jueves, 29 de enero de 2026

FELIZ AÑO NUEVO, SEÑOR ALBIOL

Hace años que en mi casa no vemos televisión, cuatro o cinco ya, nos compramos una smart tv y sólo vemos películas de un par de plaformas y cosas de Youtube, donde puede verse de todo, desde podcast de auténticos imbéciles, es cierto, hasta películas clásicas que no figuran en ninguna plataforma, documentales de todos los colores y conferencias y activides culturales extraordinariamente variadas. En resumen, todo lo que sube la gente, porque Youtube está hecho justamente por la gente, aunque la enorme cantidad de pasta que genera se la embolsen otros.
Estas pasadas navidades, días de tantísima dicha, estuve viendo diversos documentales sobre la Navidad en distintos lugares del mundo. Me centré, sobre todo, en Europa: Ah, qué grandiosidad de luz; qué belleza y suntuosidad de calles, de plazas, de edificios, ciudades enteras engalanadas para la ocasión; qué preciosidad de belenes y cuánto arte derrochado en todos ellos; qué maravilla de mercados abarrotados de embutidos, de jamones, de carnes, de pescados, de mariscos, de vinos, de dulces de casi infinitas variedades, de artículos de decoración específicamente navideños.
Tras ver la Navidad en Viena, una de las más espectaculares de cuantas he visto, me encontré con un documental sobre los cafés de la capital del antiguo imperio austro-húngaro. Aunque la modernidad y el turismo se han llevado consigo las reuniones y tertulias de artistas e intelectuales, como Klim, Freud, los Strauss, etc. siguen siendo verdaderos templos de la arquitectura y la decoración más prodigiosas y, hoy, del consumo más refinado y exquisito. Ante ellos la gente hace colas de hasta media hora para tomarse a toda prisa un café y alguna de su deliciosas especialidades de confitería que sólo se encuentran en Viena.
Viendo toda esta fastuosidad, abundancia y exquisiteces que pueden encontrarse casi en todos los rincones de Europa, me decía que tal esplendor y tal derroche podían verse hoy desde cualquier lugar del mundo, lo mismo que lo estaba viendo yo. También desde África.
¡África! Mientras, como una avalancha, me entraban por los ojos los brillos artificiales de unas fiestas que dicen ser cristianas, pensaba en ese continente al que desde finales del siglo XV, en que una nave portuguesa al mando del marino Diogo Gao alcanzó por primera vez la desembocadura del río Congo, hasta el mismo día de hoy no hemos dejado los europeos de robarle su riqueza y su vida, primero con la esclavitud, más tarde con el colonialismo y en la actualidad gracias a la instauración de gobiernos corruptos impuestos por las antiguas potencias coloniales. 
Niños de no más de diez años, junto con adultos, siguen extrayendo oro y diamantes en condiciones de verdadera esclavitud, tanto por lo que se les paga como por la ausencia absoluta de seguridad en las minas. Grandes piscifactorias están acabando con la pesca de la que vivían principalmente los países del litoral atlántico. Con la coartada de la ayuda económica, organizaciones como la Fundación de Bill Gates están extendiendo monocultivos de soja y de maíz, barriendo los variados cultivos tradicionales que daban de comer a la población. A África mandamos nuestra basura electrónica, donde, en ciudades como Acre, se recuperan los componentes reciclables, muchos de ellos cancerigenos, en condiciones de absoluta insalubridad. Guerras interminables, muchas de ellas como consecuencia de las arbitrarias fronteras trazadas por las potencias coloniales y sostenidas con nuestras armas, destrozan países como Somalia, desde 1991; Sudán-Chad, desde 2005, con 200.000 desplazados; Nigeria, desde 2002, con 1.200.000 desplazados; Sudán del Sur, desde 2013; Mali, con disputas étnicas, etc. etc., porque en este momento hay hasta veinticinco guerras en todo el continente.
Ante esta situación qué pueden hacer los africanos: muchos, los más arrojados, no dudan en lanzarse a la aventura de alcanzar Europa, ese territorio en el que la abundancia de todo les permitirá empezar una nueva vida.
¡Ay, Europa! Un continente envejecido, en el que sus habitantes no son capaces siquiera de reponer la tasa de fallecimientos, que necesita, como el agua de abril, mano de obra joven, especialmente para su agricultura, trata a los que llegan a sus costas peor que a animales, mucho peor. Explotados en los campos; sin, prácticamente, posibilidad de alquilar una vivienda, simplemente por el color de su piel o por su nombre; viéndose obligados a refugiarse en edificios sin uso, del que son vilmente desalojados cuando les viene bien a los poderes correspondientes.
Es lo que ha hecho unos días antes de Navidad y del comienzo del invierno el alcalde de Badalona, señor García Albiol, con alrededor de cuatro cientas personas que vivían en un instituto desocupado, cuatrocientas personas que se han visto obligadas a vivir la Nochebuena debajo de los puentes, porque no se les ha ofrecido alternativa habitacional alguna. 
García Albiol es cristiano, muy cristiano y tambien es, sin duda, hijo o nieto de emigrantes extremeños, andaluces o murcianos a Cataluña. El apellido García lo delata. Pero a mí no me extraña lo que ha hecho, porque el señor García Albiol tiene maneras y comportamientos de auténtico nazi. No es el único. En España están proliferando hoy políticos del mismo corte que están consiguiendo que cada vez más españoles vean no en los fondos buitres de inversión o en los grandes capitalistas financieros, sino en los inmigrantes al enmigo al que cargarle todo lo que nos pasa, exactamente igual que está haciendo ahora mismo el gobierno Norteamericano, o lo que hicieron en Alemania los nazis con los judíos. 
Lo que me extraña de la actuación del señor alcalde de Badalona, o mejor, lo que me asombra es que las cuatrocientas personas citadas hayan aceptado su desalojo con tanta resignación. Lo que me extraña y me asombra es que no se hayan revuelto y le hayan pegado fuego a media Badalona. Lo que me extraña y me asombra es que los africanos no hayan cogido ya los barcos de todo tipo que se encuentran en sus costas y hayan invadido Europa de verdad, como hicieron los bárbaros en el Imperio romano.  

martes, 27 de enero de 2026

ELECCIONES ECLESIÁSTICAS

Don Luis Argüello García presidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Valladolid viene pidiendo de forma reiterada echar a Pedro Sánchez del Gobierno. No lo dice de un modo tan grosero, él, sumamente respetuoso con las normas de la convivencia, pide una moción de censura, una moción de confianza o la convocatoria de elecciones para hoy mismo antes que para mañana, pero su objetivo es ese: echar a Pedro Sánchez del Gobierno.
Aunque no lo dice abiertamente, su eminencia reverendísima tiene un objetivo posterior y, sin duda para él, superior a éste: conseguir que se alcen con el gobierno el PP y, sobre todo, Vox, partido del que es un ferviente admirador. A tenor de sus declaraciones, monseñor Argüello estaría encantado con un gobierno en el que el señor Feijoo fuera presidente y esa cosa que responde al nombre de Abascal, vicepresidente.
Independientemente de que la misión de la Iglesia universal y, por tanto también la española, parece que fuera algo muy distinto, la pregunta que surge es la siguiente: ¿Tiene derecho la Iglesia española a entrometerse en el terreno estricto de la política? Monseñor Argüello sostiene que habla a título personal, porque la Conferencia Episcopal no se ha pronunciado al respecto, pero eso no se lo cree ni él: un presidente de dicha conferencia, que ostenta además el cargo eclesiástico de arzobispo de Valladolir, no habla nunca a título personal, quiera o no quiera, quien habla es un representante más que destacado de la Iglesia y, por tanto, está haciendo partícipe a ésta del sentido y del significado de sus declaraciones.
Son muchas y variadas las respuestas que le caben a la pregunta más arriba planteada. La primera de todas consiste a su vez en un par al menos de preguntas: ¿Con qué autoridad moral se pide una moción de censura, una moción de confiaza o elecciones desde una institución que no admite en su seno ninguna de las tres posibilidades? ¿No constituye tales peticiones un ejercicio de burda hipocresía interesada? Son más las preguntas que cabria hacer como respuesta. Por ejemplo: ya que la Iglesia entra en política, ¿cómo es que ni moseñor Argüello ni ningún miembro de la Conferencia Episcopal cuestionan, siquiera desde el punto de vista de la compasión, casos como el del edifcio de Badalona del que han sido expulsados en la antesala de la Navidad, esos dias de tanta paz y tanta dulzura, casi quinientos inmigrantes refugiados en él, sin alternativa habitacional alguna, bastantes de ellos trabajadores legales que no pueden acceder al alquiler de una vivienda bien por su nombre, por el color de su piel o por ambas cosas?
Sí, son muchas las respuesta que se pueden dar a la pregunta citada. Pero en el marco de la intromisión de la Iglesia en el terreno de la política hay un aspecto bastante más inquietante: La Iglesia de España no es una mera entidad religiosa, sino que forma parte de un Estado, el Vaticano, que actúa dentro del Estado español. Es decir, que los obispos españoles son antes que nada representantes de dicho Estado, cuyas directrices obedecen, por más autonomía que parezcan mostrar. Cabe recordar que la visita ad limina que los obispos hacen al papa cada cuatro años para dar cuenta del estado de su diócesis sigue vigente. 
Puede afirmarse pues, porque es de una evidencia meridiana, que a la Iglesia española España y los españoles como tales sólo le importan en cuanto tienen de beneficioso para ella. Dicho más claramente: que lo único que le interesa a la Iglesia española es mantener su estatus, es decir, su capacidad de actuación y sus privilegios: la exención de impuestos; los colegios concertados, el 90% de los cuales son religiosos; la apropiación de cuantos bienes le parezcan oportunos, etc. etc.
Ante la posición claramente montaraz de los miembros de la actual Iglesia española, con manifestaciones contrarias al actual gobierno salido de las urnas y, por tanto, elegido por los españoles, no sólo de monseñor Argüello, sino también de otros obispos, como, por ejemplo, el de Oviedo, muchos en nuestro país echan de menos figuras del pasado como monseñor Tarancón, que, según se cuenta, trabajó tanto en favor de la llegada de la democracia, alineando a la Iglesia con ella. Pero, como a toda la jerarquía eclesiástica, a Tarancón lo que interesaba por encima de todo era la Iglesia y por lo que trabajó realmente fue por ponerla a resguardo de los posibles conflictos que pudieran derivarse de la desaparición de la Dictadura, de modo que no perdiera ni uno solo de sus privilegios. ¡Y lo consiguió! ¡Vaya si lo consiguió! Como que la Iglesia no sólo mantuvo sus privilegios, sino que los acrecentó, entre otras cosas con ese invento de los colegios concertados que se sacó de la manga Felipe González, invento falaz, pero fundamental para los obispos. O con la artera modificación de la Ley Hipotecaria realizada por José María Aznar en 1999, que convierte a los obispos en fedatarios públicos.
Y eso es lo que están haciendo ahora monseñor Argüello y compañía: Ven el río revuelto y ellos, excelentes pescadores, maniobran para atrapar el mejor pez, como siempre. Todo, absolutamente todo terrenal, terreno, nada de transcendía ni de espiritualida, nada. Y así, no ahora, sino desde hace casi dos mil años.


miércoles, 14 de enero de 2026

¿Y QUÉ FUE DEL ALMA?

No sé si usted, amable lector, se ha dado cuenta, pero ya no se habla del alma, pobrecilla. Hace unas semanas en el periódico  El Día de Córdoba, el sacerdote Juan Luis Selma, miembro del Opus Dei, escribía un artículo que titulaba Las verdades del barquero, en el que lanzaba una contundente andanada contra el aborto. Lo más llamativo del artículo era que no mencionaba para nada el alma; hablaba de identidad biológica, hablaba de genes y de proteínas, textualmente afirmaba que: todas y cada una de las células de esa nueva criatura tienen su marca propia de fábrica, su genes y sus proteínas. Pero, ¿y el alma, compadre, dónde me la dejó usted? ¿No era ella la que realmente sustentaba al ser humano, la que lo hacía inmortal? Pues se esfumó, se fue, desapareció.
¡El alma desaparecida! ¡Cómo la masturbación! con la vara que me dieron a mí de niño con ambas cosas. "De qué te sirve ganar el mundo si pierdes tu alma", decía san Francisco Javier, que anduvo de misiones por la China. Pues, aunque este san Francisco era jesuita, los salesianos, con los que yo estudié, hicieron suyo el lema y casi no había día que no nos dieron con él en todos los morros. El alma, nos decían, es como la tinta en las plumas estilográficas. Para qué sirve una pluma si no tiene tinta", añadían. Una comparación que a mí me tuvo desorientado durante algún tiempo, pues si era cierto que sin tinta la pluma no escribía, ¿qué podía hacer la tinta sin la pluma, aparte de borrones y manchas? Con la pluma sin tinta podía escribir en una superficie blanda e incluso podía grabar en una más dura. Pero la tinta sola no servía ni para calmar la sed. ¡Y resulta que la inmortal era la tinta! Nunca se me ocurrió plantearle mis cavilaciones a ninguno de aquellos curitas, cómo mínimo me habría mandado escribir tres mil veces: el alma es inmortal, el alma es inmortal.
Hoy, incluso los que hablan de experiencias cercanas a la muerte, de inmortalidad, de que la muerte es sólo un paso, no mencionan para nada el alma. Mencionan la conciencia o la supraconciencia, que no se sabe muy bien lo que es, pero que le da al asunto un indudable aroma natural y, más aún, científico. Ni el papa habla ya del alma. Y mira que ha dado guerra a lo largo de la historia.
En la antigüedad, los judios no creían en ella. Tampoco en la imortalidad. De hecho, en el antiguo testamento, Dios sanciona a la humanidad con un castigo terreno: el diluvio universal. Posteriormente, los castigos a "su pueblo" son siempre materiales, terrenales: malas cosechas, derrotas en batallas, dominación de otros pueblos, destrucción de ciudades, etc. Nunca los amenaza con ninguna condena en otra vida después de ésta.
Serán los griegos, con Homero a la cabeza, los que, en el mundo occidental, reconozcan un principio vital que anima al ser humano, que se prolonga más allá de la muerte y es, por tanto, independiente de él. Este principio es al que se llamó alma. En Grecia, salvo contados filósofos materialistas, como Leucipo o Demócrito, nadie dudaba de su existencia. Y el que menos dudaba de todos era Platón. Este buen griego, filósofo de cabecera de casi todos los Padres de la Iglesia, sostenía tan firmemente la existencia del alma que incluso afirmaba su preexistencia del cuerpo. Es decir, que, haciendo una deducción lógica, debería existir algo así como un almacén de almas, un almacén descomunal, pues el alma es individual, personal e intransferible, para abastecer el crecimiento continuo de los cuerpos humanos. Una cualidad no puede negársele a Platón y es su brillante, su espectacular imaginación. 
La idea de la preexistencia del alma supone una dualidad: el alma por un lado y el cuerpo por otro, de modo que invitablemente surge la necesidad de saber en qué momento el alma entra en el cuerpo. Y aquí comienza el lío, una discusión, a veces bastante dura, que, en la actualidad supone un problema de tal calibre que a los creyentes en el alma les resulta mucho más sencillo dejar de hablar de ella. Pero las opiniones a lo largo de la historia no tienen desperdicio. Tertuliano, por ejemplo, ese monumental "biólogo" del siglo II afirma: "ya es un hombre el que está en camino de serlo." Potente declaración que le sirve para afirmar que el alma entra en el cuerpo en el momento de la concepción.
Mucho antes, Aristóteles habia afirmado que el alma entra en el feto cuando ya está formado. Así lo sostenía también otro enorme "biólogo", este del siglo IV, Agustín de Hipona, en Cuestiones del Heptateuco. Aquí el santo obispo sostenía que: "no se puede decir que haya un alma viviente en un cuerpo que carezca de sensación, cuando no está formada la carne." Afirmaba algo mucho más contundente y también contradictorio: que el alma era engendrada por el padre al mismo tiempo que el cuerpo.
Seguramente, de esta idea agustiniana surgió en la Edad Media la del homúnculo. Se afirmaba que el espermatozoide que el varón depositaba en el seno de la mujer era ya un hombre completo, un hombrecito diminuto, dotado, por supuesto, de alma, que lo único que haría sería crecer en el seno de la mujer hasta el momento del parto.
Tomás de Aquino, otro sensacional "biólogo" aseguraba que existen tres tipos de alma: vegetativa, la que poseen las plantas; sensitiva, propia de los animales, e intelectiva o racional, que es la propia del  ser humano. Ahora bien, el alma racional la infundía Dios en el feto cuando ya tenía cerebro. 
Todas estas ideas descabelladas, absurdas incluso en su tiempo, puesto que eran meras elucubraciones sin base experimental alguna, nacieron en el mundo de los griegos, pero se desarrollaron y expandieron con el cristianismo. Todavía en el siglo XIX, Pío IX (1846-1878) afirmaba que el alma entraba en el cuerpo en el momento de la concepción. Y en 1959, el genetista francés Jerome Lejeune descubrió que el síndrome de dow se originaba en la misma concepción. Tal descubrimiento lo llevó a afirmar que en el seno de la mujer había ya un ser viviente distinto de ella, de manera que el alma no tenía más remedio que entrar en el cuerpo en el momento en que ese ser era concebido.
Poco antes, en 1949, en el IV Congreso Internacional de Médicos Católicos, celebrado en Roma, surgen fuertes dudas acerca de la entrada del alma en gemelos monozigóticos o univitelinos, fruto de la división de un solo óvulo fecundado por un solo espermatozoide; en los abortos espontáneos; en enfermedades embrionarias; en la mola hidatiforme, o embarazo molar, producto de una fertilización anormal; y en el hermafroditismo. Los congresistas se pusieron tibios con la buena cocina italiana, pero no consiguieron despejar las dudas.
En 1974, Pablo VI se hace eco de las investigaciones del francés, Lejeune, pero sólo para condenar el aborto, guardando silencio sobre el momento de la animación. El mismo silencio que guardará Juan Pablo II en 1995 en su encíclica Evangelium Vitae, en la que condena el aborto y la eutanasia.
Actualmente, el asunto se embrolla aún más con la fecundación in vitro, la criopreservación de óvulos humanos fecundados, y el uso de células embrionarias para fines reproductivos y terapeúticos. Así es que, calla, calla, lo mejor, dicen los "grandes sabios" de este mundo, lo mejor es darle esquinazo al alma y echar mano de la conciencia, que aquí parece que pisamos terreno más firme.
Y en esa estamos: ahora no es el alma la que sobrevive más allá de la muerte de un individuo, sino su conciencia y son legión los que afirman que la conciencia está más allá de la persona que la posee y es independiente de ella.

martes, 14 de octubre de 2025

TEN FE Y LLEGARÁS LEJOS

Es curioso comprobar cómo en los variados campos de la actividad humana determinados personajes pasan a los primeros planos de la Historia, al menos de la Historia occidental, en tanto otros con méritos como mínimo iguales, si es que no superiores, quedan relegados a un segundo plano o incluso desparecen por completo de la Historia oficial y ya sólo los encuentran aquellos que no se conforman con lo que les enseñaron en los estudios oficiales y/o estudiaron en libros igualmente oficiales.
A mí, además, me hace mucha gracia los que abogan de manera determinante por la separación radical entre la vida de un artista o de un pensador y su obra. Es cierto que, más pronto o más tarde, el autor desaparece y la obra no sólo se mantiene, sino que en ocasiones se expande más allá de la desaparición del autor. Pero también es cierto que muchas veces buscamos determinadas obras de autores ya desaparecidos basándonos en el lugar en el que lo ha situado la Historia, es decir, en su fama. De todos modos, no es exactamente lo mismo una obra literaria que una filosófica o de ensayo. En la obra literaria, el autor cuenta una historia en la que es posible que no entre su modo de pensar o su actitud ante la vida y la organización social. En los textos de filosofía o, en general, de pensamiento, el autor necesariamente se retrata. En último término, la mayor parte de la filosofía termina tratando de la existencia o de la inexistencia de Dios y aquí al autor le resulta imposible salirse por la tangente, como suele decirse.
Bien, pues en este orden de cosas, Voltaire y Rousseau, son dos de esos personajes que han logrado un gran protagonismo en la historia de la filosofía de la época de la Ilustración en Francia, mientras se quedaban en la penumbra pensadores como Diderot, Helvetius, Buffon e incluso el barón D'Holbach, autor de El cristianismo desenmascarado, o Pierre Bayle, cuyo Diccionario Histórico y Crítico, inspiraría a Diderot la famosa Enciclopedia, de tan gran influencia en la revolución de 1789. En este orden de cosas, un autor que ni de refilón se asoma a los libros de historia de la filosofía, ni a ningún otro, es Jean Meslier (1664-1729). Este buen hombre fue sacerdote, coadjutor en la parroquia del pueblecito Étrépigny, en las Ardenas. A lo largo de su vida y secretamente, escribió el que se conocería como su Testamento, un manuscrito de alrededor de quinientas páginas en el que da fe de su ateísmo en un ataque continuo al cristianismo, religión que representaba. Descubierto tras su muerte, el texto fue copiado y circuló clandestinamente entre afines de absoluta confianza.
El mérito principal de Voltaire y de Rousseau para sobresalir en la historia de aquellos días es su fe en la existencia de Dios, una fe, desde luego, peculiar, pero por eso mismo más interesante y atractiva socialmente. Si les suena a herejía, repasen ustedes la historia completa de la filosofía desde los griegos hasta, por lo menos, la mitad del siglo pasado y verán cómo creer da a los filósofos un plus de aprecio sobre los que no creen. Y no me digan que los creyentes en general son muchísimos más que los incrédulos. No se trata del número, sino del privilegio. 
Por otra parte, cuando se conocen ciertos rasgos de la vida de cada personaje, la lectura de sus obras adquiere de inmediato una dimensión diferente. Empecemos por Voltaire. Así, a bote pronto, tiene fama de despreciar la religión tanto como la sociedad de su tiempo, también de ser un descreído de primer nivel. Bien, pues cierto día de 1728, este gran hombre advirtió que el importe de los premios que repartía la lotería francesa era considerablemente mayor que el valor del conjunto de todos los boletos. Entonces, montó una peña, cuyos miembros se encargaron de comprar por adelantado todos los boletos de unos cuantos de sorteos. Esta operación de más que dudosa ética, hizo a Voltaire rico, tanto que, a partir de entonces, se dedicó a dar préstamos a reyes, condes y, en general, a grandes aristócratas europeos, con lo que su fortuna creció de un modo exponencial. 
O, lo que viene a ser sinónimo, que su crítica a la religión y a la aristocracia no fue ya más que una pose, pese a que algunos de sus libros fueron prohibidos y alguno acabó en el fuego. Pero, en realidad, ¿Qué iba a querer cambiar él, subido en lo más alto de la ola? De hecho y por si la cosa se ponía tirante, como acabaría poniéndose, después de diversas peripecias, que incluyen una estancia en la corte de Federico II de Prusia, se fue a vivir a Ginebra, en un suntuosa villa que adquirió a orillas del Lago Lemand. Criticó duramente El cristianismo desenmascarado, de D'Holbach. Estaba en su derecho. Ahora bien, lo que fue una vileza de la peor especie en un escritor, sea del género que sea, es lo que hizo cuando llegó a sus manos una copia del Testamento, de Meslier: Vio sus grandes posibilidades y procedió a publicarlo, después de expurgarlo y recortarlo y retocarlo en todo lo que le pareció. 
Todas las historias de la filosofía afirman que quizás Voltaire fue el gran azote de la Iglesia católica, pero eso no significa que no fuera creyente, aunque su fe tenía no poco de utilitarista. Así, afirmaba que "tenemos necesidad de la Verdad absoluta, aunque tengamos que inventarla." Y en cuanto a la existencia concreta de Dios, su fe puede resumirse en el siguiente dicho: "Quiero que mi abogado, mis criados y mi mujer crean en Dios, porque así me robará menos, me servirán mejor y me pondrá menos los cuernos." Sin duda, el deseo de Voltaire es el de las clases económicamente superiores así como de la jerarquía de todas y cualesquiera instituciones que los seres humanos hemos establecido, porque creyendo en Dios las clases inferiores soportarán en calma todo lo que le echen, incluida la injusticia de un reparto abusivamente desigual de la riqueza que, paradójicamente, la producen ellos. 
Por lo que a Rousseau se refiere, aunque podría extenderme ampliamente en poner de relieve que, además de ser un mentiroso compulsivo, tenía una mente siniestra, voy a poner sólo un par de ejemplos que muestran la categoría moral del inviduo: Nunca se casó, pero tuvo una amante, Thérèse de Levasseur, con la que convivió buena parte de su vida. Con ella, una mujer de muy baja extracción social, tuvo cinco hijos. Y de los cinco se deshizo metiéndolos en el hospicio, ¡¡mientras escribía el Emilio!!, un tratado sobre la educación de los hijos.
Rousseau (1712-1778) nació en Ginebra en una familia protestante. Su madre murió nueve días más tarde a consecuencia del parto, circunstancia que le hizo sentirse culpable a lo largo de toda su vida, culpabilidad de la que lo acusaba también su padre, un pequeño relojero con un carácter irascible. Quizás fuera este sentimiento de culpa el que le hiciera desarrollar el claro masoquismo del que está teñida buena parte de su filosofía. Lo cuenta él mismo: Su padre se mudó a Bossey, en la Alta Saboya, al Este de Francia, allí el pequeño Rousseau asistió a la escuela de la señorira Lambercier, quien corregía sus travesuras con abundantes azotes, que encantaban a su alumno. "En ese dolor", afirma en su Confesiones, "en esa vergüenza incluso había descubierto un elemento sensual que me dejaba deseando más que temiendo volver a experimentarlo." Y añade: "Devoraba a las mujeres hermosas con ojos ardientes, y mi imaginación me las recordaba una y otra vez, sólo para aprovecharlas a mi manera y convertirlas en muchas otras señoritas Lambercier." 
Terminada esta primera instrucción, su padre lo mandó a Ginebra, a casa de su tío, para aprender el oficio de grabador. De allí escapó con quince años y se convirtió al catolicismo, tras conocer a la baronesa Louise de Warens, quien lo envió a un albergue de Turín para que lo instruyeran en la fe católica. Allí recibió el bautismo y allí un compañero de habitación le descubrió la sexualidad. El adolescente no sabía aún ni lo que era la masturbación, el compañero se lo enseñó masturbándose delante de él, lo que al futuro filósofo le produjo tanto asco como asombro y hasta fascinación. Pero lo suyo no era la masturbación, sino los azotes en el culo: como él mismo cuenta, pretendía encontrar a una mujer que lo azotara y, al no encontrarla, cierto día le enseñó el culo a una a ver si lo entendía, ésta llamó a más mujeres y a un policía y el jovenzuelo Rousseau acabó humillado.
A la filosofía lo aficionó la señora de Warens, con la que regresó tras unos meses en Turín. Por esta señora Rousseau sintió un gran amor, pero platónico. Sin embargó, la señora ardía por llevárselo a la cama. Como a tantos obsesos sexuales, ya desde entonces el sexo le parecía a él sucio, repugnante. La baronesa lo incitaba y él se resistía como podía, pero, al final, ya con veintiún años, cedió. No le resultó agradable tal cesión, le parecía que había cometido un incesto. A pesar de ello, fue amante de la baronesa durante doce años.
Y aquí el segundo ejemplo de la ética roussoniana: Tras diversos avatares, el filósofo fue amante, de la escritora Louise d'Epinay, quien le cedió gratuitamente una casa, Ermitage, anexa al castillo de la Chevrette, donde ella residía, a unos quince kilómetros al norte de París. En aquella casa, vivió Rousseau muchos años, hasta que, canceladas sus relaciones con la escritora, regresó a Ginebra, donde se reconvirtió al protestantismo. Algún tiempo más tarde, madame d'Epinay tuvo problemas de salud que, posiblemente, podían encontrar remedio en la capital suiza, más desarrollada en medicina que Francia. Entonces,  ella viajó a Ginebra, le pidió ayuda a su antiguo amante y éste se la negó. Él la acusa muy duramente en sus Confesiones de que ella lo había seducido y posteriormente traicionado, aunque no da razón ni prueba alguna de su acusación. 
Por último, la fe de Jean-Jacques Rousseau queda diáfanamente expuesta por él mismo en una carta a Voltaire, escrita en 1756: He sufrido demasiado en esta vida para no esperar otra. Todas las sutilezas de la metafísica no me harán dudar de la inmortalidad del alma ni un solo momento; lo siento, creo en ella, la espero y la defenderé hasta mi último aliento." 
No sé a usted, paciente lector, pero para mí que un filósofo del renombre de Rousseau encuentre en el sufrimiento la prueba de una existencia ulterior a la que tenemos aquí muestra en gran medida el por qué de su importancia, toda vez que, seguramente, no hay nada en esta vida más generalizado que el sufrimiento. O, dicho de otro modo, la actitud del señor Rousseau es la de la total y absoluta resignación que es la mejor medicina para mantener a las masas en calma.

Fuentes: Gente peligrosa.- Philipp Blom
Historia de la filosofía.- Frederick Copleston
Historia de la filosofía.- Johannes Hirschberger

Imágenes: Pinterest

domingo, 12 de octubre de 2025

LA PARADOJA TURCA

Cuenta Orhan Pamuk (Estambul, 1952) que con siete años pasó un verano en Ginebra, donde su padre, ingeniero, trabajaba. Allí oyó por primera vez en su vida el sonido de las campanas de las iglesias y tuvo la sensación de que se encontraba no en Europa, sino en la Cristiandad (sí, en mayúscula, como lo escribe él).
Pamuk, premio nobel de Literatura en 2006, es autor, entre otras, de las novelas La casa del silencio, El castillo blanco, El libro negro, La vida nueva, Me llamo rojo y Nieve y el libro mitad autobiografía mitad descripción de su ciudad natal Estambul.
Nacido en una familia media-alta -su abuelo había ganado muchísimo dinero con la construcción de los ferrocarriles turcos-, Pamuk es un renovador de la literatura  turca. Es también un autor occidentalizado que no reniega de la cultura tradicional de su país, sino que la asume plenamente, incluyéndola en sus obras. No tiene pelos en la lengua para hablar de y condenar el genocidio armenio llevado a cabo por los turcos entre 1915 y 1916, genocidio que han venido negando sistemáticamente todos los gobiernos turcos. O para hablar de los golpes de Estado que en diferentes momentos ha sufrido Turquía, con su cadena de encarcelamientos y de torturas masivos, que han afectado de manera especial a los escritores. No puede decirse pues que Pamuk sea sospechoso de defender un radicalismo islámico y ni siquiera exclusivamente los intereses turcos.
Estambul
Con lamentable retraso, puesto que se publicó en España en 2008, leo ahora Otros colores, publicado en Turquía en 1998, una colección de "hechos, ideas, imágenes y fragmentos de vida que todavía no han encontrado su camino en mis novelas", en palabras del propio autor. Aquí cuenta Pamuk cómo cuando él era un adolescente e incluso un jovenzuelo, en las comidas familiares que se celebraban en casa de su abuela paterna se hablaba continuamente de Europa, con el anhelo más que el sueño de un día pertenecer a ella de pleno derecho. "En europa es así como se hace" repetía cualquier miembro adulto de la familia acerca de tal o cual cosa; o "esto es lo que se piensa o se dice en Europa", respecto a un hecho concreto. Este anhelo y esta forma de expresarse se daban no sólo en la familia de Pamuk, sino en las clases medias y altas estambulíes. Mucho tiempo después, cuando Pamuk ya era un hombre, aquel anhelo, aquel sueño, se había convertido en dolor, en frustración y aun en desprecio, "en la rabia de haber perdido sus esperanzas en la civilización", en palabras del propio Pamuk.
Pero, ¿cuál eral la causa de semejante cambio de opinión? La situación de Turquía con respecto a Europa es sumamente paradójica. En 1951, el país es admitido como socio de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), siendo el Estado con mayor ejército de la Organización, después del de Estados Unidos. Algo más tarde, Turquía se incorporó a la Organización para la Cooperación Económica Europea (OCEE); se incorporó a la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) y se incorporó al Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD).
En 1959, el Gobierno turco presentó su solicitud para el ingreso de Turquía como miembro asociado de la Comunidad Económica Europea (CEE), siendo admitida en 1963, un retraso de cuatro años debido al golpe de Estado militar que se produjo en el país en 1960. En este tratado, firmado en Ankara, la capital de Turquía, ya se contemplaba la posibilidad de que el país se convirtiera en miembro de pleno derecho de la CEE.
En efecto, en 1987, Turquía solicita su incoporación a la Comunidad Económica Europea (CEE). La solicitud fue rechazada por la situación política y económica del país otomano, así como por la situación de la isla de Chipre, en disputa con Grecia, un Estado miembro.
Como consecuencia de este rechazo, Turquía rompe prácticamente relaciones con la CEE. No obstante, en 1996, es el primer país no perteneciente a la Unión Europea que entra a formar parte de la Unión Aduanera para productos industriales y agrícolas transformados. En este Tratado no se contemplaba la libertad de movimiento de personas, servicios o capitales, sólo la supresión de un gran número de impuestos y de aranceles.
Ankara, capital de Turquía
En la cumbre europea de Helsinki, celebrada en 1999, se reconsidera en parte el asunto y Turquía consigue la categoría de país candidato para su acceso a la CEE. En 2002 se reconocen por parte de la Unión Europea importantes avances en el cumplimiento de los criterios europeos para la admisión de un nuevo miembro. En 2005 se inician, por fin, negociaciones para la adhesión. Pero las negociaciones se alargan y se alargan y se alargan, hasta su paralización en 2018. En mayo del año en curso, 2025, el Parlamento europeo, con mayoría de derechas, vota a favor del mantenimiento de la paralización.
Mustafá Kemal Ataturk, fundador de la República de Turquía y de la modernización del país dijo en cierta ocasión: "Occidente siempre ha visto con prejuicio a los turcos, pero nosotros, los turcos, siempre hemos avanzado sistemáticamente hacia occidente." 
Ataturk
Occidente y, en concreto, Europa, sigue rechazando hoy a los turcos con justificaciones tan peregrinas como que Turquía no es un país Europeo, cuando, si el Mediterráneo es el mar de Europa, más de la mitad de Turquía está bañada por este mar. O los avances en derechos humanos son insuficientes, cuando se tiene como socios a países como Hungría o Polonia, que se pasan dichos derechos por el arco del triunfo. O insuficiente es también el trato a la mujer, cuando la mujer turca tiene derecho a voto y a concurrir en las elecciones como canditada al Congreso desde 1934, antes que más de un país de la Comunidad, por ejemplo, España, y cuenta con leyes que sancionan su plena igualdad con los hombres. 
No. Turquía es un país laico, si bien la mayoría de su población es islámica. Esta, la del islamismo, es la única razón del repetido atasco de las negociaciones por parte de una Europa cada vez más escorada hacia posiciones de extrema derecha. Europa es cristiana, ¿cómo vamos a admitir a un país islámico? No obstante, la hipócrita Europa no rompe definitivamente la negociaciones y rechaza de una vez el ingreso de Turquía en la Comunidad Europea porque, en palabras de Félix Abad Alonso, comodante del ejército de tierra: "Una Turquía rechazada se volvería más islámica, más proclive a vetar la ampliación de la OTAN y menos proclive a buscar la estabilidad y la integración de una Asia Central secular." Pero, además, sigue diciendo el comandante: "Turquía se aliaría con países del Mar Negro y Asia Central y se perderían los recursos estratégicos de esos lugares. La economía turca se resentiría, situando un país pobre e inestable a las puertas de Europa. La política europea hacia Oriente Medio y Asia quedaría mermada al perder el nexo de unión que constituye Turquía, así como el muro de contención del islamismo radical." Europa, cada vez más alejada de sí misma, cada vez menos democrática, camina a pasos agigantados hacia su hundimiento total, que es lo que, además, anda persiguiendo el tipo ese al que llaman Trump. 

Imágenes: Internet

sábado, 27 de septiembre de 2025

EL VERDUGO Y LA VÍCTIMA

"Cada fiesta, el procurador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que quisieran. Tenían a la sazón un preso famoso llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los que estaban allí reunidos: '¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?'... Respondieron: '¡A Barrabás!' Díceles Pilato: '¿Y qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo?' Y todos a una: '¡Sea crucificado!'... Entonces Pilato... tomó agua y se lavó las manos... diciendo: 'Inocente soy de la sangre de este justo. Allá vosotros.' Y todo el pueblo respondió: '¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!'
Desde su aparición, el cristianismo no ha tratado bien a los judíos, más aún, los ha tratado mal, muy mal. En esta historia, que cuentan más o menos igual los cuatro evangelistas y que es, indudablemente falsa, pues desde cuándo un gobernante romano iba a preguntar a los ciudadanos de un territorio dominado por ellos lo que tenía que hacer con un preso, se basa toda la inquina que los cristianos han venido derramando sobre los judíos hasta tiempos bien recientes. La historia tiene su origen en la necesidad de la nueva religión de ganar la voluntad de las autoridades romanas para, en su afán universalista, extenderse por el imperio. No es un romano el que decide la crucifixión de Jesús, sino que son los judíos, quienes, además, están dispuestos a que su sangre caiga sobre ellos y también sobre sus hijos, es decir, sobre su descendencia.
Fotografía García Rodero
Prácticamente, todos los Padres de la Iglesia escriben panfletos contra los judíos. Si para éstos su elección por parte de Dios como su pueblo no excluía la salvación de los gentiles, para los Padres cristianos el judío sólo merece, como minimo, el desprecio, pero también incluso la muerte, como se afirma en el Ambrosiaster, un libro anónimo que glosa las epístolas de San Pablo, equivocadamente atribuido durante mucho tiempo a San Ambrosio de Milán (340-397). El obispo milanés no era mucho más suave. Así, afirmaba que los judíos eran los primeros enemigos de los cristianos. Decía más: que los judíos no podían formar parte de la sociedad, ya que su maldad superaba icluso a la de los demonios. Negaba, además, la conversión auténtica de los judíos, negación con la que coincidían Lactancio (240-320) Hilario de Poitiers (300-367), Zenón de Verona (300-371) Paulino de Nola (355-431), Salviano de Marsella (400-470) Paulo Orosio (383-418)354-430, Agustín de Hipona (354-430) y, más tarde, la Inquisición Todos ellos consideraban que la circuncisión era la marca infamante del pecado, menos la de Cristo, porque ésta marcaba la continuidad entre la antigua y la nueva ley.
Pío IV
Ya el Concilio de Elvira (300-324) prohibía a los cristianos comer con judíos. Los concilios de Cartago (419) e Hipona (427) inhabilitaban a los judíos para testimoniar contra los cristianos en un acto jurídico, inhabilitación que jamás habían practicado los romanos por motivos religiosos. El tercer Concilio de Letrán (1179) prohibía la convivencia de los judíos con los cristianos. Desde esta fecha, aquéllos fueron confinados en barrios específicos, un antecedente de los ghetos, de los que se diferenciaban en que no estaban cerrados, como luego estuvieron éstos. El primer gheto, como tal, estuvo en Venecia a partir de 1516; en él confinaron los venecianos a los judíos expulsados de España que llegaron en gran número a la ciudad. No mucho mas tarde, Pío IV (1559-1565) creó ghetos en las ciudades del Estado Pontificio. El de Roma estaba situado a orillas del Tibet, en un lugar pantanoso e insano. Este papa ordenó, además, que los judíos debían llevar una estrella amarilla que los distinguiera de los cristianos, los hombres en el sombrero y las mujeres en el pecho. Este gheto fue clausurado por Napoleón cuando conquistó Roma, pero tras su caída, lo primero que hizo Pío VII cuando regresó a la ciudad fue restaurarlo de nuevo.
Judíos askenazis
Ahora, hay que decir que cuando, respondiendo a una rebelión, los romanos recuperaron el dominio de Palestina y destruyeron el templo de Jerusalén, no obligaron a ningún judío a abandonar su tierra. Con la famosa diáspora, como se la conoce, se fueron los judíos que quisieron, muchos de ellos se esblecieron en la propia Roma, donde eran aceptados por los romanos, hasta el punto de que, entre otras cosas, respetaban el sabat, descanso semanal tradicional al que se oponían los cristianos. Muchos otros judíos emprendieron el camino de Europa, asentándose principalmente en Rusia, Ucrania, Polonia, Letonia, Estonia, Austria y Alemania, éstos serían conocidos como judíos askenazis, término hebreo medieval que, en realidad, designaba a Alemania.
Desde la diáspora, los judíos han sufrido expulsiones de diversos territorios. En 1290, bajo el reinado de Eduardo I, fueron expulsados de Inglaterra. Más tarde, a lo largo de la Edad Media se fueron produciendo expulsiones en Francia, Milán, Parma, Austria, Lituania y Túnez, hasta culminar en las grandes expulsiones de España (1492) y Portugal (1497). Los judíos de estos dos reinos recibieron el apelativo de sefardies, término procedente de Sefarat, nombre que aplicaban a España.
Cirilo de Alejandría
Desde la aparición del cristianismo, los judíos han sufrido diversos progroms o persecuciones. El primero de ellos se produjo en Alejandría, fue ordenado por el patriarca Cirilo y llevado a cabo por los parabolani, fieros monjes que formaban su guardia personal. Luego, se sucedieron más. Entre los más graves se encuentra el promovido en España en 1391 por Ferrán Martinez, arcediano de Écija, cuyos incediaros sermones en los que pedía directamente matar a los judíos, produjeron la destrucción de la judería de Sevilla, con más de cuatro mil muertos, un movimiento destructivo que se extendió a Córdoba (2000 muertos) y, luego, hacia el norte, a Jaén, Úbeda, Baeza, Toledo, Valencia, Barcelona, Lérida, Gerona, Mallorca, Burgos, Logroño y Zaragoza, entre las ciudades más importantes. Sólo sobrevivió un tercio de la población judía. Progroms hubo también en Rusia, en el siglo XIX. Y ya, en el siglo XX, el holocausto, perpetrado en Alemania, en el que fallecieron alrededor de seis millones de judíos. 
La pregunta que cabe hacerse ahora es cómo una gente que ha sido víctima de toda clase de atropellos a lo largo de veinte siglos, puede estar ahora masacrando hasta su exterminio al pueblo palestino, en un genocidio, reconocido ya hasta por la ONU, y entre cuyas víctimas van ya más de veinte mil niños muertos y más de cuarenta y ocho mil mutilados. ¿Cómo la víctima ha podido convertirse en verdugo? Durante casi veinte siglos en Palestina han convivido sin problemas, primero, judíos que no se marcharon con la diáspora y cristianos desde los primeros tiempos, pues el critianismo, como bien se sabe, nació en Palestina, más tarde, también musulmanes. Todos ellos eran y son palestinos, pues han nacido y vivido en Palestina desde hace más de setenta y cinco generaciones.
Ben Gurión
Hasta 1948, en que grupos de terroristas judíos, con Ben Gurión al frente, echaron a los palestinos no judíos de sus casas y de sus tierras y se asentaron ellos. 
Repito la pregunta: ¿cómo es posible que la víctima haya podido convertirse en verdugo? La respuesta es sencilla: porque, en el fondo, no han dejado nunca de serlo. Los judíos no constituyen una etnia, tampoco se les puede identificar como una cultura, ni siquiera forman propiamente una religión, sólo responden a una idea, a modo de consigna: la de ser el pueblo elegido de Dios, al que Dios les ha asignado, además, una tierra, un territorio, Palestina, la tierra de la que mana leche y miel, como dice la Biblia.
Esta idea, claramente supremacista, es la que a lo largo del tiempo ha constituido el nexo de unión de todos ellos, incluidos agnósticos y ateos. Y es por esta idea que, salvo contadas excepciones, no se han asimilado nunca con las poblaciones de los lugares que han habitado después de la diáspora. De este modo, el judio que vive en Francia, no es francés, sino judío francés; el que vive en Bélgica, judío belga. y así en todas partes.
La aparición del sionismo fue posible precisamente porque, a diferencia de helenos, romanos, galos o celtas, por ejemplo, que se asimilaron con otros pueblos y desaparecieron como tales en el devenir de la historia, los judíos se mantuvieron en su diferenciación supremacista a lo largo de dos mil años, sin abandonar nunca la idea del regreso a Palestina. "El año próximo en Jerusalén.", repetían una y otra vez en su fiestas. Y en las bodas se rompía la copa con la que se brindaba en memoria de la destrucción del templo. 
Theodor Herzl
El sionismo es un moviento nacionalista, sistematizado por el periodista austro húngaro Theodor Herzl (1860-1904), en su opúsculo El Estado Judío, en que abogaba por la creación de un Estado judío en Palestina. A este opúsculo vino a sumarse en 1917 la Declaración Balfour, manifestación del Gobierno británico en apoyo a la creación de dicho Estado Judío. Para entonces, numerosos judíos habían emigrado ya a Palestina, siendo acogidos favorablemente tanto por los turcos otomanos, que dominaban aún el territorio, como por los habitantes de éste.
Desde 1948, los judíos sionistas, con el apoyo explícito del judaísmo internacional y de los judíos que viven en Palestina que los votan una y otra vez en las elecciones, vienen repitiendo lo que ya hicieron hace unos tres mil quinientos años: apoderarse a sangre y fuego de lo que no era suyo entonces, ni en 1948, ni en la actualidad, cuando, en el colmo de la barbarie están destruyendo las ciudades palestinas, como las destruyeron entonces, arrasándolas y asesinando a sus habitantes, ayer con el apoyo de "su Dios" y hoy con el del judaísmo internacional y con el de los Estados Unidos, a los que suma el silencio cobarde de los países musulmanes y el beneplácito más cobarde aún de la Comunidad Europea.

Fuentes: 
Hstoria de los judíos.- Paul Johnson
Historia de la Iglesia.- Llorca, García Villoslada, Leturia y Montalbán.
Historia de los papas.- Juan María Laboa
Evangelio de Mateo



lunes, 1 de septiembre de 2025

MI PADRE ESTUVO ALLÍ

Ochenta y tantos años después, aun son numerorísimas las fosas comunes a las que fueron arrojados los cuerpos de los asesinados durante el franquismo. Cada vez que, con una lentitud exasperante, se consigue abrir una de ellas, con el propósito de, una vez identificados, entregar los restos a sus familiares que, ya en tercera generación en más de un caso, no han cesado de reclarmarlos para ofrecerles un entierro digno, la noticia aparece en la prensa y de aquí salta a las redes sociales, a facebook, por ejemplo, donde predominan ampliamente los comentarios de signo contrario, con el argumento, falaz argumento, de que lo mejor que se puede hacer con los muertos es dejarlos descansar, ya que, en caso contrario, lo que se consigue es reabrir heridas.
Por mi parte, cuando leo alguna de estas noticias siempre se me viene a la memoria la imagen de la escena vivida con mi padre, una tarde de otoño, cuando se encontraba cerca ya del final de su vida. Vaya por delante que yo no tengo ningún familiar entre los muertos reunidos en esas fosas. Tampoco he tenido ningún familiar represaliado de alguna manera durante la dictadura. Es decir, no tengo el más mínimo interés personal en que se abran esas fosas o en que se cumplan los demás requisitos de la Ley de Memoria Democrática. 
Mi padre murió en el año 2000, un par de semanas antes de cumplir ochenta y nueve años. Hizo la guerra en la legión, un cuerpo de choque conocido por su arrojo tanto como por su brutalidad. Cuando se produjo el golpe militar que, como se sabe, en Córdoba triunfó rápidamente, mi padre era un ebanista autónomo, con un taller en la calle Lucano, tenía veinticinco años y carecía de adscripción política. Rápidamente fue movilizado y enviado a Sevilla, donde, como acababa de realizar el servicio militar, fue enrolado sin instrucción alguna en un tabor de regulares. Él no hablaba nunca de la guerra. Sólo, después de que yo, ya adolescente, descubriera una fotografía suya conservada por mi madre, contó vagamente que había desertado de su destino pasándose a la legión, porque los legionarios iban mejor equipados que los regulares, siendo así que éstos estaban en la misma línea de combate que aquéllos y, por tanto, expuestos al mismo riesgo. De ser cierta esta historia y no tengo por qué ponerla en duda, el cambio de cuerpo debió producirse en pleno avance de los golpistas sobre Extremadura.
En la legión, mi padre llegó a sargento por méritos de guerra, o sea, que no debió de ser un pusilánime, sino todo lo contrario. Detestaba a los falangista. El siguiente hecho me lo contó mi abuelo: mi padre, que escribía con decoro y con una letra preciosa, tenía unas cuantas madrinas de guerra, cinco o séis, que le mandaban numerosos paquetes, principalmente de comida. Mi padre les había dado la dirección de su casa en Córdoba, que era también la de mi abuelo, a la que llegaban numerosos paquetes con pasmosa regularidad. Tanto paquete llamó la atención de los falangistas, que, como también se sabe, actuaban sobre todo en retaguardia, lejos de los disparos y de los asaltos cuerpo a cuerpo, de modo que un día se presentaron en casa de mi abuelo exigiendo groseramente conocer el contenido de los paquetes. Poco después llegó mi padre de permiso y al enterarse de lo ocurrido no tuvo más que presentarse en el centro de mando de los falangistas y pistola en mano armar la de Dios, hasta el punto de que mi abuelo no volvió a ser molestado por nadie. Puede que mi abuelo pusiera algo de exageración en su relato, pero la verdad es que en la fotografía antes mencionada, que sigo conservando, con el uniforme de la legión, el capote sobre los hombros, un machete en un costado de la cintura y el pistolón en el otro, la imagen de mi padre resulta imponente.
Con el misma fervor que a los falangistas, detestaba a Franco, no sabía yo por qué. En mi adolescencia, recuerdo muchos intentos de discusión con él en los que, paradójicamente, yo defendía frenéticamente al dictador. Mi padre no me dejaba continuar, me miraba fijamente, con un extraño brillo en la mirada y me decía "tú qué sabes", fría expresión con la que, mucho tiempo después lo reconocería yo, me señalaba no sólo mi ignorancia, sino el deseo de que, fuera lo que fuese, no tuviera que saberlo nunca.
Desde que yo puedo recordarlo, mi padre bebía. No era el borracho que llega a su casa dando tumbos y se va derecho a la cama.Él se limitaba a colocarse, lo que resultaba peor, porque el alcohol le cambiaba el carácter transformándolo en un imbécil de cuya boca sólo salían imbecilidades, que muchas veces desembocaban en tremendas broncas con mi madre. Esta circunstancia me hizo sufrir mucho durante mi niñez, pero con quince, con dieciséis, con diecisiete años, las broncas se las montaba yo a él, consiguiendo que durante un tiempo, incluso meses, se olvidara de la bebida. Un día, a poco de jubilarse, brusca e inesperadamente, dejó de beber. Se convirtió entonces en un hombre entrañable, cariñoso, desprendido, el hombre que realmente era. Sin embargo, ya era tarde para mí, porque habían sido demasiados los desencuentros que había tenido con él, además, ya me había casado, no vivía en su casa, tenía mi propia familia, y no sentía necesidad alguna de acercarme a él.
Muchos años antes, yo había empezado a leer y a enterarme de la realidad del país, que no me habían permitido conocer ni en el colegio ni, luego, en la Universidad Laboral. Cierto día, descubrí en una caja de zapatos que mi madre guardaba en el altillo del armario papeles de mi padre de la época de la guerra. Había allí cartas dirigidas a sus padres; copias, sin duda, o borradores, de las que dirigía a sus madrinas de guerra y, lo más sorprendente para mí, algunos poemas con no mala factura dedicados a la unidad con la que había combatido, la cuarta bandera de la legión. Aquel descubrimiento, que mantuve secreto, me llenó a un tiempo de asombro y de ansias de saber.
Investigando por mi cuenta, puesto que él se aferraba al silencio, puede decirse que logré establecer, creo que con bastante exactitud, el intinirario militar que mi padre había hecho durante la contienda. No fue fácil y me llevó su tiempo, de modo que no logré completarlo hasta bastante después de la muerte del dictador. Así supe que, entre otras acciones, aquella cuarta bandera había protagonizado la toma de Badajoz e imaginé, lleno de horror, que había participado en la matanza posterior.
Pasó y pasó el tiempo y, poco a poco, el rencor que yo había acumulado contra mi padre se fue suavizando. Ya, cuando iba a visitarlo, charlábamos con cierta naturalidad, aunque siempre de temas más o menos intranscendentes, de mi trabajo, de alguna anécdota del suyo, cuando aún trabajaba, de la muerte de algún conocido, cosas así.
Recuerdo muy bien cómo sucedió. En realidad, no podré olvidarlo nunca, aunque a veces parezca que se esconde o se difumina en mi memoria: Un día en que fui a su casa, mi madre salió a comprar no sé qué y nos quedamos solos él y yo, él sentado en su sillón de orejas, junto a la ventana, y yo en una silla, ligeramente a su derecha, a más de metro y medio de distancia. En un momento dado, mientras hablábamos, mi padre mencionó de pasada la guerra, lo dura que había sido la vida después de ésta, dijo, y cómo había tenido que empezar de cero porque, cuando regresó, del taller que un día tuvo no quedaba nada. 
Al oír de sus labios la palabra guerra, una vieja puerta se abrió dentro de mí y el recuerdo de los papeles que había descubierto hacía tanto tiempo en aquella caja de zapatos hizo su aparición en mi memoria. Entonces, sin pensármelo, movido por un extraño resorte, se lo pregunté, directa, brutalmente: "Tú estuviste allí, ¿verdad?, estuviste en Badajoz y participaste en la matanza. Por eso bebías, ¿no es cierto? Y es por eso que también odiabas a Franco.
Mi padre se envaró, desvió su mirada de la mía y la dejó extraviada en un rincón de la habitación, de sus ojos brotaron dos lágrimas que rodaron mansamente por sus mejillas. Era la primera vez en mi vida que lo veía llorar y no sabía qué hacer. El silencio era una bala de algodón que llenaba la habitación entera. Por un momento, pasó por mi mente recriminarle que no hubiera hablado nunca de aquello, que no hubiera descargado el peso que, a la vista de sus lágrimas, debía lastrar su conciencia, pero era tan honda mi emoción que no podia articular palabra. Por fin, después de un tiempo largo, largo, conseguí levantarme de mi asiento, me acerqué a él, puse mi mano en su hombro y lo besé en la frente. Mi padre tenía ya ochenta y cinco años y aquel era el primer beso que le daba desde mi lejanísima infancia.

P.S. Publiqué esta entrada por primera vez en el desaparecido El cuaderno escarlata. Vuelvo a publicarla hoy, con una liguera actualización temporal centrada, principalmente en los dos primeros párrafos, no sólo por esa serie de bochornosos y deshumanizados comentarios que leo en Facebook, sino por la marea revisionista de aquellos años que, desde hace tiempo, viene produciéndose en este país. Hace unos días, de manera azarosa, tropecé con un artículo de todo un profesor de historia, hoy jubilado, en el que negaba rotundamente que en Badajoz se hubiera producido nunca matanza alguna, que hubo algunos fusilamientos, sí, cosa lógica, pero de matanza nada. Decía más, que su conquista, la llevó a cabo una fuerza asaltante de sólo tres mil hombres, frente a los seis mil que defendían la población. Pero callaba, con la indecencia de todo revisionista, que los asaltantes contaban con cañones y con aviones, en tanto los defensores estaban mal equipados y en sus filas figuraban bastantes elementos -guardias civiles y militares- que estaban deseando pasarse al enemigo, cosa que hicieron a la primera oportunidad. No digo el nombre del historiador, ni el del sitio en el que publicaba su artículo porque no me da la gana de darle encima publicidad a quienes tienen por bandera la mentira y la invención de bulos. Pero creo que, aparte de las crónicas y de los estudios históricos que existen al respecto, las lágrimas de mi padre son prueba más que suficiente de la realidad de la matanza.

Imágenes.- Internet