miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA CARA DE PIEDRA

Durante un tiempo, allá por mi adolescencia y mi primera juventud, aleccionado por las clases, las charlas y los sermones de los sacerdotes que participaron en mi educación, creí sinceramente que el objetivo de la religión consistía en buscar el desarrollo de los seres humanos, hacerlos mejores personas, más solidarios, más bondadosos, más justos.
No podía estar más equivocado: a ninguna religión le interesa lo más mínimo que los seres humanos en general sean mejores de lo que son. Su objetivo consiste, antes que nada, en conseguir el mayor número de seguidores. Y para ello no reparan en medios. Sin adeptos, sin fieles, las religiones no son nada, lo mismo que cualquier otro tipo de organización social, sea un club de pesca, sea una peña para jugar al dominó. Esto no es más que una perogrullada, lo sé, pero una perogrullada que, generalmente, o no se percibe o se pasa alegremente por alto.
Ahora, no hay una religión más habilidosa para conseguir y retener seguidores que la religión católica. Los atrapa casi nada más nacer, a los ocho o diez días de su nacimiento, y una vez atrapados ya no hay modo de escapar de ella, según sus propios dogmas. Tú puedes apostatar, si lo crees conveniente, pero tu condición de bautizado no desaparece de sus libros de registro, lo que, desde luego en España, le sirve a la jerarquía para enfrentar sus relaciones con el Estado, esto es, para conseguir las asignaciones económicas de las que principalmente vive. En este asunto, la jerarquía católica tiene la cara más dura que la jadeita, variedad de jade que resulta imposible romper con un martillo de mano, por mucha fuerza que tenga el que lo maneje. 
Pero, además, en el marco de las relaciones humanas, con sus avatares y conflictos, dicha jerarquía defiende enclusivamente a los católicos, el resto de la humanidad, valga la repetición, les importa sólo en tanto y en cuanto puedan conseguir nuevos adeptos. Todo lo demás no es más que palabrería, discursos tan vacíos como las ollas en las que tantas familias españolas soñaban con hacer un puchero en la larga, interminable posguerra española.
No hablo por hablar: el pasado 15 de este mes de septiembre, en el Instituto Patrístico Augustianianum (¿será por instituciones?) de Roma, presidido por el prefecto del Dicasterio de las Causas de los Santos, cardenal Marcello Semero, se celebró un congreso con el título "El siglo XXI, un nuevo tiempo de mártires." Dicho encuentro, del que informaba el periódico digital Vida Nueva, se encuadraba en los trabajos de la Comisión Mártires-Testigos de la Fe, creada por el papa Francisco, el papa que hablaba hablaba y hablaba y, sin hacer otra cosa, casi parecía progresista, con el objetivo de elaborar, ahí es nada, un catálogo de "todos aquellos que han derramado su sangre por confesar a Cristo y dar testimonio del evangelio."
Tratando de justificar la necesidad de este congreso y muy convencido él de la valía de su trabajo, el señor cardenal sostenía que: "la gracia de la santidad en la Iglesia está significada, pero no se agota en las canonizaciones." Añadía que lo que se buscaba en tan alta ocasión era mostrar esa "medida alta de la vida cristiana ordinaria, la santidad de la puerta de al lado." Y, con evidente exageración para cualquier observador medianamente neutral, concluía destacando el valor antropológico del martirio, echando mano para apoyar su afirmación de la encíclica Spe salvi, del papa Benedicto XVI.
En está encíclica, promulgada el 30 de noviembre de 2007, el papa que llegó de Alemania sostenía que lo que hace verdaderamente humano al ser humano es su capacidad de sufrir por la verdad y por la justicia. "Sufrir con el otro, por los otros, afirmaba el papa, sufrir por amor a la verdad y la justicia, sufrir a causa del amor, para convertirse en una persona que ama verdaderamente", expresiones profundas en apariencia, pero que no son más que puro sofisma cuando adviertes que la verdad y la justicia a la que se refería Su Santidad no eran otras que la verdad y la justicia católicas, únicas auténticas y verdaderas. Eso, dejando aparte que, por lo visto, no es posible amar verdaderamente sin sufrir, como tampoco la verdad y la justicia católicas se pueden defender sin sufrimiento. Posición oficial de la Iglesia que suena a puro sado-masoquismo, sobre todo cuando leemos que, justificando una vez más la celebración del citado congreso, el cardenal Semero cerraba sus declaraciones afirmando que: "necesitamos testigos, mártires que se han entregado totalmente."
Es decir, la Iglesia, con los suyos y para los suyos. Más aún, en contra y enfrente de los demás, porque para que haya mártires se necesita que haya verdugos, martirizadores, personas capaces de hacer daño a otras personas. El 25 de mayo de 1995, el papa Juan Pablo II, publicaba la encíclica Ut unum sint, en la que, con la coartada del diálogo ecuménico, pretendía, una vez más a lo largo de la historia, que los líderes de las otras confesiones religiosas aceptaran la supremacía del papa, esto es, que agacharan la cabeza, reconocieran sus errores y volvieran al redil. Juan Pablo II se apoyaba, él también, en el martirio, afirmando textualmente que: "nosotros los cristianos ya tenemos un martirologio común." Un martirologio que, según la misma encíclica muestra cómo Dios mantiene entre los batizados una comunión que llega hasta "la exigencia de la fe manifestada en el sacrificio de la vida." 
El problema es que, aparte de la católica, son muchas las causas que han tenido y tienen sus propios mártires, en algunas de ellas los martires lo han sido, más que por la verdad, que es un término harto relativo, por la justicia, pero, a diferencia de los católicos, por la justicia humana, extendida a toda la humanidad, que es la real, la tangible, la que podemos  percibir.

Imágenes: Pinterest

viernes, 11 de septiembre de 2026

EL MARISTÁN DE GRANADA

Fray Jofré defendiendo a un loco
Si usted, amable lector, pregunta a la IA de Google, que es la que yo manejo, por Fray Gilabert Jofré (1350-1417), más conocido en su tiempo y ciudad por el Padre Jofré, le responderá que fue un religioso mercedario valenciano "célebre", cito textualmente, por haber impulsado la creación del primer hospital psiquiátrico del mundo."
Pues bien, esta información es rigurosamente falsa. Es cierto que el Padre Jofré impulsó la creación de un hospital para dementes, pero este hospital no fue el primero del mundo y ni siquiera el primero de España.
En la misma falsedad cae el psiquiatra Francisco Alonso-Fernández (1924-2020), catedrático de las Universidades de Sevilla y Complutense de Madrid y divulgador de temas relacionados con su especialidad, en su Historia Personal de los Austrias Españoles, al afirmar que: "en una época en que en otros países europeos los enfermos mentales eran perseguidos y escarnecidos como poseídos por el demonio, o lanzados a las llamas purificadoras (obsérvese la expresión llamas purificadoras, en un psiquiatra, además) por su condición de hechiceros y brujas, se fundó en España el primer centro psiquiátrico del mundo que ha dispuesto de una organización teapeútica. Tal acontecimiento ocurrió cuando a iniciativa del padre mercedario Juan Gilabert Jofré fue creado en Valencia en 1410 un centro para proporcionar asistencia médica y humanitaria al enfermo mental."
González Duro
Aunque no tan exageradamente, yerra igualmente el también psiquiatra Enrique González Duro (1939), en su monumental Historia de la locura en España. Gran renovador de la Psiquiatria española, junto al cordobés de adopción Carlos Castilla del Pino, González Duro no dice que el hospital de Valencia fundado por el padre Jofré fuese el primero del mundo, pero sí que fue el primero de España. Aunque es cierto también que, seguidamente, el autor habla de las influencias que el padre Jofré hubiera recibido en sus viajes por tierras de musulmanes, incluida Granada, para rescatar cristianos cautivos. Incluso afirma que ya en el año 765 Bagdad contaba con un manicomio o maristán. Aunque él no lo diga, el primer psiquiátrico que se creó en el mundo fue este de Bagdad.
En efecto, el término maristán procede del persa bimaristan, que significa casa para enfermos y que si en el mundo musulmán empezó siendo un hospital de carácter general, bien pronto se limitó a los enfermos mentales, atendiendo al mandato de Mahoma, recogido en el Corán, Sura 4, Aleya 5, que dice: "No confieis a los que carecen de juicio los bienes que Dios os ha confiado para vuestro mantenimiento y el de ellos. Por el contrario, encargaros vosotros de alimentarlos y de vestirlos, y habladles con palabras amables y convenientes."
Maristán de Granada (recreación)
Tras el maristán de Bagdad se fundó el de Damasco, en el siglo XII, que sería el segundo del mundo. Un poco más tarde, en el siglo XIV, se fundó el de Granada, que fue, este sí, el primer hospital para dementes que se construyó en España.
La pregunta que se me viene a la mente en este momento es: ¿por qué los españoles de hoy despreciamos lo que, en su día, hicieron los musulmanes en nuestro país? No voy a contestarla. Pero sí abrimos un libro de Historia de España, de los que se usan en la enseñanza primaria y en la enseñanza secundaria, lo más normal es que leamos que a este país llegaron fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos; sin embargo  los musulmanes no llegaron, sino que lo invadieron. La diferencia es clara y muestra que no sólo existe ese desprecio, sino que, además, se enseña.
Pero volviendo al maristán: el de Granada lo fundó el sultán Muhammad V (1338-1391), sin duda el monarca de mayor relieve de la dinastía nazarí, que reinó en dos periodos, de 1352 a 1359, año en que sufrió un golpe de Estado, y de 1362, año en que recuperó el trono, hasta su muerte. Aliado de Pedro I de Castilla, en su corte se reunía lo más brillante de la intelectualidad de la época. Entre las muchas obras que llevó a cabó, a él se debe el Patio de los Leones de la Alhambra, así como la fachada del palacio de Comares.
León del patio
El Maristán se levantó en la zona de la ciudad que los granadinos consideraban la más saludable: el barrio del Haxariz, en la ladera del Albayzín que daba, y da, a la ribera del Darro, en el que se alzaban las villas de los más adinerados. Era un hospital gratuito, como todos los de época en el mundo musulmán, sostenido por las aportaciones tanto del Estado como de particulares.
Su historia constituye una más de la numerosas pruebas de ese desprecio por las obras de los musulmanes españoles mencionado más arriba. El edificio contaba con más de mil metros cuadrados; se organizaba alrededor de un patio con un estanque que recibía el agua por las fauces de dos leones semejantes a los de la Alhambra y sus depedencias se situaban en cuatro crujías de dos plantas, baja y primera, con amplias galerías perimetrales.
Lo mismo que los baños públicos y todo lo que significaba progreso material aportado por los musulmanes, tras la conquista cristiana, el maristán fue clausurado y convertido en Casa de la Moneda, o Ceca, función que mantuvo hasta el siglo XVII, en que fue cancelada la acuñación de moneda en Granada.
A partir de este momento, el edificio pasa a manos privadas, iniciando así su decadencia. Se vendió y se volvió a vender. Fue cuartel y, luego, casa de vecinos. Ninguno de sus propietarios tuvo el menor interés en él, aparte de cobrar las rentas de los inquilinos, de manera que, en 1843, dado su pésimo estado de conservación, el Ayuntamiento autorizó su demolición. Por suerte, sólo se demolieron las zonas más deterioradas y el resto siguió utilizándose como casa de vecinos. Para entonces, el maristán como tal había desaparecido de la memoria de los granadinos, incluidas las autoridades.
A principios de los años setenta del siglo XX, José Luis Pérez-Serrabona y Sanz (1924-1999), el peor alcalde que ha tenido Granada, por lo menos en cuanto a su patrimonio histórico se refiere, autorizó el derribo completo de la edificación. Paradójicamente, fue entonces cuando debajo de las numerosas y desastrosas modificaciones que había sufrido el edificio se descubrió el hospital musulmán del que hablaban las viejas crónicas, o lo que quedaba de él.
El Maristán hoy
En el año 2005, la Junta de Andalucía lo declaró Bien de Interés Cultural. Poco después, el Patronato de la Alhambra iniciaría los trabajos para su recuperación. En la actualidad, los leones y la gran placa conmemorativa que se encontraba en la puerta del edificio pueden verse en el Museo de la Alhambra. Aparte, se ha recuparado el patio y una de sus preciosas crujías. Ambos permitén al visitante hacerse una idea bastante aproximada del gran hospital que fue en su día.

martes, 1 de septiembre de 2026

ACTOS HUMANOS

Han Kang
"Es el hombre un ser cruel por naturaleza? ¿Lo nuestro no fue más que una experiencia normal y corriente? ¿Lo de la dignidad humana es un engaño y en cualquier momento podemos transformarnos en insectos, bestias o masas de pus y secreciones? El que no dejemos de humillarnos, destruirnos y masacrarnos, ¿es la prueba que ofrece la Historia acerca de la naturaleza humana?"
Estas inquietantes preguntas, a las que no da respuesta, las plantea la coreana Han Kang (1970) en su novela Actos humanos.
Tras el fin de la Segunda Guerra mundial, Estados Unidos y la entonces Unión Soviética dividieron la península de Corea en dos paises, Corea del Norte, comunista, y Corea del Sur, capitalista, separados por el paralelo 38. El 25 de junio de 1950 Corea del Norte invadió Corea del Sur, provocando con ello una guerra que se prolongaría hasta el armisticio de Panmunjom, establecido el 27 de julio de 1953, que ponía fin a las hostilidades. 
Entre este año y 1960, aunque formalmente Corea del Sur era una democracia, el presidente del país, Syngman Rhee, un tipo autoritario y ferozmente anticomunista, estableció una tiranía en la que, además de la persecución de disidentes, predominó la corrupción y el fraude electoral. En esta situación se produjo la revolución de 1960 que supuso la renuncia del presidente Rhee.
General Park Chun-hee
Sin embargo, el resultado de la revolución no fue la consolidación de la democracia, sino el establecimiento de una dictadura militar encabezada por el general Park Chun-hee que se prolongó de 1961 a 1979. El nuevo régimen acrecentó la represión política, suspendió las libertades civiles, creó la KCIA, departamento de Inteligencia estatal para sofocar la más mínima protesta.
Durante la primera década se produjo el desarrollo industrial del país, conocido como el "Milagro del Río Han." El Estado estableció planes quinquenales y procedió a la financiación de los grandes conglomerados empresariales de Samsung, Hyundai, LG y Daewoo, todos ellos privados y de carácter familiar. Es decir, con capital público se subvencionó la economía privada. Como suele ocurrir tan a menudo, tal desarrollo sólo pudo llevarse a cabo con el sacrificio masivo de la clase trabajadora, que se vio sometida a bajísimos salarios, las jornadas laborales más largas del mundo y la prohibición absoluta de los sindicatos independientes. 
En 1979, entre el 16 y el 20 de octubre, en las ciudades de Busan y Musan, miles de estudiantes universitarios y trabajadores salieron a la calle exigiendo la dimisión del presidente Park y el establecimiento de la democracia. El presidente respondió con la declaración de la ley marcial y el despliegue del ejército y las protestas concluyeron con más de 1000 detenidos y varios centenares de heridos. No obstante, las protestas produjeron la división de la élites en el poder, hasta el punto de que el presidente Park fue asesinado por el jefe de su KCIA.
General Chun Doo-Hwan
El primer ministro intentó convocar elecciones libres y renovar la Constitución establecida por el general Park, pero la élites no estaban dispuestas aún a ceder ni un ápice de su estatus, de manera que, antes de que terminara el año, el general Chun Doo-Hwan dio un golpe de Estado y se hizo con el poder. El 17 de mayo de 1980 Chun disolvió la Asamblea Nacional, declaró la ley marcial y arrestó a los líderes de la oposición. 
Tal hecho provocó que al día siguiente los estudiantes universitarios de la ciudad de Gwanjou se echaran a la calle exigiendo el fin de la dictadura y el establecimiento de las libertades civiles. La represión llevada a cabo por parte del régimen fue no sólo desmedida sino demencial por su desproporción. Tropas de operaciones especiales entraron a tiros y a bayoneta contra los estudiantes, un hecho que indignó de tal modo al resto de la población que el 21 de mayo de 1980 estudiantes no sólo universitarios, sino también de secundaria, trabajadores y amas de casa asaltan comisarias y armerias locales, creando con tan rudimentarios medios un Ejército Ciudadano que consiguió expulsar de las calles al ejército oficial.
Detenidos en Gwanju
De inmediato, los ciudadanos rechazaron a las autoridades locales y crearon comités de autogobierno que organizaron perfectamente la vida de la ciudad. Pero el día 27 volvió el ejército, en esta ocasión con unidades de paracaidistas y tropas de élite dotadas de  tanques y de ametralladoras, que invadieron las calles  disparando a sangre y fuego. Hasta dos mil personas fueron asesinadas aquel día y los siguientes.
Este hecho sangriento, que aún está presente en la memoria del país, es el que cuenta Han Kang en su novela. La coreana es una escritora profundamente humana. Esto quiere decir que no se anda con rodeos ni se limita a la simple narración de los hechos, sino que llega hasta el hueso, hasta le médula, engarzando un acontecimiento puntual, como éste, en la negra rueda que gira y gira sin descanso desde el comienzo de la Historia, repitiendo una y otra vez acontecimientos semejantes. La novela no es lineal, sino polifónica. En ella aparecen las voces de los vivos, pero también las de los muertos, que ven cómo sus cuerpos sin vida van siendo amotonados sin pudor hasta que los soldados, personas como usted, amable lector, o como yo, proceden a pegarles fuego. Kang lo describe todo, además, con un lenguaje poético que, sin quitarle ni un ápice de precisión a lo narrado. penetra como un estilite hasta el mismo corazón del lector, removiendo sus cimientos emocionales. No son pocos los momentos en que la terribilidad de lo que se cuenta se torna más terrible aún merced a ese conciso, delicado y exquisito lenguaje.
Han Kang recibió el premio nobel de literatura en 2024, "por su", textualmente, "intensa prosa poética que confronta los traumas humanos y expone la fragilidad de la vida humana." En castellano, puede leerse, además de este Actos humanos, La clase de griego, La vegetariana, Blanco e Imposible decir adiós, un precioso conjunto de narraciones que constituyen al día de hoy uno de los mejores de los últimos tiempos