El Psiquiatra Francisco Alonso-Fernández (1924-2020), en su Historia personal de los Austrias españoles, introduce el término misogenia, y lo define como "adversión a las raíces propias", del griego miso=rechazo, adversión, odio, y genia= origen, raza o raíces.
Cánovas del Castillo (1828-1897) afirmaba que era español aquel que no podía ser otra cosa. ¿Es esto misogenia?
Por mi parte, yo no me considero misógeno; ahora, eso sí, puedo asegurar que soy total y absolutamente inocente de ser español. Y es que hablar de los Austrias españoles, especialmente de los dos primeros, con una actitud poco elogiosa tiene tomate, en un país en el que tanto Carlos I como Felipe II han sido colocados en los más altos pedestales por los historiadores españoles, muy españoles y mucho españoles, la inmensa mayoría, por no decir la casi totalidad.
De momento, voy a dejar a un lado a Carlos I y voy a referirme sólo a Felipe II y, en concreto, a uno de los avatares más importantes de su reinado: la Grande y Felicísima Armada, mucho más conocida como la Armada Invencible, aunque este fuera un apelativo irónico creado por los ingleses. También a la relación del rey español con la célebre sor María de la Visitación, más conocida como la Monja de Lisboa.
¿Era un imbécil el gran monarca de España, en cuyos reinos no se ponía el sol? Bueno, era un gran trabajador. Y era también un gran dubitativo. Y un enorme desconfiado, tan grande como seguramente no ha habido otro en el mundo. Pero, ¿imbécil? No divagemos más: veamos estos hechos concretos y que el amable lector decida.
Es bien conocido que, después de darle muchas vueltas al asunto, Felipe II dispuso la invasión de Inglaterra por las tropas españolas. No lo decidió por afán de conquista, sino para destronar a Isabel I, que hasta la muerte de María Tudor había sido su cuñada, y lograr que el país volviese al catolicismo, es decir, a la obediencia papal. En empresas de este tipo se gastaban los dos primeros Austrias de la dinastía el oro y la plata que venían de América, mientras en España, la mayoría de los españoles se quitaban el hambre a tortazos. Aunque, por lo menos en esta ocasión, Felipe II recibió el apoyo del papa Sixto V, quien contribuyó al negocio con un millón (1.000.000) de escudos, unos doscientos cincuenta millones (250.000.000) de euros de hoy, poco más o menos. En cuestiones de conquistas y de dominio la Santa Sede no ha reparado nunca en medios.
El plan consistía en reunir una flota en Lisboa, de cuyo reino era rey Felipe II desde 1580, dirigirse a Calais y a Dunquerque embarcar a los Tercios de Flandes y, desde estos lugares, cruzar el Canal de la Mancha y asaltar Inglaterra. El monarca español dio orden de organizar la armada en 1586. Los barcos se fueron reuniendo en el puerto de Lisboa. Y una vez reunidos empezó la zambra.
La flota se mantuvo en Lisboa dos años, esperando la orden de partida del monarca, exasperando hasta a Isabel I de Inglaterra, pero principalmente al papa, quien veía como su millón de escudos se esfumaba sin lograr ningún resultado. Así se lo decía Sixto V en la carta que le envió a principio de 1588: "Su Majestad se detiene tanto tiempo en considerar sus empresas que cuando llega el momento de llevarlas a efecto, ya se ha pasado la ocasión y consumido el dinero."
Como solía ocurrir en aquellos tiempos y posteriores, muchas veces no se conseguía la contratación de los hombres suficientes para el manejo de los buques, entonces los capitanes hacían redadas por los alrededores del puerto y capturaban a todo el que encontraban. De este modo, se incorporaron a la flota algunos soldados que habían navegado en las naves de Indias, así como bastantes mozos jóvenes, no pocos de ellos campesinos. Por último, como cuenta el psiquiatra Francisco Alonso-Fernández en su libro citado: "para que la nómina estuviera completa se recurrió a la incorporación de ciento ochenta monjas y frailes encargados de decir misas y entonar avemarías durante la navegación."
En esta tesitura, Felipe II, que en materia de sexo era un rijoso de primera división, oliéndose la tostada le escribía al jefe de la flota: "Especialmente habréis de tener mucha cuenta de que si alguno se apartase de la que tiene mandado la Santa madre Iglesia o incurriera en pecado nefando, sea grave y ejemplarmente castigado."
Ahora, la parte más brillante de esta historia es la del nombramiento del duque de Medina Sidonia como jefe de la flota. En el proyecto inicial la jefatura había recaído en don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, experto marino, no en vano había pasado su vida en el mar, pero su repentino fallecimiento en febrero de 1588 puso a Felipe II en el complicadísimo brete de nombrar un sucesor. Y al gran monarca de España no se le ocurrió otra salida que nombrar a su primo Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, cuyo contacto con el mar consistía en ser dueño de las almadrabas del atún de Zahara de los Atunes y de Barbate y que, para colmo, se mareaba en un barco y se iba de vareta, aunque sólo fuese costeando.
El señor duque intentó resistirse. Incluso, en carta que le honra, porque en ella exponía sus problemas, le decía al rey: V.M. se ha de servir de mandar que no me sea hecho tan grande agravio... Yo no tengo salud para el mar, porque sé por lo poco que he andado en él que me mareo y me da flujo de vientre; no tengo experiencia de mar ni de guerra, porque ni la he visto ni la he hecho..." Pero como suele ocurrirle a todo dubitativo cuando, al fin, toma una decisión, Felipe II se mantuvo en sus trece: hizo caso omiso a la carta del duque, confirmó el nombramiento y le envió a su primo otra carta en la que le decía: "Muy confiado estoy que, con vuestro gran celo y cuidado, os ha de suceder todo muy bien; y no puede ser menos en causa tan de Dios como ésta, y con esto y lo que aquí se os dice no hay por que llevéis cuidado de nada."
Felipe II dio al fin la orden de partida en mayo de 1588. Pero, aunque la causa era de Dios y él pasaba varias horas al día rezando, no debía fiarse mucho de la divinidad, porque antes de tomar muchas de sus decisiones acudía a conjuros, adivinos y videntes. Hasta en un caso de tan enorme relevancia como este, Felipe II no dio dicha orden sin antes haber consultado a sor María de la Visitación y haber conseguido de ella un presagio favorable. La verdad es que la conocida como la Monja de Lisboa era célebre en toda Europa. Nacida en la propia Lisboa, con sólo veintiséis años alcanzó el cargo de priora del convento de las Dominicas de la Anunciada, sufría los estigmas de Cristo y hacía milagros que eran reconocidos por obispos, cardenales, reyes y hasta teólogos.
Sin embargo, la monja era una farsante. Así resultó cuando fue investigada por la Inquisición: sus estigmas eran falsos, lo mismo que sus milagros, de modo que en diciembre de 1588, es decir, siete meses después del buen augurio dado a Felipe II, fue despojada de su cargo, condenada a penitencia pública y desterrada a un convento del Alentejo, donde permaneció hasta su muerte.
Pero lo más chusco de la cosulta de Felipe II es que mientras le daba su aprobación a la empresa y le auguraba su éxito, la monja conspiraba con todo su prestigio para conseguir la independencia de Portugal, ya que estaba absolutamente en contra de su pertenencia a la corona española.
La pretendida invasión de Inglaterra terminó, como se sabe, en un desastre absoluto. De los 130 barcos que salieron de Lisboa, se perdieron 45, es decir, un tercio de la flota aproximadamente. Sin embargo, de los 30.000 hombre y mujeres (las monjas) que iban en esos barcos, regresaron con vida menos de la mitad, o lo que es lo mismo, hubo más de 15.000 muertos, la mayoría ahogados en los naufragios, ejecutados por los irlandeses, cuando alguno de los barcos tocaron sus costas, de enfermedades como el tifus o la disentería y, en el regreso, de hambre.
"Las victorias son un don de Dios y Él las da y las quita como quiera", fue el comentario de Felipe II ante la magnitud del desastre, sacudiéndose así toda responsabilidad ante lo nefasto de su actuación, desde la concepción de la empresa, hasta la orden de partida, pasando por la consulta a una monja felona, si así puede decirse y el nombramiento para jefe de un inepto, valiente, según cuentan, sí, pero absolutamente inepto para el cargo.
Fuentes: Historia personal de los Austrias Españoles.- Francisco Alonso-Fernández
Una sociedad conflictiva.- Henry Kamen
Historia de los papas.- Juan María Laboa
Felipe II y su tiempo.- Manuel Fernández Álvarez
La cara oculta del Felipe II.- J.G. Atienza
Felipe II, el rey prudente.- John Lynch
Imágenes: Internet








































