jueves, 2 de diciembre de 2021

EL AUTO DE FE


 Una vez concluido el proceso inquisitorial con la confesión del acusado, arrancada en la práctica totalidad de los casos bajo tortura, como se detalla en una entrada anterior, el reo volvía a su celda, a la espera de sentencia, que rarísima vez era absolutoria. Dictada la sentencia, el ahora condenado no abandonaba la celda, sino que debía aguardar a la organización de lo que se llamaba Auto de Fe, una ceremonia pública que fue ganando teatralidad y espectacularidad desde el primero, que se celebró en Sevilla en 1481, famoso por el cuadro que de él pintara Berruguete, presidido por Santo Domingo de Guzmán, hasta los que se celebraron a lo largo del siglo XVIII.

¿Pero en qué consistía exactamente el Auto de Fe? Ni siquiera con la sentencia se daba por satisfecha la Inquisición, era necesario que el reo proclamara públicamente su culpa y que públicamente recibiera su condena. Salvo los condenado por asuntos insignificantes, los menos, cuyo sentencia se comunicaba en las mismas dependencias de la Inquisición, en lo que se llamaba un Autillo, en publico confesaban tanto los reconciliados como los relapsos y los condenados directamente a muerte. Conviene decir aquí que reconciliados eran todos los que, tras abjurar de sus errores y arrepentidos de ellos, regresaban al seno de la Iglesia. Había tres tipos de abjuración: de levi, para los que solo se tenían leves sospechas de herejía, como, por ejemplo, los bígamos y los blasfemos
; de vehementi, para los que se estimaba que eran heréticos, aunque no muy gravemente, como los que no comían cerdo o no asistían a misa; y en forma, para los claramente judaizantes, que fueron los más perseguidos al principio, o para las brujas, más tarde, o para los iluminados o los erasmistas y protestantes, después, y eran declarados formalmente culpables. Ninguno se libraba de su condena: los de levi, una multa o una penitencia, como peregrinar a un lugar sagrado a recluirse por un tiempo en un convento; los de vehementi, destierro, flagelación pública, galera o prisión;  finalmente, la condena de los últimos consistía en ser relajados, es decir, entregados al brazo secular, que era quien publicaba y ejecutaba la sentencia: muerte en la hoguera. 

En este hecho, precisamente, que no revela más que la abrumadora hipocresía de la Inquisición y, por extensión, de la propia Iglesia, son legión los historiadores que sostienen que al ser el de la Inquisición un tribunal eclesiástico, sus jueces  no condenaban a muerte, sino que esta condena la dictaba la autoridad civil. Pero demás sabían unos y otros que el relajado iba directamente a la hoguera. Y hay bastantes pruebas que lo certifican, pero bastan los trozos de leña que figuraban en una Cruz Blanca que sacaban en procesión y que representaba la que iba a utilizarse en quemar al relajado. La realidad es que quienes torturaban y condenaban eran los clérigos, aunque físicamente tanto la tortura como la condena a la hoguera la realizaran y materializaran laicos. Lo demás es mentir, que es lo que hacen esa caterva de historiadores, muchos de ellos ocupando cátedras en nuestras universidades.
El Auto de Fe consistía exactamente en una procesión que se organizaba desde la cárcel de la Inquisición hasta el lugar en el que los reos procederían a confesar sus delitos y a recibir oficialmente su sentencia, lugar que, aunque al principio era la iglesia mayor de la localidad en la que se celebraba el Auto, casi enseguida fue la plaza más importante. A tal efecto, los preparativos comenzaban con un mes de antelación, porque lo primero que se hacía era levantar un estrado en el que irían las autoridades y otro en el que estarían los reos. El día anterior al Auto, en una primera procesión, trasladaban al lugar una cruz verde, que constituía, agarrémonos, un símbolo de misericordia y de esperanza. Allí permanecía hasta el día siguiente vigilada por familiares de la Inquisición y por una guardia de soldados.


El Auto de Fe se celebraba siempre en domingo, para que pudiera asistir el mayor número de público, parte del cual llegaba de las localidades aledañas, pues durante el mes de preparación se había ido realizando una intensa campaña de publicidad del mismo. Y es que, aunque mediante el Auto de Fe, las autoridades eclesiásticas afirmaban pretender la salvación del alma del condenado, la realidad era que lo que realmente se buscaba, en connivencia con el poder político, era el mantenimiento del orden público, atendiendo a la idea de "un estado, una religión", por lo que se procuraba inculcar el temor y aún el horror en los concurrentes y que, más que de ejemplo, las ejecuciones les sirvieran de aviso.
 Lo dice textualmente Nicolás Eymerich en su Manual del Inquisidor: "conviene que una gran multitud asista al suplicio y a los tormentos de los culpables a fin de que el temor les aparte del mal." 
El domingo señalado, a las tres de la mañana, se despertaba a los condenados, que habían sido reunidos de distintos tribunales más o menos cercanos, y se les vestía, a unos, los de delitos más leves, con la coroza, gorro de papel semejante a la mitra de los obispos y, a los de delitos más graves, además con el sambenito, especie de gran escapulario, semejante a una casulla, con una cruz de san Andrés y, en ocasiones, con figuras del demonio; se les daba el desayuno, y a las cinco de la mañana la procesión se ponía en marcha por un itinerario previamente anunciado y que a aquella hora ya estaba abarrotado de un público expectante y amenazador.
Se procuraba que asistieran las autoridades del lugar y la más alta llevaba la Cruz Blanca, a la que hemos hecho mención más arriba, seguida del estandarte de la Inquisición. Luego iban los reos, soldados vigilantes, los familiares y oficiales designados de la Inquisición y los correspondientes clérigos. A medida que pasaban, los reos eran injuriados hasta gravemente por el público. Llegados al lugar de la celebración, se procedía a oficiar una misa solemne y seguidamente se abría una arquita a propósito en la que se guardaban las sentencias y se le leían a los reos, a cada uno de los cuales se les asignaban dos religiosos, con el propósito de que consiguieran su abjuración, pues aquel y no antes era el momento en que debían hacerlo. Los condenados a la hoguera también podían abjurar y reconciliarse con la Iglesia, pero esto no los libraba del fuego; lo que conseguían era que los mataran mediante el garrote antes de quemarlos, en tanto, los que se negaban a abjurar, los pertinaces, eran quemados vivos. 
Terminados todos estos actos, que duraban buena parte del día, los condenados al fuego eran trasladados al quemadero, que se encontraba en otro lugar. Allí se quemaba a los presentes, pero también a los ausentes, porque hubieran logrado huir antes de ser detenidos, éstos en imagen, e incluso se quemaban los restos de muertos que habían sido condenados después de morir, o que habían muerto en el curso del proceso, muchas veces sólo un montón de huesos, que era lo que quedaba de ellos.


No tardaron mucho los Autos de Fe en convertirse en celebraciones semejantes a las de los toros o, en aquellos tiempos, a los fuegos artificiales. Como éstos, se organizaban con ocasión de acontecimientos importantes. Así, en 1560, se organizó uno en Toledo para celebrar el matrimonio de Felipe II con Isabel de Valois, al que, por supuesto, asistió el monarca y su esposa (desconocemos el impacto que le causaría el espectáculo a la reina, francesa, aunque Kamen cuenta que a los extranjeros les causaban tanto asombro como repugnancia.)
 En 1564, se organizó otro en Barcelona por la visita del mismo Felipe II para la celebración de Cortes Generales. Al rey macabro, apelativo que le viene como un guante a Felipe II, le encantaban estos actos. Además de a estos dos, asistió al de 1569 en Valladolid; en 1582 en Lisboa, y en 1591 otro más en Toledo. Célebre fue el de 1680 en Madrid, en la boda de Carlos II con María Luisa de Orleans, especialmente por la magnífica pintura que del mismo realizó Francisco Rizi, que puede verse en el Museo del Prado, así como por la relación que de él dejó escrito José Olmo. 
El auto de Fe más brutal, por el número de condenados a muerte, de cuantos se organizaron se celebró en Córdoba el 22 de diciembre de 1504, bajo los auspicios del famoso inquisidor Diego Rodríguez Lucero, apodado Lucero El tenebroso. En este Auto fueron quemadas nada menos que ciento siete (107) personas, muchas de ellas absolutamente inocentes. 

Fuentes:
Historia de la Iglesia Tomo II.- Llorca, Villoslada, Montalbán
La Inquisición española.- Henry Kamen
Historia de la Inquisición española.- H.C. Lea
Los secretos de la Inquisición.- Edward Burman
Historia secreta de la Iglesia española.- César Vidal

Imágenes.- Internet

sábado, 27 de noviembre de 2021

EN EL TIEMPO DE LOS SALONES

 

La Revolución Francesa, que acabó con el Antiguo Régimen y cambió radicalmente las sociedades de buena parte de Europa, no se produjo por un estallido espontáneo de las masas populares, aunque éstas terminaran estallando, sino que, con mayor o menor consciencia de lo que hacían, fue preparada y anticipada por las clases pudientes y por grupos nada insignificantes de aristócratas. Se fue fraguando en los salones más distinguidos y en los cafés, que hicieron su aparición en París hacia 1740, y en este movimiento, de carácter eminentemente intelectual, no fueron pocas las mujeres que tuvieron un importante protagonismo, aunque la historia se haya encargado de mantenerlas en un segundo plano.
Los salones, lugares particulares de reunión de artistas y de pensadores, existían ya desde comienzos del siglo XVII en distintas ciudades de Francia, pero fue en París, a lo largo del siglo XVIII donde se establecieron los más importantes y numerosos. Cabe decir, casi desde antes de nada que desde la invención de la imprenta se había generalizado la lectura y, desde luego en las capas superiores y medias, había desaparecido el analfabetismo en prácticamente toda Europa. La lectura se vio favorecida por la facilidad en la edición de libros y de textos en general, de modo que los que hasta hacía no tanto habían estado a disposición sólo de unos pocos privilegiados, ahora estaban fácilmente al alcance de casi cualquiera. La cultura dio así un enorme paso adelante. Muchos asuntos, cuyo trasfondo pocos conocían, siendo dados por buenos sistemáticamente, fueron puestos en cuestión y estamentos que hasta entonces se habían mantenido bien asentados en la sociedad comenzaron a tambalearse.
Por aquel tiempo, Descartes en Francia, Leibniz en Alemania y Newton en Inglaterra, principalmente, habían establecido principios y leyes nuevos en matemáticas, en física y en filosofía y un nuevo espíritu impregnado de materialismo, que exigía libertad de pensamiento, frente al rigorismo de las normas religiosas, fue progresando y extendiéndose por las capas ilustradas de la sociedad y de éstas hacia las menos dotadas económicamente y de conocimientos. 


La actividad de las mujeres se centró especialmente en la creación y organización de los salones. En este sentido, ellas fueron las principales animadoras de la vida cultural, toda vez que lograban atraer a su alrededor a los más destacados artistas, escritores e intelectuales, no por las posibles belleza o simpatía de la dama, sino por su habilidad para suscitar lecturas y discusiones. Entre los salones más destacados están el de la marquesa de Defflaud, situado en el antiguo convento de las Hijas de San José, en la rue Saint Dominique. En sus casas lo montaron, Julie de Sespinabbe, antigua dama de honor de la anterior; Marie Therese Geoffein y Jean-Françoise Quinault, gran actriz de la Comedia Francesa.
Estas damas solían recibir varios días a la semana, alguno de ellos con comida o cena incluidas, y a sus salones acudían intelectuales de la talla de Diderot, D'Alambert, Mamontes, Reaumur, D'Holbach y hasta el inefable Rousseau, el más conocido de todos, antes que por ser el más valioso, porque la historia y aun la filosofía no sólo ha estado escrita por hombres, sino también por hombres conservadores.


Una mujer destacó poderosamente en este universo, aunque son muy pocos los que la conocen, porque en aquel tiempo, pero también todavía hoy, la mujer sigue siendo considerada inferior al hombre. Se trata de ÉMILE DE CHÂTELET, cuya imagen aparece más arriba. Esta inteligente y brava mujer no formó salón alguno, pero asistía regularmente a ellos, participaba en las tertulias como uno más, tuvo correspondencia con media Europa, entre otros con el rey Federico II de Prusia, al que le escribía: "júzgueme por mis propios méritos o deméritos, o por la falta de ellos, pero no como mero apéndice de esa gran general (su marido) o de aquel reconocido erudito (Voltaire, que fue su amante)"
Gabrielle-Émile Le Tournelier de Bretuil, que este era su nombre de soltera, nació en París en 1706, quinta hija del barón de Bretuil, que fue jefe de protocolo en la Corte de Luis XIV. Como desde muy pequeña mostró una sorprendente inteligencia, recibió una educación nada habitual entre las mujeres de su tiempo y de su clase: Latín, griego, inglés, matemáticas y filosofía.
A los diecinueve años realizó un matrimonio de conveniencia con el marqués de Châtelet, que le doblada la edad, pero con el que llegó a un pacto por el que ella consiguió una muy amplia libertad de movimientos, facilitada por el hecho de que él era militar y pasaba largas temporadas lejos del domicilio familiar. Con él tuvo tres hijos de los que sobrevivieron dos, un niño y una niña. Pero, dada su clase, aquellos niños no coartaron apenas su libertad, porque estuvieron en manos, primero de matronas y, después, de institutrices.


Mujer de carácter fuerte y decidido, su pasión por el conocimiento científico era incontenible. Al respecto, escribía: "Estoy convencida de que muchas mujeres no son conscientes de sus talentos a causa de los prejuicios que les impiden tener carácter intelectual." Aunque algo más adelante, se queja, con un argumento irreprochable: "Siento todo el peso de los prejuicios que universalmente nos excluyen de las ciencias; es una de las contradicciones de este mundo que siempre me han sorprendido, viendo que la ley nos permite determinar el destino de grandes países; sin embargo no existe un lugar donde podamos pensar." Un ejemplo de su carácter lo ofrece el hecho de que como cuando  aparecieron en París los cafés no permitían entrar a mujeres, no dudó ni un instante en disfrazarse de hombre, con objeto de participar en las tertulias que en ellos empezaron a celebrar artistas e intelectuales, muchos de ellos amigos suyos.


Émile de Châtelet escribió mucho, variado y bien: obras de matemáticas, lengua, religión, física y filosofía, mostrando en muchas ocasiones un pensamiento original y creativo, como se pone de manifiesto de manera especial en su "Instituciones de Física", texto en el que se desvinculó de Leibniz y Descartes, pero también de Newton, al que había seguido con anterioridad. En esta obra sostiene que las leyes de la física no podían explicarse por sí mismas, sino que exigían una explicación de orden superior, metafísica. Junto a Voltaire escribió "Elementos de la filosofía de Newtón", algunos de cuyos capítulos son exclusivamente suyos. El propio Voltaire afirma: "Madame de Châtelet tiene su parte en la obra, ella dictaba y yo escribía."
Un ejemplo de lo que hemos hecho los hombres con las mujeres a lo largo de la historia se muestra en que, ante la audacia de terminadas ideas contenidas en "Instituciones de la Física", Émile no se atrevía a publicarla, temerosa de sufrir algún tipo de condena o de represalia, dada su condición femenina. Su amiga Madame de Chambonin, otra ilustrada, la convenció de que la publicara. No obstante, la autora se la dio a leer primero a su antiguo profesor Samuel Koening, el cual, con la mayor desvergüenza, una vez publicada la obra hizo correr el rumor de que era suya y que Émile se había limitado a copiar sus notas. Al final, después de no pocas peripecias, su autoría fue reconocida, siendo alabada por la Sorbona, en la que Émile no sería admitida, y por la Academia de Ciencias de Bolonia, en la que si lo fue.
Se separó de Voltaire cuando ambos decidieron participar en un concurso convocado por la Academia Francesa de Ciencias para estudiar las características del fuego, que por aquel entonces se desconocían. Acodaron hacer la investigación cada uno por su lado y resultó que cada uno obtuvo un resultado diferente. Ninguno de los dos ganó el concurso, pero sus trabajos, de indudable interés, fueron ambos publicados.
Mientras escribía su "Discurso sobre la felicidad", se enamoró del poeta Saint-Lambert, quedando embarazada. Fruto de este amor, en septiembre de 1749 dio a luz a una niña, pero ella falleció pocos días después de fiebres puerperales. Tenía sólo cuarenta y dos años. Aparte del "Discurso sobre la felicidad", había terminado también "Los principios matemáticos de la filosofía de Newton", que sería publicado en 1762.
No obstante, Madame de Châtelet y su obra fueron a parar enseguida al cajón del olvido, apareciendo, si acaso, como una mujer subordina a Voltaire, hasta que casi cien años más tarde la francesa Luise Colet denunció esta manipulación y ocultamiento. Pero la recuperación, no tanto de su obra como de su existencia y de su personalidad, no se produciría, aunque sólo en parte, hasta 1947, cuando la estadounidense Ira O. Wide publicó sus cartas personales.
Al final y refiriéndose a ella algún tiempo después de su muerte, el propio Voltaire cayó también en el estereotipo cuando, tratando de alabar y ensalzar su labor, escribió: "Ella fue un gran hombre cuya única falta fue ser mujer. Una mujer que tradujo y comentó a Newton es, en una palabra, un hombre excelente." Un pensamiento disparatado que, sin embargo, siguen teniendo hoy muchos hombres, más de dos siglos y medio después.

Fuentes:
Historia de la vida privada, tomo III
Historia de las mujeres, tomo III
La aventura de la Historia, número 20, junio 2000
El siglo de la Institución.- Carl Grimberg
Los enciclopedistas.- José A. Pérez, Alex Ord.

Imágenes: Internet.

lunes, 22 de noviembre de 2021

LA ÉTICA DEL ATEO



No acostumbro a leer los prólogos o introducciones de los libros. Sólo los leo si el libro me interesa, pero después de leerlo. Hace unos días, buscando unas citas en La República, de Platón, leí por primera vez la extensa introducción, que no había leído ni siquiera cuando hace ya tiempo terminé la lectura del libro. Yo tengo esta obra, una de las más importantes del filósofo griego, padre del idealismo, en una edición barata, la de la colección Austral, de la editorial Espasa-Calpe, edición de 1975, que es la duodécima de la serie que se inició el 6 de octubre de 1941, algo más de dos años después de terminada la guerra, cuando el régimen franquista estaba llevando a cabo la salvaje represión de los perdedores, por el simple hecho de haber sido fieles a la legalidad republicana.
Bien, el prólogo en cuestión es anónimo, ni lo firma nadie ni nadie aparece como su autor ni en la entrada del libro ni en el índice. Es indudable que está escrito por alguien que sabe de qué habla, pero también su contenido es abstruso a ratos, sumamente dogmático en muchas de sus expresiones, exagerado, ampuloso, ditirámbico y, en fin, propio de un hijo de su tiempo, fervoroso devoto del señor Platón.


Son muchas las perlas que el anónimo autor va repartiendo a lo largo del texto. En este momento, voy a destacar sólo una, no sólo por su falsedad, sino por la mala baba que destila: Comentando el diálogo de Sócrates con el anciano Céfalo y con Polemarco acerca de la justicia, el autor de la introducción dice textualmente: "¿Cómo no han de hacer un esfuerzo (los jóvenes) para sustraerse de la triste suerte del justo y para tomar de la justicia sólo las exterioridades, con el objeto de asegurar para sí impunemente la suerte brillante del hombre malo? ¿Qué pueden temer? ¿La cólera de los dioses? ¿Pero quién sabe si hay dioses? Y si existen, se puede comprar con sacrificios la felicidad de la vida futura, después de la de este mundo. La elección no es dudosa, pues es evidente que el mejor cálculo no consiste en ser justo a sus expensas, sino en ser injusto en su provecho. Este es el fruto de la educación en una sociedad egoísta, cuyo principio en el fondo, es el siguiente: la injusticia es un bien y la justicia un mal. ¿Qué medio hay de refutar este principio que resume secamente la moral materialista y atea?"


Con esta casi brutal facilidad, propia de quien se cree en posesión de la verdad absoluta y de la rectitud moral, adjudica el anónimo autor de la introducción a la moral materialista y atea toda la morralla intelectual de la que hace gala, una pura, simple y auténtica falacia. Porque, veamos: malas personas las hay tanto en el campo de los creyentes como en el de los ateos, pero es un hecho más que comprobado que para ser bueno y, por tanto, para ser justo,  no se necesita la religión ni la creencia en ningún Ser superior omnipotente y bondadoso. Diré más: a diferencia del ateo, que no aspira más que a ser justo y bueno sin segundas intenciones, el creyente no busca la justicia y la bondad por sí mismas, sino como medio para alcanzar lo que llama la salvación en la otra vida, esto es, el paraíso.
Pero hay más: en el caso concreto del cristianismo, mientras una de sus normas principales es el proselitismo, al que, directa o indirectamente, se dedica de manera especial una parte no insignificante de sus fieles, el ateo no forma congregación alguna y, por tanto, no intenta su divulgación ni pretende en ningún momento el crecimiento de adeptos.
Tomemos como ejemplo a los misioneros que trabajan en África y en otros lugares del llamado Tercer Mundo. ¡Cuánta es la admiración que despiertan! Y cómo las distintas iglesias y los medios de difusión más o menos afines resaltan la buenas obras que realizan en los territorios de misión: colegios, hospitales, etc. ¿Pero son realmente buenas estas obras? Lo son desde un punto de vista exclusivamente material: donde se monta una clínica o un hospital antes inexistente es indudable que la vida de la población mejora. Ahora bien, desde el punto de vista ético, tales obras están lejos de cumplir con las más elementales reglas éticas, porque la intención primera del misionero no es mejorar la vida material de los habitantes de un lugar, sino el convertirlos al cristianismo, de modo que el hospital, la clínica, la escuela y todas las acciones materiales no son más que señuelos con los que apoyar su acción, digamos, espiritual. Pero, además, todo lo hacen con la vista puesta en el objetivo último, que consiste en alcanzar el premio de la salvación.


En cambio, organizaciones no gubernamentales como Médicos sin Fronteras o Mediterránea, Open Arms, o Sea Watch, dedicadas al salvamento de inmigrantes en el Mediterráneo, llevan a cabo su labor humanitaria sin invocar a ningún Dios ni 
adoctrinar religiosa o políticamente a ninguna de las personas a las que atienden, en el caso de Médicos sin Fronteras, o recuperan del mar, en el caso de las otras tres. No buscan tampoco recompensa alguna, más que, si acaso, la satisfacción que produce echarle una mano a quien la necesita, además, de forma urgente. En este sentido, tales organizaciones no gubernamentales, traídas aquí a título exclusivamente de ejemplo, porque podrían citarse muchísimas más, puede decirse que son ateas; desde luego, la mayoría de sus miembros los son.
Para el que esto escribe, una ética que tiene el fin en sí misma, que no espera premio alguno es muy superior a la que se aplica con objetivos ajenos a la propia ética, objetivos que en las operaciones propagandísticas destinadas a conseguir fondos no se mencionan jamás. Pero si, además, hablamos de misioneros católicos, esta propaganda resulta hasta despreciable, habida cuenta de las inmensas riquezas que la Iglesia posee, parte de las cuales bien podría destinarlas a erradicar de este mundo la pobreza, algo que lograría con no demasiada dificultad. 
En relación con la Iglesia, además, cabe recordar que, aunque no específicamente ateo, Vicente Ferrer tuvo que abandonar la Compañía de Jesús y a la propia Iglesia para llevar a cabo una verdadera labor social en la India, sin pedir a cambio absolutamente nada a quienes se beneficiaban de ella.

Imágenes: Pinturas del cordobés Manuel Castillero.

lunes, 15 de noviembre de 2021

DE CÓMO APRENDÍ EL AMOR CRISTIANO


 Sí, yo también quise ser sacerdote. En aquel tiempo éramos legión los niños de once, doce o trece años que sentíamos en nuestros tiernos pechos la llamada de la vocación. No puedo precisar qué era exactamente lo que nos movía. Sólo puedo decir que cuando un niño manifestaba, aunque vagamente, aquel deseo, su madre, sobre todo, experimentaba lo que sólo puede denominarse un ataque de gozo. 
La mía no era nada religiosa, su misa de ocho de la mañana los domingos, porque había que guardar las apariencias y pare usted de contar. Pero conocía, lo que yo he sabido después: la autoridad, el carisma y la seguridad económica de la que gozaban en general los sacerdotes. 
El camino del sacerdocio no era gratis, costaba, mucho, y en mi casa no había dinero, lo que había era hambre. Pero mi madre movió cielo y tierra, hasta que consiguió que un preboste de la parroquia que se dedicaba al negocio del aceite estuviera dispuesto a soltar la pasta mes a mes nada menos que durante doce años, que era lo que entonces duraba la carrera. Y así, un día de finales de septiembre entré en el seminario. 

Tuve la suerte de inaugurar el de Santa María de los Ángeles, localizado en el impresionante y sobrecogedor paraje de la sierra de Hornachuelos en el que el Duque de Rivas sitúa la acción de su drama Don Álvaro o la fuerza del sino. Aquel fue uno de los años más felices de mi vida. Éramos 106 compañeros y estábamos al cuidado de tres sacerdotes seculares, don Salvador, don Antonio y don Juan. Los dos primeros colgaron la sotana; el tercero llegó a canónigo y formó parte del Consejo de Administración bajo cuyo mandato se produjo la quiebra de Cajasur, la caja del cabildo catedralicio cordobés, prefiriendo la Iglesia cordobesa su entrega a los vascos de Kutxabank, antes que a los andaluces de Unicaja. Don Antonio era cazador, además o a la vez que sacerdote, de modo que estábamos bien abastecidos de carne de venado, que por aquellas sierras son muy abundantes, y a mí, que nunca fui un gran comedor, me gustaba cada día más. 
Pero no era sólo la comida, abundante y bien elaborada, era el fastuoso paisaje que nos rodeaba, la lejanía del mundanal ruido con su extraordinaria miseria económica y moral, los baños en el Bembézar, que discurría en el fondo del barranco al que se asomaba el seminario, formando deliciosas piscinas naturales, porque aún no habían construido el pantano... Aunque sin puerta, sólo cerrado con una cortina, teníamos hasta nuestro dormitorio individual.


Al año siguiente nos pasaron a San Pelagio, en la capital, frente al Palacio del Obispo y de la Mezquita, pues en Santa María de los Ángeles sólo se hacía el primer curso de la carrera. Comparado con éste, San Pelagio era un sitio oscuro, lúgubre, tenebroso. Lo dirigían los jesuitas y estas eran entonces palabras mayores. Alguien recordará todavía a muchos de los padres de entonces. Yo, aunque conservo en la memoria la cara de algunos, sólo recuerdo con el nombre incluido al padre Vivas, tan grandón, tan derecho, tan encopetado y tan categórico.
En San Pelagio fue donde aprendí el amor cristiano. La comida era mala y escasa y además muy mal cocinada. Y a los señores jesuitas no se les ocurrió otra cosa que permitir que nos enviaran comida de nuestras casas. Permitieron más: que el que quisiera se llevara la comida al comedor.
Quiero recordar que estábamos preparándonos para ser sacerdotes y quiero recordar que en la mayoría de las casas había poco que mandar y, aparte de algún minúsculo tarrito de miel o algún tubito de sobrasada o de leche condensada, no teníamos nada con que alegrar lo que nos ponían en la mesa los señores jesuitas.
                          

Pero la interminable posguerra parecía no afectar a alguno y recibían de su casa olorosos y bien surtidos paquetones. Había uno, Gregorio se llamaba, de Pozoblanco, grande, rollizo, pelirrojo, que en la larga mesa de mármol en la que comíamos se sentaba enfrente de mí y que todas las noches, mientras tratábamos de engullir nuestra ración de lentejas viudísimas, él se ponía en el plato tremendas lonchas de jamón bien veteado de la brillante grasa del cerdo ibérico, o tronchos de un salchichón gordo como su brazo y de un maravilloso color nazareno salpicado de gotas de marfil. 
¡Y cómo comía el gachó, cómo comía! ¡Con qué fruición movía los carrillos, los dos a la vez! Algunas noches hasta gotitas de sudor brotaban de su frente, mientras la nuez, con precisa cadencia, no dejaba de subir y bajar por su hermoso gaznate.
Ni ¿queréis?, preguntaba el tío, como suele hacerse por educación. Qué iba a preguntar, si veía en los ojos y en toda la cara de carpantas de los que nos sentábamos enfrente cual habría sido la respuesta.

Imágenes: 
Fotografías de Cristina García Rodero
Internet.






martes, 9 de noviembre de 2021

OBISPOS EN LOURDES

 

No existe en el mundo una organización ni religiosa ni laica, ni pública ni privada, ni siquiera una compañía de teatro, con el sentido teatral de la Iglesia Católica. Es imposible negar la aparatosidad, el fasto y la perfecta y muchas veces complicadísima puesta en escena de sus ceremonias religiosas.
En estos días, en uno de los actos más teatrales de la jerarquía católica francesa, ciento veinte obispos de esta nacionalidad se han reunido en el "milagroso" santuario de Lourdes y todos ellos de rodillas han implorado perdón por la pederastia clerical que ha azotado al país sólo en los últimos cincuenta años, los que van de 1950 a 2020.
El evangelio de Mateo, en el capítulo 6, versículos 5 y 6, pone en boca de Jesús la siguiente recomendación: "Y cuando oréis no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres... Tú, en cambio,  cuando vayas a orar entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está ahí, en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará."
Aunque cada vez que ofician la misa leen un trozo del evangelio y es seguro que este lo han leído en un buen número de ocasiones, hace mucho tiempo que la Iglesia olvidó las claras y determinantes recomendaciones de Jesús, concretamente, desde finales del siglo II de nuestra Era. Es así que los obispos franceses organizan una auténtica y espectacular ópera, cuya representación ha recorrido el mundo entero, en lugar de limitarse a formular una declaración seria y definitiva y, a continuación, en sus respectivos aposentos, darse tantos golpes de pecho como les hubiera parecido.

En cualquier caso, ¿qué resorte ha movido a los señores obispos a realizar un acto tan poco común?: El informe sobre el abuso y violación de menores (decir pederastia a secas es casi un eufemismo y, desde luego, restarle fuerza a los hechos) practicados por miembros del clero francés desde 1950 a 2020, setenta años, un verdadero terrorismo sexual mantenido, esto sí, en secreto por la jerarquía católica francesa hasta fechas bien recientes.
El informe, realizado por la CISE, Comisión Independiente sobre los Abusos Sexuales, consta de 2.500 páginas y fue entregado hace una semanas por el presidente de la misma al arzobispo de Reims, presidente de la Conferencia Episcopal francesa, en un acto igualmente público. Dicho informe especifica que, aunque nunca se sabrá el número exacto de víctimas, durante este periodo ha habido al menos 330.000 abusos y violaciones de menores en instituciones religiosas francesas, 216.000 de las cuales habrían sido realizadas por entre 2.500 y 3.000 clérigos y el resto por laicos que trabajaban en dichas instituciones. "Estos números son abrumadores y no pueden producirse sin consecuencias, reclaman medidas muy fuertes por parte de la Iglesia", manifestó el presidente de la comisión en la entrega del informe. Éste no se limita a detallar el número y la historia de las víctimas, sino que añade cuarenta y cinco recomendaciones, entre las que destaca ampliamente la necesidad de limitar el secreto de confesión, afirmando que tal secreto "no puede olvidar la obligación prevista en el código penal de señalar a las autoridades judiciales y administrativas los casos de violencias sexuales infringidos a un menor o a una persona vulnerable."
Además de pedir perdón, los obispos franceses se han comprometido a indemnizar económicamente a las víctimas, incluso vendiendo propiedades de la Iglesia, si es necesario. Al mismo tiempo, han pedido ayuda al pontífice para poner término a esta lacra.
   

Mientras esto ocurría en Francia, la Conferencia Episcopal española no sólo se negaba una vez más a realizar en nuestro país una investigación semejante, sino que le echaba la culpa de su pederastia al "silencio cómplice de toda la sociedad. Conociendo que la formación del clero es más o menos la misma en todas las latitudes, no hay que ser un lince para dar por hecho que el número de abusos y violaciones de niños y niñas producidos en España durante el mismo intervalo de tiempo no debe andar muy lejos del francés, teniendo en cuenta el número de habitantes de cada país, sesenta millones Francia y cuarenta y siete millones España. 
La culpa de esta negativa de los obispos españoles la tienen, en primer lugar, los propios obispos, que, más allá de las últimas sentencias judiciales, siguen ocultando a pederastas (el obispo de Córdoba, por ejemplo, mantiene trabajando en el obispado a uno de ellos juzgado y condenado, sin tocarle ni uno sólo de sus derechos como sacerdote.) Pero esa culpa la tienen también los gobiernos de turno que bien que podrían crear una comisión igualmente independiente como la de Francia, porque la pederastia eclesiástica no es un problema solamente de la Iglesia, sino que es un problema y muy grave que afecta a toda la sociedad. Y, en tercer lugar, la culpa la tenemos también los españoles, que, por lo menos, podríamos exigirle al gobierno (es inútil tratar de exigírselo a los obispos) la creación de dicha comisión, que lleve a cabo una investigación a fondo del asunto.

Mientras tanto, en el Vaticano, el papa Francisco manifiesta su dolor por el sufrimiento de las víctimas, afirmando que su pensamiento está con ellas. Agradece además la voluntad y el coraje de la Iglesia francesa al propiciar y hacer público el citado informe y pedir perdón por el sufrimiento causado.
Pedir perdón cuando se ha cometido un error o, consciente o inconscientemente, se ha producido un daño, es una de las acciones más nobles que puede realizar el ser humano. Pero, además de pedir perdón y  de prometer indemnizar a las víctimas, los obispos franceses deberían enunciar públicamente el compromiso firme de entregar a la Justicia a todo pederasta que aparezca en el seno de su Iglesia.
Por su parte, para no pasar por un mero hipócrita que todo lo deja en el sufrimiento personal, el papa Francisco debería exigirle a todas las Conferencias Episcopales y especialmente a la española, que realicen una investigación como la que ha realizado la Iglesia francesa. En segundo lugar, él y todos los obispos del mundo saben que la raíz del problema se encuentra en el celibato obligatorio y saben que mientras no se corte esa raíz el abuso y la violación de niños y niñas va a seguir produciéndose más o menos con la misma intensidad que hasta aquí. Por tanto, es necesario que el papa se deje de más rodeos y ponga fin de una vez a la aberración del celibato, impuesto por la Iglesia no para conseguir un clero puro, con  aromas de santidad, sino para contar con un ejército de hombres (que son lo que violan) sin atadura familiar alguna y, por tanto, si herencias que dejar fuera de la Iglesia y disponibles las veinticuatro horas del día.

sábado, 6 de noviembre de 2021

MENOS QUE HORMIGAS

 ¡Qué fatuos somos los seres humanos! En el capítulo uno, versículo veintiocho, afirma el Génesis que, al expulsarlos del jardín del edén, dijo Dios a Adán y a Eva: "Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra y sometedla; dominad en los peces del mar, en las aves del cielo y en todo animal que serpea sobre la tierra." Esta es una de las frases más brutales y siniestras de un libro de libros en el que no son este tipo de expresiones las que escasean. Y es brutal y es siniestra porque desde la antigüedad más remota hasta el día de hoy en ella se han amparado y se amparan todos los que, de un modo u otro, se afanan en exprimir la tierra, sacando de ella el máximo de jugo posible únicamente para colmar su ambición y su avaricia, sin advertir o importándole muy poco, porque Dios proveerá, que tal forma de proceder lleva exclusivamente a un callejón sin salida.

En la actualidad somos ya más de siete mil millones los seres humanos que habitamos el pequeño planeta al que denominamos Tierra; para final de siglo, si nada lo impide, serán más de nueve mil millones, y no sólo no lo dominamos, como ponen de manifiesto el reciente terremoto de Haití y el actual volcán de la isla canaria de la Palma, sino que lo estamos arrasando hasta el punto de, si no ponemos freno a nuestra ambición, y no parece que vayamos a ponerlo, nuestra desaparición como especie está servida.


Nos convendría ser bastante más humildes, no ante ningún dios, que aquí no cuenta absolutamente nada, sino ante las ciegas fuerzas que se encuentran en nuestro origen, para las cuales apenas alcanzamos el estatuto de hormigas. Recuerdo cuando, de niño, en aquella España negra, analfabeta y más bien asalvajada, junto con otros amiguetes, orinábamos en los hormigueros o cómo de un pisotón, que se llevaba por delante a unas cuantas, creamos el desconcierto en alguna de sus perfectas hileras. 
Pues para las fuerzas de la naturaleza, propias, por así decir, e inducidas por nosotros mismos, como el calentamiento global producido principalmente por las emisiones de anhídrido carbónico y de metano, no somos más que simples e insignificantes hormigas y ni siquiera eso, porque las hormigas tienen al menos la inteligencia suficiente para desarrollar su vida sin destruir el medio natural en el que habitan. Quizás hemos alcanzado el punto de no retorno en el que ya no importe nada que logremos comprenderlo y admitirlo para actual en consecuencia.

miércoles, 27 de octubre de 2021

LA DONACIÓN DE CONSTANTINO


Ateniéndose a buena parte de los evangelios y, en concreto, a las afirmaciones de Jesús, la Iglesia Católica ensalza la pobreza al tiempo que predica el desprecio de los bienes terrenales como el mejor medio para alcanzar en la otra vida la salvación o el paraíso, según que el punto de vista del predicador de turno sea más o menos duro. Sin embargo, en la realidad de los hechos, que son, en definitiva los que cuentan, la capacidad predatoria de esta sacratísima institución no tiene parangón en la historia de la humanidad. Como ejemplo bien reciente véase cómo los obispos españoles se han apoderado de más de 35.000 bienes públicos, no sólo templos, entre los que destaca la Mezquita-Catedral de Córdoba, sino también ermitas, plazas, solares urbanos, terrenos rústicos y hasta viviendas que nada tienen que ver con el uso religioso y lo han hecho amparados en una ley manifiestamente ilegítima e inmoral y a sabiendas de que lo que han realizado es exactamente un robo.
Tal capacidad predatoria sólo podría compararse con la capacidad falsificatoria de la propia Iglesia, seguramente, la institución que, si no en cantidad, es la que ha llevado a cabo las falsificaciones más potentes y más significativas. No lo digo yo, basta echar una ojeada a la Historia apartando la paja del grano. Y eso sin necesidad de entrar en los Archivos Vaticanos, gran parte de los cuales continúan cerrados a cal y canto salvo para aquellos que la autoridad eclesiástica considera convenientes.
Una de las falsificaciones más clamorosas, que da testimonio de las afirmaciones más arriba adelantadas, es la conocida como Donación de Constantino, uno de los documentos más famosos de todos los tiempos y que más implicaciones ha tenido en el curso de la historia, no sólo eclesiástica. Aunque no se conoce su origen exacto, ni el lugar en el que se materializó, se sabe que Esteban II (752-757) lo esgrimió por primera vez ante Pipino el Breve, rey de los Francos, en el año 752 cuando viajó a Francia a solicitarle protección contra los longobardos, que, en su pretensión de unificar Italia, pretendían apoderarse de Roma y de las numerosas posesiones que poseía el papado. Como se sabe, Pipino venció a los longobardos en Pavía y el papa le otorgó el título de patricio romano, que hizo extensivo a sus hijos Carlos y Carlomagno.


Aunque el papa era ya dueño de un importante territorio repartido por distintos puntos de la península italiana y en Sicilia, no fue hasta la intervención de Pipino que surgieron los Estados Pontificios, localizados en el centro de Italia, desde el mar Egeo al Adriático. ¿Pero en qué consistía el documento que el papa le había mostrado al rey franco? Consistía en un pergamino que constaba de dos partes, la primera era una declaración del propio Constantino que contaba cómo el papa Silvestre lo había curado de la lepra y cómo gracias a este milagro se había convertido al catolicismo; la segunda parte daba cuenta de la donación, contaba que en agradecimiento el emperador cedía al papa y por extensión al papado la propiedad de la ciudad de Roma y todos los territorios del imperio occidental, incluidas las Islas Británicas y, por supuesto, Hispania (España). Le hizo entrega igualmente de la diadema imperial, la clámide de púrpura y todos los símbolos del poder imperial. En una palabra, Constantino convertía al obispo de Roma en emperador, con lo que el pontífice católico reunía en su persona todo el poder eclesiástico y la totalidad del poder temporal o, lo que es lo mismo, lo convertía en el campeón del poder absoluto, con capacidad no sólo para perdonar o no los pecados, sino para intervenir también y controlar hasta los asuntos más menudos de la vida material de los súbditos de su imperio. Y todo ello usque in finen mundi, es decir, hasta el final de los tiempos, o por los siglos de los siglos, amén, que es como la Iglesia prefiere.


Con este documento como enseña, los papas no sólo acapararon para sí Roma y un extenso territorio en Italia, sino que buscaron apoderarse también realmente de los reinos que habían surgido en el espacio del antiguo Imperio Romano Occidental, sosteniendo que todos ellos eran vasallos suyos. Se arrogaron y llevaron a la práctica en bastantes ocasiones lo que Otón de Frisinga (1114-1158) definía como la capacidad de los papas para remover a los reyes y cambiar las fronteras de los reinos. Un ejemplo de esta actitud lo ofrece Gregorio VII (1073-1085), quien, nada más ser elegido, instó a los príncipes europeos a guerrear en España contra los sarracenos con el fin de recuperar las tierras en su poder y devolverlas a su legítimo propietario, el papa de Roma. "No se nos oculta -dice Gregorio en la carta que dirige a los citados príncipes- que el Reino de España, desde antiguo, fue jurisdicción de San Pedro y aunque este territorio ha estado ocupado tanto tiempo por los paganos pertenece todavía por justicia a la Sede Apostólica solamente y no a otro mortal cualquier". Insatisfecho con esta carta, cuatro años más tarde escribe a los reyes, condes y príncipes de la propia España y, entre otras cosas, les dice: "Además queremos notificaros una cosa que a nosotros no nos es lícito callar, y a vosotros os es muy necesaria para la gloria venidera y para la presente, a saber, que el reino de España, por antiguas Constituciones, fue entregado en derecho y propiedad a San Pedro y la santa iglesia romana (regnum Hispaniae ex antiquis constitutionibus beato Petro et sancta Romanae Ecclesiae in ius et propietatem esse traditum). Lo cual hasta ahora ha sido ignorado a causa de las dificultades de los tiempos pretéritos y por cierta negligencia de nuestros predecesores. Pues luego que ese reino fue invadido por los sarracenos y paganos, y se interrrumpió - -por la infidelidad y la tiranía de éstos- el servicio que solía tributar a San Pedro, empezó juntamente a perderse la memoria de los hechos y de los derechos... Hemos cumplido, por la gracia de Dios, con lo que pertenece a nuestro oficio y la justicia reclama... Vosotros veréis qué es lo que corresponde hacer; deliberad prudentemente, disponed y determinad lo que debéis hacer, movidos por la fe y cristiana devoción de vuestra realeza y a imitación de los más piadosos reyes." 


Está claro, ¿a que sí? Bueno pues Llorca, Villoslada, Leturia y Montalbán, en el tomo II de la Historia de la Iglesia Católica, se mean (hay un término más duro y más exacto, pero me lo callo) en la verdad de la pretensión del papa Gregorio, afirmando que el pontífice "no mira a conquistar los reinos temporales, sino a buscar los medios de hacer más efectiva la misión apostólica de instruir a todas las gentes, corregir los abusos, amonestar paternalmente a los reyes y levantar el prestigio social de la Iglesia católica." Y se quedan tan frescos. No se puede tener menos vergüenza, de verdad.
Aunque a lo largo de la Edad Media hubo quien dudaba de la autenticidad del documento, los papas siguieron haciendo uso de él nada menos que hasta el siglo XV, momento en que el humanista Nicolás de Cusa (1401-1464) demostró con pruebas filológicas que el documento no era más que una invención para reafirmar la superioridad del papa sobre los príncipes y emperadores. No obstante, hasta el siglo XIX no se le dio carpetazo definitivo a esta falsificación.

Fuentes:
Historia secreta de la Iglesia Católica en España.- César Vidal
Historia política de los papas.- Pierre Lanfrey
Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica.- Pepe Rodríguez
Historia de la Iglesia Católica. Tomo II.- Llorca, Villoslada, Letura y Montalbán.

Imágenes.- Pinturas del pintor almeriense Andrés García Ibáñez.

Las negritas son de un servidor.


domingo, 24 de octubre de 2021

MANCEBÍAS

"Apoyá en el quicio de la mancebía
miraba encenderse la noche de mayo...",

Cantaba Concha Piquer. Una canción escrita por un hombre, una de cuyas fantasías eróticas, si no la mayor, en la mayoría de ellos consiste en dar placer de verdad a una prostituta.
Con la descomunal hipocresía que derrochaba, el régimen franquista prohibió la prostitución, mientras el general se saltaba el quinto mandamiento y enviaba día tras día al paredón a cientos de hombres y mujeres por el simple hecho de haber perdido una guerra que el propio dictador había provocado. Al mismo tiempo, la Iglesia Católica que, con una hipocresía no menos brutal, condenaba igualmente la prostitución, como, en general, condena el sexo, salvo si va dirigido asépticamente a la procreación, paseaba al asesino bajo palio, como si se tratara del mismísimo Hijo de Dios.
Pero, aunque prohibida, la prostitución estaba tolerada. En un país destrozado por la guerra, cuya economía no recuperó el nivel que tenía en 1931, al instaurarse la República, hasta 1959, nada menos que veinte años después de concluida la contienda, la única salida que encontraron miles y miles de mujeres fue la prostitución. En todas las ciudades había calles enteras y aún barrios ocupados por casas de lenocinio en las que las mujeres estaban más o menos controladas. Pero también había multitud de ellas que alquilaban su cuerpo por libre, en zonas específicas, gran parte de ellas alejadas del tráfico ciudadano. En Córdoba, uno de estos lugares eran los soportales de la plaza de la Corredera, donde mujeres de bastante edad lidiaban con toda clase de transeúntes de la peor especie, charranes, granujas, bergantes, galopines, tagarotes y rajabroqueles, con los que, si el trato cuajaba, iban a una casa de la calle del Tornillo. Pero el sitio más famoso era El charco de la pava, al que acudían sobre todo soldados, y el sexo se practicaba medio de pie, recostados hombre y mujer en taludes y terraplenes.
Son poquísimas las mujeres que entran en la prostitución libre y voluntariamente, la práctica totalidad de ellas lo hace obligada por la necesidad o, lo que es aún peor, por las mafias que se dedican al tráfico y explotación de mujeres. Así, durante la dictadura hubo burdeles de postín, a los que acudían incluso altos dignatarios del Régimen y de la Iglesia, burdeles en los que las mujeres que en ellos "trabajaban" tenían libertad para entrar y salir. Pero fuera de aquellas casas, las mujeres procedían de las clases económicas más débiles, muchas de ellas viudas de hombres que había perdido la vida defendiendo a la República; que habían sido fusilados durante y después de la guerra, la mayoría sin juicio alguno; que cumplían largas condenas en prisión por la misma causa, o se encontraban realizando trabajos forzados para empresas que, como Canales y Távora, por ejemplo, se enriquecieron gracias a esta práctica.
Ha habido épocas en las que, en determinados lugares, las prostitutas han estado bien o incluso muy bien consideradas. En otros momentos la prostitución no sólo ha estado prohibida, sino también perseguida, cargando tanto la prohibición como la persecución sobre la víctima, es decir, sobre la prostituta. En algunos periodos, si no admitida plenamente, sí que ha sido tolerada, con el argumento, cuando menos sofista, de que servía para mantener el orden social, porque, además de evitar que las mujeres llamémosles normales, corrieran el riesgo de ser asaltadas y violadas, evitaba adulterios (como si el putero no cometiera tal pecado o delito o ambas cosas, dependiendo del momento, al irse de putas) y las rupturas matrimoniales, al poder el hombre casado realizar con la ramera las fantasías y/o perversiones que no podía practicar con su dignísima esposa.
En el tiempo de la Reforma protestante y de la Contrarreforma católica (la Iglesia siempre a la contra), las autoridades tanto políticas como religiosas pretendieron acabar con la prostitución rescatando a las prostitutas. Con esta intención oficial se crearon en toda Europa centros de Conversas o de Arrepentidas, como los llamaron, en los que se recluían a estas mujeres y se trataba de reformarlas, como si verdaderamente fueran ellas y no los hombres que reclamaban sus servicios los que necesitaban reformarse. Pero, la realidad, es que todo el tinglado respondía una vez más a la incuestionable hipocresía que acostumbran a derrochar las clases biempensantes, políticas y clericales, pues la meta real que perseguían no era la recuperación de las prostitutas, sino poner coto a la sífilis que, traída de América por sus descubridores, se extendía como una nueva peste por todos los países de Europa.


Ha habido también épocas en que, sin estar legalizada, sí que la prostitución ha estado perfectamente controlada. Por el tiempo en que se creaban las casas de recogidas, es decir, en el siglo XVI, se crearon las mancebías. Prácticamente todas las ciudades de importancia de España tuvieron la suya. Se trataba de zonas acotadas, especie de guetos en los que se reunían los burdeles. Todas fueron propiedad del rey, quien arrendaba la explotación al noble de turno. 
Una de las más boyantes del país fue la de Granada, que cita, entre otros, Cervantes. Ocupaba un amplio triángulo limitado por las calles actuales de San Matías, Escudo del Carmen y Ángel Ganivet y consistía en un laberinto de estrechas y retorcidas callejuelas, propias de la todavía reciente ocupación islámica, un espacio al que los granadinos llamaban la Manigua, situado en el corazón mismo de la ciudad y, no obstante, apartado de él. Aquí prosperaron burdeles de todas las categorías, desde los muy lujosos, frecuentados por la flor y nata de los caballeros de la ciudad, hasta el miserable tugurio con mujeres cargadas de años, a los que acudían vagabundos y rufianes de toda laya.

Como todas las del país, esta mancebía tuvo rígidas ordenanzas dictadas por el Corregidor y el Alcalde, autoridades que velaban por el orden en la práctica de la actividad. Existían dos jefes o encargados generales, los llamados padre y madre de la mancebía. El primero se encargaba del control laboral de las prostitutas, incluidos horarios de trabajo, cobro de servicios, salarios, pues las mujeres no actuaban por libre, sino que eran contratadas por cada casa. La madre tenía una función más tutelar y doméstica, controlaba la limpieza, las revisiones médicas y, en general el bienestar, si se puede decir así, de las mujeres. El padre era un funcionario que debía dar cuenta de todos los aspectos del negocio, pero principalmente de la parte económica, al arrendatario de la mancebía, que era el que se llevaba las principales ganancias, aunque las más seguras eran las del rey.

El negocio se mantuvo cada día más floreciente hasta entrado el siglo XX, cuatrocientos años, aproximadamente, en que empezó a decaer, no por falta de clientela, sino porque el desarrollo de la industria del azúcar creó una burguesía adinerada que se propuso la modernización urbanística de la ciudad. La parte baja de la Manigua fue derribada en 1940, siendo alcalde Gallego Burín, y en su espacio se creó la nueva calle de Ganivet, lujosa, con soportales y con abundantes comercios. La Manigua alta resistió más. De hecho, hasta hace muy poco todavía existía alguna casa por la callejuela del Jazmín y alrededores.
Actualmente, el presidente del gobierno Pedro Sánchez vuelve a hablar de prohibir la prostitución, incluso dentro de esta legislatura. Pero la prostitución existe, porque existen clientes, es decir, porque existen hombres que, a pesar de la libertad sexual con que se cuenta hoy día, siguen acudiendo a ella, por tanto prohibiéndola sin más no se consigue que desaparezca, sino que las prostitutas pasan inmediatamente a la clandestinidad. Si el presidente quiere actuar contra esta lacra, que lo es, debería, para empezar, tomar ejemplo de los países nórdicos, Suecia y Noruega, que no persiguen a la mujer, sino que multan al cliente. Al mismo tiempo, debería actuar y enérgicamente contra las mafias de trata de mujeres. A la par, debería, como mínimo ir creando la condiciones económicas y sociales para que ni una sola mujer se viera obligada a entregar su cuerpo a cambio de dinero.

Imágenes: Wikipedia, secretos de Granada y Granada digital.


sábado, 16 de octubre de 2021

PATRIA


 

¿Saben? Adoro la palabra patria.
Cada vez que la escucho por la radio
o a través de la pantalla mágica de la televisión
se me iluminan los ojos con esquirlas de tigre
y arde en mi corazón
una zarza que nunca se consume.

Sí, adoro la palabra patria,
es una de mis debilidades.
A veces me pongo delante de un espejo
o de una rosa de Jericó, delicada
como un botón de nieve,
y la pronuncio durante horas y horas
dejándome empapar por el eco insondable
de su purpúrea trascendencia.
¡Ah, qué flor de navíos, qué deleitoso estrépito
de espadas, que aroma de banderas, de jinetes de cruces!

Es la hora del café, lo reconozco,
y no es momento para ponernos serios.
Pero háganme el favor, repítanla conmigo
mientras dejamos que el humo de las tazas
oree los corazones.
¡Patria! ¡Patria!
¿No sienten el vagido de la tierra abriéndose en mil surcos trepidantes?
¿No sienten el calambre de la dicha
fertilizando lo mejor del huerto?

¡Patria! tanto vagar sin rumbo por caminos de niebla,
tanto indagar entre pedruscos fríos,
tanto buscar el qué, el cómo, el dónde,
tanto dolor y tanta lágrima,
y la respuesta estaba aquí,
en la cima sublime de esta pulcra cochambre.


Propiedad del autor.
Imagen de internet.

miércoles, 13 de octubre de 2021

PEDERASTIA Y VERGÜENZA

La prensa acaba de destapar en estos días que desde los años cincuenta del siglo pasado hasta ahora ha habido en Francia alrededor de 330.000 abusos sexuales y violaciones de niños y niñas realizados por unos 3.000 clérigos. 
En setenta y un años, que son los que van desde 1950 hasta hoy, el número de abusos y violaciones ha sido de 4.690 anuales, es decir, casi trece diarios. Y si dividimos el número de niños y niñas a los que han destrozado la vida por el del número de clérigos que llevaron a cabo su fechoría, resulta nada menos que cada sacerdote ha abusado y/o violado a la friolera de 110 niños y/o niñas. Una verdadera plaga más dañina que el terrorismo.
Ante estas aterradoras cifras, que durante años y años han sido silenciadas por la jerarquía católica francesa, siguiendo, por otra parte, las directrices del propio Vaticano, uno se pregunta, en primer lugar, cuántos niños y niñas habrán caído en manos de estos crápulas a lo largo de la historia, en épocas además en las que la Iglesia Católica detentaba un poder casi omnímodo y no existían los medios de comunicación que existen hoy. 
Como español, uno se pregunta también cómo es que en España apenas se conocen casos, convencido este español de que, formado en el marco de las normas católicas y sujeto al celibato, el clero católico tiene las mismas carencias, las mismas necesidades y es, en general, igual en todo el mundo.
Ante la tremenda noticia francesa, el papa Francisco ha reaccionado de inmediato, exclamando en italiano: "¡Vergogna! ¡Vergogna!" Una reacción, cómo diríamos: ¿magnífica, sublime, realmente dramática? Se decía que Juan Pablo II era más que nada un extraordinario actor; ciertamente había hecho teatro en su juventud y la técnica la conocía a la perfección. Pero para actor, actor, Bergoglio, que además es argentino y jesuita, miembro de una Orden que, apegada a la casuística, desde su fundador ha dado los mejores actores de la historia.
Porque en este terrible asunto de la pederastia clerical no basta con gritar ¡Vergogna!, ni con levantar el secreto que el Vaticano mantenía sobre estos hechos y, seguidamente, quedarse tan fresco. Y tan fresco se queda Francisco cuando apenas ha hecho nada ni hace para acabar de una vez con el problema. La Conferencia Episcopal Española, por ejemplo, se niega a patrocinar una investigación a fondo, "porque (el asunto) es muy pequeño", declaraba no hace mucho su portavoz, que no sé yo cómo, si no investigan, conocen las dimensiones de este crimen. Sin embargo, añadía que: "Estamos dispuestos al reconocimiento de las indemnizaciones que los jueces establezcan." Demostrando así su ínfima "vergogna", si es que les queda alguna a los miembros de la Conferencia Episcopal cuando, forrados de pasta como están, creen que una víctima puede recuperar su autoestima si se la recompensa con dinero. Pura miseria moral. Pero lo más grave es que el papa, porque no quiere o porque no tiene poder real para hacerlo, no hace nada para que la Conferencia Episcopal cambie de rumbo.
El obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez Alfonso, cuya imagen aparece al lado,
 manifestaba no hace tanto: "Puede haber menores que lo consientan y, de hecho, los hay. Hay adolescentes de trece años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo." Es decir que, según el señor Álvarez, en el abuso de un niño la culpa muchas veces la tiene el niño, la víctima. Y el señor Álvarez sigue siendo obispo.
El cardenal Cañizares, arzobispo de Valencia, afirmaba que: "el aborto es mucho peor que la pederastia" Y sigue siendo cardenal y arzobispo. El obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, mantiene trabajando en el obispado a Domingo Rey Godoy, sacerdote condenado por abusos sexuales a varias niñas en Peñarroya, lo mantiene sin suspensión de sus derechos sacerdotales, ni nada por el estilo. Y lo mantiene después de afirmar, entre otras perlas, que: la UNESCO tiene un plan para hacer homosexual al cincuenta por ciento de la población mundial." Perla que suelta sin aportar la menor prueba. Y no sólo sigue siendo obispo, sino que el papa Francisco lo premia nombrándolo miembro de la Congregación para la Causa de los Santos. En la imagen de más abajo pueden ver al susodicho Demetrio en compañía de Francisco.

Casos y más casos en los que el papa no sólo no actúa, sino que ni siquiera le producen vergogna.
Pero, independientemente de todo esto, que es sólo el efecto, este papa, lo mismo que los anteriores desde el Concilio de Letrán de 1215, que lo impuso, sabe que la causa, la raíz del problema se encuentra en el celibato, que no es voluntario, como ocurre entre los ortodoxos orientales, sino obligatorio. El propio papa Francisco lo ha dicho: "El celibato clerical no es un dogma de fe, es una regla de vida que yo aprecio mucho y creo que es un don para la Iglesia. No siendo un dogma de fe siempre tenemos la puerta abierta para cambiarlo." Pero añadió: "en este momento, sin embargo, no lo tenemos pensado."
O sea, que, como se ve, todo queda en pura palabrería y el grito de ¡vergogna! no es más que el grito de un hipócrita. Porque el celibato no es un don para la Iglesia, como Bergoglio afirma, es un verdadero chollo, al contar con un ejército de individuos sin otra obligación económica y moral que la de estar al servicio de la empresa. Pero, en relación a la pederastia, y esto ya no lo ignora nadie, es también un grave problema que no sólo afecta a la Iglesia, sino a toda la sociedad, a la que pertenecen las víctimas. Por tanto, no darle solución, conociendo perfectamente la causa, es ser cómplice del pederasta, incluso su patrocinador. Por nuestra parte, podemos estar seguros de que, al no actuar y por más vergogna que le produzca al pontífice, la pederastia, aparte de algún fuego de artificio, va a seguir siendo encubierta.

Imágenes: La primera, del pintor Luis Vargas Santacruz.
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