sábado, 4 de junio de 2022

TODAVÍA


Un día mi padre desapareció. Desapareció. Sin más. Salió por la mañana a su trabajo y no regresó. Ni aquel día ni al siguiente ni al otro ni al otro. Yo tenía tres años y mi hermana uno y todo lo que recuerdo de aquella desaparición es una especie de vacío repentino, como, si cayera en un pozo abierto bruscamente bajo mis pies. Y todo lo que sé procede en exclusiva de las vagas explicaciones que bastantes años más tarde conseguí arrancarle a mi madre, a la que no le gustaba nada hablar del asunto. No sé, por ejemplo, si mi madre había albergado alguna sospecha de la intención de mi padre, si es que había desaparecido voluntariamente, ni si se despidió de ella, aunque fuera tácitamente. Tampoco sé, porque mi madre, cuando lo hacía, contestaba sólo con evasivas, debido, sin duda, a que seguía siendo un asunto doloroso para ella, si hizo alguna gestión ante las autoridades, si denunció o no su desaparición. Eran tiempos oscuros, muy oscuros, en los que, en su jactancia, los vencedores de la guerra continuaban cebándose con los que, simplemente, habían estado de parte de la República y, seguramente, no era lo más prudente ir no preguntando, sino denunciando desapariciones.
De todas formas, mi padre había hecho la guerra en la legión, de modo que, en principio, mi madre podía estar tranquila de que no lo habían detenido para aplicarle alguna de las represalias de las que el Régimen tenía en su cartera de venganza. ¿Pero, entonces, qué había pasado? Esta era una incógnita que tardaría un año en descifrarse. Fue un año malo. Yo tengo de él sólo recuerdos brumosos, muchos, quizás, fruto de mi imaginación, surgidos posteriormente a partir de lo poco que me contaba mi madre, pero entre las brumas sobresale un recuerdo de una nitidez sorprendente: el hambre. Con una madre sin trabajo y con dos hijos pequeños, la situación a la que tuvo que enfrentarse mi madre no debió ser nada agradable. Si sobrevivimos fue gracias a la ayuda de la familia materna, que tampoco nadaba en la abundancia; por parte de la paterna no hubo más que recriminaciones (algún día contaré cómo fue la boda de mi madre y de mi padre).


Al cabo de un año de completo silencio mi madre recibió al fin una carta de mi padre. Ya he contado por aquí, que mi madre era analfabeta, por lo que tan pronto tuvo la carta en sus manos, salió disparada a casa de su hermana para que se la leyera su cuñado Rufino. ¡Mi padre estaba en Cartaya! Aquel pueblo de la provincia de Huelva entonces perdido cerca de la raya de Portugal, como ya he dicho también por aquí. Estaba en Cartaya y le pedía a mi madre que se reuniera con él. A tal efecto, le anunciaba el envío del dinero necesario. ¡Dinero! ¡Al cabo de un año de no saber de él y de no recibir por tanto ni media perra chica!
Es lástima que mi madre no conservara aquella carta, porque de todas mis numerosas lecturas a lo largo de los años esta habría sido, sin duda, una de las que más me hubieran interesado. ¿Qué pensó mi madre cuando se enteró de su contenido? ¿Consultó con su hermana y con su cuñado la decisión que debía tomar? ¿Lo consultó con alguien, al margen o además de estos dos? Tampoco lo sé. Sin duda porque se trataba de un asunto delicado que se negaba a rememorar, lo más probable; pero también porque no debía estar demasiado conforme con la decisión que tomó, que no fue otra que la de reunirse con su marido. 
Años después, con la petulancia propia de la adolescencia y ante la evolución de los acontecimientos posteriores, yo hube de reprocharle a mi madre muchas veces aquella decisión. Pero esta es otra parte de la historia que contaré en su momento. Entonces, poco días después de recibir la carta, cogimos el tren en la antigua estación de Córdoba rumbo a Sevilla. Aquí había que coger un autobús que llevaba a Huelva y desde ésta otro que por fin te dejaba en el pueblo. Una odisea entonces, para una mujer analfabeta y con hijos pequeños. Yo no sé por qué mi padre no vino a recogernos (si poco hablaba mi madre, mi padre era exactamente igual que un mudo. Ya iréis viendo que durante mi infancia y aún mucho después, en mi casa lo que predominaba era el silencio.) Tal vez temiera que mi madre se hubiera abierto camino durante aquel año y se negara a acompañarlo.

Lo único que sé es que aquel fue mi primer viaje en tren, un tren que funcionaba con carbón, y un vagón de tercera, de aquellos que tenían bancos corridos con tiras de madera en el asiento que dejaban un espacio vacío entre una y otra. Hasta Sevilla el viaje debió durar por lo menos tres horas, porque el tren iba parándose cada dos por tres y, desde luego, en cada pueblecito por el que pasábamos. Yo hice buena parte del trayecto en la ventanilla, contemplando fascinado el paisaje, que se deslizaba ante mis ojos como en un sueño mágico, y recibiendo en la cara la caricia del aire, que muchas veces, aunque yo no lo advirtiera, llegaba acompañado de la carbonilla que, junto a los humos, iba soltando la máquina. Tan fascinado iba, tan embebido en el paisaje, que cerca ya de Lora del Río, a casi cien kilómetros de Córdoba, descubrí a lo lejos una masa de árboles que había quedado atrás sin que yo la advirtiera hasta aquel momento. Entonces, exultante, saqué la cabeza de la ventanilla, me volví y grité: "¡Mamá, mamá! ¡Todavía se ve el Campo de la Merced!" Tenía sólo cuatro años, pero lo recuerdo como si lo estuviera viviendo en este momento. No iba mucha gente en el vagón aquel día, pero nada más terminar mi exclamación escuché una carcajada que me dejó tan corrido como desconcertado. "Anda, hijo, anda", exclamó mi madre, "quítate de la ventanilla y siéntate que mira como se te va poniendo la cara." Sacó un espejito del bolso que llevaba en el regazo y me lo puso delante: casi parecía que me había embadurnado la cara con betún.

Imágenes:
Plaza Aguayos e iglesia de San Pedro.- Blog Historia y Genalogía.
Carta.- Antigua.Me
Tren.- Internet


martes, 31 de mayo de 2022

UN EJEMPLO DE CATÓLICO


Por nefastos y hasta criminales que puedan ser sus propósitos y sus hechos, en todos las organizaciones, en todos los grupos humanos hay gente buena, amable, ecuánime e incluso honrada. También entre los católicos, a pesar de que éstos, convencidos como están de poseer la única verdad realmente verdadera, la verdad absoluta, andan en su inmensa mayoría sobrados de soberbia, de jactancia y hasta de hipocresía, que es lo que le ocurre al tipo del que voy a hablar.
El veintiocho del pasado mes de mayo murió el cardenal Angelo Sodano, mano derecha de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI. Alguien puso la noticia en el facebook, con fotografía incluida, y enseguida aparecieron comentarios, uno, dos tres... cinco..., todos ellos hablando en sentido negativo del cardenal, que fue nuncio apostólico en Chile durante la época de la dictadura de Pinochet, con el que tuvo una excelente relación, a pesar de conocer las desapariciones, las torturas y los asesinatos cometidos por el régimen, y del que se sabe que en vida fue encubridor de pederastas y depredadores sexuales, por ejemplo, del fundador de los Legionarios de Cristo, el mexicano Maciel. Bien, pues al sexto o séptimo comentario, saltó un caballero (no anoté su nombre y no logro recordarlo) diciendo:
"Si hablarais de otras cosas del mismo modo que de la Iglesia... Pero no, tenéis que hacerlo siempre insultando a los católicos."
Francamente, este comentario me molestó no poco, porque aunque, hasta aquel momento, los comentarios eran negativos no tenían nada de insultantes, pero, sobre todo, por lo muy cortitos de lacha que van estos católicos para sentirse ofendidos por el más mínimo comentario crítico, con todas las prebendas de las que disfruta la Iglesia en este país. Así es que le contesté:
"¿250 procesiones al año en una ciudad, además de las de Semana Santa, te parecen un insulto a los católicos?
Si lo prefieres podemos darle un repaso a la historia.
Aunque si de verdad creyeras te escandalizaría el lujo en el que viven esos señores."
El señor católico debió pensárselo detenidamente, porque tardó un poco en responder, pero respondió:
"¿Te molesta? Pues ya sabes..."
La respuesta me dejó un tanto perplejo. ¿Qué me molestaba a mí, las procesiones, la historia de la Iglesia, el lujo de los cardenales? Y ya sabía yo, ¿qué? ¿Que el que se pica ajos come? ¿Que me jodiera? No lo sabía. En cualquier caso, le repliqué sin alterarme:
"Vaya, no respondes a mi pregunta ni haces alusión alguna al resto de mi comentario."
Aquí el que debió picarse fue él, porque prorrumpió:
"Porque no entenderás nunca ni la idiosincrasia ni las tradiciones de tu ciudad. Pero, mira, si no te gusta no tienes más que coger la maleta."
Yo no entro al trapo, porque hacerlo con esta gente es entrar en un terreno fangoso del que se sale absolutamente embarrado, así es que le contesté:
"Vaya, de víctima pasas a acusador. Y, además, te permites el lujo de pretender que me marche de mi ciudad. Algo hemos ganado. En otro tiempo me habrías mandado a la hoguera. Pero sigues sin contestar mi pregunta: ¿250 procesiones al año en una ciudad te parecen un insulto a los católicos?"
Como yo no le seguía el rumbo, el tipo debía de estar cabreándose bastante, porque replicó en un tono claramente airado.
"La víctima eres tú que no quieres reconocer la economía que mueven las cofradías y las hermandades con el turismo, ni la labor social y de caridad que realizan. Y es a causa de tu resentimiento de ateo."
Y yo, a la carga de nuevo:
¡Vaya! No contestas a mi pregunta y además mareas y mareas la perdiz para poner el asunto a tu favor. La técnica habitual. Vamos a ver: ¿he dicho yo que me molesten las procesiones? ¿He dicho yo que no crea?. No lo he dicho y, además, ni me conoces de nada ni sabes nada de mí y, no obstante, te quitas la piel de corderito, es decir, de víctima, y me acusas de ser un resentido y de ser ateo. No, yo me he limitado a hacerte una pregunta: ¿250 procesiones al año, además de las de Semana Santa, te parecen un insulto a los católicos? Contéstala, hombre, que no es tan difícil. Y ya de paso, ¿te has preguntado alguna vez por qué nadie critica ni dice nada de las distintas confesiones cristianas protestantes que existen en mi ciudad y en el país?"
Cómo estaría el tipo que aquí ya no contestó. Sencillamente me eliminó. Pero así son ellos, o la inmensa mayoría de ellos, empezando, desde luego, por la jerarquía: víctimas fingidas que se revuelven con saña en cuanto alguien los critica o contradicen o trata de minimizar, aunque sea livianamente, la enormidad de privilegios de los que siguen gozando en este país.

lunes, 30 de mayo de 2022

EL FINAL DE UN EMPERADOR

Históricamente, enfrentarse al papa, al Vaticano, se ha pagado. Todavía hoy, en unos sitios más que en otros, no resulta fácil frenar los desmanes que la Iglesia Católica acostumbra a perpetrar. Teniendo en cuenta estos desmanes y la forma de perpetrarlos, no son pocos los que comparan a la Iglesia con la mafia, pero aunque, para quien tiene ojos para ver y oídos para oír, no pueden negarse ciertas afinidades con la organización secreta dedicada al enriquecimiento de sus miembros mediante la comisión de delitos, la Iglesia católica es mucho más que una mafia.
Ante todo, la Iglesia es un entidad organizada para durar. El evangelio de Mateo, capítulo 16, versículo 18, da cuenta de la promesa de Jesús de la siguiente manera: "Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella." Con esta promesa debía bastar para que la Iglesia durase y durase hasta el fin de los tiempos, pero se ve que ni jerarquía, ni sacerdotes de a pie, ni monjes ni monjas e incluso ni los propios fieles se fían demasiado, no sabemos si de Jesús o de Mateo, y todos se aplican antes que nada a conseguir que la organización perdure, aplicando los medios y las acciones necesarios en cada momento, no importa cuáles sean, legales o ilegales, morales o inmorales.
Esta breve introducción, un tanto reduccionista, era necesaria para explicar el final de Enrique IV, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Como se sabe, su enfrentamiento con el papa Gregorio VII (1073-1085) por el asunto de las investiduras tuvo un primer acto cuyo final supuso un clamoroso triunfo del papa, al obligar al monarca a desplazarse en pleno invierno hasta el castillo de Canosa, a cuyas puertas lo mantuvo Gregorio durante tres días antes de permitirle pasar y concederle su perdón, mediante el levantamiento de la excomunión.
Pero el asunto tuvo un segundo acto. Y en este, Enrique, tras dejar pasar el tiempo, se presentó en Roma con su ejército y obligó al papa a huir a Salerno, donde murió, tras dejar para la posteridad la frase más famosa de su pontificado: "He amado la justicia y odiado la iniquidad, por eso muero en el destierro." A lo largo de sus años como papa, Gregorio VII, buscó con toda su energía la instauración de una teocracia universal, es decir, el gobierno del mundo por parte de la Iglesia, la unión en la persona del pontífice de la cruz y de la espada, considerando que era la única solución de justicia para poner remedio a las luchas continuas y las oscuridades de aquella Edad sombría que le tocó vivir, pero en este camino no dudó ni un instante en utilizar todo tipo de medios incluidas numerosas iniquidades. 
Fueron pasando los años y, aunque el papado de Gregorio VII había concluido con un fracaso, el proyecto de la teocracia prosiguió su camino a cargo de los pontífices que le sucedieron: Víctor III (1086-1087); Urbano II (1088-1099), el promotor de la primera cruzada y furibundo teócrata; y Pascual II (1099-1118). Urbano pretendió mantener la lucha por las investiduras, pero ya no con la energía y decisión de Gregorio VII, que concebía la teocracia como un proyecto supranacional y, por tanto, iba más allá de su pelea con Enrique IV. Para Urbano II el asunto declinó hacia sólo un enfrentamiento con el emperador. Enrique IV captó rápidamente la diferencia, de modo que delegó en su hijo Conrado, el tratamiento del asunto con el pontífice.
Pascual II, sucesor de Urbano, dio un paso más y con la habilidad para la conspiración tan propia de la jerarquía eclesiástica, incitó a Enrique, hermano de Conrado, a rebelarse contra su padre, prometiéndole todo tipo de prebendas. El papa tuvo que insistir, pero, finalmente, Enrique lo obedeció, consiguiendo ser nombrado rey en la Dieta de Maguncia. Enrique IV, ya anciano y lleno de achaques, se encontraba por aquellos días en el castillo de Ingelheim y hasta allí llegaron los arzobispos de Worms, Colonia y Maguncia. Soberbios y con muy malos modos exigieron a Enrique la abdicación. Sorprendido tanto por la visita como, más aún, por la petición, el emperador preguntó a qué se debía semejante exigencia, a lo que los arzobispos respondieron textualmente: "Porque durante muchos años has desgarrado el seno de la Iglesia de Dios; porque has vendido los obispados, las abadías y dignidades eclesiásticas; porque has violado las leyes sobre la elección de obispos, por todos estos motivos han decidido el soberano pontífice y los príncipes del imperio echarte del trono y de la comunión de los fieles."
Aun achacoso y casi sin fuerzas, Enrique replicó: "Pero vosotros, arzobispos de Maguncia y de Worms, que me formuláis estas acusaciones y me condenáis por haber vendido las dignidades eclesiásticas, decidme: cuánto os pedí por vuestras iglesias; y si no os pedí nada, como no podéis menos que confesar, si he cumplido mis deberes con vosotros, ¿por qué me acusáis de un crimen que no he cometido? ¿Por qué os juntáis a los que han hecho traición a su fe y a sus juramentos? Tened paciencia por unos días, esperad el término natural de mi vida cuya proximidad anuncian mi edad y mis padecimientos."
Ante la respuesta del emperador, que no contenía más que la realidad, ambos arzobispos dieron marcha atrás en sus pretensiones, pero el de Colonia se mantuvo inflexible. "¿Por qué vacilamos?", prorrumpió. "¿No cumple a nosotros consagrar a los reyes? ¡Si al que hemos revestido con la púrpura es indigno, despojadlo de ella!" Entonces los tres arzobispos se abalanzaron sobre Enrique y le arrebataron los ornamentos reales, salieron del castillo y se los llevaron a su hijo.
El emperador llegó a enfrentarse militarmente a su hijo hasta en dos ocasiones, pero en las dos salió derrotado y la venganza papal cayó sobre él en forma de anatema. Como un apestado vagó de una ciudad a la otra del que había sido su reino. Nadie se apiadaba de él, por el temor que por entonces provocaba la Iglesia, un temor que hoy no son pocos a los que les gustaría ver reproducido. En Spira, en un templo que cuya construcción él mismo había ordenado y sufragado, ante una asamblea eclesiástica, encabezada por el obispo de la diócesis, Enrique solicitó hospitalidad, suplicando: "Amigos míos, compadeceos de mí. ¡Ved la mano del Señor que me castiga!" Pero ni aun arrastrándose de aquel modo consiguió ver atendida su súplica.
Unos días más tarde, Enrique fallecía de pena en Lieja, en cuya catedral fuel enterrado. Pero el papa Pascual II no sólo era vengativo, sino también cruel, ordenó desenterrar el cadáver y lo mantuvo insepulto en una celda de la misma catedral durante cinco años.

Fuentes:
Historia de las papas.- José María Laboa
Historia política de las papas.- Pierre Lanfrey
Historia de la Iglesia.- Llorca, Villoslada, Leturia y Montalbán
Los círculos del poder.- Antonio Castro Zafra.

Imágenes: 
Primera: Enrique IV. De Enciclopedia Católica
Segunda: Pascual II. De Wikipedia
Tercera: Catedral de Lieja. Internet.





sábado, 21 de mayo de 2022

LOS PROBLEMAS DE LA HERENCIA



Con un empeño que no dejaba de causar asombro numerosos andaluces, por centrarme sólo en nuestra región, reivindicaron una y otra vez, hasta que lo consiguieron, la supresión del Impuesto de Sucesiones, cuando los problemas de la herencia no se encontraban, ni se encuentran, en este impuesto, sino en la propia herencia.
El Impuesto de Sucesiones sólo afectaba a las grandes fortunas, porque, tal y como se había establecido en nuestra Comunidad, quedaba exento del mismo un millón de euros por heredero, de modo que, suponiendo que en una familia hubiera sólo dos herederos, tendrían exentos dos millones de euros, uno cada uno, ¿y alguien puede decirme cuántas personas tienen actualmente en Andalucía bienes por más de dos millones de euros? Y, por si alguien no lo sabe todavía, si un heredero recibía bienes por encima de un millón de euros, pongamos, un millón y un euro, sólo pagaba el Impuesto de Sucesiones por ese euro que sobrepasaba el millón.
Pero pasemos a la herencia en sí, que es posible que hasta consigamos reírnos. En la actualidad, a causa, sobre todo de las deplorables condiciones de los alquileres en este país, una contundente mayoría de españoles y, por ende, de andaluces, se compran una vivienda, piso o casa unifamiliar, adosada o no, para vivir en ella, no para especular, ajenos por completo al lío en el que entran. Tal compra se suele hacer, o se solía, porque hoy es bastante más difícil, cuando se formaba una familia, es decir, cuando una pareja se casaba o se disponía a hacerlo (las uniones de hecho tienen exactamente la misma problemática.) Salvo en Cataluña y salvo declaración expresa en contrario, los matrimonios en nuestro país se constituyen bajo el régimen de bienes gananciales o, lo que es lo mismo, que cada cónyuge es propietario del 50% de los bienes que posean.
Bien, pues la normativa por la que se rigen las herencias, se encuentra incluida dentro del Código Civil, que data de 1889, ¡hace 131 años!, y no ha sido retocada y mucho menos actualizada en ningún momento. Esta normativa depende actualmente de las Comunidades Autónomas. Y en ella, justamente, se encuentra el lío.
Voy a tratar de explicarlo de la manera más sucinta y clara posible: Lo primero que hay que saber es que ante todo conviene hacer testamento, porque si el poseedor de bienes muere sin testar, entonces el lío es bastante más gordo. Yo voy a explicar exclusivamente los casos en que existe testamento. Todo testador tiene lo que se llama herederos forzosos (son contados los casos en los que no existen) y toda herencia se divide forzosamente en tres partes: una que, coloquialmente, recibe el nombre de legítima y va directamente a los herederos forzosos; una parte denominada de mejora, mediante la que el testador puede mejorar la parte de legítima de alguno o varios de los herederos forzosos, pero sólo de éstos, y, finalmente, una de libre disposición, que el testador puede dejar a quien desee.
Vamos a ver el problema que surge de este reparto obligatorio con tres ejemplos. Su pongamos, en primer lugar, un matrimonio joven, por ejemplo, treinta dos años; se compraron el piso en el que viven siendo todavía novios, mediante una hipoteca que ya han liquidado. No tienen hijos todavía. Bien, pues uno de los dos muere (como, según el dicho, ante la duda, la mujer sea la viuda, voy a considerar en todos los casos que el que muere es él varón.) ¿Quién creen ustedes que es el heredero de la mitad de la vivienda que le pertenecía, por gananciales? La mujer, verdad. Eso sería lo lógico, ¿no es cierto? Pues no, como no tienen hijos, los herederos forzosos del fallecido son ¡sus padres! ¿Y si sus padres fallecieron? Entonces ¡los abuelos!, maternos o paternos. Y lo que heredan, ya sean los padres, ya sean los abuelos, pasará al fallecimiento de éstos, a sus hijos o a sus nietos. Es decir, la esposa superviviente pierde la propiedad compartida del lugar en el que vive y se queda a expensas de sus suegros o los padres de éstos. Sólo podría disfrutar del usufructo, si el marido hizo testamento y así lo dejó dispuesto. Pero no puede vender la vivienda. Se puede pensar que como la familia se llevaba bien, ya sean los padres, ya sean los abuelos, no van a tener inconveniente en que la viuda se haga con la propiedad de todo la vivienda. Pero el problema es que no basta con la palabra o incluso con un escrito, sino que hay que renunciar formalmente ante notario. Y, claro, si te ponen un caramelito delante y tú no tienes que hacer nada para cogerlo, pero sí tienes que moverte para rechazarlo, pues, por bien que se llevara la familia, y muchas veces no es así, te quedas con el caramelito.
Supongamos ahora un matrimonio mayor. Él ya está jubilado y ella no trabajó nunca en la calle y, económicamente, depende de la pensión de él. Tienen una vivienda en propiedad, comprada hace muchos años. Y tienen también dos hijos, uno vive en Australia y el otro en Alemania. Pues lo mismo, muere el marido y los dos tercios del 50% de la vivienda pasan directamente a ellos. La señora, cuya capacidad económica se ha reducido bastante al tener ahora sólo la pensión de viuda, no quiere vivir sola y, quizás, es que ni pueda. Desearía vender el piso y trasladarse a una residencia baratita, a un pueblo, donde son más baratas que en la capital. Es posible que los hijos estén dispuestos a aceptar que su madre sea propietaria absoluta de toda la vivienda, pero, igualmente y por lejos que vivan, tienen que renunciar a la herencia de manera formal ante notario. Con que uno de los dos hijos, por la razón que sea, se niegue a esta solución, la madre lo lleva crudo, porque, como en el caso anterior, sólo tiene el usufructo de la vivienda, si el marido así lo dispuso en su testamento.


Y el último ejemplo, que hoy se está dando cada día más. Pongamos un matrimonio ya entrado en años que son propietarios en gananciales del piso en el que viven. No tienen hijos propios, pero él (o ella), divorciado y vuelto a casar, tiene un hijo de un matrimonio anterior. Este hijo (o hija) no aceptó en su momento el divorcio de sus padres, mucho menos aceptó luego el nuevo matrimonio de su padre y hace un montón de años, veinte o más, que el padre no ha visto a ese hijo o hija y ya ni siquiera sabe dónde vive. Bien, pues muere el hombre y la mujer pierde inmediatamente la propiedad compartida de su vivienda, cuyas dos terceras partes pasan a ese hijo o hija. Ah, pero como no se sabe dónde está... No se preocupen, el notario, a través de la policía, se encargará de buscarlo. Y aquí sí que será difícil que el muchacho, un hombre o una mujer ya, probablemente con su propia vida montada, esté dispuesto a renunciar. Si la mujer trabaja, el problema puede ser menor para ella, ¡pero es que compró la vivienda a medias con su marido, que sin su aportación no hubiera podido comprarla! ¡Y ahora viene alguien totalmente ajeno a ella a joderle la vida, si no la tiene ya suficientemente jodida con la muerte del marido! Sencillamente porque la ley así lo dispone. Y si no trabaja y económicamente dependía del marido, la cosa se le complica bastante.
Podría exponer muchos más caso, pero con estos tres creo que es suficiente. El sentido que tenía esta normativa se centra en que una propiedad no salga del seno de la familia. Pero en 1889 había muy pocos propietarios, dueños, además, de grandes patrimonios que no deseaban que se dispersaran. La ley se hizo precisamente para ellos. Ha llovido mucho desde entonces y hoy son propietarios la mayoría de los españoles, pero de pequeñas propiedades, fundamentalmente de la vivienda que habitan, por tanto, la permanencia de esta normativa constituye un clarísimo atentado a la tranquilidad y la serenidad de las personas que enviudan, aparte de, en el fondo, constituir un auténtico robo de lo que no deja de ser suyo. Esta normativa y no el Impuesto de Sucesiones, sí que afecta a una mayoría considerable de andaluces y no sólo a las grandes fortunas. Cabe añadir que, aunque por simplificación, el texto se refiere a matrimonios heterosexuales, los matrimonios de homosexuales tienen exactamente el mismo problema. 
Lo más abracadabrante de todo el asunto es que en vida de los dos, el matrimonio (o la pareja de hecho) con hijos, pequeños o mayores, y/o con padres pueden vender la vivienda y pulirse el dinero como les de la gana y nadie puede objetarles absolutamente nada. 
Por todo lo expuesto, yo creo que ya es hora de actualizar la dichosa normativa y que esta actualización sólo puede consistir en autorizar la libertad completa de testar, como se ha hecho ya, hace unos años, en la Comunidad de Navarra, única hasta ahora en España en que esa libertad existe.

sábado, 14 de mayo de 2022

LA TUMBA DE SAN PEDRO

Roma, la vieja Roma, la Ciudad Eterna, se asienta majestuosa y un tanto caóticamente sobre siete colinas. Sus orígenes son oscuros y se pierden en la nebulosa del mito. Se cuenta, lo contaban los viejos romanos, que algún tiempo después del diluvio, cuando la tierra absorbió por completo las aguas que habían caído durante aquellos cuarenta fatídicos días, Noé, acompañado por sus hijos Sem, Cam y Jafet, emprendió un viaje que, Tíber arriba, acabó llevándolo al Lacio, donde, a orillas del río, encontraron un precioso lugar bordeado por siete colinas. Tanto les agradó el sitio que decidieron asentarse en él y fundar una ciudad en cada una de dichas colinas.

No se vuelve a tener noticias del patriarca bíblico y de sus hijos, tampoco de las ciudades que fundaron. Pero una nueva leyenda, que para los antiguos romanos era historia de una autenticidad incuestionable, relata que tras la conquista y destrucción de la ciudad de Troya por parte de los griegos, Eneas, un guerrero troyano, que había conseguido escapar en el último momento, consiguió apoderarse de una nave y emprender veloz huida por el Mediterráneo. El viaje, sin otro destino que el de poner distancia entre él y los griegos, resultó mucho más accidentado de lo que había podido imaginar. Pero un día, alcanzó la desembocadura del río Tíber, entonces llamado Albula y, subiendo por él, alcanzó aquel mismo espacio rodeado de colinas, donde fundó una ciudad que andando el tiempo acabaría siendo la Roma que hoy conocemos.

Sin embargo, el tiempo no se detiene y la imaginación del ser humano tampoco. De manera que más de cuatrocientos años después de la caída de Roma hace su aparición la leyenda de los gemelos Rómulo y Remo, quienes, tras ser abandonados en el bosque, fueron amamantados por la Loba Capitolina, grupo escultórico que recoge a esta figura mítica, cuyo original se encuentra en los Museos Capitalinos y una copia en la plaza del Campidoglio. La leyenda cuenta numerosas peripecias de ambos hermanos hasta que, al final, lo mismo que hizo nuestro rey Emérito en su día con el suyo, Rómulo diera muerte a su hermano. Una vez solo en la cumbre del poder, que habían alcanzado juntos, Rómulo construyó una muralla rodeando las ciudades de la siete colinas. De este modo, unificó el espacio y las siete ciudades se convirtieron, en realidad, en una sola, cuna de la que ha pervivido hasta la actualidad. Estas acciones se realizarían en el siglo VII antes de nuestra Era.
Casi mil años más tarde, el emperador Aureliano (270-275) construyó una nueva muralla mucho más potente, con el propósito de detener la invasión de los bárbaros, que amenazaban seriamente al imperio, incluida la capital. De nada servirían tales murallas y los bárbaros no sólo acabarían con el Imperio Romano, sino que en el siglo IX la ciudad aún no se había recuperado de la invasión y se encontraba en una deplorable decadencia. La mayoría de los grandes edificios públicos y privados, construidos, sobre todo, durante los reinados de Augusto y de Nerón, habían sido expoliados y sus materiales utilizados para la construcción de viviendas particulares, todas de muy mala calidad. Sabido es que cuando el mármol se quema se convierte en cal. Y eso es lo que hicieron los romanos de la época con los maravillosos mármoles que aquellos templos, edificios administrativos, anfiteatros y palacios.

La ciudad, no obstante, seguía conservando su legendario atractivo para la práctica totalidad de los europeos, mucho de los cuales viajaban cada año para conocerla directamente. Entre otras muchas cosas, en Roma se encontraban con un hervidero de leyendas procedentes de las distintas religiones paganas que, a pesar de la furia desatada contra ellas, no habían sido completamente vencidas y desterradas por el cristianismo. Prueba de ello es que muchas fiestas paganas habían sido incorporadas a la nueva religión, aunque disimulándolas bajo una máscara cristiana. Una de estas leyendas, que demuestran del mismo modo la pervivencia del paganismo, seguramente de las más impactantes, se refiere a un tal Lucanius, quien, "joven, rico y de rango senatorial", aunque un tanto ligero de cascos, como contaría más tarde el historiador inglés William de Malmesbury (1095-1143), en cierta ocasión, durante una de sus juergas colocó su anillo de boda en el dedo de una estatua de Venus. Aquella misma noche, mientras dormía la borrachera, Lucanius despertó abrazado fuertemente por la propia diosa, la cual le ordenaba: Tómame, pues hoy te desposaste conmigo." La leyenda cuenta cómo, medio asfixiado ya, Lucanius consiguió que lo liberase del mortal abrazo un sacerdote cristiano, aunque éste tuvo no tuvo más remedio que utilizar un método pagano.
Los viajeros que llegaban a Roma en este siglo IX se encontraban incluso con una guía turística que, con el título de Descripción de la Ciudad Dorada, reunía en curiosa mescolanza, historia, descripción de los distintos monumentos y lugares de interés y leyendas de todo tipo. Una de estas leyendas tiene como epicentro la colina Vaticana, que Aureliano había dejado fuera de su muralla, porque se trataba de una zona desolada, en cuya parte inferior se extendía un pantano en el que abundaba la malaria. Sin embargo, a lo largo de los años, de los siglos, había sido ocupada poco a poco hasta llegar a formarse una ciudad independiente, al otro lado del Tíber. Esta ciudad, cuyos habitantes eran gente de bajísima extracción económica, muchos de ellos mendigos y maleantes, acabaría incorporándose a Roma y dominándola durante bastante tiempo. En esa zona existió un cementerio y, más tarde, el denostado Nerón, cuya biografía está pidiendo una más que necesaria revisión, hizo construir en ella distintas edificaciones recreativas, entre ellas un circo.
Una de aquellas leyendas, que los cristianos pretendían y pretenden tener como tradición, afirmaba que en este circo había sufrido martirio el apóstol Pedro, aunque no existe prueba de que hubiera llegado a estar alguna vez en Roma. La tradición afirma igualmente que había sido enterrado en el cementerio, en un lugar en el que cien años más tarde los cristianos levantaron una ermita. Ya en el siglo IV, dicha ermita fue sustituida por una basílica, que tomó el nombre del apóstol, fundación que, según una nueva leyenda fue realizada por el emperador Constantino. (El cristianismo se fundamenta en su mayor parte en leyendas, en historias que no aportan prueba alguna de su veracidad, en usurpaciones, como la reciente Fiesta de la Cruz, y en falsificaciones, como la famosa Donación de Constantino.)

Debido a las características del terreno, la construcción de esta basílica fue bastante complicada. Tan complicada que la supuesta tumba de San Pedro quedó situada debajo del altar mayor, pero en un pozo de considerable profundidad. No obstante, con grandes habilidad y sutileza, los arquitectos habían dejado un hueco para la visita de los fieles, aunque tan reducido que éstos sólo podían asomar la cabeza. A pesar del evidente timo, las peregrinaciones para visitar la tumba de San Pedro no dejaban de crecer, año tras año. Por otra parte, a medida que ganaban poder, los cristianos de Roma ganaban también riqueza y se olvidaban un poquito más del evangelio. Así es que, en el siglo VII, la puerta principal de la basílica se forró con quinientos kilos de plata, el mismo metal con el que forraron también la supuesta tumba de San Pedro. Menos de cien años más tarde, la plata fue sustituida por oro, con el que labraron también las imágenes que aparecían en los altares, en sustitución de las paganas, cuya destrucción habían perseguido los cristianos con enorme saña. A comienzos del siglo IX, Roma, como queda dicho más arriba, sufría una tremenda decadencia, pero el edificio en el que se encontraba la tumba de San Pedro, contenía un tesoro inmenso, incalculable, en oro, plata y pedrería.
Como no podía ser de otro modo, tal concentración de riquezas despertaba la ambición de muchos para apoderarse de ellas. Y esto, precisamente, es lo que hicieron en tiempos del papa León IV (847-856) los musulmanes que ocupaban Sicilia y que, desde aquí, hacían incursiones depredadoras por la península italiana. En una de ellas, ascendieron por el Tíber y saquearon enteramente la basílica, que carecía de la más mínima defensa. Sin embargo, no resultó un quebranto demasiado grande para el papado, andando el tiempo, la vieja basílica sería sustituida por la que sigue existiendo hoy, la gran Basílica de San Pedro, cuyas riquezas, sólo en pinturas multiplican en mucho las anteriores. La pretendida tumba del apóstol, se encuentra en las Grutas Vaticanas, bajo el altar papal.

Fuentes.- Los malos papas.- E.R.Chamberliu
Guía de Italia.- Anaya
Historia de Italia.- Christopher Duggan

Imágenes: Internet 

domingo, 24 de abril de 2022

LAS DOS VENTANAS

En el año 2010 el científico madrileño Francisco José Ayala Pereda recibió el premio Templeton, dotado con un millón de libras esterlinas. Ya sabemos, porque la tratamos en la entrada de este mismo blog El valor de la oración que la Fundación Templeton, fundada por el multimillonario archiliberal del mismo nombre, tiene como una de sus dedicaciones principales la puesta en valor de la religión, por tanto, el premio, entregado nada menos que en el palacio de Buckingham por el duque de Edimburgo, prueba de su importancia, más allá de la enorme dotación económica, se concede a la persona que desde el campo de las ciencias realiza una aportación sobresaliente al reconocimiento de la dimensión espiritual de la vida.
Nacido en Madrid en 1934 y nacionalizado norteamericano, aunque sin dejar de ser español, el señor Ayala, exdominico, es una eminencia mundial en el campo de las ciencias biológicas, ostentando la consideración de pionero en las investigaciones de organismos unicelulares causantes de numerosas enfermedades, estudios que se realizan con la idea de remediar la malaria y otras dolencias de semejante o de mayor gravedad. Es también un especialista en evolución, territorio en el que se le considera neodarwinista.
Pues bien, con motivo de la consecución de este premio, cuyo importe donó íntegro a la Universidad de California en la que impartía clase por aquel entonces, el diario el País le hizo una entrevista en la que a la pregunta: ¿Cómo casa la ciencia con la religión?, Ayala respondió textualmente: "La ciencia y la religión son dos ventanas para mirar al mundo. El mundo al que miran es el mismo. Pero lo que se ve desde las ventanas es completamente diferente. La religión trata del significado de la vida y de los valores morales y la ciencia trata de explicar la composición de la materia y el origen de los organismos. Son áreas distintas, pero no reñidas. Es posible mantener una posición científica y ser religioso."
En su conjunto, la entrevista era breve pero enjundiosa, al menos esa parecía ser la intención del periodista. No obstante, ya se sabe lo que es una entrevista de este tipo, tanto periodística como radiofónica o televisiva, y se sabe que en ellas el entrevistado de turno, generalmente consciente de lo reducido del espacio o del tiempo, trata de resumir al máximo su pensamiento, ofreciendo respuestas extremadamente sintéticas. Aún así, causa verdadero asombro el aplomo y la seguridad con los que el señor Ayala respondía al preguntador. Una respuesta que coincide puntualmente con la que desde hace ya tiempo ofrecen también las autoridades religiosas, especialmente las católicas, cuya religión es la predominante en nuestro país. Y causa asombro porque, de ser cierta, la afirmación de don Francisco Ayala habría resuelto un problema de conciencia que, aunque no deja de venir a menos, sigue teniendo su importancia para un número pequeño, pero no insignificante de científicos y, en general, de creyentes de buena fe. Sin embargo, o el señor Ayala resume demasiado su pensamiento, o el periodista cortó la respuesta por donde le pareció, hechos ambos perfectamente posibles y a menudo incluso unidos, o el científico madrileño no digo yo que mintiera, pero, desde luego, no decía la verdad.
A mí, al menos, los curas que me enseñaron lo que era la religión, entre los que hubo sacerdotes seculares, jesuitas y dominicos, no me mostraron jamás ventana alguna a través de la cual descubrir el significado de la vida, sino algo mucho más seco, cortante, prosaico y, hasta en muchos aspectos, angustioso. El término religión procede del verbo latino religo, religas, religare, que viene a significar unir, atar y expresa la hipotética o la pretendida unión del ser humano con Dios. En nuestro caso, es decir, en el de un español de la España de entonces, franquista, católica, apostólica y romana, la unión era con el Dios de la Iglesia católica, el único verdadero, como bien se sabe. Y esta unión sólo podía alcanzarse, en primer lugar, mediante la aceptación de un conjunto de dogmas de fe; en segundo lugar, a través de la oración, del arrepentimiento de nuestros pecados y de su correspondiente expiación y, en tercer lugar, con el reconocimiento de nuestra insignificancia y vulnerabilidad.
Pero el asunto no se quedaba en estos puntos, que podían cumplirse de una manera exclusivamente individual, sino que la religión exigía el culto colectivo a Dios, actividad que se realizaba a través de una serie de ritos que, en el caso de la Iglesia católica se encontraban, y se encuentran, perfectamente sistematizados, y con los cuales los participantes mostraban su veneración a Dios, así como el temor que les producía. El cuadro de la unión se completaba con una serie de normas morales establecidas de una vez y para siempre y de obligadísimo cumplimiento.
O sea, que no sólo no había ventana alguna, sino que, aunque las formas externas no hayan tenido más remedio que suavizarse, de lo que se trataba es de una cárcel, de una cárcel hermética y asfixiante, en la que lo que se encontraba y se encuentra, es un desprecio absoluto a la razón, por más que pseudosesudas mentes, como por ejemplo, las de Agustín de Hipona o Tomás de Aquino echen mano de la filosofía con la pretensión de demostrar lo indemostrable, olvidando, además que el término filosofía significa amor a la sabiduría, nada que ver, por tanto, con la fe, que es creer sin comprobación de los hechos o los seres en los que se cree.
Pero, además, cuando detrás de uno, que para colmo es sacerdote (el sacerdote no deja de serlo nunca, aunque cuelgue la sotana o el hábito o sea suspendido por parte de sus superiores), cuando detrás hay una historia de más de dos mil años en la que se han practicado toda clase de tropelías en nombre, en defensa o con el apoyo de la religión y en tantas ocasiones encabezadas y dirigidas por las propias autoridades religiosas, todo el mundo, pero mucho más una persona docta como don Francisco Ayala debería tentarse la ropa antes de hablar y tener un enorme cuidado con lo que se dice. Porque cómo se puede afirmar que ciencia y religión no están enfrentadas, sino que son dos maneras de mirar el mundo cuando se sabe, porque se sabe y, por supuesto, don Francisco Ayala lo sabía, que la ciencia no se ha inmiscuido jamás directamente en el terreno de la religión, en tanto, a lo largo de la Historia la religión y, en concreto, la religión cristiana, que es la que pesa sobre nosotros, y de manera especial el catolicismo, siempre, pero siempre, siempre, ha estado en contra de la ciencia y lo sigue estando hoy, en pleno siglo XXI, aunque lo disimule y haga como que acepta lo que no ha tenido más remedio que aceptar. No es necesario mencionar el archiconocido caso de Galileo, la Iglesia se oponía en su momento a la construcción de canales de riego o de navegación, con el argumento de que los ríos eran obra de Dios, tal cuales eran, y que de haber creído necesarios los canales Dios los habría creado. Y estuvo en contra de la vacuna de la viruela, la primera que se consiguió de una serie que, además de la viruela, erradicaron enfermedades tan dañinas como el sarampión, la varicela, la tosferina, las paperas, el tétanos, etc. algunas de ellas mortales. Esto por poner sólo un par de ejemplos históricos, porque al día de hoy la Iglesia sigue oponiéndose a la utilización a los anticonceptivos, conseguidos mediante la ciencia y que ha propiciado la libertad sexual, muy especialmente de la mujer; se opone a la investigación mediante células madre; a la investigación mediante el uso de embriones fallidos; a la fecundación humana controlada para conseguir un bebé con capacidad para superar la enfermedad incurable y mortal de un hermano anterior. Por oponerse se han opuesto hasta al parto sin dolor, porque, según la Biblia, Dios condenó a la mujer a parir a sus hijos con dolor.
Siempre, siempre, siempre, la religión ha intentado y sigue intentando estar por encima de la ciencia, acallar a la ciencia, aplastarla. O qué hacía Juan Pablo II condenando el preservativo en África en los momentos de mayor virulencia del Sida. Y lo ha hecho y lo hace con conocimiento de causa, sabiendo que muchos, por no decir la mayoría de los avances científicos, desmontan una nueva pieza del irracional entramado que la sostiene y, por tanto, pone el destino del ser humano en sus manos y en su conciencia. Es decir, no ha habido ni hay inocencia alguna por parte de la religión, de la jerarquía religiosa, para ser más exactos, que es, en definitiva, la que marca la pauta y controla al rebaño.
En este sentido, bien podría el periodista haberle preguntado al señor Ayala por qué abandonó el convento y acabó incluso casándose en 1986, si no fue porque la religión es un auténtico dogal que acaba asfixiando a todo científico que pretende seguir adherido a ella. Quizás hubiera puesto en un aprieto al entonces flamante premio Templeton. Y es que las dos ventanas mencionadas no han existido jamás, porque descubrir el origen de los organismos, como don Francisco sostenía y, sin duda, sostiene, descubrir el origen de los fenómenos, de la tierra, del universo, es también, inexorablemente, descubrir "el significado y el propósito de la vida", que el científico madrileño adjudicaba a la religión. Pero, con serlo, lo importante no es realmente eso; lo importante es que el instrumento del que la ciencia se vale en su camino es la razón y, si me apuran, también la imaginación, pero siempre pasada por el tamiz de la razón, en tanto la religión... ¿alguien ignora a estas alturas de lo que se vale la religión?

viernes, 15 de abril de 2022

VIENES SANTO

Viernes Santo. A mi madre no le gustaban las procesiones de Semana Santa, decía que eran un teatro siniestro y hasta infame. 
El catolicismo, que es la religión dominante en nuestro país, tiene tres características que lo diferencian profundamente del resto de las religiones: es absolutista, es decir, afirma poseer la Verdad absoluta, la única verdad real que existe en este mundo; es exclusivista, o lo que es lo mismo, rechaza como falsas a las demás religiones; y es universalista, tiene la pretensión de abarcar la totalidad del mundo y, por tanto, de imponer sus dogmas a todos sus habitantes. Estas características, especialmente la última, supone que los católicos se sientan superiores a los no creyentes o a los creyentes de otras religiones y, por tanto, con derechos de los que los demás carecen.
Para empezar, el derecho a diferenciar sus imágenes de las de los griegos y romanos, a las que ellos llamaron despectivamente ídolos y que tan fieramente procedieron a erradicar, cuando entre aquéllas y éstos no hay más diferencia que la cara dura de los que sostienen que sí la hay.
Mi madre era analfabeta, pero no tonta. A la edad en que los niños empezaban a ir a la escuela, ella tuvo un destino de lo más cruel. Había nacido en Úbeda en 1911 y en Úbeda vivió su infancia y su adolescencia. Su padre, mi abuelo Felipe, era un pequeño agricultor, dueño de unas fanegas de tierra no lejos de la ciudad dedicadas al olivo, pero en la que cultivaba también algo de trigo y de maíz para las gallinas y pavos que criaba y en la que disponía de un pequeño huerto, cuyos excendentes, después del suministro familiar, vendía a fruterías de la localidad. Con tan parco patrimonio lograba el hombre ir criando mal que bien a los seis hijos, cuatro varones y dos hembras, fruto de su matrimonio. Dos o tres años de sequía con sus correspondientes nulas cosechas pusieron a mi abuelo en manos de prestamistas y, al final, no tuvo otra salida que malvender la finca y cambiar de actividad.
A mí madre le parecía casi monstruoso que se pudieran pasear por las calles las imágenes de un hombre zaherido por sus verdugos y agonizante y muerto en una cruz, y de una mujer, su madre, traspasada de angustia. Y le producía un enorme escándalo que se montaran sillas y más todavía palcos en los que el señorío de la ciudad pudiera disfrutar del espectáculo con toda comodidad, como si de una función teatral se tratara.
No sé de dónde la venían aquellas ideas a mi madre, que ni mucho menos existían por entonces, en pleno franquismo. ¿Quizás de que había pasado parte de su infancia y su adolescencia en la casa de un seminarista? Yo nunca me atreví a preguntárselo, porque sabía que iba salir por lo cerros de Úbeda, nunca mejor dicho.
¿A qué podía dedicarse un hombre que, sobrepasados los cuarenta años, no sabía hacer nada más que trabajar el campo? Los tiemps eran duros, hablo de la segunda década del siglo pasado, aunque cuándo no han sido duros los tiempos para los pobres. El único camino que encontró mi abuelo fue el de las minas de la Carolina, en explotación entonces. Un campesino en una mina viene a ser algo así como un rosal plantado en un desierto y el hombre no tardó en contraer una enfermedad pulmonar que acabaría con él después de un prolongado sufrimiento.
Mi abuela se quedó sola con sus seis hijos, sin otros ingresos que los muy exiguos de los dos hijos mayores que habían empezado a trabajar como peones de albañil. En estas circunstancias y con el propósito confeso de echarle una mano, su hermana se ofreció a hacerse cargo de una de las niñas por el tiempo que fuese necesario. Mi abuela aceptó y la elegida fue mi madre, la penúltima de sus hermanos, que en aquel momento tenía sólo siete años.
¡Qué mala fue aquella decisión! La señora hermana, tenía una buena casa, grande y amplia, pero la habitación que dispuso para su sobrina fue el hueco de una escalera, donde no había más que un camastro y una silla de anea. Desde el día siguiente a su llegada, mi madre comenzó a sufrir la explotación más miserable que puede hacerse de una criatura. Bajo la férrea vigilancia de su tía, ella tuvo que encargarse de todas las faenas de la casa, excepto cocinar. A diario tenía que fregar los suelos, que eran de ladrillo, como se hacía entonces, de rodillas y rascando con un trapo. Tenía que fregar los platos y mantener en orden la cocina, lavar la ropa, a mano, claro, y planchar; en fin, todo.
La señora no tenía más que un hijo, unos años mayor que mi madre, que por aquel entonces estudiaba para sacerdote en el seminario de Jaén. El marido era tratante de ganado y, como iba de feria en feria, únicamente de cuando en cuando aparecía por la casa. Así es que en ella sólo estaban la señora y su sobrina. Aún así, la señora comía sola, servida por mi madre, que tenía que comer después en la cocina, casi siempre las sobras de su tía. 
¿Por qué no salió corriendo mi madre de aquella casa en cuanto que vio el percal? Porque la tía la fue introduciendo en las tareas poco a poco y, sobre todo, porque tuvo la hábil maldad de inocularle el miedo desde el primer momento, hasta el punto de que cuando su tía y ella iban a ver a mi abuela y ésta le preguntaba a su hija cómo estaba, mi madre siempre respondía que muy bien. Y mi abuela no fue capaz de advertir la seriedad de la niña, la palidez que cubría su cara, su delgadez, por no advetir, no advirtió ni los sabañones que torturaban sus manos tan pronto como llegaba el invierno.
El que sí lo advertía fue el futuro curita, don Cristóbal Herrador Molina, que este era el nombre del que años más tarde sería el medio amo de Linares. El sí que veía perfectamente la explotación y el trato vejatorio a los que estaba sometida su prima, el sí que veía su delgadez y, cuando llegaba en las vacaciones de Navidad, sí que veía los sabañones, ya agrietados, en las manos de mi madre. Lo veía, porque, además de a su madre, también tenía que servirlo a él en la mesa y tenía que lavar y planchar su ropa. Y jamás, jamás, salió de su boca una palabra en favor de su prima. Únicamente mejoraba la situación de la muchachita cuando aparecía su tío político. Entonces, la señora participaba en las tareas de la casa y, entre otras cosas, la muchachita comía con ellos en la misma mesa. Pero mi madre casi temía aquellas apariciones, porque, cuando el tratante de ganado se iba, las vejaciones de la señora se acentuaban, se sucedían las broncas por cualquier minucia y hasta llovía alguna que otra bofetada.
Aquel calvario concluyó cuando mi madre cumplió diecisiete años. Sólo entonces encontró el valor necesario para escapar de casa de su tía y regresar con su madre, que para colmo no vivía nada lejos. Poco después la famllia se trasladó a Córdoba, donde los dos hijos mayores podían encontrar mayor estabilidad en su trabajo. Pero, al vivir tanto tiempo apartada de ellos, mi madre fue ya siempre el patito feo entre sus hermanos. 
Semana Santa. Viernes Santo. Pensar no sólo cuesta, sino que también duele. Al pensar caemos en la cuenta de cosas que nos conmueven, que nos inquietan e incluso que nos dejan sin el basamento que hasta entonces sustentaba nuestra vida. Pensar duele y los seres humanos tendemos a huir del dolor. Mi madre era analfabeta, pero pensaba. A leer y a escribir la enseñé yo allá por mis trece años. No era muy religiosa, pero sí creyente. No obstante cuando aprendió y consiguió leer con soltura, siguieron sin gustarle las procesiones de Semana Santa. No entendía que las autoridades eclesiásticas permitieran aquel derroche de platas y de oros y aquel exhibicionismo de pìedad y de penitencia, que siempre le parecieron falsas. ¿No había pedido Jesús a sus seguidores que no hicieran como los fariseos, que se ponían en el centro del templo a darse golpes de pecho y pedir a gritos piedad?, le oí comentar más de una vez a una vecina que pensaba más o menos lo mismo que ella.
No, a mi madre no le gustaba la Semana Santa. Y eso que la pobre mía no llegó a ver la parafernalia de verdaderos lujos que ofrecen hoy pasos e imágenes, la parafernalia de los costaleros, de las estrambóticas carreras oficiales o de cómo el acontecimiento se ha convertido exclusivamente en un espectáculo turístico, en el que cuentan, sobre todo, el número de pernoctaciones en los hoteles y los salmorejos y flamenquines que se sirven en los restaurantes.

Imágenes: Pinturas de Pablo Picasso.

miércoles, 6 de abril de 2022

EGOTISMO

El egotimos es la caracteristica o propiedad que tiene una persona, hombre o mujer, que en el noventa y cinco o más por ciento de las ocasiones sólo habla de sí mismo y/o de sus cosas.
El egotismo está cerca del egoísmo, aunque, dado que al egotista no le interesan los bienes ajenos, ni tangibles ni intangibles, puede en muchas ocasiones mostrarse o aparecer como generoso. Lo que sí es cierto es que el egotismo es bastante más sutil que el egoísmo y, aunque parezca contradictorio, también más ostensible. El egoísta puede serlo perfectamente en la sombra, calladamente y, por tanto, pasar desapercibido, al menos por un tiempo; al egotista, en cambio, se le descubre enseguida, por lo que no pasa desapercibido jamás.
Salvo los niños, que son inocentemente egoístas, el egoísmo se practica siempre con plena consciencia de lo que se hace. El egotista, por el contrario se despreocupa de los demás generalmente de forma inconsciente. Esta circunstancia, que puede advertir fácilmente todo el que tenga contacto con un egotista, dificulta, cuando no impide por completo, el reconocimiento por parte del egotista de lo que no deja de ser un defecto. Y bastante grave.
Usted, señora, pongamos por caso, va a la peluquería y, siguiendo la recomendación de su peluquera, cambia su corte de pelo, su color y su peinado, de modo que transforma radicalmente su aspecto. Ahora está usted más guapa, qué duda cabe, pero, sobre todo, mucho más llamativa. De hecho, en el camino de la peluquería a su casa se ha cruzado con varios vecinos y conocidos y todos, tanto hombres como mujeres, la han felicitado, y todos  parecían sinceros.

Sin embargo, cuando llega usted a su casa, su marido no sólo no le hace ni un comentario, sino que, aficionado como es al aeromodelismo, se pone a enseñarle el último modelo de avión que está construyendo, explicándole uno a uno todos los pasos de la construcción y cómo espera que vuele.Y, todavía, en el colmo de los colmos, si usted muestra algún síntoma de hastío, cansada como está de tantas peroratas más o menos como aquella, el elemento va y dice: "Te aburres, ¿verdad? Es que nunca me prestas atención porque no te interesa lo que yo hago, si me la prestaras seguro que no te aburrirías."
O, al revés: usted, caballero acude al psiquiatra porque hace tiempo que padece insomnio y no duerme más allá de dos o tres horas diarias y cuando vuelve, su señora aficionada a los gatos, de los que tiene dos en la casa, no le pregunta absolutamente nada acerca de cómo le ha ido, porque fue usted sólo, sino que le cuenta con todo lujo de detalles que uno de los gatos, el negro con una mancha blanca en la frente, al que llama con el originalísimo nombre de Miau, le cuenta que lo ve triste desde aquella mañana y que tendrá que llevarlo al veterinario, no fuera a ser que el animalito estuviera entrando en una depresión y bla, bla, bla... Imparable. Y pasa un día y pasan dos y usted empieza el tratamiento que le recetó el psiquiatra y aquello parece que funciona y ya, de repente, en lugar de estar despierto y deambulando por la casa dos o tres o cuatro horas antes que ella, duerme usted como un tronco cuando su señora se despierta y ella ni se extraña ni nada, ni siquiera se para a pensar que a lo mejor está usted muerto y se ha librado de su verborrea, sino que se pone a juguetear con Miau, que se ha pasado la noche en la cama. Y cuando al fin usted se despierta, lo que te dice es: "Mira, dormilón, lo contento que está ahora Miau, se ve que lo que le mandó el veterinario le está haciendo efecto. ¡Qué alegría!, ¿no?" Y bla, bla, bla de nuevo, hasta que te sales de la cama con la cabeza como un bombo y acordándote ligeramente de más de uno de sus antepasados.
¡Egotismo! El egotista es aquel individuo que te encuentras por la calle después de un buen puñado de años y nada más verte, te coge del brazo y se lanza: "Hombre, Blas, a ti tenía yo ganas de verte. ¿Sabes?, el día tal y tal, a tal hora y en tal sitio inauguro una exposición de mis pinturas de los últimos cinco años (hace más de diez que no lo ves) Son cuadros completamente nuevos y con un estilo nuevo también, porque ya estaba cansado de pintar siempre... y bla, bla, bla, bla, bla, bla... Como si hubieras tomado café con él cualquier día de la última semana. Y tú tratando de meter baza para interrumpirlo y salir pitando. Inútil empeño, porque el fulano ni te mira, habla y habla de sí mismo y de lo que hace como un robot al que hubieran programado para no parar hasta que se le agotara la bateria. Y cuando tú, mandando la educación al carajo, estás a punto de estallar, va el nota, que ni siquiera se da cuenta de tu estado, y remata: "Bueno, que te espero en la sala , ya sabes, el próximo viernes a las 8,30 de la tarde, de la tarde, no se te vaya a ocurrir presentarte por la mañana, que ya sabemos que tú con tu insomnio duermes menos de lo que para el tren en Villarrubia, el viernes, que no se te olvide." Y el tipo sale pitando sin decirte ni adiós, mientras a ti se te queda una cara de imbécil que ni a pasar delante de un escaparate te atreves, no vaya a ser que se te ocurra mirarte en la luna.
De corazón te lo digo, si eres uno de los amables lectores que se acercan a este blog y lees esta entrada: que el destino te libre de un o una egotista, porque como lo o la tengas cerca, no digamos ya en la misma casa, terminarán agriándosete hasta los isquiotibiales.

lunes, 28 de marzo de 2022

LEÓN BLOY

Nacido en Perigod, departamento de Dordoña, región de Nueva Aquitania, en 1846, y muerto en París, en 1917, León Bloy es uno de los mejores escritores de Francia. También es el más panfletario, reaccionario, despreciativo, solipsista, egotista, insultante y sobre todo, fiero católico, calificativo que explica todos los anteriores. A mí no me cabe duda de que gente como esa de Hazte Oír, los Abogados Cristianos y toda esa hez de extrema derecha, que en realidad, es fascismo puro, se inspiran y están fuertemente influidos por este engendro de la naturaleza humana que, entre otros, fue muy amigo del célebre filósofo Jacques Maritain, quien, protestante, se convirtió al catolicismo, junto son su mujer, la judia de origen ruso Raissa Oumansoff, por influencia de Bloy, que fue padrino en el bautizo de los dos. No obstante, dada la evolución de Maritain en muchas de sus ideas, pero, sobre todo, en su inclinación por la democracia, lo más probable es que dicha amistad se hubiera roto abruptamente, de no haber muerto Bloy en 1917.
Hijo de padre masón y volteriano, León prefirió seguir, superándola con creces, la senda de su madre, devotísima católica o, lo que viene a ser lo mismo, reaccionaria socialmente hasta el mismísimo tuétano. Esta circunstancia puede comprobarse leyendo los diarios de don León, editados en España por la editorial Acantilado, aunque esta lectura suponga pasar del asombro al pasmo, del rechazo al asco, del espanto al horror. Página tras página uno no puede dejar de preguntarse cómo es posible que puedan existir tipos como éste y cómo, aunque no con su capacidad literaria y, desde luego, mucho más hipócritas, que es decir, los tengamos hoy en España y hasta estén entrando en gobiernos regionales y puedan llegar a formar parte del central. La respuesta a esta pregunta causa escalofríos, porque pone de relieve de una parte el grado de degeneración moral al que puede llegar el ser humano y, de otra, la enorme ignorancia que padecen tantísimas personas acerca de la Historia, así como de lo que significan realmente determinadas posiciones religiosas y políticas.
Nuestro caballero se define diciendo: "Soy un hombre de lo absoluto, un hombre que afirma (ojo, no que cree, sino que afirma) que Dios existe, que se hizo hombre y que no hay verdad fuera de la Iglesia." Y completa su definición añadiendo: "Soy el yunque de Dios, que me hace sufrir porque me ama, lo sé muy bien" (12-11-1985). Una definición que a lo largo del diario va precisando con declaraciones como las que siguen: "El trabajo es la oración de los esclavos. La oración es el trabajo de los hombres libres." (23-3-1899); "El ejercicio de la libertad consiste en despojarse de la propia voluntad." (1-1-1898); "Debe ser un consuelo para Dios y sus santos ver sufrir tanto a un alma desde las primera horas del día."
De esta sencillas expresiones, en las que no hay ni pizca de ironía, no es difícil deducir las dos características principales que adornan a León Bloy. La primera de ellas es el desprecio, muchas veces odio puro, que siente hacia todo el que no piensa como él. Para empezar, hacia la práctica totalidad de los escritores franceses, pero también de otros países. Así, no traga a Cervantes ni a su Quijote, porque don León es un potente defensor de la caballería andante, de la que Cervantes se burla. Tolstoi es el "cretino moscovita"; Ibsen es "un gorila escribiendo la palabra fatalidad"; Poe, "una boca poblada por un mostacho de serpientes". Y en cuando a los franceses, verdadero odio manifiesta abiertamente hacia Émile Zola, al que llama: "idiota, sucio y envilecedor, especialmente tras la publicación por parte de Zola de su novela Lourdes, en la que el escritor naturalista parisino critica con energía el lucrativo negocio que la Iglesia tiene montado en el santuario de las célebres apariciones de la Virgen. Tanto a la novela como a su autor los pone Bloy de hojita de perejil, para decirlo llanamente, en un artículo que lleva el significativo título de "El cretino de los Pirineos."
Para Monsieur Bloy, Renan es "un Platón aburrido delate de una puerta donde está escrito: "Hay alguien"; Stendhal tiene "cabezas de muerto revoloteando por encima de un corazón de cerdo"; Rimbaud es "un aborto que alivia sus penas al pie del Himalaya"; Baudelaire ofrece "algunos trazos del infierno sobre un trono espléndido, (así como) un tarro de tinte para el pelo acompañado de un pincel"; los hermanos Goncourt, cuyo nombre ostenta el premio literario más importante de Francia, son para Bloy "dos chamarileros unidos por una membrana." 
Salvo media docena de meses en su juventud, don León no tuvo en su vida otro trabajo que el literario, tan azaroso y en muchas ocasiones poco o nada lucrativo, así es que con semejantes cartas de presentación como las expuestas más arriba, no es extraño que tuviera grandes dificultades para publicar y, seguidamente, que sus libros apenas tuvieran compradores, situación de la que don León se queja amargamente en numerosas ocasiones.
Precisamente, de este hecho deriva la segunda de sus características: León Bloy es, por encima de todo, un pobre, pero no un pobre cualquiera, sino el pobre más pobre de todos los pobres de Francia y de la mayor parte del extranjero, un auténtico pobre pedigüeño, en su más sencilla y a la vez amplia expresión. No son pocas las ocasiones en que se vio con la soga al cuello, aprieto del que, "milagrosamente", lo salva, según cuenta en los diarios, alguno de sus amigos. Sus quejas y lamentos son constantes, amargos, lacrimógenos, pero también de una soberbia que no ha sido suficientemente valorada, al repetir una y otra vez que este sufrimientos es un designio de Dios porque lo ama, a él, a León Bloy y, aunque no lo diga expresamente queda dicho entre líneas, a León Bloy en exclusiva.
Y dentro de esta característica es ineludible incluir la tremenda, la casi brutal hipocresía que adorna la figura de Monsieur León. Porque, en efecto, Bloy es pobre, pero un pobre muy especial, con clase, con mucha clase. Todo pobre que no haya perdido la conciencia de serlo desprecia más al burgués que al millonario, pero Bloy no sólo lo desprecia, sino que, cristianamente, católicamente, lo odia de todo corazón. No son pocos los ejemplos que pueden citarse al respecto en sus diarios. Así, el 26-12-1905 escribe: En Rusia los matan a millones (a los burgueses, claro). Esperemos que esta reforma se extienda al resto de Europa", brutal expresión que no tiene nada de metafórica.
Es también don León, y esto sí que tiene gracia, un pobre al que no le faltan las criadas. ¡Y cómo habla de ellas! Exactamente como el burgués del que deseaba su exterminio, su anatema, que es lo mismo, pero queda más bíblico, esto es, más cristiano. El 3-4-1899 afirma: "Estamos disgustados a causa de una sirvienta. Es la eterna historia con estas criaturas en todos los países del mundo. Es un error moderno creer que los individuos destinados a servir puedan ser elevados sobre su nivel por las consideraciones, la bondad y la paciencia. Es harto cierto que hasta la venida (se supone que de Cristo) que renovará la faz de la tierra, los hombres en general deben ser gobernados con palo, sea este un garrote de jefe de bandoleros o una cruz episcopal." Como se ve, la caridad católica en su más alta expresión. Junto a la ninguna vergüenza, pero ninguna, ninguna.
El 26-1-1901 escribe: "Espantosa escena con nuestras fregonas (ahora no tiene una, el pobretón tiene dos.) Hubo que esperar hasta la noche y soportar sus continuas injurias porque faltaban unos céntimos para pagarles." (El pavo se mosquea, porque las mujeres que le quitan la mierda en su casa quieren cobrar. Claro, don León no tiene donde caerse muerto, en cambio las señoras fregonas son, sin duda, millonarias) El 26-10-1903 comenta: "A propósito de una criada haragana como todas. Ya no hay servidores en una sociedad que deja de reconocer a Dios como su señor."
Todo el que haya estado un poquito atento habrá tenido oportunidad de escuchar comentarios más o menos idénticos a estos en gente como la Olona, la Ayuso, la Monasterio, la Gamarra, la Aguirre y tantas y tantas señoronas de nivel y misa dominical, Y es que don León era pobre, pero un pobre señor, un pobre de categoría. Por eso, entre otras cosas, no le falta su veraneo lejos del insalubre París veraniego de la época, y no un veraneo de quince días, que ese es propio de ricachos, sino de tres meses, tres, TRES. A este respecto el 29-6-1912 escribe que, como de costumbre, está tieso, por lo que, para sufragar su veaneo, se ve obligado a venderle a un librero de viejo ochocientos (800) ejemplares de su obra "La salvación por los judíos", que conservaba en su casa porque no se habían vendido y Monsieur Bloy se queja amargamente de que el librero sólo le da 400 francos, es decir, 0,50 francos por ejemplar, cuando, según Bloy, él los vendería a 3 francos por lo menos. Pero el bellaco de don León calla que el librero los venderá, si los vende, de uno en uno y necesitará bastante tiempo para hacerlo.

Don León Bloy, que odia por igual a burgueses, protestantes, alemanes e ingleses, de quienes afirma que son la peste del mundo, es un pobre tan pobre que, según informa el 17-10-1915, alquila una nueva casa con jardín y frutales, contrata una nueva criada y el carpintero acude a ¡colgar unos cuadros!, dificílisima tarea que el nota no está capacitado para realizar por sí mismo. Y como pobre y buen católico que es, sus niñas, tenía dos, no pueden quedarse sin veraneo con otras jovencitas y lo que es más católico y más de pobres aún: ¡no pueden ir a una escuela de hijas de obreros!
La miseria moral del individuo no puede ser mayor y aparece una y otra vez a lo largo de los diarios, ¿pero a qué seguir? Don León, como se ve, era un católico acérrimo, creía firmemente en las apariciones de la Virgen en la Salette, pueblecito de los Alpes, y en los furibundos mensajes llenos de terribles amenazas transmitidos por la Madre de Dios a unos pastorcillos (por cierto, cuando se le aparecerá esta señora a un musulmán, a un japones taoista, a un chino o a un hindú, por poner algunos ejemplos); está totalmente en contra de la anestesia en los partos (27-6-1908) así como de la democracia, que para él es cosa de degenerados, como anota el 27-9-1902; por supuesto, está en contra también de los Derechos Humanos, de acuerdo con su anotación del 8-6-1913; pretendió que la Iglesia hiciera santo a Cristóbal Colón, porque según él era el precursor del Espíritu Santo, y era admirador ferviente de Napoleón, acerca del cual escribió un libro laudatorio hasta las babas.