sábado, 27 de agosto de 2022

DE CÓMO ASESINÉ A LA ROMANA



Yo me enamoré del teatro a los nueve años de edad. Fue un flechazo en toda regla. Una sombría tarde de otoño, en el teatro del colegio de los salesianos de Córdoba, hoy sede del Teatro Avanti. No puedo recordar el título de la obra que se desarrollaba en el escenario y, claro es, tampoco su autor. Creo que se trataba de El cardenal. En todo caso, era un montaje del grupo de teatro de la Asociación de Antiguos Alumnos del colegio. El patio de butacas estaba a rebosar de alumnos. Pero yo, no sé por qué, me encontraba en el anfiteatro, junto a sólo un pequeño grupito de compañeros. Me fascinó, sobre todo, la iluminación del escenario en medio de la oscuridad absoluta de la sala, luces de distintos colores que se encendían o se apagaban acentuando o difuminando  los distintos momentos de la obra y, bajo ellas, los personajes deambulando en sus trajes de época, principios del siglo XX, sosteniendo entre ellos diálogos que ni entendía ni falta que me hacía, pura magia para mi, que me permitió vivir uno de los momentos más gratos e intensos de mi estancia en el colegio.
La afición a la lectura era anterior. Tengo para mí que nací con ella. A los cuatro años ya leía el periódico y todos los letreros de las tiendas que veía en la calle, sin enterarme de casi nada, por supuesto. Me enseñó mi padre, que leía mucho, sobre todo en la cama, con su casi perpetuo cigarrillo entre los dedos, pero sólo novelas del oeste, de aquellas de Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane y otros por el estilo. Estas constituyeron también mis primeras lecturas. Las leía a escondidas, algún día contaré por qué. Mas llegó un día en que me cansé de ellas: eran todas iguales. No sé cómo mi padre podía leer una tras otra sin cansarse ni aburrirse.
En una casa humilde en la que faltaba casi de todo, un buen refugio para mí, aunque mucho más adelante, fue la Enciclopedia Pulga. Gracias a ella descubrí a Julio Verne, Salgari, Stevenson, Poe, etc. Me hice de dos ejemplares y luego los iba cambiando por una perra gorda en un local de tebeos y de novelas del oeste y del FBI que había casi al lado de mi casa y que tenía decenas de ejemplares de esta colección.
Mi adolescencia transcurrió en su mayor parte en una guerra permanente entre la naturaleza y la religión. La naturaleza me empujaba a descubrir mi cuerpo, a conocerlo, a disfrutar del placer que podía proporcionarme, en una palabra, me empujaba a masturbarme, cosa que, por temporadas, practicaba casi a diario con exquisita fruición. La religión, por su parte, tiraba de mí, desgarrándome, hacia una antinatural e imposible castidad, cuya exigencia me habían imbuido los santos padres del colegio, señalándomela como el único camino para llegar a ser un hombre de provecho y, lo que era mucho más importante, para conseguir la salvación eterna en la otra vida. Fue una lucha titánica, con episodios que me llenaban de euforia seguidos de otros que me hundían en la más amarga desesperación.
Hacia los catorce años, no recuerdo cómo, cayó en mis manos un libro inolvidable: La Romana, de Alberto Moravia. ¡Madre de Dios, cómo narraba el bueno de Pincherle! ¡Qué verismo! ¡Y que escenas tan eróticas y tan... tan... tan magníficas! Bendito Onán que estás en el paraíso, ni gallardas que me eché yo a costa de la pobre Adriana. Aquel buscándonos las carnes, de la  protagonista con su noviete o con uno de sus clientes, no recuerdo, me ponía como un soldado romano a punto de entrar en combate. Que me perdone don Alberto, pero una vez tras otra volvía a aquel libro buscando únicamente las escenas subidas de tono y siempre con el mismo propósito.
Llevaba sólo unos meses con aquel libro cuando subí por primera vez a un escenario. Fue también en los salesianos. Un domingo de primavera, a primeras horas de la tarde. Me escogió uno de aquellos benditos padres para hacer nada menos que de Santo Domingo Savio, el protagonista de una de aquellas obras educativas de la Galería Dramática Salesiana. En síntesis, la obrita contaba cómo un grupete de niños se hacía con una revistas de mujeres ligeras de ropa y cómo Dominguito Savio que, según contaban no se había masturbado ni siquiera una vez en su vida, los descubría, se apoderaba de las revista y las destruía, después de haber conseguido el acuerdo de los chavales, a los que les había largado una sentida plática acerca de la pureza.
No sé cómo ocurrió. Quizás que, en mi inexperiencia, me metí demasiado en el papel. O acaso fueran los continuos sermones del cura en los ensayos, incluidas las consabidas amenazas ultraterrenales. El caso es que al terminar la representación sufrí uno de los ataques de remordimiento y de temor que me volvían del revés y me empujaban al arrepentimiento y a la expiación, de manera que corrí a mi casa, cogí la queridísima Romana de Moravia, que guardaba como un tesoro bien oculto a las miradas siempre inquisitivas de mi madre, me fui con ella a la orilla del río y allí, cayendo ya la tarde, entre lágrimas y suspiros, fui arrancando sus hojas y una a una arrojándolas al agua. Un asesinato en toda regla del que todavía no he terminado de arrepentirme.


domingo, 21 de agosto de 2022

SOBRE LOS ÁNGELES

 

¿Existen los ángeles? Si está pregunta se la hacemos a un creyente católico, a un judío o a un mahometano, nos responderán que sí, sin duda. Si la pregunta me la hubieran hecho a mí cuando era niño, hubiera contestado exactamente lo mismo. Ángel de la guarda, dulce compañía, no me abandones ni de noche ni de día. Que levanten la mano los que allá por los años cuarenta, cincuenta y mitad de los sesenta, por lo menos, no recitó esta invocación en ningún momento de su vida. En la habitación en la que dormíamos mi hermana y yo había un cuadro con una litografía de bajísima calidad, pero en la que se veía perfectamente un tenebroso paisaje con un puente en regular estado tendido sobre un abismo, en un extremo un niño empezando a cruzarlo y a su lado, casi sujetándolo por los hombros, un ángel andrógino, con una larga melena rubia, como de oro, y relamido hasta el cansancio. El mismo cuadro u otro semejante se encontraba en buena parte de los hogares españoles. ¡Cómo para negar su existencia!
Si la pregunta se le hubiéramos hecho a Pitita Ridruejo (1930-2019), no sólo nos habría contestado afirmativamente, sino que, seguidamente y sin solución de continuidad, nos habría largado una conferencia de no te menees en la que nos habría contado todo lo que se puede saber sobre estos seres invisibles e inefables. Nos habría dicho, ante todo, que los ángeles son espíritus puros. Nos habría contado que eran, como todo, creación divina y que allá por los tiempos de María Castaña (el que sepa quién era esta señora que nos lo cuente), todos vivían en paz y armonía, pero que cierto día un grupo de ellos, encabezado por el más bello de todos, Luzbel, hasta las mismas narices de soportar las perfectas inmovilidad e inmutabilidad del Gran Hacedor, se rebelaron contra él. El Gran Hacedor no movió ni un dedo, pero los ángeles fieles a Él, encabezados por Miguel, se enfrentaron a los rebeldes a los que derrotaron en descomunal batalla. Aquel fue un día terrible para el cielo, porque los derrotados fueron condenados al infierno, creado para ellos en aquel mismo momento. Pero, de rebote, fue también un día terrible para los seres humanos, quienes aún no habían sido creados, pero que cuando Dios los creara y los pusiera en el paraíso terrenal y, más tarde, los expulsará de él irían a parar a aquel mismo infierno todos los que no cumplieran sus mandamientos y, en su día, también los de su Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana.
Pitita Ridruejo nos contaría después que en el cielo hay tres estratos o esferas en las que se reparten los ángeles que ganaron aquella batalla. En la primera esfera, que es la más cercana al trono divino, están los Serafines, Querubines y Tronos; en la segunda están los gobernadores celestes: Dominaciones, Virtudes y Potestades; y en la tercera esfera, los mensajeros celestes: Principados, Arcángeles y Ángeles.
Ahora bien, el ángel más célebre de todos es, precisamente el de la guarda, que hemos mencionado al principio. Se sabe, porque se sabe, y si no Pitita Ridruejo, nos los habría asegurado, que cada persona, sea de la condición que sea, tenemos uno. Sin embargo, si es así, tendrá que haber una fábrica de ellos, aunque esto no nos habríamos atrevido a preguntárselo a doña Pitita, porque parecería que poníamos en duda sus historias; pero, no remontándonos mucho, si al principio del siglo XX éramos seis mil millones de habitantes en el planeta y hoy somos ya ocho mil millones, con perspectiva de seguir creciendo, ¿de dónde proceden esos ángeles necesarios para atender a los nuevos seres humanos? No lo sabemos.
No obstante, que carezcamos de respuesta para esta pregunta no resta ni un ápice de popularidad al ángel de la guarda. Es un personaje tan habitual que hasta los politicos lo tienen. Por ejemplo, ahí está Fernández Díaz, un inmundo personaje, presuntísimo subjefe de las cloacas del Estado (el jefe, presunto, era un tal M. Rajoy, que todo el mundo sabe quién es menos los jueces españoles), esa especie de sabandija beatona, antaño golfo de discoteca y después golfo de la política, tiene también el suyo. Se llama Marcelo y el exministro habla con él y lo ayuda nada menos que a aparcar. Todo un portento.
Pero esto de los ángeles en la política no es nuevo. Nada menos que en 1701, recién llegado a España Felipe V, el Borbón, cuya dinastía sustituyó a la de los Austrias, nos enteramos de que algunas personas privilegiadas no cuentan con un ángel de la guarda, sino con dos. En efecto, nada menos que don Manuel Arias, Presidente del Consejo de Castilla y segunda autoridad del reino, le decía textualmente al nuevo monarca: "Los ministros y el mismo arzobispo de Toledo, tienen solamente un ángel de la guarda cada uno; los reyes tienen dos y uno de ellos preside el gobierno de sus Estados y es mucho mas hábil que el otro: el rey más mediocre es capaz de gobernar por medio de estos ángeles mejor que el mejor ministro." Una declaración que nos deja perplejos y con una enorme duda quemándonos los labios, pues, si la declaración del señor Arias es cierta, es posible que Carlos II, al que llamaron El hechizado, no estuviera el pobre medio tonto a causa de los cruces intrafamiliares, sino que mentes oscuras y manos malvadas, burlando a sus ángeles de la guarda, lo entontecieron para acabar con la dinastía. Y si esto fue así, ¿cabe dudar de que todo el complot lo hubiera organizado Luis XIV, el rey de Francia, abuelo de Felipe V, con el propósito de introducir su dinastía en España y ponerla a su servicio?
Sea como sea, menudo país el nuestro, ¿no? Porque si los ángeles existen, y dudarlo es cosa propia sólo de inmorales ateos, ya sabemos quien protegía al Emérito en sus fechorías para que nadie, ni políticos, ni periodistas, ni, muchos menos, fiscales y/o jueces, se percataran de ellas. Y, sin la menor duda, un ángel ha sido también el que le escribió al monarca actual la sentidísima rogativa dirigida a Santiago Matamoros en su catedral de Santiago de Compostela el pasado 25 de julio. Con ella, don Felipe VI le pedía al presunto apóstol que nos ayude a los españoles a encontrar certezas que sirvan de guía en nuestros caminos. Y también: "Los valores inmutables de la peregrinación nos guiarán de nuevo en la superación de las adversidades."
Sí, ha tenido que ser el ángel de la guarda, no sólo el que le ha escrito la rogativa, sino el que ha empujado al monarca a recitarla, porque de otra forma no se explica que el Jefe del Estado, un Estado aconfesional, y en su calidad de Jefe de Estado, se pase olímpicamente por la entrepierna la Constitución que recoge dicha aconfesionalidad, además, en un templo católico. ¡Y que a nadie, ni al Tato, se le ocurra, por lo menos, protestar!

P.S. Las negritas son de quien escribe.
Las imágenes son de internet

miércoles, 17 de agosto de 2022

SALVADO POR LA CAMPANA

Por encima de dogmas y de creencias, el catolicismo es una religión de pecado y de perdón. A diferencia de la mayoría, por no decir de la totalidad de las demás religiones, que tienen como objetivo declarado el perfeccionamiento de sus fieles a través de las prácticas piadosas, el catolicismo no es que rechace la consecución de la virtud, sino que el practicante católico puede ser más malo que un dolor de muelas que tal circunstancia carece de verdadera importancia. O, dicho más claramente, usted puede pecar y pecar tanto como quiera, siempre que cada vez que peque se acerque al confesionario, le cuente su pecado al sacerdote de turno y listo, lavado y suavizado como la mejor de sus prendas de cama o de vestir.
"¿Y cuántas veces debemos perdonar, Maestro, siete?"
"No te digo yo siete, sino setenta veces siete."
De esta manera, el evangelista pone en boca de Jesús la creación del pasaporte para el pecado, pues el setenta veces siete no quiere decir cuatrocientos noventa, que es el resultado de la operación, sino las veces que sea necesario. Al menos, así lo ha interpretado la Iglesia. Pero tanto y tanto perdón ¿qué es en el fondo sino una invitación a pecar? Pues si una y otra vez se te perdonan tus fechorías, que, además, suelen ser las mismas, ¿qué estímulo tienes para dejar de practicarlas?
Hay que señalar, no obstante, que el perdón de los pecados tiene como premisa cinco condiciones: examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Estas cinco condiciones me las hicieron aprender de memoria en las clases que llamaban de religión, pero que ayer, como hoy, eran y son de catequesis. Y se me quedaron tan adentro que las recuerdo como si las estuviera recitando en este momento ante el cura de turno.
La Iglesia, que lo tiene todo minuciosamente catalogado y puntualizado, explica que el dolor de corazón es en realidad arrepentimiento del pecado y que este admite dos formas la atricción y la contricción. La primera es el arrepentimiento por temor a las penas que te pueden caer en la otra vida, al infierno, concretamente; la segunda, mucho más valiosa, define el arrepentimiento por amor de Dios.
Pero la doctrina del pecado, ellos la llaman teología, para darle cierto sabor científico, no termina en el perdón. La Iglesia sostiene dogmáticamente que quien muere en pecado mortal va directamente al infierno. Ni de veces que de niño los sacerdotes nos acojonaban literalmente al advertirnos con sus expresiones más sofisticadas que si, una vez acostados, pecábamos, y a qué pecado se referían ya lo sabíamos todos, y moríamos durante el sueño no tendríamos salvación, al fuego por toda la eternidad (lo que les ha gustado siempre a estos caballeros el fuego, han sido y son 
auténticos pirómanos)
Morir en pecado mortal. Qué expresión tan sencilla, tan clara y tan directa, ¿no? Pues más allá de su sencillez esta frase esconde tras ella una de las hipocresías más potentes de la Iglesia católica, organización que en esta materia es difícil de superar. ¿Y en qué consiste esa hipocresía? Verá: usted puede llevar una vida de rectitud incluso hasta el heroísmo; usted puede cumplir hasta la extenuación y hasta con riesgo de la vida todos y cada uno de los mandamientos de la Ley de Dios y los de la Iglesia, puede ejercer exhaustivamente la caridad y practicar las obras de misericordia, usted puede vivir, en fin, entregado enteramente al amor de Dios y del prójimo, que si un mal día cae usted en la tentación y peca mortalmente y muere sin tiempo de obtener el perdón, usted va directamente al infierno. 
Ahora bien, usted puede ser a lo largo de su vida el mayor crápula de la historia, puede ser un asesino en serie, un violador, un genocida, en una palabra, puede ser un pecador con toda la batería de pecados posibles a sus espaldas que si un día se arrepiente, se confiesa, obtiene la absolución y, seguidamente, muere, su destino no es otro que el cielo. Es decir, que usted resulta salvado por la campana, exactamente igual que en esa salvajada del boxeo un púgil se salva del KO cuando, un instante antes de caer, suena la campana que anuncia el fin del combate.
Sin embargo, como, aparte de hipócrita, esta doctrina es de una brutalidad insuperable, pues no se acumulan méritos ni se tiene en cuenta el sacrificio de toda una vida, sino que el premio o el castigo dependen de la fotografía de un sólo momento, la Iglesia inventó el purgatorio, lugar que no figura ni como metáfora ni como alegoría en ningún sitio del Antiguo o del Nuevo Testamentos. En el desarrollo de la teología del pecado, llegó a la conclusión de que, aunque la absolución del sacerdote concede el perdón del pecado, éste deja en el alma huellas o cicatrices con las cuales no se pueden entrar en el cielo, lugar de absolutas limpieza y perfección. El purgatorio es entonces, como su nombre indica, el lugar en el que se limpian esas manchas y se eliminan las cicatrices. ¿Y cómo se eliminan? Pues cómo va a ser: exactamente, con fuego. ¡Lo mismo que en el infierno! Sólo que aquí el sufrimiento es temporal y se hace más llevadero al conservar la esperanza de salir de él.
 
Imágenes de Córdoba, propias:
1.- Jardines Campo de la Merced
2.- Patio Calle Frailes
3.- Patio calle Isabel II
4.- Patio calle Maese Luis

martes, 9 de agosto de 2022

PROHIBIDO DUDAR

Cuando yo era niño, ¡madre mía!, ¿cuándo fue eso?, preparándonos para la primera comunión, el párroco de San Pedro, don Julián Caballero nos contó una historia que, en nuestra insignificancia de entonces, nos llenó de pavor. Como además nos la contó con su voz más potente y cavernosa, aquella tarde salimos del templo con los congojos completamente atravesados en el gaznate.
Era dos amigos, llamémosles Felipe y Amadeo, ya adultos que conservaban su amistad desde la primera infancia. Cierto día, Amadeo le confesó a Felipe que tenía serias dudas de que Dios existiera, como le habían enseñado desde que eran niños, y de que existiera realmente otra vida después de la muerte. "A mi parecer", le dijo, "toda esa parafernalia que monta la religión es sólo teatro para domesticarnos y manejarnos a su antojo." Felipe, naturalmente protestó, señalándole a su amigo que sin Dios, el mundo, la vida, su amigo y él mismo carecían de explicación y, por supuesto, de sentido. 
Pero a Amadeo no se le disipaban las dudas. Muy al contrario, cada día dichas dudas se le iban transformando en la negación de la existencia de Dios. Pero poco antes de que su negación cristalizara y se tornara irreversible, Amadeo enfermó gravemente y, sintiendo que llegaba su última hora, hizo llamar a su amigo Felipe y cuando lo tuvo a su lado le dijo: "Felipe, me muero, ya lo ves, me voy al otro mundo. Te he llamado para decirte que si es verdad que hay Dios volveré a decírtelo." Y no bien hubo dicho estas palabras, expiró.
Pasó una semana, dos, tres. Felipe estaba seguro de que del otro lado de la muerte no había vuelto nunca nadie, salvo Jesús, por eso no le extrañaba que pasaran los días y Amadeo no regresara. 
Pero un día, justo cuando se cumplía el veintiuno de su muerte, a media noche, se escuchó en la habitación de Felipe un estruendo como si se hubiera caído un armario o hubieran tirado una piedra de buen tamaño por la ventana. Felipe despertó bruscamente y al abrir los ojos descubrió a los pies de su cama una figura negra y humeante, tan pavorosa que poco faltó para que sufriera un ataque al corazón. Pero entonces, "¡Feliiipeee! ¡Feliiipeee!", brotó de aquella horrorosa figura la voz que recordaba vagamente la de su amigo fallecido, "Soy Amadeoooo! Vengo a decirte que Dios existe y que yo estoy en el infierno para toda la eternidad por haber dudado de su existencia." Teníamos siete años y entonces no había televisión, ni radio en la mayoría de las casas, ni nada de nada.
Yo no sé en otras religiones, porque no soy un experto en religión comparada, pero en el catolicismo la simple duda es un pecado de tal calibre que, de morir con él, usted va directamente al infierno. Puede llevar una vida intachable, cumpliendo escrupulosamente todos los mandatos de la religión, incluso heroicamente y hasta, quizás con riesgo de su vida, que si en el último momento tiene la más mínima duda, ¡cataclás! de cabeza al infierno. Que religión tan chusca, ¿no?, incluso miserable. ¿Y qué clase de Dios es ese que a mí me predicaban de niño que te endosa un castigo eterno por una simple duda? La realidad es que, hábiles como son, sacerdotes y jerarcas lo único que persiguen es meterte bien metido el miedo en el cuerpo, sabedores de que el miedo que se adquiere de niño es si no imposible sí que muy difícil de erradicar.
Pero la duda está además tan duramente condenada, porque tras ella puede llegar y de hecho llega en muchas ocasiones la confirmación de que todo lo que te contaron no es más que un cuento para tenerte, como se dice, amarrado a los pies de la cama.
Tenía yo alrededor de catorce años y, pese al temor y todo lo demás, a mí me llevaban surgiendo dudas desde hacia bastante tiempo. Por aquel entonces, yo no pretendía alejarme de la Iglesia, sino encontrar respuestas. Y la encontré, la más formidable que hubieran podido darme. Durante un tiempo estuve preguntándome a quien plantearle aquella dudas y tras rechazar a don Julián, el párroco, a los padres de los salesianos en los que estudiaba, me acordé del coadjutor de mi parroquia, don Juan, un tipo cetrino y silencioso, gran fumador, que, aunque yo no lo sabía, vivía amancebado con la señora que, en teoría, le limpiaba la casa y le hacía la comida. Además de su silencio, aquel don Juan, que lo más que me decía era: "tú eres un niño zangolotino que se comió cuarenta kilos de pepinos." y que no tragaba a las beatas, hasta el punto de que les daba la comunión como si estuviera repartiendo cartas de mala leche, aquel don Juan era el mío. Así es que una mañana lo abordé en el atrio de la iglesia.
"Que mire usted, don Juan", empecé tímidamente. "Que yo es que tengo algunas dudas y me gustaría...."
No me dejó terminar.
"¿Dudas?", replicó si alterarse. "¡Dudas! Tú lo que tienes que hacer es rezar, verás como te desaparecen las dudas."
Y justo a partir de aquel momento me desaparecieron todas las dudas, vaya si me desaparecieron. Nunca más volví a dudar. Seguí acudiendo a la iglesia durante un tiempo, porque había que hacer el paripé, pero el catolicismo quedó para siempre fuera de mi vida.

Imágenes: Pinturas del cordobés Manuel Castillero

miércoles, 3 de agosto de 2022

FE Y CREDULIDAD



En la tertulia que los jueves mantenemos aquí, en mi casa, mis amigos Ernesto Caraba, Sacho Dávila, mi mujer y yo hablamos de todo sin un orden del día previo y muchas veces saltando de un asunto a otro y picoteando aquí y allá. Pero casi siempre surge un tema en el que acaban centrándose las intervenciones y en el que hasta llegamos a alguna conclusión que damos por definitiva.
El jueves pasado, yo mencioné la toma de posesión del nuevo presidente de la Junta de Andalucía, un tal Moreno Bonilla, un acto para cuya celebración el buen señor reunió nada menos que a setecientos invitados, dato, no obstante, que, por su exageración, hay que coger con pinzas, pues está tomado de los periódicos y ya sabemos que en España la prensa, en fin, no es demasiado veraz, para decirlo lo más suavemente posible. En cualquier caso parece que fue una celebración potente, algo así como si se tratara de la boda de un magnate de las finanzas o del presidente de alguna de las grandes empresas de energía eléctrica que se están forrando con el timo de la estampita.
Pero cuando más bien chismorreábamos que hablábamos seriamente acerca tanto del acto como de las medidas y proyectos que Moreno Bonilla se propone llevar a cabo a lo largo de la legislatura, Ernesto Caraba soltó: "Desde luego hay que tener fe, mucha fe, para creer a un señor que en plena pandemia del Covid no se le ocurrió nada mejor que despedir a varios miles de médicos de nuestra Seguridad Social, mientras le perdonaba algo así como cuatrocientos millones de euros a la COPE, la cadena radiofónica de los obispos españoles; retiraba unidades temáticas de los colegios públicos y aumentada descaradamente el apoyo económico a la enseñanza privada."
"A mí", intervino mi mujer, yo creo que un tanto irónicamente, "me enseñaban de niña que la fe era una gracia que Dios nos daba gratuitamente y que, del mismo modo, nos la quitaba si nos alejábamos de él y no cumplíamos sus mandamientos y los de la Santa Madre Iglesia."
Y aquí se inició un pequeño guirigay acerca de lo que era o no la fe  y acerca de la clase de fe a la que se refería tanto Ernesto como mi mujer, que por cierto se llama Lola, a la que en adelante la llamaré por su nombre, sin especificar que se trata de mi mujer, puesto que ni es mía ni nunca lo ha sido. La cuestión era que no parecían ser del mismo tipo la fe a la que se refería Lola y aquella a la que se refería Ernesto, y si era así, ¿de cuántas fes podíamos hablar? Parecía un tema baladí, pero por la pasión que enseguida empezamos a mostrar Ernesto, Lola y yo mismo pronto nos dimos cuenta de que no era tan sencillo llegar a una conclusión. Entonces intervino Sancho Dávila que hasta aquel momento había permanecido callado y muy atento a lo que cada uno de nosotros decía.
"Vamos a ver, aquí hay una confusión de principio que vicia la discusión y que conviene aclarar. Cuando se habla de fe es necesario distinguir entre esta y la credulidad, que casi siempre se mezclan y se confunden. La religiones en general e interesadamente ponen el acento en la necesidad de la fe para aceptar sus contenidos y dogmas y cumplir sus mandamientos. Y, según los dirigentes de cada religión no es necesario que tales contenidos y dogmas tengan un carácter racional, más bien al contrario, ese carácter, sostienen, puede ser un obstáculo para la fe y, por tanto, para la aceptación de dichos contenidos y dogmas. Centrándonos en el cristianismo, Tertuliano, por ejemplo, afirmaba: 'Creo porque es absurdo.' Y en general desde los Padres de la Iglesia hasta el último cura de aldea sostienen que sin fe es imposible la salvación. Bien, pero ninguno aclara que es para ellos eso de la fe.
Dávila hizo una pausa, dio un sorbo al refresco que tomaba, que ya debería estar más bien calentito, suspiró levemente, como con resignación y prosiguió:
"Hay algo en este asunto que siempre se pasa por alto y es lo siguiente: queramos o no, creer en algo o en alguien, es decir, tener fe, exige cierto sustrato de verosimilitud por parte de ese algo o ese alguien, de lo contrario, de lo que en realidad se habla no es de fe, sino de credulidad, que podemos definir como la creencia infantiloide en cualquier cosa, por absurda e imposible que sea. 
"Con un ejemplo lo veremos claro: Un amigo de confianza ha vuelto de Nueva York y me cuenta que hay edificios de más de cien metros de altura a los que llaman rascacielos. Yo no he visto en mi vida un rascacielos y hasta este momento no he tenido noticia alguna de su existencia; sin embargo, creo a mi amigo porque si con las técnicas actuales de construcción yo he visto edificios de doce o catorce plantas, no considero imposible ni absurdo un edificio que bien puede tener treinta y cinco o cuarenta plantas, incluso más. Entonces, lo que tengo en relación con lo que me cuenta mi amigo, es fe. Que mi amigo me engañe y no sea cierto que en Nueva York haya rascacielos no afecta a la esencia de mi fe, puesto que aquello en lo que yo creo resulta, en principio, ciertamente creíble.
"Imaginad que, poco después, el que viaja a Nueva York soy yo y descubro que mi amigo me ha engañado que allí no hay rascacielos ni nada que se le parezca. Inmediatamente yo pierdo la fe en mi amigo y a partir de ese momento en todo lo que me diga. Es decir, que la fe no se tiene por una persona, por mucha autoridad moral o académica que tenga, sino por aquello que se nos propone creer, pero se pierde por la persona que te dijo una mentira en lugar de la verdad.
"Supongamos ahora que ese amigo nuestro es el papa de Roma, la mayor autoridad moral del mundo occidental, al menos en teoría. Supongamos que nos dice que, cuando era cardenal, viajando desde Buenos Aires a Roma vio por la ventanilla del avión una bandada de elefantes volando. Como quiera que un hecho así no tiene el menor sustrato de verosimilitud, puesto que sabemos que los elefantes carecen de alas y, por tanto, no pueden volar, si creemos lo que nos dice el papa no es fe lo que tenemos, sino credulidad, que es lo que tienen los niños cuando se les habla del hombre del saco o de los Reyes Magos.
"Por consiguiente, si, volviendo al presidente de la Junta de Andalucía, creemos que Andalucía va a convertirse en una potencia en energías renovables, como él afirma, lo que tenemos en principio es fe, porque no podemos negar que Andalucía cuenta con una base más que suficiente para convertirse efectivamente en esa potencia energética. Ahora bien, considerando que el personaje ya nos ha mentido en alguna que otra ocasión aceptar ahora lo que dice entraría plenamente en el terreno de la credulidad.
"Por su parte, la afirmación de Tertuliano, que pasa por ser uno de los grandes pensadores de la Iglesia, lo que revela no es que tuviera fe, sino que era un crédulo, es decir, que tenía credulidad. Eso o era un cínico, puesto que es imposible creer de verdad en algo que de entrada sabemos o entendemos que es absurdo. Y no es poco lo que el cristianismo tiene de absurdo. Por ejemplo, que un hombre que muere en una cruz resucita y, en lugar de mostrarse públicamente para que todo el mundo se convenza de la verdad de su mensaje, sólo se aparece a sus compinches, quiero decir, a sus discípulos. Por lo tanto, querida Lola, lo que a ti y a todos nosotros nos enseñaron de niños no es fe, sino credulidad, porque los hechos a los que se refiere no tienen el más mínimo sustrato de verosimilitud, sino todo lo contrario. Y de hecho cuando a un sacerdote o a un teólogo le planteas el tema de este modo, no sólo el de la resurrección, sino el de la Trinidad, el de la transustanciación del pan, etc, etc, tratará de salirse por la tangente, pero si le aprietas acabará diciéndote que se trata de un misterio y que, como tal, resulta inexplicable. Lo que en realidad están diciendo es que se trata de absurdos, hechos que requieren amplias tragaderas para creer en ellos, es decir, requieren no fe, sino credulidad."

Imágenes: pinturas de Miró.


jueves, 28 de julio de 2022

VIVA LA GUERRA


De tanto repetirnos y repetirnos que el ser humano necesita encontrar el sentido de la vida, ahí vamos como autómatas metidos sin pensar en esa búsqueda, retorciéndonos no sólo el cerebro, sino hasta la nariz y el "diodeno", como diría Chiquito de la Calzada. Desde muy pequeñitos nos lanzan por un tobogán interminable en cuya cabecera se encuentra siempre la religión, es decir, los hombres, porque son sobre todo hombres, que de ella viven. ¿De dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Adónde vamos?, nos repiten una y otra vez mientras nos deslizamos pendiente abajo tratando de encontrar una respuesta. Nos machacan, sobre todo, con la última, la más inquietante, ¿adónde vamos? No pocos de estos controladores religiosos se disfrazan de filósofos y hasta inventan sistemas en los que a primera vista la religión no existe o no se tiene en cuenta, hasta que, en el momento menos esperado, dan un giro y, ¡zas!, el sistema termina justamente en el divino Dios.
Una vez introyectada la necesidad de encontrar el sentido de la vida, cualquier medio es válido y aceptable para proceder a su búsqueda. Así, la británica Karen Armstrong, gran experta en religión comparada, miembro prominente del grupo de la Alianza de Civilizaciones y, en 2017, premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, rizando el rizo y retorciendo los hechos hasta llevarlos enteramente a su terreno, en su libro Campos de Sangre y a propósito de la caza en la prehistoria, en la que un pequeño, diminuto, grupo humano se enfrenta con armas rudimentarias a un animal gigantesco, por ejemplo, un mamut, esa señora afirma que: "...estas persecuciones violentas se percibían como actividades religiosas naturales, por muy extraño que parezca a nuestra comprensión actual de la religión (es decir, porque lo digo yo). Las personas, especialmente los hombres, experimentaban un poderoso vínculo con sus compañeros guerreros (guerreros, no cazadores, dice la señora), una intensa sensación de altruismo al poner su vida en peligro por los demás y la sensación de vivir con más plenitud."
Yo no sé cómo puede conocer la señora especialista los sentimientos que embargaban a nuestros antepasados prehistóricos en una situación de peligro como esta, pero por si fuera poco el retorcimiento interpretativo de las pinturas que esos mismo cazadores dejaron en las cuevas en las que habitaban, doña Karen no tiene reparos en echar mano de una cita de Chris Hedge, corresponsal de guerra del The New York Times que dice lo que sigue:
"La guerra hace que el mundo sea comprensible, un cuadro en blanco y negro que divide a buenos y malos (a recordar: los buenos son los del Séptimo de Caballería, los malos los indios). Suspende el pensamiento, en especial el pensamiento autocrítico (es decir, la conciencia de la bondad o maldad de nuestros actos, las cosas por su nombre). Todos se inclinan ante el esfuerzo supremo. Somos uno. La mayoría de nosotros acepta la guerra con gusto (la negrita es mía) siempre y cuando pueda enmarcarse en un sistema de creencias que postule el sufrimiento subsiguiente como algo necesario para un bien superior, pues los seres humanos no sólo buscan felicidad, sino también el sentido. Y por desgracia, a veces la guerra es la herramienta más poderosa de que dispone la sociedad humana para alcanzar el sentido."
Que en pleno siglo XXI, con lo que se conoce ya del cerebro y de nuestras capacidades para controlar la violencia y llegar a entendimientos pacíficos, tengamos que leer todavía alegaciones guerreras como esta y que una señora como Karent Armstrong, que no sólo es experta, sino defensora de la religión, reciba el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales da idea de cómo se mantienen y actúan sobre la sociedad los grandes manipuladores y controladores del rebaño humano. 
Al señor periodista se le han olvidado varias cosas. La primera, quizás, que para alcanzar el sentido de la vida lo mejor es hacerse miembro de la OTAN, porque seguro que no van a ser guerras lo que nos va a faltar. Mi padre, que, como ya he dicho alguna vez en este mismo medio, hizo la guerra del treinta y seis en la legión no contaba nada de ella, sólo una mínima, aunque rocambolesca, historia de cómo y por qué había llegado a la legión. Pero en cierta ocasión, le oí comentar con un familiar que en aquella guerra él cambiaba agua por coñac. Tal vez se le escapara, porque fue un comentario fugaz, pero de él yo deduje que el ardor de los soldados en el combate debía deberse a la ración de alcohol que le facilitaban y no a ideal alguno, puesto que, a despecho del comentario del señor periodista de más arriba, la práctica totalidad de los seres humanos no desean morir y a muy, pero a que a muy pocos les satisface matar. Si al alcohol le añadimos la arenga de los mandos la desaparición del pensamiento autocrítico está servida y entonces, sí, lo que aparece es la sed de sangre y el ansia de matar a quién, por el mismo camino que tú, anhela matarte a ti. Aquella intuición no tardé demasiado en corroborarla a través de mis lecturas al respecto.
Bien, pues por mucho que se empeñen los pensadores y dirigentes del cotarro religioso, por más que se empeñen filósofos y teólogos, lo único que de verdad conocemos de Dios es su silencio, un silencio aplastante, abrumador, continuo e interminable. Por consiguiente, en el asunto de la búsqueda del sentido de la vida es más que conveniente aplicar la navaja de Ockham y decir lo que Laplace le dijo a Napoleón: No, sire, Dios no es necesario en mi sistema."
La proposición buscar el sentido de la vida, es una proposición malévola que interesa sobremanera a los dirigentes religiosos, al señor obispo de Córdoba, por ejemplo, gran inventor de bulos, entre otras cosas, a los miembros de la Conferencia Episcopal y a personas en general que viven no por la religión, sino de la religión. 
Nacida de un farragoso azar, en lo que hoy parecen estar de acuerdo la mayoría de los científicos, la vida no tiene, no puede tener sentido alguno. Sencillamente es. Y punto. Surgida, además, en un medio hostil, en el que los individuos nacen y mueren, porque aquello mismo que los alimenta es lo que los mata, su único objetivo es mantenerse trasmitiéndose de unos seres a otros, adaptándose y evolucionando. La pregunta, pues, ¿de dónde venimos? queda contestada de este modo. La respuesta a la pregunta ¿qué hacemos aquí?, no es otra sino la de transmitir nuestros genes, esto es, transmitir la vida, cosa que hacemos todos los seres vivientes incluidos los humanos, ese y no otro es nuestro principal y único objetivo, todo lo demás es accesorio y, desde luego, innecesario para la vida. La pregunta que al día de hoy sigue sin respuesta es ¿adónde vamos? Pero ni debemos inquietarnos ni, mucho menos, atender a la respuesta que sostienen los representantes y vividores religiosos, porque no tienen prueba alguna de esa respuesta. No debemos inquietarnos, porque lo más probable es que no vayamos a ningún sitio. En cualquier caso, dejemos a la ciencia que siga investigando, pues será de ella de quien nos llegue la respuesta correcta, si es que realmente existe.
El sentido de la vida no lo vamos a encontrar nunca, aunque busquemos y busquemos, mucho menos en esa infernal brutalidad que representa la guerra, donde lo que se desatan realmente son los peores instintos de la especie humana, alojados en el cerebro reptiliano que seguimos poseyendo. Y no lo vamos a encontrar porque, como ya he dicho y repito, la vida carece por completo de sentido, no tiene lógica ni fundamento.
Otra cosa absolutamente distinta es darle un sentido a nuestra vida. Todos los animales, incluidos los superiores, se limitan a vivir y a luchar por su supervivencia. Dotado a lo largo de la evolución de la capacidad de pensar en sí mismo y en su entorno, únicamente el animal humano, siempre insatisfecho, puede, si no es capaz de limitarse tranquilamente a vivir, darle un sentido a su vida, cualquiera, el que le parezca mejor, material o espiritual, eso carece de importancia, lo importante es que ese sentido será único y personal, cada persona tendrá el suyo propio, porque lo contrario, tratar de imponer a los demás el sentido que yo le doy a mi vida sería caer precisamente en la misma dictadura mental y uniformista  que pretenden los vividores de la religión.

Imágenes de internet


 

martes, 26 de julio de 2022

IMPUNIDAD Y SOBERBIA


 "Lo que está ocurriendo en este país es increíble", decía Ernesto Caraba el jueves pasado en nuestra tertulia, "cualquiera inventa un bulo, lo publica en su diario, tira por los suelos la honra y el honor de una persona o de un grupo entero y cuando se descubre la falsedad, no pasa nada. 
No hablamos de cualquier cosa, sino de difamación. Y la difamación es un delito penal. Ahora bien, lo tienen todo atado y bien atado, porque aquí, en España, la justicia no actúa de oficio ante este delito, sino que, para que lo haga, el perjudicado tiene que denunciar el hecho. O sea, que, además de ser víctima de un delincuente, tienes que empezar soltando la pasta, cuatrocientos o seiscientos euros, no recuerdo, que cuesta de entrada poner una denuncia. Pero es que si eres persona pública, lo que al denunciar consigues en primera instancia es darle más vuelo a la difamación, puesto que si el bulo lo publicaron siete medios, ahora lo van a publicar todos, haciendo que por lo menos entre la duda entre los lectores, oyentes, o televidentes. Y tal como está la justicia en nuestro país, aunque el bulo, la falsedad, la difamación sean más que evidentes, porque están publicados incluso por escrito, no es seguro que un juez falle a favor de la víctima, mucho más si es persona pública y ya el colmo se se dedica a la política. O sea, que el difamador puede quedar libre y encima con una publicidad de tres pares de narices para él y para su medio, que ahora sí que se van hartar de publicar bulos. ¡Y no pasa nada!
"Ya se ha visto lo que entre ese tal Inda, un verdadero indeseable, que en cualquier país medio decente hace tiempo que estaría en la cárcel, y el otro tal Ferreras, tres cuartas de lo mismo, le montaron a Pablo Iglesias y, como derivación a Podemos. Ahí , como bien sabéis, intervinieron policías y políticos, las cloacas del Estado. Un delito de una gravedad más que importante, porque ataca la esencia de la democracia. Es igual, no pasa nada, ni por parte de la justicia ni por parte de los españoles en general.  Impunidad total. Para el delincuente, para el juez y para el sursum corda, menos para la victima, que con fallo en contra o a su favor acaba enfangado hasta las orejas.
"Tan no pasa nada que el tal (buitre) Inda sigue publicando bulos en el libelo que montó gracias al apoyo del ministro Fernández Díaz. Y no se frena ante nadie. Ya sabéis también que hace unos días el presidente del gobierno viajó a Extremadura a visitar la zona afectada por el tremendo incendio que llegó a tocar el parque de Monfragüe. Allí le hicieron una foto en la que está con el presidente de la Junta extremeña y con una señora que no sé quién es. Bueno, pues el Inda recorta la foto, deja sólo al presidente y la publica con un pie en el que más o menos decía: 'Sánchez posando como un Adonis en la zona quemada' Inmediatamente, como suele ocurrir, gentuza de diverso pelaje, replica la foto sin detenerse a comprobar si es válida o no. ¡Y no pasa nada! No pasa nada ¿porque os imagináis la que se puede montar si el presidente Sánchez pone la correspondiente denuncia?
"Pero es que, en otro orden de cosas, aunque por la misma senda, hace un par de semanas los familiares de los presos en las cárceles andaluzas se quejaban de que con el tremendo calor que está haciendo la cárceles carecen de aire acondicionado o los tienen averiado. Pues bien, no os podéis imaginar la cantidad de comentarios absolutamente críticos, negativos, despreciativos y hasta cargados de odio que se dirigían a los presos y a sus familiares en la red esa del cara libro."
"Es verdad", lo interrumpió mi mujer, "yo los he leído y es tremenda la falta de piedad, de compasión que manifestaban. Estuve a punto de añadir yo también un comentario en contra de tanta barbarie, pero luego me dije, para qué, esta ciudad es como es, más de 250 procesiones al año, miles de cofradieros, que, según dicen ellos mismos, realizan una gran labor social, y un obispo embustero y bulero él mismo (acordaos cuando dijo que la ONU tenía un plan para hacr homosexuales a la mitad de la población mundial), cuya última preocupación es si con el marxismo se alcanza o no el cielo, al que nunca se le ha visto por barrios como las Palmeras, las Moreras o Guadalquivir y al que este tema de los presos se la trae al pairo. 'Odia el delito y compadece al delincuente', decía, bien repleta de piedad, Victoria Kent, aquella eminente mujer republicana que, como bien sabéis, fue directora general de prisiones. Desgraciadamente, en nuestra ciudad ocurre más bien lo contrario: se odia mucho más al delincuente que el delito.
"Lo que choca de esos comentarios es que los comentaristas, muchos de los cuales, estoy segura, deben andar a la cuarta pregunta, se niegan a ver que el 90% al menos de las personas que están en las cárceles son de baja o muy baja extracción social y, aunque haya grandes criminales, la mayoría sólo han cometido delitos menores, como aquel chaval que con un tarjeta encontrada compró comida por valor de 75 € y, cuando lo trincaron, le metieron tres años de cárcel. En éstas no veremos a nadie de los que han robado miles o incluso cientos de millones,  eso están tranquilamente en la calle, con las argucias más peregrinas, como el Zaplana ese, al que soltaron hace un montón de tiempo porque padecía una enfermedad terminal, ¿terminal?, en la calle y hasta en la playa y sin devolver ni medio euro."



"A mí, de esos comentarios", intervino de nuevo Caraba, "más que la inquina, lo que me llama la atención es la soberbia y la seguridad con la que se expresan los comentaristas, aunque el apelativo que realmente les cuadra sería el de hienas. Me pregunto si esa gente, que ya se cree inmortal, se cree también inmune a cualquier desgracia. ¿Cómo pueden hablar con esa firmeza? ¿Tan ciegos están que no comprenden que en cualquier momento ellos pueden verse en el mismo lugar en el que se encuentran esos presos a los que tan furiosamente critican? Hoy mismo, dentro de un rato, cualquier de esos criticones antiempáticos va a coger su coche a la calle en que lo dejó y cuando está llegando a él descubre a un individuo que está tratando de forzar la cerradura. "¡Eh!", le grita, "¿qué hace usted?" Y el individuo en lugar de salir corriendo se revuelve y se le encara, nuestro criticón lo empuja, con tan mala fortuna que el posible ladrón cae de espaldas, se golpea la cabeza con el bordillo de la acera y muere. Y ya tenemos al criticón en la cárcel. 
"Aunque ellos no lo crean, estos caso ocurren, por lo que ya podrían atarse los machos antes de atreverse a criticar como lo hacen."

Imágenes.- Internet.

sábado, 23 de julio de 2022

HAMBRE EN ÁFRICA

 
"Lo que los seres humanos le estamos haciendo al planeta sólo puede calificarse de criminal, en el más amplio sentido de la palabra. Hasta no hace tanto, nuestros crímenes los cometíamos sobre otros seres humanos, o sobre los animales o las plantas. Ahora, sin embargo, con la acción de unos y el espantoso silencio de la mayoría, el crimen va directamente contra la tierra, un crimen que, paradójicamente, es también un suicidio."
Una vez por semana, los jueves, vienen a mi casa mis amigos Ernesto Caraba y Sancho Dávila. El jueves pasado, como no podía ser menos hablábamos de la guerra de Ucrania y el que, de repente, soltó la parrafada anterior fue Sancho Dávila. La verdad, nos sorprendió un poco, porque Dávila es un hombre muy comedido, más bien taciturno, casi melancólico y conciliador, un hombre que difícilmente daba una opinión tan rotunda. Pero el caso es que no se detuvo allí, sino que prosiguió:
"Vaya por delante que la práctica totalidad de las grandes empresas de nuestro país y de fuera de él crean fundaciones no para proteger o promocionar nada o para ayudar a nadie, esa es la excusa, las crean realmente para evadir impuestos. Pasan por organizaciones benéficas, pero la realidad es que si destinan a una causa equis importe económico es para ahorrarse como mínimo dos equis en impuestos. 

"Os pondré el ejemplo de una de estas organizaciones, la del famoso Bill Gates y señora, la BMGF, por sus siglas en inglés, que se parece como un huevo a otro huevo a la del gallego ese que va regalando (eso cree la gente) máquinas médicas a la Seguridad Social. Bien, pues la BMGF no sólo evade impuestos, sino que su principal actividad consiste en lucrarse y facilitar el lucro de unas cuantas grandes empresas con las que está compinchada.
"Acabamos de comentar cómo la guerra de Ucrania está aumentando considerablemente los problemas alimenticios en África. Veinticinco países africanos importan un tercio del trigo que necesitan de Rusia y de Ucrania; dos países, además, Benín y  Somalia, importan el cien por cien. Este trigo no está llegando ahora, con lo que el hambre y, como consecuencia de ella, la muerte de decenas, cientos de miles de personas está servida. Es verdad que no son rubios ni tienen los ojos azules y esta circunstancia hace mucho menos dramática la situación para nosotros, los occidentales.
"Pero no para todos. La fundación BMGF, junto con otras organizaciones no gubernamentales, en apariencia, al menos, llevan años tratando de que África aumente su producción agrícola para llegar, como mínimo, a autoabastecerse. Una actividad loable, ¿no es cierto?."
Sancho Dávila dejó la pregunta en el aire durante unos segundos que parecían no terminar nunca, paseo sus ojos por los nuestros y, tras carraspear ligeramente, prosiguió:
"La BMGF forma parte de una organización mayor denominada Alianza para la Revolución Verde en África (AGRA, por sus siglas en inglés). Esta organización tiene un presupuesto de unos mil millones de dólares al año, de los cuales, la fundación BMGF, siempre tan generosa, aporta seiscientos cincuenta millones. Sin embargo (cómo miente esta gente y cómo juega con nuestras cabezas, mejor, muchísimo mejor que aquellos jíbaros que las cortaban y las reducían casi al tamaño de un llavero) tal cuantiosa aportación tiene truco. ¿Sabéis cuál es? que tan rimbombante revolución consiste en implantar monocultivos, principalmente de maíz y de arroz, con el uso intensivo de fertilizantes químicos y de semillas mejoradas, es decir, tratadas genéticamente. Todo ello en detrimento de cultivos autóctonos tradicionales como el sorgo, el mijo, la batata, etc. que se obtenían de forma natural.

"Por si no lo sabéis, el principal suministrador de los productos químicos es la multinacional Monsanto. Entre los maravillosos pesticidas que esta empresa produce y comercializa está el Roundup, el herbicida más vendido en el mundo, cuyo principal activo es el glisofato, un componente, como mínimo peligroso, del que algunos estudios independientes han llegado a la conclusión de que produce el linfoma no Hodgkin, un tipo de cáncer que ataca a los linfocitos. De hecho, algunos países como Sri Lanka y Colombia ya lo han prohibido y Francia está en camino de hacerlo. 
"Sea como sea, en un extraordinario ataque de altruismo, en 2010, la BMGF compró 500.000 acciones de Monsanto, empresa que algún tiempo después fue adquirida por la alemana Bayer, principal productora mundial de productos fitosanitarios. Por si la cosa no va quedando suficientemente clara, cabe añadir que de esos seiscientos cincuenta millones de dólares aportados por la BMGF a la AGRA sólo se destinó como ayuda directa a los agricultores un tercio de ellos, aproximadamente, yendo a parar el resto a grandes empresas y grupos que promueven el citado monocultivo intensivo, forma brutal de cultivar la tierra que en modo alguno ha conseguido acabar, ni siquiera frenar el hambre en África. Lo que sí ha conseguido es acabar con el ochenta por ciento, 80%, de la biodiversidad africana.
"Pero en relación con la BMGF, que era el ejemplo que os había puesto, la realidad  es que no sólo no produce en África resultado benéfico alguno, sino que, independientemente de los beneficios que debe estar obteniendo de aquellas quinientas mil acciones, así como la exacción correspondiente de impuestos, la fundación del señor Bill Gates no es más que un caballo de Troya de las grandes compañías productoras de semillas y de pesticidas, que encuentran en la explotación sistemática de África uno de sus principales caladeros de beneficios económicos."
Sancho hizo una nueva pausa y nos miró uno a uno detenidamente, como si pretendiera comprobar el efecto de sus palabras. Sus ojos chispeaban, poniendo de relieve una exaltación que no le habíamos visto nunca.


"Supongo que así se entiende algo mejor lo que es el capitalismo explotador; se entiende que ya no es necesario el colonialismo físico para seguir esquilmando a África y a los africanos; y se entiende, creo yo, la tragedia de hace unas semanas en Melilla. Una tragedia que volverá a repetirse, que no nos quepa la menor duda, porque, si no se revierte esta situación, y no se va a revertir, la emigración de subsaharianos no se va a detener, por más vallas, rejas o muros que levantemos.
"Supongo que, como me conocéis, no pondréis en duda nada de lo que os he dicho, pero, por si dudáis, sabed que los datos los he tomado de un clarificador artículo publicado este mes en Le Monde Diplomatíque."
Qué podíamos decir, aparte de callar, consternados. Nada. Y eso fue lo que dijimos, nada.


martes, 19 de julio de 2022

EN LA ZONA DEL MAL

 
¿Qué haría usted si tuviera el poder de lograr que todos los seres humanos que nacieran a partir de este momento carecieran por completo de maldad, de modo que sólo pudieran hacer el bien? ¿Ejercería ese poder o preferiría que el mundo siguiera como está?
El problema del mal ha ejercido y ejerce un poderoso atractivo sobre la mayor parte de la humanidad. Filósofos y teólogos, sobre todo, se vienen ocupando de él desde tiempo inmemorial, tratando de encontrarle no sólo una explicación, sino también su justificación. ¿Por qué existe el mal? ¿Hay alguna razón de peso que justifique su existencia? Estas vendrían a ser las dos preguntas claves referidas al asunto. 
Ahora bien, cuando tanto los filósofos como los teólogos tratan este tema siempre lo centran exclusivamente en el ser humano. Es extraño que no lo hayan advertido, pero al reducir de este modo su campo de visión, ambos estudiosos no hablan propiamente del mal, sino de la maldad, que no es exactamente lo mismo. La maldad puede definirse como la capacidad del ser humano para, conscientemente, obrar mal o procurar el mal. La consciencia en el obrar es la que hace que esta capacidad sea privativa del ser humano. Desde luego, en nuestro mundo, ningún otro ser la posee.
En principio y en sí mismo considerado, la existencia del mal no tiene justificación alguna. El problema surge cuando se cree que nuestro mundo y el universo todo con la totalidad de cuanto en ellos existe se debe a un creador y no a un creador cualquiera, sino a un Creador omnipotente e infinitamente bueno, es decir, un ser que tiene un poder absoluto, sin reducción alguna, y al mismo tiempo, una bondad total, sin ni siquiera una mínima mancha de mal. Es en ese momento cuando surge la pregunta clave: ¿Cómo puede Dios, un ser omnipotente e infinitamente bueno permitir la existencia del mal? Pregunta de la que se desprende la siguiente alternativa: O Dios no es omnipotente y entonces creó lo que pudo, o Dios no es tan bueno como se cree, pues de serlo no permitiría la existencia del mal.
Algunos de los filósofos y teólogos que se han ocupado de este problema niegan la mayor, esto es, niegan la existencia del mal. San Agustín afirmaba precisamente que el mal no es más que ausencia de bien. Como el argumento no puede ser más cochambroso, el propio Agustín añadió que lo que creemos un mal es en realidad un bien, como cuando te cortan una pierna gangrenada para salvarte la vida. Este argumento es más cochambroso aún que el anterior, pues no explica qué clase de bien era esa gangrena que dio lugar a que te cortaran la pierna.
A partir de aquí se disparan y parten en distintas direcciones los argumentos que tratan de conciliar tamaña y evidente contradicción, pero sintetizando mucho, un primer argumento afirma que el mal, siempre referido exclusivamente al ser humano, propiamente no existe más que en nuestra consideración, pues aquello que nosotros reconocemos como malo es, en realidad, algo así como un obstáculo o una prueba a modo de ejercicio gimnástico- espiritual, podríamos decir, que Dios nos propone y que, de aceptarlo como tal sin condiciones, nos aproximaría a un bien infinitamente mayor que todos los concebibles: el bien del cielo o del paraíso, en la otra vida, la que no dudan que existe más allá de esta, después de la muerte. Este argumento tiene también no poco de cochambre intelectual.
El otro argumento es bastante más cauto y, quizás, también con un basamento algo más firme, pues, aunque sigue contando con Dios, no le es tan imprescindible la fe. Consiste en afirmar que Dios no creó al ser humano como un autómata, sino que le otorgó lo que se llama el libre albedrio, esto es, la libertad para realizar tanto el bien como el mal, con lo que el ser humano es plenamente responsable de sus actos. El argumento sigue pecando de centrar el problema exclusivamente en el ser humano y, además, ese libre albedrío es muy, pero muy limitado, a pesar de que cuando filósofos y teólogos exponen el argumento ofrezcan la visión de una amplitud casi inabarcable. Los últimos avances médicos en el conocimiento del cerebro, limitan más aún y bastante ese libre albedrío. En cualquier caso este argumento le pareció suficiente a un filósofo tan eminente como Leibniz, que además era matemático, para afirmar que el nuestro es el mejor de los mundos posibles.
Pero limitar el problema al ser humano es casi, casi, una falacia. Porque no hablamos de maldad, sino del mal y éste es una entidad que se sitúa en el mismo nivel que el bien. Bien y mal no pugnan, sino que se encuentran establecidos en todos los estratos de nuestros mundo. Si existe un Creador inteligente y omnipotente es más que evidente que solo puede tratarse de un ser maligno, porque el mal está incluido en la misma concepción del mundo. No hay más que asomarse ahí fuera un momento y ver cómo el león salta sobre el cuello de la gacela o cómo los cocodrilos se apoderan y devoran a los ñúes que tratan de cruzar el río, o, mucho más cerca, ver cómo el lince caza y devora a un conejo, etc. Es decir que para vivir, los seres animados necesitan matar y lo que para el león es un bien, conlleva impepinablemente un mal para la gacela. Francamente, yo no sé cómo nadie puede creer en un Dios bondadoso después de ver en televisión casi cualquier documental de animales. No sólo la muerte es consecuencia de la vida, sino que la vida nace y se mantiene gracias a la muerte. Dentro mismo de nuestro cuerpo hay millones de bacterias en una guerra permanente por la supervivencia.
Desde cualquier punto de vista que se adopte, el mal no tiene justificación. Un Creador omnipotente y bondadoso pudo crear un mundo bien distinto de este, en el que no se produjera esta guerra permanente e ineludible. Los teólogos insisten porque, a fin de cuentas, viven del Creador y no van a tirar piedras sobre su propio tejado. Ahora bien, lo que ocurre realmente es que tal Creador no existe, que todo es fruto de la naturaleza, es decir de un medio en el que la vida, los seres animados se han ido desarrollando y se mantienen como pueden. Por eso, no es que el mal no tenga justificación, es que es absurdo buscarla, porque no la vamos a encontrar. 

En la naturaleza no hay bondad ni maldad, no hay mal ni bien, eso es algo que valoramos nosotros, los seres humanos, que en el camino de la evolución hemos desarrollado la razón, la capacidad de pensar y de clasificar. Vida y muerte en la naturaleza son hechos ni buenos ni malos, sino necesarios, porque con los elementos que existían la vida no pudo aparecer y desarrollarse de otra forma. Todo lo demás son ganas de enredar la madeja. Ah, y olvidémonos del cuentecito del paraíso terrenal, ese paraíso no ha existido jamás.

Imágenes:
Primera.- De Tonybaggett
Segunda.- De hablemosdereligión.com
Tercera.- De desmotivaciones.es
Cuarta.- Pintura de Peter Wenzel