, estaba siendo sustituida por la democracia que exigían los plebeyos, sobre todo, comerciantes enriquecidos. Heráclito era el heredero del rey que gobernaba Éfeso y, si bien renunció a su puesto en favor de su hermano, siempre defendió a la aristocracia. "El populacho", afirma, se llena el vientre como las bestias. Escogen por guías a los vates y las creencias populares, sin saber que los malos constituyen mayorías y sólo la minoría es buena."
¿Va quedando claro? Lo que Heráclito teme realmente no es que con el cambio constante, que es cierto, los objetos no puedan ser conocidos, sino perder su posición social y encontrarse de la noche a la mañana al mismo nivel que la plebe. Ni más ni menos. Y es ese temor, mamado desde su nacimiento, el que lo impulsa a buscar desesperadamente la fórmula para convencer a sus coetáneos de la bondad y la necesidad de la estabilidad. Aunque estuvo en el camino, la que encontró no fue tan potente como él mismo hubiera deseado.
Esta razón, este basamento, lo encontró, como se ha visto más arriba, Platón, o eso creyó él y, con él, todos los que con posterioridad han seguido sus pasos. La infancia de Platón transcurrió en un periodo aún más convulso que la de Heráclito. Cuando nació, en Atenas había caído el sistema tribal, se había instalado la democracia y la ciudad se encontraba en guerra contra Esparta, ciudad que seguía conservando prácticamente intacto el gobierno tribal. La guerra concluyó con la derrota de Atenas y el establecimiento del gobierno de las Treinta Tiranos. Para entonces, Platón tenía veinticuatro años. Era también de familia aristocrática. Su padre descendía de Cedrus, el último rey tribal de la ciudad, su madre estaba emparentada con el famoso legislador Solón y dos de sus tíos, Carmides y Critias, formaban parte de las Treinta Tiranos. El filósofo sufrió en carne propia todos aquellos cambios, que afectaron sus estatus de tal modo que tuvo que huir de Atenas. De ahí que no tardara en llegar a la conclusión de que todo cambio social significa decadencia, degeneración, corrupción, una conclusión a la que no había llegado Heráclito.
Toda la filosofía de Platón está encaminada a superar el cambio. Sin embargo, y esto es harto significativo, él, que lo ha perdido todo, no está completamente en contra de ese cambio, sino que, especialmente en el mundo de la política, está a su favor, siempre que dicho cambio sea para mejor. ¿Y qué cambio puede ser para mejor? Él que a él le viene bien, naturalmente, o, lo que es lo mismo, el que propugna, por ejemplo, en La República, cambio que una vez realizado se mantendrá estable por los siglos de los siglos. Su sistema de las Ideas o Formas invisibles, pero inmutables, tan profundamente conservadora, satisface plenamente esta exigencia de estabilidad y satisface, claro es, a todos aquellos que ocupan una posición social de privilegio, posición en la que se encuentran (véanse sus biografías) la mayoría de los filósofos que siguen al ateniense. Desde luego, satisfaría a todo el mundo si se pudiera probar de verdad la existencia de tales Ideas o Formas.
Platón, no hace falta decirlo, está con contra del materialismo, para él, como se ha visto, la materia carece de verdadera realidad. Pero está, sobre todo, en contra de la democracia, sistema político al que considera nefasto porque constituye la expresión más profunda del cambio en el mundo social y, además, continuo y, además, con participación activa de la plebe, pero, en realidad, porque ella fue la causante de la pérdida de su estatus, como puede leerse entre líneas en el texto en el que da cuenta de su vida.
De otro lado, en su sistema, sitúa al hombre aparte y en un escalón superior al resto de los seres vivientes. El modelo, la Idea o la Forma del que es copia el hombre (y cuando habla del hombre se refiere exclusivamente al hombre, al varón, los griegos, en general, despreciaban a las mujeres), está, por tanto, por encima del resto de las Ideas o Formas; es, digamos, la Idea de las Ideas; la Idea que engendra la totalidad de las Ideas que existen. Y ello por dos motivos, primero, porque el hombre es el único ser pensante de la creación y, segundo, porque tiene un alma inmortal, como explica con todo detalle en el FedónPrecisamente, es gracias al alma que, según Platón, tenemos ciertos conceptos espirituales o mentales que no preceden de la experiencia, sino que son innatos. Así, por ejemplo, el concepto de igualdad, al que dedica una buena parrafada en el mismo Fedón, o los de identidad, diferencia, oposición, unidad, número, par e impar, de los que da cuenta en el Teeteto, conceptos que para él constituyen la base a partir de la cual aprehendemos todos los demás conceptos que podemos desarrollar. 
¿Pura majadería? A ver, que levanten la mano aquellos o aquellas a los que desde su más tierna infancia su papá o su mamá no les haya enseñado cómo dos cosas son iguales o diferentes, cómo esto es una manzana y esto son dos peras, etc. etc. Pero los filósofos, empezando por Platón, le dan  a esto una prosopopeya que resulta difícilmente superable.
Aun así, el éxito de su filosofía es indudable, como prueba, no sólo la legión de seguidores, sino el hecho de que se conserven perfectamente sus textos, mientras se perdían los de la práctica totalidad de los filósofos griegos. A juicio del que esto escribe se debe fundamentalmente no a la potencia de su pensamiento, que de ella no cabe tener duda, sino a que le ofrece al poderoso una doble arma: la de la bondad de la estabilidad y, con ella, la defensa de su estatus, y, derivada de ésta, la de la resignación de los de abajo, quienes perderán todo anhelo de cambio confiando en que esta vida "irreal" dará paso a la vida verdadera, de paz, de estabilidad y de felicidad. No es extraño pues que para el cristianismo, especialmente el católico, sea el favorito de todos los filósofos paganos.
El que esto escribe es consciente de que del amplísimo campo y la variedad de temas que Platón abarcó el presente texto es sólo un resumen de lo principal de su filosofía, la teoría de las Ideas. Ahora bien, cuando  esta teoría se explica llanamente, haciendo aflorar su causas, sus contradicciones e insuficiencias, los seguidores del ateniense te dicen: No has entendido a Platón. El que esto escribe ni afirma ni niega, simplemente dice: Léanlo. Es fácil bajar de internet gratuitamente la totalidad de sus libros.

P.S.- Las negritas son de un servidor.
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viernes, 6 de enero de 2023

EL EXPOLIO DE ÁFRICA

Víctor Hugo (1802-1885) dio la orden: "Id, pueblos! Dios ofrece África a Europa, tomadla." Sí, el gran escritor francés, que fue también político y, como se ve político depredador, más que conservador; el novelista, pero también poeta, autor de La contemplaciones, formidable poemario de más de diez mil versos, en el que, en la admiración de la naturaleza por parte del autor, no falta cierto tono místico; y de novelas tan excepcionales y llenas de compasión, como Nuestra Señora de París y Los Miserables, sobradamente conocidas.
¿Pero cómo había empezado todo? En 1482, navegando con su reluciente carabela, cuyo prototipo se había creado en Lisboa cuarenta años antes, el portugués Diogo Gáo observó que, tras cruzar la línea del ecuador, había desaparecido la estrella polar. Este hecho, que produjo una viva inquietud en la tripulación, hizo que, por un momento, Gáo estuviera a punto de dar la orden de virar en redondo y emprender el camino de regreso. Sin embargo, decidió seguir adelante y al poco alcanzó la formidable desembocadura del río Congo en el Atlántico. El mayor río de África tiene su nacimiento en el lago Bangweulo, en la actual Zambia y después de recorrer 4.700 Km., en su mayor parte por el antiguo Congo Belga, hoy República del Congo, rinde sus aguas en una amplia bahía, a la altura de la ciudad de Muanda, un poco más abajo del ecuador. Hasta 160 Km. aguas arriba el camino es espectacular, un profundo cañón que en algunos lugares llega a los 1.200 m. de profundidad.
Maravillado con la belleza del lugar y, valorando rápidamente las oportunidades que podía brindarle, Diogo desembarcó, ascendió a la cima del cañón y erigió una columna de piedra, coronada con una cruz de hierro y la siguiente leyenda: "En el año 6681 de la creación del mundo y 1452 del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, su majestad serenísima, excelentísima y poderosísima el rey Juan II de Portugal ordenó a Diogo Gáo, caballero de su casa real descubrir esta tierra y erigir esta columna de piedra."
Muy poco después daría comienzo el infame y sumamente lucrativo comercio de esclavos que, si en un principio, se dirigió a las plantaciones de café y a las minas de Brasil, territorio en poder de los portugueses, no tardaría en extenderse a Norteamérica y a América del Sur. El negocio, justificado miserablemente en la descabellada y, sobre todo, interesada idea de que al sur del desierto del Sahara, los africanos estaban más cerca de la animalidad que del ser humano, se prolongaría oficialmente hasta el primer tercio del siglo XIX en que fue siendo prohibido por los distintos países esclavistas, empezando por Inglaterra, que lo hizo en 1807.
Pero el expolio de África no terminó con la extracción y venta de sus hombres y mujeres. A Víctor Hugo se sumó casi a continuación el economista John Stuar Mill (1816-1873). Este caballero inglés, cuya imagen por si sóla causa espanto, afirmaba con rotundidad que "el despotismo es un modo legítimo para tratar con bárbaros, con tal de que el fin sea su mejora." Es decir, que aquello del fin y los medios no tenía sentido cuando se refería a personas que, según el civilizado y muy culto señor Stuar, se encontraban "atrasadas", viviendo medio desnudas y sin conocimiento alguno de la economía moderna, de modo que usted, europeo civilizador podía hartarlas literalmente de hostias y hasta de latigazos, porque su intención no era aprovecharse de ellas, sino educarlas.
Lo cierto, sin embargo, es que a finales del siglo XVIII se había iniciado la llamada revolución industrial y los países europeos, con Inglaterra a la cabeza, necesitaban materias primas y necesitaban ampliar los mercados, para que no se detuviera el proceso productivo. Fue de este modo que, obedeciendo al escritor francés y con la coartada que les proporcionaba el inglés, los países europeos sustituyeron el comercio de esclavos, que, en realidad, ya no era rentable, por la conquista, dominación y explotación del continente africano.
El proceso lo iniciaron los exploradores, seguidos muy de cerca por los misioneros católicos y cristianos de las distintas confesiones denominadas en general protestantes. El explorador abría camino; inmediatamente, el misionero, que a veces llegaba junto a aquél, trataba de convertir al jefe de la tribu o al rey del territorio, con la certeza, porque así se había hecho ya con los pueblos bárbaros en los primeros tiempos del cristianismo, de que a la conversión del jefe, sucedía de forma inmediata la de todos sus súbditos. Como en la antigüedad citada, no fueran pocas las ocasiones en que el jefe o el rey se convertían bajo la amenaza de los fusiles y las ametralladoras de los invasores, el rumor de cuyos pasos llegaba nítidamente a sus oídos. 
Hubo exploradores ingleses, franceses, italianos y hasta españoles, entre los que destaca Manuel Iradier (1854-1911), quién logró comprar para España la sumisión de los jefes de tribu de Rio Muni. Pero los más célebres de todo el gremio fueron, sin duda, el escocés Livingstone (1812-1873), quien fue al mismo tiempo explorador y misionero, aunque su primer propósito no fue otro que el de abrir rutas comerciales alternativas a las utilizadas por el comercio de esclavos, si bien no puede negarse su celo misionero. En estas estaba cuando, en 1886, tras haber sido el primer hombre blanco que cruzó el desierto del Kalahari, se perdió su rastro durante un viaje organizado para descubrir la posible relación entre el lago Tanganika, las cataratas Victoria y las fuentes del Nilo, de modo que el mundo lo dio por muerto.
A la misma altura de celebridad se encuentra el galés de nacimiento Henry Morton Stanley (1841-1904). Era hijo ilegítimo, motivo por el cual, tras una infancia difícil, con sólo 18 años logró cruzar el océano y llegar a Nueva Orleans, donde tuvo la suerte de ser apadrinado por Henry Hope Stanley, de quien tomó el apellido. Fue soldado y periodista. Viajó a África como reportero de la expedición inglesa contra el emperador de Abisinia. Era un tipo racista y violento. Con el entonces fabuloso presupuesto de mil dólares emprendió una expedición desde Zaldíbar con el propósito de conseguir alguna noticia del explorador perdido y tuvo el acierto o, más bien, la fortuna de encontrarlo en Ujiji, un antiguo poblado al oeste de Tasmania. "El doctor Livingstone, supongo", fue su saludo, frase que en muy poco tiempo se hizo famosa en todo el mundo.
Tras los exploradores llegó la apropiación del territorio. Portugal poseía de antiguo Angola y Mozambique, entre otros, pero en la invasión de entonces, Francia e Inglaterra se llevaron las mayores tajadas. Del Congo se apoderó a titulo personal el canalla Leopoldo II de Bélgica, aunque cuando le hubo sacado prácticamente todo el jugo que se le podía sacar por aquel entonces, produciendo más de diez millones de muertos, se lo transmitió al Estado belga. Italia se hizo con Libia. Alemania se apoderó de Camerún, Togo, Tanganica y África del Sudoeste. España consiguió los minúsculos territorios, comparativamente hablando de Río de Oro, Guinea, Ifni y el Sahara. El resto se lo repartieron Francia e Inglaterra.
Estas conquistas se fueron produciendo sin orden ni concierto, mediante el asentamiento de tropas en un lugar a partir del cual se iban adicionando territorios, rompiendo, más que fronteras, límites tradicionales, separando poblaciones que llevaban siglos conviviendo en el mismo espacio y aun enfrentando unas etnias con otras que hasta entonces habían convivido pacíficamente, como ocurrió en Ruanda con los Hutus y los Tutsi (véase la entrada La joya de África, publicada en este mismo blog.) Este sistema producía constantes roces entre las potencias europeas, por lo que, con el objetivo de ponerles fin, el canciller alemán Bismarck, que había conseguido recientemente la unificación de su  país, convocó en Berlín una conferencia internacional, que se prolongó del 15 de noviembre de 1884 al 26 de febrero de 1885. En ella se establecieron las fronteras definitivas entre unas conquistas y otras y se establecieron normas para solucionar pacíficamente los posibles conflictos.
Pero desde el momento mismo de la conquista ya se estaba llevando a cabo la expoliación de los distintos territorios, con el genocidio de poblaciones indígenas; con la semiesclavitud de otras, cuando no esclavitud completa; ante los ojos de los propios misioneros que jamás levantaron la voz en defensa de los africanos, más bien lo contrario, como ocurrió en Ruanda, porque se hacía para extender en un continente "salvaje" la maravillosa civilización cristiana y el progreso. 
Alemania perdió sus colonias tras su derrota en la Primera Guerra Mundial. Posteriormente, a partir de los años 60 del siglo pasado, los distintos territorios fueron consiguiendo la independencia, pero sólo nominal en la mayoría de ellos, porque las potencias salientes se encargaron de mantener la explotación mediante la instalación en el poder de gobiernos corruptos, enteramente vendidos a dichas potencias.

Fuentes: 
Martínez Cabrera.- África subsahariana
John Iliffe.- África. Historia de un continente
Emilio Galindo.- A la conquista de África con los padres blancos.
Adam Hoschschild.- El fantasma del rey Leopoldo

Imágenes: Internet

viernes, 23 de diciembre de 2022

LO DE UNAMUNO

"Venceréis, pero no convenceréis!"
Esta frase, ciertamente tremenda y arriesgada, se le viene adjudicando a Unamuno desde hace mucho tiempo. Pero la cosa no fue exactamente así, no existió una frase de tamaña contundencia, aunque sí un pequeño discurso realmente valiente en el momento en que se produjo.
De don Miguel no llega uno a saber con claridad si fue verdaderamente un intelectual o no pasó de idiota, atendiéndonos a las dos primeras definiciones que de este adjetivo ofrece la Real Academia de la Lengua Española, aunque en su defensa cabe decir que no son pocos los llamados intelectuales que han existido y existen que son más que nada idiotas.
Nacido en Bilbao en 1864, Unamuno se formó en el racionalismo y el positivismo y, durante su juventud mostró su simpatía por el socialismo. De hecho, en 1894 ingresa en la Agrupación Socialista de Bilbao, pero, como un augurio de lo que va a ser una constante en su vida, la abandona tres años más tarde. Poco después, abandona el racionalismo, para apuntarse a algo así como un existencialismo de corte cristiano, bañado de pesimismo. En 1901, empieza a leer a Kierkegaard (1813-1855), cuya filosofía le interesa de tal modo que aprende danés para leerlo en su idioma original. Kierkegaard, más teólogo que filósofo, era un profundo pesimista. Creía que la melancolía que padecía su padre se debía a una lacra moral, como consecuencia de la cual la Providencia había maldecido a su familia, creencia que se acentuó con el fallecimiento de todos los miembros, a excepción del padre, del propio filósofo y del hermano mayor. Este pesimismo angustioso del danés influyó poderosamente en Unamuno, acentuando su pesimismo innato. 
Dos cambios de orientación no son muchos y hasta pueden resultar explicables. En 1900, con sólo 36 años, fue nombrado rector de la Universidad de Salamanca, donde era catedrático de griego. No mucho tiempo después comienza a mostrar su hartazgo de la monarquía, criticando duramente a Alfonso XIII en sucesivos artículos periodísticos. A causa de tales críticas fue condenado a dieciséis años de prisión por injurias al rey (las cosas no han cambiado mucho, que se lo pregunten a un par de raperos, cuyos nombres no recuerdo en este momento, uno en la cárcel y el otro huido para no acabar en ella por idéntica causa y frente a un rey tan indecente como aquél) No obstante, no llegó a entrar en prisión, aunque sí fue desposeído de su cargo de Rector. A pesar del correctivo, Unamuno no cesó en sus críticas, que se extendieron, después, al dictador Miguel Primo de Rivera, de manera que en 1924 fue desterrado a Fuerteventura, aunque poco después recibió el indulto y pudo volver a Salamanca. Pero no volvió, prefirió exiliarse a Francia, de donde no regresaría hasta la caída del Dictador.
Poco después, en las elecciones municipales de abril 1931 fue elegido concejal del Ayuntamiento de Salamanca. Precisamente, fue Unamuno el que, el 14 de abril de aquel año, enarbolando la bandera, proclamó la República desde el balcón del Ayuntamiento. Para entonces, era un firme defensor de la República, cuyo gobierno lo repuso en el cargo de Rector de la Universidad. Tan firme que no dudó en presentarse a las elecciones constituyentes del 14 de julio de ese mismo año, siendo elegido diputado por la Conjunción Republicano-Socialista. Como diputado se mantuvo hasta 1933. A partir de este momento da un nuevo giro a su singladura y de defensor a ultranza pasa a atacante cada vez más fiero. 
De este modo, no dudó en aplaudir el golpe de Estado del 18 de Julio de 1936 y  en ponerse de parte de los generales golpistas. El buen intelectual no advirtió las similitudes y concomitancias de los sublevados con los regímenes totalitarios de Italia y de Alemania. Por el contrario, el muy iluso llegó a creer de buena fe que Franco iba  ser realmente el salvador de la Patria. El golpe triunfa fácilmente en Salamanca y la rendición a él de Unamuno es de tal calibre que el 26 de julio acepta sin titubeos su nombramiento a dedo como concejal del nuevo Ayuntamiento fascista. Incluso realiza declaraciones como esta: "Hay que salvar a la civilización occidental, la civilización cristiana, tan amenazada." Y también, entre otras: "Insisto sobre el hecho de que el movimiento a cuya cabeza se encuentra el general Franco tiende a salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional; pues España no sabría ser sojuzgada ni por Rusia ni por ninguna otra nación, cualquiera que ella fuese." (La mención a Rusia es falaz, porque hasta el comienzo de la guerra España no mantenía relaciones diplomáticas con este país.) Pero, además, hace un llamamiento a los intelectuales europeos para que apoyen a los sublevados, e incluso dona 5.000 pesetas de las de entonces para la causa golpista.
Como consecuencia de su viraje, el 22 de agosto de 1936, la república lo desposeyó del cargo de Rector, pero fue repuesto en él por las nuevas autoridades fascista el 1 de septiembre de 1936, según decreto del general Cabanellas, en ese momento Presidente de la Junta de Defensa Nacional. Unamuno era ya, de una parte, una consumada veleta y, de otra, una pelota de tenis con la que unos y otros jugaban como querían. Hasta qué extremo llega su adhesión al nuevo Régimen se pone de manifiesto en el hecho de que cuando Franco instala su cuartel general en Salamanca, el señor filósofo acude presuroso a hacerle una visita. No ha quedado constancia de la conversación que mantendría ambos individuos, pero, conociendo al general, no sería muy descabellado pensar que si aceptó recibir al Rector fue por la única razón de que éste iba a rendirle pleitesía.
Pero hete aquí que muy poquito después, la veleta vuelve a girar y don Miguel siente que ahora debe revolverse contra el Régimen que había aplaudido hacía dos días. Sucede cuando empieza la persecución y eliminación de los republicanos, en la mayoría de los casos sin juicio previo, represión que se instala también en Salamanca y que, de entrada,  produce por parte de los golpistas, el asesinato de Casto Prieto Carrasco y de José Andrés y Manso, alcalde de la ciudad y diputado, respectivamente, ambos socialistas y amigos del señor Rector.
Este nuevo viraje eclosiona el 12 de octubre de 1936. Ese día tiene lugar en la Universidad el acto de celebración y exaltación del Día de la Raza. El acto, al que acuden los profesores de la Universidad, las autoridades provinciales y locales y, no se sabe a cuento de qué, el general Millán Astray, es presidido por don Miguel, que ocupa el lugar central del estrado; a su derecha se sentará Carmen Polo de Franco, que llegó escoltada por miembros de Renovación Española, todos armados; a la izquierda, el obispo de la ciudad Enrique Pla y Daniel.
Seguida y sucesivamente lanzan sus discursos José María Ramón, el dominico Vicente Beltrán Heredia, Francisco Maldonado y José María Pemán. Todos cantan los loores de la raza hispana, así como del "glorioso" alzamiento, como sus partidarios llaman al golpe de Estado, que a estas alturas y debido a su fracaso ha degenerado en guerra abierta; igualmente se hace repetida y despectiva mención de la "antiEspaña", que según los oradores son todos los que están de parte de la República, en mayor o menor grado. Cuando los cuatro han terminado, Unamuno, que ha estado tomando notas, se levanta y dice textualmente: "La nuestra es una guerra incivil. Nací arrullado por una guerra civil, y sé lo que digo. Vencer no es convencer; y hay que convencer sobre todo y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia que es crítica diferenciadora, inquisitiva; mas no de inquisición... Se ha hablado también de los catalanes y de los vascos, llamándoles la antipatria de España; con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Yo, que soy vasco, llevo toda mi vida española enseñando lengua española, que no sabéis. Ese sí es imperio de la lengua española."
Nada más terminar don Miguel su discurso, se levantó Millán Astray, "como un resorte", escribiría bastantes años después Pemán en un artículo publicado en el ABC, y gritó: "¡Mueran los intelectuales" Y al ver que bastantes profesores hacían gestos de disconformidad, añadió: "Falsos intelectuales traidores, traidores.", siguió mascullando de modo que nadie entendía lo que decía, hasta que concluyó gritando claramente: "¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!" Todo ello rodeado de su escolta de legionarios que disponen sus pistolas y ametralladoras para disparar. En ese momento, Carmen Polo de Franco, muy serena, coge del brazo a Unamuno y casi a rastras lo saca del salón, ambos protegidos por la escolta de la mujer de Franco.
Aquella misma tarde, cuando, como de costumbre, acude al casino, Unamuno es expulsado con gritos de rojo y de traidor. Y por decreto del 22 de octubre de 1936, firmado por Franco, vuelve a ser despojado de su cargo de Rector. A partir de entonces, vive confinado en su casa, con vigilancia permanente de la policía en la puerta. No obstante, puede recibir visitas, aunque son contadísimas las que recibe. Dos de ellas, en principio, sorprendentes: la de Diego Martín Vélez, viejo cacique salmantino, otrora adversario político de don Miguel. La otra la del falangista Bartolomé Aragón Gómez, explicable, sin duda, por el hecho de que, certificando su alejamiento de la República y, aunque no participara directamente con ellos, su acercamiento a los entonces sólo conspiradores, en 1935 Unamuno había recibido en su casa a José Antonio Primo de Rivera y, poco después, había asistido a la presentación de la Falange en Salamanca. El eminente intelectual tampoco había advertido el alcance de aquella consigna de la dialéctica de los puños y las pistolas, enunciada por José Antonio. Luego, justo en la visita que Aragón Gómez realiza el 31 de diciembre de 1936, el falangista, joven, aunque camisa vieja, le dice a Unamuno: 
"La verdad es que, a veces, pienso si no habrá vuelto Dios la espalda a España, disponiendo de sus mejores hijos."
A lo que el antiguo Rector responde:
"¡No, eso no puede ser! ¡Dios no puede volver la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!"
Sigue un breve silencio, durante el cual Miguel de Unamuno inclina la cabeza y cuando la barbilla toca su pecho está muerto. A partir de aquel momento, los falangistas se hacen cargo de sus restos. Cuatro de ellos, Víctor de la Serna, Máximo Rodríguez Ríos, Antonio Obregón y el célebre tenor Miguel Fleta, llevan sobre sus hombros el ataúd hasta el cementerio salmantino, donde es enterrado siguiendo el ritual de la Falange en estos casos, con el grito de: ¡Miguel de Unamuno! y la respuesta de: ¡Presente!, coreada por todos los asistentes. Miguel de Unamuno tenía 72 años. 
En el descargo de sus veleidades quizás cabría argüir que su padre, Félix María de Unamuno Larraza y su madre, María Salomé Jugo Unamuno, eran tío y sobrina carnal y que en 1897 el filósofo sufrió una muy grave depresión, seguida de una neurosis de angustia, como consecuencia de la muerte de su tercer hijo (tuvo nueve), motivada por una meningitis que degeneró en hidrocefalia.

Fuentes: 
Emilio Salcedo.- Vida de don Miguel
Guillermo Cabanellas.- La guerra de los mil días
José Luis Abellán.- Historia crítica del pensamiento español. Tomo 6
José Ferrater Mora.- Diccionario de Filosofía
Aurelio Núñez.- Los sucesos de España vistos por un diplomático

Imágenes.- Internet

martes, 20 de diciembre de 2022

HISTORIADORES VENALES


Partamos de la base de que la objetividad absoluta no existe y de que hasta el historiador más honrado cuenta con una rama de subjetividad que, inevitablemente, no dejará de aparecer en todos sus estudios. Pero una cosa son estos historiadores y otra muy distinta aquellos que no se proponen estudiar un periodo o un proceso histórico con el ánimo de darlo a conocer, sino únicamente, con el propósito de defender una ideología, una causa, una institución. Estos historiadores no pueden recibir otra apelativo que el de venales. En la mayoría de las ocasiones, por no decir en la totalidad, tales estudiosos se encuentran pagados directa o indirectamente por los amos de la institución, los dirigentes de la causa o las organizaciones que sostienen la ideología. El método de estos, en muchas ocasiones, eruditos magníficos, consiste, unas veces, en acopiar datos y más datos, resaltando hábilmente los que interesan a sus fines y, en otras, desparramándose en elaboradas explicaciones a lo largo de las cuales, a la par que exponen los méritos propios, se resaltan los errores ajenos, siempre con exquisita corrección, de modo que el resultado ofrezca la apariencia de la más absoluta neutralidad.
Uno de los ejemplos más obscenos, referido exclusivamente a este asunto, con el que me he topado nunca se encuentra en el libro Historia de la Iglesia, tomazo de más de 1.500 páginas, para cuya elaboración y redacción se han agrupado tres grandes talentos, sin duda: el español Juan María Laboa y los italianos Franco Pierini y Guido Zaghemi, el primero sacerdote, doctor en Historia de la Iglesia por la Pontificia Universidad de Roma y profesor de esta materia en la Universidad de Comillas y de Derecho Político Español en la Complutense de Madrid. De ninguno de los tres aparece dato alguno en el libro, motivo por el que de los dos italianos ni me he preocupado en buscarlos, aunque lo más probable es que sean también eminentes profesores de universidad.
Como vale más un ejemplo que cien explicaciones, he aquí algunas muestras de venalidad, no precisamente de las más zafias:
1.- Acerca de la posición del historiador de la Iglesia: "...no se puede comprender la naturaleza de la institución eclesial si no se comparte la fe de la Iglesia, es decir, si no se es creyente. Uno que no sea creyente puede llegar a ser un gran erudito en historia de la Iglesia, pero nunca un verdadero historiador de la Iglesia, porque se le escapa el misterio de la Iglesia" (Pág. 775)
Aparte la pésima redacción del parrafito, ¿alguien conoce una ejemplo más claro y contundente de venalidad? O sea, sólo quien pertenezca a la institución eclesial puede ser su historiador, con lo que, adiós capacidad crítica y adiós, seguro, capacidad de análisis. Esto no será en modo alguno una historia, sino pura y simple catequesis disfrazada de intelectualismo, porque no existe hecho ni personaje históricos que no tengan sus luces y sus sombras y, naturalmente, un miembro de una organización, sea cual sea, callará sus sombras y resaltará sus luces, que es lo que, en realidad, viene a hacer este trío.
2.- Acerca del Islam: "Las cruzadas fueron la respuesta de los cristianos a la guerra santa musulmana. Pero en el Nuevo Testamento no se habla de guerra santa y en el Corán sí... Las afirmaciones del Coram sobre este tema se van haciendo cada vez más claras y tajantes a lo largo de los 114 capítulos... Cuando Mahoma proclamó este mensaje se encuentra en Medina, y ya no es el profeta indefenso de los años de la Meca; el islam no es sólo una propuesta religiosa, sino una verdadera imposición teocrática" (Pag. 233)
O sea, a ver si nos aclaramos, para estudiar la historia de la Iglesia hay que ser creyente, es decir, católico, para comentar la del Islam y para criticarlo no es necesario creer en el Coram. Aparte, la gravísima tergiversación acerca del origen de las Cruzadas que, al día de hoy, ningún historiador mínimamente serio acepta. El Islam, según estos caballeros es una "imposición teocrática"; en cambio, el catolicismo, con su preciosa historia de persecución y destrucción de lo que llamaron "ídolos paganos", incluidos templos y sacerdotes, y la posterior de todo el que se apartaba de los dogmas católicos, aunque no fuese más que un milímetro no constituye una "imposición teocrática", sino una muestra de la caridad cristiana, que eliminaba el cuerpo para "salvar el alma".
3.- Acerca de Lutero, los judíos y el nazismo: "...Muy pronto, sin embargo, Lutero cambia de rumbo, llegando a la convicción de que la justificación por medio de la fe y el judaísmo son irreconciliables por naturaleza. Así, en 1543, publica un libro de unas doscientas páginas titulado Contra los judíos y sus mentiras, al que sigue muy pronto otro todavía más violento, Shem Hamephoras. Shem Hamephoras es el nombre "a lo claro" de Dios... que a los fieles judíos le está prohibido pronunciar. Hitler puso en circulación cien millones de copias del Shem Hamephoras, sirviéndose de él para el antisemitismo de su sistema política." (Pag. 528)
Y otra intromisión en una religión distinta al catolicismo, aunque sean parientes no muy lejanos. Pero, sobre todo, del riquísimo, irracional, tenebroso e infame antisemitismo del catolicismo desde sus orígenes ni una sola palabra, ¿para qué, si los tres autores son fieles creyentes de la Iglesia y esto lo justifica todo?
4.- Acerca de la comunión pascual: "El control de la práctica de la comunión pascual fue un rasgo característico de todo el ancien regime. Se puede considerar significativa una práctica que se seguía un poco por todas partes, pero de una manera especial en Roma, donde se mantuvo y fue habitual hasta 1870. En el periodo cuaresmal se distribuían... las tarjetas pascuales, generalmente impresas, con el nombre y apellidos del interesado (del interesado dicen los elementos, cuando, en realidad, era el convocado)... Más tarde, el cabeza de familia devolvía la tarjeta, o bien era retirada por el párroco en el momento de la bendición de la casa, efectuando de este modo el control de los que cumplían el precepto pascual. Tras la verificación se hacían repetidas advertencias a los inobservantes... con el fin de urgir a que se cumpliera el precepto. Los que seguían sin cumplir el precepto, convictos de pecado mortal, caían en entredicho. Antes del pontificado de Benedicto XV (1914-1922), se exponían en la puerta de la parroquia los nombres de los que no habían comulgado. En caso de contumacia, eran denunciados a la vicaría, y el que no se presentara en el plazo de doce días era declarado públicamente en entredicho. Los reincidentes incurrían en excomunión y, hasta 1829, los excomulgados eran detenidos y enviados a la cárcel. Se puede decir que hasta la Revolución francesa, el sistema fue aceptado pacíficamente y tuvo cierta eficacia. Sin embargo, se cometió el error de mantenerlo vigente cuando los tiempos habían cambiado." (Pág. 688)
Hay que tener la cara muy dura para afirmar que el Islam es una "imposición teocrática" y, después de un parrafito como éste, negar implícitamente, que el catolicismo lo es en la misma manera y desde mucho antes. O, dicho de otro modo: ¿se puede explicar el asunto de una forma más cínica? Ni la más mínima censura al brutal control de la Iglesia sobre sus siempre obligados fieles; por el contrario, lo que se dice es que el sistema tuvo cierta eficacia y que el error no fue que llegara a existir, sino que se mantuviera cuando los tiempos habían cambiado.
A la vista de hechos como este, que no es más que un sencillo y mínimo ejemplo, el milagro no es que la Iglesia se mantenga viva después de más de dos mil años, el milagro es que hayamos podido sacudirnos el yugo al que hemos estado sometidos la mayor parte de ese tiempo.
¿Para qué más? Leed el libro. Se encuentra en las bibliotecas públicas. A ratos cabrea, pero, a ratos también, resulta desternillante. Hay centenares de perlas como esta, una, al menos, casi en cada página.

Las negritas son de un servidor, las imágenes, de Internet.

domingo, 4 de diciembre de 2022

ESA COSA DE LO QUEER

Desde que en el capítulo dos del Génesis, primer libro de la Biblia, se cuenta que fue creada por Dios de una costilla del hombre, la mujer no ha dejado de ser considerada inferior a éste y, como consecuencia, de estar sometida a él, en el marco de las tres religiones llamadas del Libro: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. No obstante, más allá de ese sometimiento, la mujer no dejaba de ser mujer.
Por si no había quedado claro con la narración del Génesis, el octavo mandamiento de la ley de Dios, contenido en las tablas que el propio Creador le entregó a Moisés en el monte Sinaí, según se cuenta en el Éxodo, segundo libro de la Biblia, dice textualmente: No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo", un mandamiento en el que se ve claramente como el propio Dios, puesto que a Él se debe su redacción, equipara a la mujer a la casa o a un animal como el asno o el buey, es decir, no la considera como persona, sino como un simple elemento al servicio del hombre. Sin embargo y aun cargando con ese desprecio, la mujer no deja de ser mujer.
Pero no son sólo estas tres religiones las que menosprecian a la mujer, sino que ese menosprecio se remonta al momento en que el hombre advirtió que en el nacimiento de un nuevo ser su concurso era tan necesario como el de la mujer. Andando el tiempo, el hombre llegó incluso a la conclusión de que dicho concurso no era igual de necesario, sino superior al de la mujer.
Este concepto de la paternidad se mantuvo invariable a lo largo de los siglos, pasando de la prehistoria a la historia y llegando al mundo siempre tan admirado de los griegos. Es verdad que desde Homero los griegos son admirables por muchos motivos, como la creación de la democracia, de la filosofía, del teatro; por sus aportaciones científicas; por sus prodigiosas arquitectura y escultura, etc. Pero en lo relativo a la consideración de la mujer, Grecia naufraga y no se aparta un ápice de la línea histórica que venían manteniendo todas las culturas. Así, por ejemplo, Esquilo, uno de los tres grandes dramaturgos de la época, junto con Sófocles y Eurípides, en su tragedia las Euménides hace decir a Apolo: "La madre no da la vida al hijo, como dicen. Ella nutre al embrión, la vida la da el padre." En general, en toda la época de la Grecia clásica los hombres desprecian a la mujer, la cual sólo tienen la oportunidad de ser madre. No obstante, no deja de ser mujer.
Pero entonces aparece Aristóteles, ese filósofo tan admirado y elogiado posteriormente, y da un paso más allá, cuando afirma que "la mujer es un hombre imperfecto", un paso realmente grave, en el que, por primera vez, la mujer deja de serlo y, por arte de la mera opinión de un hombre, pasa a ser también un hombre, aunque, eso sí, incompleto. Sin duda, para sostener su despreciable aserto, el señor Aristóteles se basaba en el hecho fácilmente visible de que las mujeres carecen del pene que tienen los hombres. No obstante, tan buen observador de la naturaleza como era, no se fijó en que las mujeres poseen un par de pechos, de los que los hombres sólo tienen un triste remedo; pero, sobre todo, olvidó el milagro natural en que consiste la formación de un nuevo ser humano en el vientre de la mujer, milagro que le está completamente vedado al hombre. Ante la solemne tontería que se le ocurrió soltar no es descabellado sostener que, quizás, lo que Aristóteles sentía realmente era envidia de aquel milagro. Sea como sea, ya se sabe que, como tantas cosas en el mundo patriarcal en el que vivimos desde hace milenios, la filosofía ha estado hecha exclusivamente por hombres y en ella la mujer no suele salir bien parada.
Mucho tiempo después, en los evangelios puede vislumbrarse que el judío Jesús (a muchos se les olvida que Jesús era judío) fue más bien proclive a tratar a la mujer en pie de igualdad, aunque no es posible negar que los evangelios son también un cajón de sastre en el que tienen cabida determinadas ideas y sus contrarias. De todas maneras y, por si había alguna duda del puesto que habría de tener la mujer en el cristianismo, ahí está su verdadero fundador, San Pablo, situando a la mujer en el mismo lugar en el que la situaba la sociedad desde hacía milenios. Así, dice en el capítulo once de la primera encíclica a los corintios: "La cabeza de la mujer es el hombre... Ni fue creado el hombre por razón de la mujer, sino la mujer por razón del hombre... Porque la mujer procede del hombre." Aquí mismo ordena que la mujer entre en la iglesia cubierta ¡o rapada! (la exclamación es mía) y, textualmente: "Las mujeres cállense en las asambleas; que no les está permitido tomar la palabra, antes bien, estén sumisas, como también la Ley lo dice. Si quieren aprender algo pregúntenlo a sus propios maridos en casa."
En fin, ninguna novedad por parte de don Pablo y del cristianismo en general: la misoginia tradicional desde mucho antes del comienzo de la Historia. Pero, al menos, la burrada de Aristóteles parecía olvidada y la mujer seguía siendo mujer. No obstante, los Padres de la Iglesia, olvidándose de quién era su madre y quién la madre de Cristo, no paraban de echar pestes de ella, era la gran tentadora demoniaca, la puerta del infierno, el instrumento malévolo para la perdición del hombre (pobrecico mío). Todavía en el siglo XX, el papa Juan Pablo II, no se cortó ni un pelo para afirmar que el hombre que mira a su mujer con lascivia, peca y peca gravemente. Es decir, habían pasado casi dos mil años y el pensamiento real de la Santa Madre Iglesia seguía siendo tan misógino como entonces. 
La condición de la mujer estuvo a punto de extraviarse otra vez en la Edad Media, cuando sesudos teólogos, como Tomás de Aquino, estuvieron muy cerca de superar al propio Aristóteles, al que habían recuperado gracias al musulmán cordobés Averroes. Durante bastante tiempo discutieron y casi llegaron a aprobar que la mujer carecía de alma, lo que, al tratarse de un ser animado, la convertía no en un hombre imperfecto, sino directamente en un animal, pues sabido es que los animales carecen de esa cosa inmaterial y, por tanto, invisible, que hoy aún siguen llamando alma y es, según la sacrosanta doctrina cristiana, lo que convierte a un individuo en verdadero ser humano. El asunto no pasó de la discusión y, en consecuencia, la mujer no dejó de ser mujer.
Y así fue pasando el tiempo y, aunque constantemente ninguneada y aun silenciada en campos como los de la ciencia, la pintura, la literatura, etc. la mujer seguía siendo mujer. Y así llegó el siglo XX y luego el XXI y la mujer, no sin una fuerte lucha, logró ir dando pasos hacia la libertad, la autonomía y el reconocimiento de méritos que hasta entonces habían sido patrimonio exclusivo del hombre. Todo ello sin dejar de ser mujer. Hasta que hizo su aparición esa cosa de lo Queer, que intentan colar como filosofía y que no es más que un conjunto de absurdas, retrógradas y hasta miserables ocurrencias que no alcanzan siquiera la categoría de doctrina. 
Nacida en los años noventa del siglo pasado como una degeneración, más que como un desarrollo, del estructuralismo y de la deconstrucción, con un lenguaje técnico y aparentemente creativo, lejos del feminismo, al que, en el fondo, combate y mezclando maliciosamente sexo y género, los teóricos, defensores y propagadores de lo Queer no sufren el más mínimo rubor cuando, entre otras muchas cosas, sostienen que el sexo se nos asigna al nacer, es decir, que, al menos hasta el día de hoy, no es la naturaleza la que nos dota de los correspondientes atributos de macho y hembra, como al resto de los animales, que es lo que en primera instancia somos, sino que estamos ante una construcción cultural. Por esta senda, predican la flexibilidad sexual, no en el sentido de que cualquier persona pueda hacer con su sexo o en relación a su sexo, lo que le dé la gana, sino en el de que yo, o usted, o él o ella, puedan ser hoy hombre o mujer y mañana lo contrario, lo de en medio o lo de ambas cosas simultáneamente. Más aún, que, con sus santos cojones, un hombre, porque aquí está el problema fundamental, pueda en un momento dado afirmar que es mujer y exigir que la traten como tal desde absolutamente todos los puntos de vista, tanto sociales como legales y puede, como en aquel baile de la yenka, dar un paso atrás y volver a ser hombre cuando le parezca, para volver a ser mujer en el momento que quiera.
Más allá del lenguaje, casi siempre enrevesado y confuso, y bastante más allá de su pretensión de progresismo, con una actitud avasalladora y, en muchos casos, insultante, esta cosa de lo Queer constituye, sin ninguna duda, el mayor ataque que haya sufrido nunca la mujer. En efecto, a lo largo de la historia los hombres le hemos hecho de todo a las mujeres, pero hasta ahora jamás, jamás nos habíamos atrevido a apoderarnos de su identidad, de su condición femenina, de su esencia, en una palabra, a suplantarla, que es lo que hace un hombre cuando, con la pretensión que hemos visto, se declara mujer.
Aquí, por arte de la mera palabrería, pero con efectos prácticos, la mujer desaparece por completo, no ya para convertirse en un hombre imperfecto, como pretendía Aristóteles, sino porque ahora ni siquiera se la llama mujer, sino persona gestante y menstruante. De este modo queda libre el campo para que mujer sea sólo el hombre que afirma ser mujer, ya que él, en su estado de mujer, no puede ser definido como persona gestante y menstruante, sino únicamente como mujer.


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