"Es el hombre un ser cruel por naturaleza? ¿Lo nuestro no fue más que una experiencia normal y corriente? ¿Lo de la dignidad humana es un engaño y en cualquier momento podemos transformarnos en insectos, bestias o masas de pus y secreciones? El que no dejemos de humillarnos, destruirnos y masacrarnos, ¿es la prueba que ofrece la Historia acerca de la naturaleza humana?"
Estas inquietantes preguntas, a las que no da respuesta, las plantea la coreana Han Kang (1970) en su novela Actos humanos.
Tras el fin de la Segunda Guerra mundial, Estados Unidos y la entonces Unión Soviética dividieron la península de Corea en dos paises, Corea del Norte, comunista, y Corea del Sur, capitalista, separados por el paralelo 38. El 25 de junio de 1950 Corea del Norte invadió Corea del Sur, provocando con ello una guerra que se prolongaría hasta el armisticio de Panmunjom, establecido el 27 de julio de 1953, que ponía fin a las hostilidades.
Entre este año y 1960, aunque formalmente Corea del Sur era una democracia, el presidente del país, Syngman Rhee, un tipo autoritario y ferozmente anticomunista, estableció una tiranía en la que, además de la persecución de disidentes, predominó la corrupción y el fraude electoral. En esta situación se produjo la revolución de 1960 que supuso la renuncia del presidente Rhee.
Sin embargo, el resultado de la revolución no fue la consolidación de la democracia, sino el establecimiento de una dictadura militar encabezada por el general Park Chun-hee que se prolongó de 1961 a 1979. El nuevo régimen acrecentó la represión política, suspendió las libertades civiles, creó la KCIA, departamento de Inteligencia estatal para sofocar la más mínima protesta.
Durante la primera década se produjo el desarrollo industrial del país, conocido como el "Milagro del Río Han." El Estado estableció planes quinquenales y procedió a la financiación de los grandes conglomerados empresariales de Samsung, Hyundai, LG y Daewoo, todos ellos privados y de carácter familiar. Es decir, con capital público se subvencionó la economía privada. Como suele ocurrir tan a menudo, tal desarrollo sólo pudo llevarse a cabo con el sacrificio masivo de la clase trabajadora, que se vio sometida a bajísimos salarios, las jornadas laborales más largas del mundo y la prohibición absoluta de los sindicatos independientes.
En 1979, entre el 16 y el 20 de octubre, en las ciudades de Busan y Musan, miles de estudiantes universitarios y trabajadores salieron a la calle exigiendo la dimisión del presidente Park y el establecimiento de la democracia. El presidente respondió con la declaración de la ley marcial y el despliegue del ejército y las protestas concluyeron con más de 1000 detenidos y varios centenares de heridos. No obstante, las protestas produjeron la división de la élites en el poder, hasta el punto de que el presidente Park fue asesinado por el jefe de su KCIA.
El primer ministro intentó convocar elecciones libres y renovar la Constitución establecida por el general Park, pero la élites no estaban dispuestas aún a ceder ni un ápice de su estatus, de manera que, antes de que terminara el año, el general Chun Doo-Hwan dio un golpe de Estado y se hizo con el poder. El 17 de mayo de 1980 Chun disolvió la Asamblea Nacional, declaró la ley marcial y arrestó a los líderes de la oposición.
Tal hecho provocó que al día siguiente los estudiantes universitarios de la ciudad de Gwanjou se echaran a la calle exigiendo el fin de la dictadura y el establecimiento de las libertades civiles. La represión llevada a cabo por parte del régimen fue no sólo desmedida sino demencial por su desproporción. Tropas de operaciones especiales entraron a tiros y a bayoneta contra los estudiantes, un hecho que indignó de tal modo al resto de la población que el 21 de mayo de 1980 estudiantes no sólo universitarios, sino también de secundaria, trabajadores y amas de casa asaltan comisarias y armerias locales, creando con tan rudimentarios medios un Ejército Ciudadano que consiguió expulsar de las calles al ejército oficial.
De inmediato, los ciudadanos rechazaron a las autoridades locales y crearon comités de autogobierno que organizaron perfectamente la vida de la ciudad. Pero el día 27 volvió el ejército, en esta ocasión con unidades de paracaidistas y tropas de élite dotadas de tanques y de ametralladoras, que invadieron las calles disparando a sangre y fuego. Hasta dos mil personas fueron asesinadas aquel día y los siguientes.
Este hecho sangriento, que aún está presente en la memoria del país, es el que cuenta Han Kang en su novela. La coreana es una escritora profundamente humana. Esto quiere decir que no se anda con rodeos ni se limita a la simple narración de los hechos, sino que llega hasta el hueso, hasta le médula, engarzando un acontecimiento puntual, como éste, en la negra rueda que gira y gira sin descanso desde el comienzo de la Historia, repitiendo una y otra vez acontecimientos semejantes. La novela no es lineal, sino polifónica. En ella aparecen las voces de los vivos, pero también las de los muertos, que ven cómo sus cuerpos sin vida van siendo amotonados sin pudor hasta que los soldados, personas como usted, amable lector, o como yo, proceden a pegarles fuego. Kang lo describe todo, además, con un lenguaje poético que, sin quitarle ni un ápice de precisión a lo narrado. penetra como un estilite hasta el mismo corazón del lector, removiendo sus cimientos emocionales. No son pocos los momentos en que la terribilidad de lo que se cuenta se torna más terrible aún merced a ese conciso, delicado y exquisito lenguaje.
Han Kang recibió el premio nobel de literatura en 2024, "por su", textualmente, "intensa prosa poética que confronta los traumas humanos y expone la fragilidad de la vida humana." En castellano, puede leerse, además de este Actos humanos, La clase de griego, La vegetariana, Blanco e Imposible decir adiós, un precioso conjunto de narraciones que constituyen al día de hoy uno de los mejores de los últimos tiempos




