martes, 27 de junio de 2023

CONVIVENCIA MULTICULTURAL

El desconocimiento de la Historia por parte de la mayoría de los españoles y, en general, de los europeos está propiciando el regreso de la barbarie nazi y fascista, aunque ahora, para blanquearla, no la denominan así, sino extrema derecha. Y no me refiero sólo a la Historia reciente, de cuya ignorancia por los jóvenes somos, en un muy elevado porcentaje, culpables los mayores que hemos preferido guardar silencio de lo que fueron nuestras propias vivencias personales.
Frente a los que pretenden el absolutismo político, religioso, lingüístico y cultural de una sociedad, en concreto, de la sociedad española, cabe señalar los momentos históricos en que distintas creencias y distintas culturas convivieron en aceptable armonía. Uno de estos momentos más famoso fue el de la Córdoba de los Omeya, primero con el emirato y, más tarde, con el califato. Durante esa larga época, en la ciudad que fuera la más importante de Occidente convivieron musulmanes, judíos y cristianos, sin más problemas que los que, puntualmente y por muy corto tiempo, provocaron estos últimos, con su absolutismo y su exclusivismo.
Aunque la conquista de Jerusalén por parte de los Cruzados fue una auténtica carnicería en la que los cristianos eliminaron a, prácticamente, la totalidad de la población musulmana, posteriormente, cristianos, judíos y musulmanes lograron una convivencia más que aceptable en todo el territorio dominado por los cristianos, a los que los musulmanes llamaban francos. Ib Yubair vio personalmente y dejó constancia escrita de como los musulmanes vivían mejor en el territorio franco que en el territorio musulmán.
Pero el mejor ejemplo histórico de convivencia multicultural es, sin duda alguna, la isla de Sicilia durante los siglos XI, XII y XIII. La historia se remonta al siglo IX y tiene su origen en las correrías de los guerreros escandinavos por los territorios del imperio carolingio. Conocidos como vikingos o normandos (gente del norte) y magníficos navegantes, durante bastante tiempo se dedican al saqueo de los lugares a los que arriban. En sus veloces naves alcanzaron incluso las costas de Al-Andalus; hasta consiguieron penetrar por el Guadalquivir y apoderarse de Sevilla, a la que saquearon durante tres días, causando una terrible matanza. Abderramán II envió desde Córdoba un ejército que derrotó a los invasores, cuyas correrías por el territorio andalusí terminaron para siempre a partir de aquel momento.
Con el tiempo, los vikingos se establecen en el norte de Francia, en la región de Normandía, cuyo nombre recibe de ellos. Este asentamiento queda formalizado cuando Carlos el Simple, rey de los francos, firma con el vikingo Rollón el tratado de Saint-Clair-sur Epta. Pero el asentamiento no reduce la inquietud de los vikingos. En 1066 se apoderan de Inglaterra. Desde Normandía, costeando por el Atlántico y por el Mediterráneo alcanzan el sur de Italia. Aquí, Roberto Guiscardo (1015-1085) se apodera de la Campania, tras derrotar a las tropas del papa Nicolás II (1059-1061); expulsa a los bizantinos de  Reggio y Bari, los últimos enclaves que aquéllos dominaban; conquista Sicilia, entonces en poder de los musulmanes desde el 827, pero no los expulsa ni los obliga a convertirse al cristianismo, sino que les permite seguir en la isla, si ese es su deseo; por último, funda el que sería conocido como Reino de las Dos Sicilias, en el que convivirán sin mayores problemas normandos, sicilianos, bizantinos y musulmanes.
Un siglo más tarde de estos hechos visitaría la isla Muhammad Ibn Yubair (1145-1217), viajero musulmán, creador en el mundo islámico de los libros de viajes, con su Rihia (libro de viaje). Natural de Játiva (Valencia), Ibn Yubair estudió en Granada, donde fue secretario del gobernador y se dio a conocer como poeta. En 1182, inició un viaje de peregrinación a la Meca que se extendería por Egipto, visitando, entre otros lugares, El Cairo y Alejandría. Alaba la buena administración de Saladino (1137-1193), sultán entonces del país, y, al contrario que otros viajeros, que se limitan a la topografía y poco más de los lugares que visitan o por los que pasan, Ibn Yubair se entretiene dando cumplidas noticias de la vida política, social y cultural de las ciudades que visita.
En Sicilia, Ibn Yubair se maravillará de su capital, Palermo, y de su corte. Se maravillará igualmente de la armoniosa convivencia entre gente tan diversa. Y, ojo al dato para aquellos que no ven más que problemas en la existencia de diferentes lenguas en el territorio español, existen tres lenguas oficiales: latín, griego y árabe. La ciudad cuenta con un centro de traducción de unos idiomas a otros y se ha convertido en un lugar en el que, como en la Córdoba de unos siglos antes, se practican las ciencias, las artes y las letras como en ningún otro lugar de Europa, y al que llegan sabios y artistas de los más diversos puntos.

Fuentes:
La civilización del Occidente medieval.- Jacques Le Goff
A través del Oriente.- Ibn Yubair
Historia de los papas.- Juan María Laboa
Historia de la Iglesia II.- Llorca, Villoslada, Leturia, Montalbán
La Iglesia y la cultura en Occidente (siglos IX-XI).- Jacques Paul

Imágenes: Vistas de Palermo procedentes de Internet.

jueves, 22 de junio de 2023

MARINGÁ

Hacia finales de los años cuarenta y primeros cincuenta del siglo pasado la mortalidad infantil en España era de ciento cuarenta (140) niños por cada mil, nada menos que treinta y cinco (35) veces más que la existente en 1931, al instaurarse la República. Mataban el sarampión, la viruela, la disentería, pero mataba, sobre todo, el hambre, que, entre otras cosas, debilitaba el sistema inmunitario, especialmente de los niños, facilitando el paso de las infecciones. El hambre era consecuencia de la escasez de alimentos que padecía la mayor parte del país, aun después de más de diez años del final de la guerra, y de la pobreza, que castigaba brutalmente a los vencidos. En las mesas españolas faltaban muchos alimentos, pero había uno que sobresalía sobre los demás, muy necesario para los niños: la leche, de la que sólo se conseguía un litro cada diez días.
Entonces intervinieron los norteamericanos. En 1947 el presidente Truman había declarado la llamada "guerra fría", contra la "dictadura comunista" y, desde entonces, andaban locos por montar bases militares en España, país considerado con una magnífica situación estratégica. No les fue difícil llegar a un acuerdo con el dictador español, dado el visceral anticomunismo de éste, y la situación de drama económico que vivía el país. Oficialmente, los acuerdos se firmaron en Madrid en 1953. En ellos España aprobaba la construcción de cuatro bases estadounidenses en su territorio, una naval, Rota, y tres aéreas: Morón, Torrejón de Ardoz y Zaragoza. La ayuda comenzó a llegar en 1954; fue principalmente militar, con la dotación de diverso material para el ejército, aparte de la construcción de las bases. Pero hubo también una importante ayuda alimentaria, consistente en leche en polvo y en queso. Ambos productos se destinaron, principalmente, a la infancia, aunque hubo también para muchos adultos. En general, se repartían en los colegios, pero asimismo en otros lugares, entre ellos en las parroquias.
A la de San Pedro, en la que yo era entonces monaguillo, llegaban sólo sacos de leche de gran tamaño, veinticinco kilos como mínimo, calculo en la distancia, aunque a los colegios llegaba también el queso, un queso amarillo, en grandes latas circulares.
La leche la preparábamos en una olla enorme llena de agua, a mano, con unos batidores de alambre de esos que se usan en la cocina. A las siete o siete y media de la mañana ya estábamos los monaguillos dale que te dale al batido, porque para las ocho ya se había formado una importante cola de personas con sus cacharros ante una puerta secundaria situada en la cara oriental del templo.
Para el reparto venía una muchachita de unos diecisiete años que era una preciosidad: de mediana estatura, morena, con una melena hasta algo más abajo de los hombros, ojos negros de mirada profunda y siempre con una sonrisa llena de encanto. En aquel tiempo estuvo de moda una canción: Maringá. No recuerdo quien la cantaba, pero ahora encuentro en internet que se trata de una canción brasileña, compuesta por un médico, Joubert de Carvahol, dedicada a una María de Ingá, de donde quedó Maringá, y que, entre otros, han cantado en castellano Leo Marini, Gloria Lasso y Chavela Vargas. No sé por qué, en lugar de Maringá, nosotros, los monaguillos, la llamábamos Maringal, y este fue el apelativo que le dimos a la muchachita que hacía el reparto de la leche. 
Ah, cómo, a mis once años, estuve yo de enamorado de Maringal. Hasta soñaba con ella. Por entonces quería ser cura y, al mismo tiempo, también quería ser novio y casarme con Maringal. Lo de cura lo había hecho público y mi madre andaba de un lado para otro tratando de conseguir el dinero necesario, porque estudiar para cura costaba un pastón. Lo de mi amor, en cambio, preferí mantenerlo en secreto, intuía que ambos proyectos no eran muy compatibles. Un año y poco más después, yo me fui al seminario y cuando en verano volví a la parroquia ella había desaparecido. Luego, a lo largo del tiempo, la he recordado muchas veces. No hace mucho, en una de esas noches en que no puedo dormir, le escribí esta carta-poema, que, naturalmente, no pude mandarle, porque ni siquiera sabía ni sé si sigue viva:

Lejana Maringal:
                        
Yo no era más que un niño
y tú ya una mocita,
pero en tu cara yo veía las frescura
de los helechos que mi madre regaba
cada noche en nuestra casa,
veía la luz del sol arrebolada y dulce
y veía el sueño que en mi imaginación
yo me creaba.

Ah, qué emoción cuando llegabas
como un río de colores:
el paso ondulante, la melena encendida
frente al viento, una rosa radiante
en la mirada, leve sonrisa de cristal
y lo zapatos de tacón
que siempre me asombraron.

Hay cielos que se desmoronan
cuando la tarde se viste de arreboles
y puentes que se ahogan bajo el agua
y fuentes que se secan de repente.
Así temblaba yo y me desmoronaba
cada vez que me encontraba con tus ojos,
así me disolvía como una lágrima
y así mi boca se quedaba sin palabras.

Qué larga la distancia
que va del corazón a la memoria.
No sé que fue de ti,
la vida es un continuo sube y baja,
pero yo te recuerdo muchas veces
exactamente como eras en aquellos días
y vuelvo a temblar como temblaba
y vuelvo a morir de amor como moría.

Imágenes: Internet
 

lunes, 19 de junio de 2023

LA PROHIBICIÓN DE LAS CORRIDAS DE TOROS

El 1 de noviembre de 1567 el papa Pío V (1566-1572) promulgó la encíclica De Salute Gregis Dominici.
Tras las elecciones del pasado 28 de mayo el torero Vicente Barrera (en la fotografía), empresario en Viticultura y  Construcción y miembro de Vox, ha sido designado Vicepresidente del gobierno de la Comunidad Valenciana y nada menos que Consejero de Cultura. Ni este caballero ni los que lo han elegido deben tener noticia alguna de la citada encíclica. No es el único, la práctica totalidad de los españoles la desconocen y los que la conocen no tienen el menor interés en difundirla. Los que sí la conocen o deben conocerla son los obispos, que, además, están obligados a hacerla cumplir en el ámbito de sus diócesis. Pero, la conozcan o no unos y otros, cabe decir que uno de los fundamentos del Derecho sostiene que el desconocimiento de una norma no exime de su cumplimiento. Y esta bula atañe a todos los católicos, sean practicantes o no.
¿Pero a qué se refiere la dichosa bula? "De la Salvación de la Grey del Señor", que sería la traducción de su título al castellano, prohíbe las corridas de toros, que entonces se celebraban en Italia, Francia, Portugal, España y algunos países sudamericanos, como México y Colombia. Y las prohíbe de un modo categórico, absoluto. Así, en el epígrafe dos el papa sostiene y decreta: "Nos, considerando que estos espectáculos en los que se corren toros y fieras en el circo o en la plaza pública no tienen nada que ver con la piedad y la caridad cristiana y queriendo abolir estos espectáculos cruentos y vergonzosos, no de hombre, sino de demonio, y proveer a la salvación de las almas en la medida de nuestras posibilidades con la ayuda de Dios, prohibimos terminantemente por esta nuestra constitución, que estará vigente perpetuamente bajo pena de excomunión y de anatema en que se incurrirá por el hecho mismo ipso facto que todos y cada uno de los príncipes cristianos, cualquiera sea la dignidad de que estén revestidos, sea eclesiástica o civil, incluso imperial o real o de cualquier otra clase... que permitan la celebración de estos espectáculos en los que se corren toros y otras fieras en sus provincias, ciudades, territorios, plazas fuertes y lugares donde se lleven a cabo. Prohibimos asimismo que los soldados y cualesquiera otras personas osen enfrentarse con toros y otras fieras en los citados espectáculos, sea a pie o a caballo."
En el apéndice tres, el papa añade, textualmente: Y si alguno de ellos muriere allí, no se le dé sepultura eclesiástica.
Más adelante, en el apéndice siete, el papa ordena a patriarcas, arzobispos y obispos... (que) "apelando al juicio divino y a la amenaza eterna hagan publicar suficientemente nuestro escrito en las ciudades y diócesis propias y cuiden de que se cumpla, incluso bajo penas y censuras eclesiásticas, lo que arriba hemos ordenado."
Sin embargo, como los españoles somos más chulos que un ocho, la bula no se publicó en España. Lo impidió Felipe II. No es que el rey fuera aficionado a los toros, pero no quería enfrentarse a la nobleza, que si lo era y en grado sumo. Y no sólo lo impidió, sino que presionó al papa para que la derogase, aunque no lo consiguió.
A Pío V, fallecido en 1572, le sucedió Gregorio XIII (1572-1585). Felipe II insistió en sus presiones y, en este ocasión, obtuvo la promulgación de la bula Exponi Nobis. En ella el papa anula la prohibición de la asistencia de los laicos a las corridas, manteniéndola para los clérigos, siempre que se hubieran tomado las medidas pertinentes para evitar cualquier muerte y que "no se celebren en días de fiesta." No obstante, muchos clérigos se pasan la prohibición por donde ya se sabe. Incluso, en la Universidad de Salamanca, los profesores, interpretando la encíclica a su capricho, mantienen que la derogación papal afecta tanto a laicos como a clérigos. 
Cuando este hecho llega al Vaticano, Sixto V (1585-1590) sucesor de Gregorio XIII, envía un Breve al obispo salmantino instándole a aplicar todas las medidas necesarias para que los clérigos cumplan lo mandado. El obispo hace publico el Breve y los clérigos afectados, en lugar de cumplir la prohibición, ruegan a Felipe II su intervención ante el pontífice para que la derogue. El rey deja pasar el tiempo y no vuelve a las presiones hasta el ascenso al trono de Clemente VIII (1592-1605)
Este papa cede y promulga el Breve "Suscepti Moneris", en el que levanta las penas de excomunión y anatema para los que organizaban y/o permitían la celebración de corridas, sólo en los reinos de España, basándose en la antigüedad de la fiesta y (pásmate, Manolo) en que las medidas de la bula de Pío V no habían conseguido erradicar tales festejosNo obstante, mantiene la prohibición de asistencia a los clérigos y que las corridas se celebren en días de fiesta. Igualmente exige que se tomen las medidas oportunas para evitar en lo posible la muerte de persona alguna.
Los clérigos siguen sin obedecer, pero los papas siguientes no intervienen, hasta Inocencio XI (1676-1689). En el Breve "Non Sine Graui", tras lamentar que no se cumplan las medidas de sus predecesores, este papa encarga al nuncio Salvo Mellini que intervenga ante el rey Carlos II con la energía que fuese necesaria para que dichas medidas se cumplieran con todo rigor, al tiempo que le haga saber lo grato que sería para Dios la prohibición de las corridas de Toros. En su triste y aciaga nebulosa, Carlos II no mueve ni un dedo.
Desde entonces hasta hoy no ha habido nuevos cambios en relación con este asunto, salvo la inclusión en el Código de Derecho Canónico de la prohibición a los clérigos de su asistencia a las corridas de toros. Ahora bien, en 1920, el cardenal Gasparri, Secretario de Estado con el papa Benedicto XV (1914-1922) envía una carta a la presidenta de la Sociedad Protectora de Animales que se había dirigido al papa solicitándole su opinión sobre las corridas de toros. En dicha carta el cardenal escribe que las corridas de toros son Espectáculos sangrientos y vergonzosos. Su Santidad anima a todas las nobles almas que trabajan en borrar esta vergüenza y aprueba de todo corazón todas las obras establecidas con este objetivo y que dirigen sus esfuerzos en desarrollar en nuestros países civilizados el sentimiento de piedad hacia los animales." Esta carta fue publicada por L'Observatore Romano, órgano oficial de Vaticano, por lo que fue conocida en toda Europa, aunque en España no tuvo efecto alguno.
En 1988, Monseñor Canciani, Consultor de la Congregación para el Clero de la Santa Sede hizo unas declaraciones al periódico español Diario 16 en las que, además de confirmar la vigencia de la bula de Pío V en todo lo que no hubiera sido expresamente derogado, afirmaba "que todo el que muriese en una corrida de toros está condenado al fuego eterno." Poco después, el 14 de enero de 1990, el periódico El País recogía otras declaraciones del papa Juan Pablo II en las que afirmaba que "los animales poseen un soplo vital (alma) recibido por Dios... la existencia de las criaturas depende de la acción del soplo-espíritu de Dios."
Al que esto escribe le traen sin cuidado las bulas, los breves y las declaraciones de las autoridades religiosas acerca de este bárbaro espectáculo considerado nada menos que la Fiesta Nacional de España, sin embargo, sí que cree que los aficionados y defensores de un espectáculo cuya diversión consiste en la tortura de un animal, en su mayoría creyentes católicos, deberían, al menos, reflexionar sobre estos mandatos y prohibiciones.

Fuente: Articulo de Luis Gilpérez Fraile en asanda.org. En él pueden leerse todos los documentos citados en latín y en castellano.

Imágenes: La fotografía del torero, del periódico Las Provincias. El resto, de Internet.

Las negritas son de un servidor.

lunes, 29 de mayo de 2023

UNA MORAL COCHAMBROSA

Resultaría cómica, si no fuera hasta tenebrosa, la facilidad con la que tanta gente, tantas personas se sienten ofendidas en sus más íntimos y trascendentales sentimientos por causas generalmente triviales, como un desnudo; una pareja del mismo sexo besándose; una opinión religiosa distinta de la suya o de sus creencias; o un chascarrillo más o menos subido de tono, especialmente si está relacionado con la religión.
No cabría error su dijéramos que estas personas poseen sentimientos sumamente frágiles y, al mismo tiempo, curiosamente selectivos, pues mientras se ofenden y se escandalizan por causas como las señaladas, no muestran la más mínima preocupación, por las personas que se ahogan casi a diario en el Mediterráneo huyendo de la guerra o de la hambruna, por ejemplo; es más, suelen estar en contra de ellas, y más aún en contra de las que consiguen arribar a nuestro país. Igualmente, les importa un comino el sufrimiento de todos aquellos y aquellas que padecen el desahucio de sus viviendas por causas, en la mayoría de los casos, inhumanas, como que por ser viviendas de alquiler de carácter público son compradas casi fraudulentamente por uno de esos llamados fondos buitres, reunión de verdaderos criminales, que, a continuación suben brutalmente la renta; es más, los ofendidos, ofendiditos, sería una expresión mucho más correcta, desprecian con todas sus fuerzas a todas esas personas, ciertamente valerosas, que forman parte de grupos antidesahucios. Tampoco les preocupan los continuos asesinatos de mujeres a manos de sus parejas masculinas, ante los que no dan siquiera la menor muestra de inquietud; más aún suelen negar, en ocasiones, tajantemente, la violencia de género, aduciendo que se trata de violencia intrafamiliar, o, lo que es lo mismo, que no se trata de violencia machista, sino de la violencia general que, para ellos, forma parte de la naturaleza humana, sean hombres o sean mujeres. No les importa absolutamente nada el escándalo de un Consejo General del Poder Judicial que lleva casi cinco años ocupando su puesto no diré ilegalmente, pero sí al margen de la ley. Etc. etc. etc.
Recientemente, en TV3, la televisión pública catalana, ha ofrecido una parodia de la Virgen del Rocío, cuya famosa y espectacular romería, en la que la diversión alterna sin complejos con el fanatismo, se celebra precisamente en estas fechas. Pues fue emitirse el programa e, inmediatamente, ese grupo autodenominado Abogados Cristianos, al parecer, pseudo asociación formada únicamente por la vallisoletana Polonia Castellanos, a la que el Jesús evangélico correría a gorrazos, sin ninguna duda, si reapareciera hoy, ese grupo de un solo miembro, tremendamente ofendido en sus más puros sentimientos religiosos, corrieron a poner una denuncia, como han hecho en otras ocasiones más o menos parecidas, denuncia que en estos días ha sido admitida a trámite por una señora jueza. 
Esta señora, cuyo salario sale del bolsillo de todos los españoles que pagan impuestos, conviene no olvidarlo, seguramente no tiene nada de más enjundia que enjuiciar. Debe ser también de sentimientos frágiles y selectivos. Aunque es una temeridad pensar esto, pues, a la hora de juzgar, los jueces y las juezas, carecen de sentimientos, de religión, de moral y hasta de ideología política; se limitan a aplicar las leyes en vigor, no las de la Edad Media o incluso las del siglo XIX, ¿no es cierto?
Es difícil creer que tales cosas poco más que anecdóticas ofendan realmente a nadie y mucho menos que sean merecedoras de una denuncia y de un juicio; por el contrario, da la impresión de que quienes promueven denuncias de este tipo y quienes las aceptan actuaran movidos no por sentimientos puros, sino por puros intereses personales. Pero se trata sólo de una impresión o, si lo quieren ustedes, de una suposición, acaso hasta exagerada.
De cualquier manera, hechos como estos no son exclusivos de nuestra época, tan dada a exageraciones y mixtificaciones, con bulos de todos los colores. Un caso de sentimientos fragilísimos, famoso en todo el mundo, se produjo en Francia hace nada menos que ciento sesenta y seis años y tuvo por protagonista a un tal Ernest Pinard (1822-1909) (en la imagen de la cabecera), un auténtico trepa, de férrea formación católica, ese catolicismo absolutista, exclusivista y universalista, que odia cordialmente a todo el que no se encuentra encuadrado en él, hasta el punto de perseguir su exterminio físico, no meramente ideológico.
Este caballero, que había nacido en Autun, hijo de un abogado, siendo piadosísimo fiscal, de misa y comunión domingo tras domingo, fue nada menos que contra Gustave Flaubert (1821-1880),contra Charles Baudelaire (1821-1867) y contra Eugenio Sue (4804-1857). El primero por su novela Madame Bovary, el segundo por su poemario Las flores del Mal y el tercero por Los misterios de París
En líneas generales, las sociedades modernas son fundamentalmente hipócritas y en aquel tiempo Francia lo era en grado sumo. Madame Bovary es la historia de un doble adulterio por parte de una dama de provincias hastiada de su matrimonio, que, sin embargo, no puede romper, porque las leyes se lo impiden. Una historia que, sin duda alguna, se producía todos los días en la realidad, no en la ficción, pero eso sí, en la realidad críptica, esto es, secreta. Lo que de la novela de Flaubert irritaba a los bien pensantes y, especialmente, al señor fiscal era, en primer lugar, que el adulterio lo cometa una mujer, además por partida doble; y, en segundo lugar, que mostrara su alegría por haber encontrado un amante y no mostrara, sin embargo, el más mínimo remordimiento por engañar a su marido. Pero lo que sacaba por completo de sus casillas a Ernestito Pinard era que la adúltera no sufriera castigo alguno por su pecado, un castigo ejemplarizante que disuadiera a otras mujeres de seguir el mismo camino, y que, ya en el colmo de los colmos, terminara su vida cuando ella quiso, puesto que se suicida. 

De todo esto, naturalmente, el culpable era el autor Gustave Flaubert (en la imagen de arriba). Pero con dos cómplices. La novela se publicó originalmente por entregas en la Revista La Revue de París, entre octubre y diciembre de 1856, por consiguiente culpables eran también el director de la publicación Leon Laurent Pichat y el impresor del texto, Auguste-Alexis Pillet. Además de desvelar algunas de las escenas a su juicio más escandalosas, el señor fiscal se descolgó con declaraciones como esta: "El arte que no observa las reglas deja de ser arte, es como una mujer que se desnuda completamente. Imponer las reglas de la decencia pública en el arte no es subyugarlo, es honrarlo."
Tanto Flaubert como sus coacusados resultaron absueltos gracias al extraordinario alegato del abogado defensor Antoine Marie Jules Senard. En el juicio, lo único que consiguió don Pinard fue dar publicidad a la novela que, rápidamente, fue publicada en libro, llegando muy pronto a superar todos los records de ventas y, con ello, a hacer famoso a Flaubert.
Pues no contento con este chasco, el empecinado fiscal la tomó el mismo año con Baudelaire, y sus Les fleurs du mal. En esta ocasión, Pinard corrió mejor suerte, pues consiguió que se suprimieran seis poemas del libro y que el autor fuera multado con trescientos francos. Poco después emprendió el mismo camino contra Eugenio Sue por su obra Los misterios de París, una saga de proletarios desarrollada a lo largo de varios siglos. Aunque Sue murió durante el juicio, éste prosiguió, terminando con la condena del editor de la obra y del impresor del texto.
Partidario de Napoleón III, Pinard llegó a ser miembro del Consejo de Estado (1866) y Ministro del Interior (1867). Sin embargo, tras la caída del imperio todo fueron desgracias para tan piadoso como recto y rígido caballero, hasta que finiquitó su vida en la más oscura soledad, después de haber visto morir a su madre (su padre había muerto siendo él un niño), a su hermana, a su esposa, a su hijo, su hija y su yerno.
Antes, se había descubierto que el ejemplar comulgante dominical era autor de una colección de poemas priápicos, es decir, eróticos, en los que muestra su admiración y sus gustos por los penes, descubrimiento que permitió comprobar la hipocresía y la cochambrosa moral del individuo; dones éstos, por otra parte, que suelen adornar a todos los que heridos en sus sentimientos, emprenden denuncias semejantes a las de Pinard, como en España los mencionados Abogados Cristianos, a quienes, quién sabe, entra dentro de lo posible que algún día los cazaran entrando a un puticlub o a algún pub frecuentado por homosexuales. Cosas mucho más raras se han visto.

Fuentes:
La responsabilidad del escritor. Literatura, derecho y moral en Francia, siglos XIX y XX.- Gisele Sapiro
El loro de Flaubert.- Julian Barnes

Imágenes: Internet.

jueves, 16 de marzo de 2023

EL ALMA ES UNA HABICHUELA

Hace unos días, buscando algunos datos por internet, me encontré con el Catecismo de Trento, texto emanado de la contrarrevolución reaccionaria efectuada por la Iglesia católica en el famoso concilio celebrado entre 1545 y 1563, y reeditado en 1926. Me dispuse a leer con interés, a ver por dónde se descolgaban estos muchachos. Después de una extensa introducción, de una encíclica de Pio X, fechada en 1905, de otra introducción al capítulo primero, me encuentro al fin con la primera pregunta y su correspondiente respuesta:
"¿Qué es el Credo?"
"El Credo es la fórmula de fe cristiana compuesta por los apóstoles para que todos los cristianos piensen y confiesen la misma creencia."
Pues empezamos bien, me digo, porque semejante respuesta es rigurosamente falsa, lo saben hoy y lo sabían entonces. Los apóstoles no compusieron fórmula alguna de fe, sino que ésta fue elaborándose a lo largo de los años y de los siglos, no sin numerosas, sucesivas y agrias discusiones, hasta culminar en el Concilio de Nicea de 325, un Concilio, como se sabe, organizado y patrocinado por el emperador Constantino, con Osio, obispo de Córdoba, como su brazo derecho.
¿A qué seguir?, me dije, si en algo tan claro se miente, que no se mentirá más adelante. Pero seguí un poco más y unos párrafos más abajo me encuentro con esta perla:
"Creer no significa PENSAR, ni JUZGAR, ni OPINAR, sino dar un asentimiento certísimo por el que el entendimiento adhiere firme y constantemente a Dios y las verdades y misterios por Él manifestados."
Es decir, convertirnos en autómatas o en zombis, mientras los redactores del catecismo vivían y viven como sólo ellos saben hacerlo. Y en defensa de esta ideas que no pueden ser más antihumanas fue por lo que Carlos I y Felipe II se gastaban las riquezas que venían de América en guerras imbéciles contra, precisamente, quienes se habían atrevido a pensar y a opinar. Sangre y no poca ha costado poder pensar, juzgar y opinar, que es para lo que la evolución ha dotado al ser humano de razón.
Pero, en realidad, lo que yo andaba buscando era unos datos sobre el alma. Y en estas estaba cuando recordé que en mi librería tengo un magnífico libro sobre el tema: La búsqueda científica del alma, de Francis Crick (1916-2004). Inglés de nacimiento, a los doce años le dijo a su madre que no quería ir más a la iglesia, a la que los padres lo llevaban domingo tras domingo, porque prefería dedicar aquel tiempo a la investigación. Se licenció y se doctoró como físico, pero, tras la segunda guerra mundial, se pasó a la química y a la biología. En este campo, junto con James Watson, descubrió la estructura molecular del ADN, lo que le valió a los dos el premio nobel de medicina de 1962.
Su libro es divulgativo, pero con enjundia, trata de la consciencia, centrándose principalmente en el sentido de la vista. Aunque habrá que hablar de él con profundidad, en este momento, lo que realmente me interesa es decir que en él he descubierto lo que es el alma: ¡Una habichuela! Lo cuenta el propio Crick: a su esposa, Odile, de niña, le enseñaba el catecismo católico una señora irlandesa de bastante edad. "¿Qué es alma?" preguntaba la señora, y ella misma contestaba: "El alma es un ser vivo sin cuerpo que dispone de razón y libre voluntad." Durante mucho tiempo la niña no pudo quitarse aquella respuesta de la cabeza. ¿Pero por qué? La señora hablaba bastante mal el inglés y "vivo", que inglés es "being", pronunciado "bi-in", ella lo pronunciaba "be-in", pero además tal mal que la niña entendía "bean", "habichuela", es decir, que el alma, según el catecismo que manejaba aquella señora, era una habichuela viviente sin cuerpo, pero con razón y libre voluntad, una definición que dejó asombrada a la niña y completamente confusa. Con su confusión vivó Odile bastante tiempo, pues no le contó a nadie la explicación de la señora, hasta que mucho después, se la contó entre risas a su marido.
Francis Crick busca el alma, es una manera de hablar, en el cerebro, que es donde decía que estaba Eduardo Punset, aquel, entre otras cosas, magnífico divulgador científico con el que tantas risas nos hechamos gracias a sus entrevistas con la Blasa, el inolvidable personaje de José Mota. Pero esto, más o menos, ya lo dijo el griego Hipócrates, cuatro siglos antes de Cristo, al declarar que: "Los hombres deberían saber que del cerebro, y nada más que del  cerebro, vienen las alegrías, el placer, la risa y el ocio, las penas, el dolor, el abatimiento y las lamentaciones."
Es lástima que, con su absolutismo y su exclusivismo, el cristianismo barriera todo el saber que habían acumulado los pensadores y científicos griegos. La de sufrimiento que se hubiera evitado buena parte de la humanidad si no hubiera triunfado tan bárbaramente como lo hizo.

Imágenes: Internet

martes, 7 de marzo de 2023

EL DECRETO DE BURCHARD

A medida que se extendía, se unificaba y tocaba los resortes del poder, la Iglesia se fue burocratizando, no sólo en lo que se refiere a la organización administrativa, económica y jurídica, sino también a la moral, a la fiscalización de la vida y las costumbres de los cristianos. En este último sentido, además de determinar las normas morales de obligado cumplimiento, se fueron estableciendo las penas, los castigos que habrían de cumplir los transgresores. Así surgieron los llamados penitenciales, colecciones de posibles pecados con las penitencias que les correspondían.
Tales penitenciales existieron, al menos, desde el siglo V. Hasta el IX fueron poco o nada ordenados, pero desde este siglo surgieron auténticos tratados en los que se clasificaban con todo detalle los diversos pecados, que, para entonces, eran también delitos, pues lo diferentes reinos de Europa había incorporado a su legislaciones las normas y prohibiciones cristianas.
En la actualidad, los penitenciales resultan un excelente medio para conocer el estado moral de las sociedad medieval europea en sus distintas etapas. Uno de estas tratados de mayor éxito en su tiempo fue el Decretum de Burchard, obispo de la ciudad alemana de Worms. Redactado entre 1007 y 1012, alcanzó rápidamente un amplia difusión, con copias que se extendieron no sólo por Alemania, sino por buena parte de Europa. El prelado lo creó como una herramienta para su propio ejercicio episcopal, pero en él se aprecia tanto un propósito moral como el de la conservación de las estructuras sociales que van mucho más allá del territorio de su diócesis. En efecto, Burchard pretende conocer y, en su caso, corregir los pecados que se cometen en las distintas parroquias de su jurisdicción, aprovechando para ello sus visitas pastorales. Con tal objeto, elaboró la primera parte de su penitencial como un cuestionario que encomendaba a siete hombres comprometidos bajo juramento a llevar a cabo la investigación.
La enumeración de los pecados sigue una gradación de mayor a menor gravedad y cada área pecaminosa se subdivide a su vez en subpecados, podríamos decir, clasificados bajo idéntico criterio. Los dos pecados que el obispo considera más graves son el homicidio y los relacionados con el matrimonio. El motivo principal es porque amenazan más que cualesquiera otros los cimientos del edificio social. El homicidio tiene distintos grados, pues no es lo mismo matar a un hombre de frente que matarlo a traición o de noche, o cortarle la lengua, la mano o sacarle los ojos. A él van destinadas catorce preguntas. Sin embargo, aunque los pecados relacionados con el matrimonio estén en un escalón inferior de gravedad, a ellos  Burchard le dedica nada menos que veintitrés preguntas, más de la cuarta parte del total de ochenta y ocho de que consta el cuestionario.
Entre los pecados de este campo, el más grave de todos es el adulterio, al que siguen el de los que tienen en su casa una concubina, el de los que repudian a su mujer y vuelven a casarse, el de los que sólo repudian. El pecado más leve lo constituyen los juegos de carácter erótico al que se entregaban los adolescentes y las sirvientes solteras.
Cabe decir aquí que, para el señor obispo en su cuestionario, el sujeto activo es el hombre y que, aunque no fuese esa su intención, donde el tratado tiene su mejor aplicación y casi única es las casas de los nobles y grandes señores. Igualmente, cabe señalar que ya en aquel tiempo la mujer no es una persona en sentido estricto, sino un instrumento, "el instrumento más eficaz que el demonio ha tenido y tiene para engañar a los hombres.", como seis siglos más tarde, en 1634, señalaría con toda nitidez fray Gerónimo Planes. A ella van dedicadas un buen número de preguntas, más que al hombre, porque, según el obispo, las mujeres son frívolas, ligeras de cascos, pérfidas, charlatanas en la iglesia, olvidadizas de los difuntos por los que debe rezar y, cosa realmente grave, responsable del infanticidio, ya que ella tiene a su cargo el cuidado de los hijos. Son lujuriosas y lúbricas y están dispuestas siempre, según el señor obispo en su Decreto, a vender su cuerpo o el de sus hijas, o el de sus nietas o el de otra mujer. 
Curiosamente, no hay en el cuestionario ninguna pregunta acerca del posible placer en el lecho conyugal, pero sí más de una para indagar en el placer que puede proporcionarse la mujer sola o con otras mujeres. Da la impresión de que Burchard sabe que en el lecho que comparte con su marido la mujer se queda bastante a menudo insatisfecha; conoce la respuesta de Tiresias a la diosa Hera acerca de este asunto y, corroído de lubricidad y de envidia, imagina un mundo de placer exclusivamente femenino al que el hombre tiene vedado el acceso, un mundo, por supuesto, altamente pecaminoso.
El tratado cuenta con veinte capítulos. El XIX, denominado Médicus, detalla la penitencia que los confesores deben aplicar a cada pecado. De menor a mayor, el primer castigo consiste en diez día a pan y agua así como la completa abstinencia sexual. Con esta penitencia se castiga, por ejemplo, la masturbación masculina en solitario, que se triplica si se practica a dúo. Es la misma sanción que se le aplica a un soltero que fornica con una soltera o con su sirvienta. Juan Pablo II aseveraba con rotundidad que el hombre que mira a su mujer con lascivia peca gravemente. Este pensamiento no era en absoluto nuevo, ya existía en tiempos de Burchard y el señor obispo incluye la misma pena de la masturbación para el hombre demasiado ardiente, que mira a su mujer con lascivia y la obliga a copular "contra natura", o con la menstruación, o embarazada, pena que se duplica si el feto ya se mueve y se cuadruplica si la cópula se produce en día prohibido, determinadas fiestas, la cuaresma y de jueves a domingo, en conmemoración de la pasión de Cristo Nuestro Señor. Sin embargo, la pena se reduce a sólo diez días de pan y agua y abstinencia sexual si el hombre conoce a la mujer estando borracho.
Con siete años de abstinencia y una cuaresma o cuarentena por año a pan y agua se castiga, en el campo del matrimonio, el adulterio, pero también la entrega de la esposa a otro hombre, el rapto de la esposa de otro hombre o de una monja (esposa de Cristo) y el bestialismo. Hay castigos exclusivos para los pecados de la mujer. El señor obispo considera que son pecados que se cometen principalmente en el hogar, espacio adjudicado de manera dominante a la mujer. Así, la condena es desde un año de abstinencia para la masturbación a solas (castigo mucho mayor que el del hombre por el mismo pecado), seis años por la prostitución y doce por el infanticidio, que incluye el aborto.
El Decretum revela de una parte el inmenso, abrumador, control que la Iglesia ejercía por aquella época no sólo sobre su grey, sino sobre toda Europa. De otra parte, es evidente que si algo se prohíbe en una sociedad es porque lo prohibido se está produciendo y no sólo esporádicamente, sino de forma continua. Así, no es ilógico concluir que tanto el adulterio, como el rapto, como el bestialismo y los demás pecados estaban a la orden del día. Circunstancias ambas que nos ofrecen el cuadro de una sociedad altamente controlada en materia de sexo y, al mismo tiempo, altamente transgresora.

Fuentes:
La Iglesia y la cultura en Occidente (siglos IX-XII).- Jacques Paul
El caballero, la mujer y el cura.- Georges Duby
Historia de las mujeres.- VV.AA.

Imágenes: Internet

lunes, 27 de febrero de 2023

HABEMUS PAPAM

"¿Estás muerto?" Desde hace siglos, el cardenal camarlengo (1), golpea con un martillo de plata la frente del pontífice que acaba de morir y le hace esta pregunta: "¿Estás muerto?" La operación se repite por tres veces, con intervalos de un minuto entre golpeo y golpeo. Sólo cuando a la tercera vez la respuesta es el silencio se da por oficialmente muerto al pontífice y el cardenal camarlengo se hacer cargo de las riendas del Estado Vaticano y de la Iglesia hasta la elección de un nuevo papa. Esta ceremonia, que evoca la magia, el chamanismo, sigue practicándose en la actualidad y, sin duda, ese golpeo en la frente será el que reciba cuando muera el papa Francisco.
A partir de este momento inicia su intervención el Espíritu Santo, un espíritu que, como se verá a continuación, tiene más apariencia de juguetón, de enredador, que de santo. Tras el fallecimiento oficial del papa se inician los trámites para el funeral, así como para la elección de su sucesor. Hoy vía telemática, el cardenal camarlengo convoca a todos los cardenales con derecho a voto, para iniciar el cónclave, término que procede del latín cum clavis, bajo llave, pues hasta la elección de Juan Pablo II se trataba de una reunión herméticamente cerrada; desde entonces, con la existencia de los teléfonos móviles, dicho encierro se ha relajado bastante, contándose únicamente con la promesa formal de los cardenales de mantener en todo momento el secreto de las deliberaciones y de las votaciones.
En la actualidad, el Espíritu Santo, al que una y otra vez invocan los cardenales y el papa, parece que ha culminado su denodada tarea y está todo minuciosamente ordenado y reglamentado, pero no siempre fue así. La Iglesia y la mayoría de los historiadores que forman parte de su grey presentan una relación ininterrumpida de papas que va desde San Pedro, de quien reciben su poder, que, a su vez, lo recibió de Jesús, hasta el actual pontífice Francisco. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Y ellos lo saben. Para empezar no hay la menor seguridad, es decir, pruebas históricas, de que San Pedro estuviese realmente en Roma, fuera el jefe de su comunidad y allí recibiera el martirio por parte de Nerón. Desde luego, no constituye prueba alguna la tumba que se encuentra bajo el altar mayor de la basílica de San Pedro, en el Vaticano, porque lo único que existe, al respecto, en primer lugar es la declaración de Pablo VI, realizada el 26 de junio de 1968 con la que proclamaba que los huesos encontrados habían sido identificados convincentemente como los de San Pedro; y, en segundo lugar, la tradición, lo que, históricamente no significa nada, pues son numerosas las tradiciones basadas en leyendas inventadas o, lo que es lo mismo, falsas. Sin embargo, si alguien tiene las tragaderas suficientes como para creer a Pablo VI y la tradición, adelante, el Espíritu Santo sea con él.
Pero es que, aunque San Pedro estuviera realmente en Roma y allí fuera martirizado y la tumba encontrada fuera la suya, eso tampoco prueba que el apóstol fuera el primer papa, pues lo que se conoce de manera fehaciente es que las primeras comunidades cristianas que fueron surgiendo en el territorio del Imperio romano no estuvieron dirigidas por una sola persona, sino por un colegio de presbíteros, esto es, de ancianos. San Ireneo (140-202), declarado doctor de la Iglesia por el papa Francisco, ofrece la siguiente lista desde los orígenes hasta su tiempo: Pedro y Pablo (conjuntamente), Lino, Anacleto, Clemente, Evaristo, Alejandro, Sixto, Telesforo, Higinio, Pío, Aniceto, Sotero y Eleuterio. Pero hasta Pío, incluido, nadie, tampoco el papa Francisco, sabe quiénes están detrás de dicho nombres, a excepción, como es lógico, de Pedro y de Pablo; posiblemente se trata del presbítero de mayor prestigio, lo más probable, por su edad. 
No fue hasta finales del siglo II que los presbíteros fueron sustituidos por el gobierno de un sólo hombre: el obispo, el primero de los cuales en Roma fue Aniceto (155-166). Este obispo era elegido por los miembros de la comunidad. El apelativo de papa no aparece hasta finales del siglo III, recibiéndolo por primera vez el obispo Marcelino (296-304). Tras la caída del imperio romano, puede decirse que toda la ciudad de Roma era ya cristiana, de hecho la elección del obispo romano, ahora papa, la realizaba el pueblo romano. El cargo se había hecho muy apetecible, ya que para entonces el papa había conseguido imponerse a, prácticamente, la totalidad de la comunidades de cristianas, por lo que, una vez desaparecido el emperador, gozaba de un gran poder. A partir de entonces, el cargo se lo disputarían las familias romanas, incluso con enfrentamientos armados. Fue un tiempo en que el Espíritu Santo debería estar de vacaciones, o disfrutando con el espectáculo como un jubilado ante el bufet de un hotel. Tiempo después, hasta el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico intervenía en la elección papal; incluso, a despecho del Espíritu Santo o, a lo mejor, con su connivencia, vaya usted a saber, se permitía el lujo de poner y deponer papas a su capricho.
Esta intromisión molestaba no poco al pontífice, de modo que algunos intentaron sustraerse a ella, así Zacarías (741-752) y Sergio II (844-847). Pero el cambio no se produciría hasta el 13 de abril de 1059, día en que el papa Nicolás II (1059-1061), auspiciado por el Espíritu Santo en la larga carrera del papado hacia la dictadura sacra, firmó el decreto "In nomine Domini", en el que se establecía que, en lo sucesivo, el papa sería elegido únicamente por lo cardenales. 
No obstante, esta norma no fue respetada, entre otras cosas, porque no concretaba ni el lugar, ni el cómo, ni siquiera el número de votos que serían necesarios para ser elegido. Tal indefinición dio lugar incluso a la aparición de varios antipapas. Sería el papa Alejandro III (1159-1181) el que, en la constitución "Licet de vitanda discordia", estableciera claramente que serían electores todos los cardenales y que para ser elegido se necesitarían los dos tercios de los votos. Sin embargo, tampoco esta media solucionó por completo el problema, pues surgían constantes disputas entre los cardenales, todos ellos inspirados por el Espíritu Santo, principalmente por el modo de votar, dónde, cuándo, sucediendo de este modo que el trono papal estuviera tiempo y tiempo vacío, en alguna ocasión hasta tres años. La solución definitiva se la inspiró el Espíritu Santo a Gregorio X (1271-1276). Él fue el que estableció el cónclave, mediante la constitución "Ubi periculum", del siete de julio de 1274. Finalmente, Juan Pablo II, en 1996, con la constitución "Universi Domini Gregis", fijó que sólo serían electores los cardenales menores de ochenta años.

(1) Camarlengo.- Esta palabreja procede del alemán Kamarling, de donde pasó al latín medieval como camarlingus y de éste el camarlengo italiano y también castellano. Significa: Oficial de cámara, pero también camarero.

Fuentes:
Cónclave.- Rafael Ortega
Historia de los papas.- Juan María Laboa
Los círculos del poder.- Antonio Castro Zafra
Historia de la Iglesia.- Llorca, Villoslada, Montalbán
La Iglesia y la cultura en Occidente.- Jacques Paul

Imágenes: Internet.


sábado, 11 de febrero de 2023

CARNE DE GALLiNA

Los Borbones son gente extraordinaria, lo digo de corazón, sin asomo alguno de ironía y mucho menos de mordacidad. Desde el primero, que murió loco, desgarrado entre la obsesión religiosa y la obsesión sexual, hasta el último que hasta el momento reina en España, al que, lo mismo que a su padre, tardaremos en conocer en la intimidad. Todos tienen empaque, gallardía, donosura, larga y noble prosapia y un encanto propio sólo de los seres tocados por la varita mágica del destino. Pero si en esta espectacular dinastía hubo un miembro simpático, dicharachero, campechano, temerario y, no podía faltar, gran aficionado al sexo, promotor de cine porno, ese fue Alfonso XIII (1886-1941)
Este caballero, cuyo único mérito para alcanzar tan alto puesto en el Estado español, fue el de formarse en el vientre adecuado, el mismo mérito que el de sus antecesores y el de sus sucesores, constituyó un problema para España, desde el mismo momento de su concepción.
En efecto, cuando, con sólo veintiocho años, murió Alfonso XII, víctima de la tuberculosis, la heredera del trono era su hija  María Teresa, tenida con su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo. Pero hete aquí que, tras el entierro del monarca, la reina viuda se descuelga con que está embarazada (o sea, que, como buen Borbón, Alfonso XII estuvo empotrando a su señora hasta dos días antes de su muerte, a pesar de que la tuberculosis te va dejando cada vez más débil, y sin importarle que se tratara de una enfermedad altamente contagiosa. Por cierto, como no podía ser menos, Alfonso XII, además de tres hijos legítimos, tuvo otros dos ilegítimos con la cantante Elena Sanz. Todo un machote el hombre.) 
El anuncio de la reina paraliza de inmediato la sucesión al trono, pues si, cumplido el tiempo, nacía un varón éste sería el nuevo rey, toda vez que para ocupar el trono los varones tenían y tienen primacía. Y, ¡coño!, que nació un varón. ¡La puntería que tuvo el monarca agonizante! Cronistas solventes de la época cuentan que el chiquito apareció con la corona en la cabeza y haciéndole la trompetilla a su hermana María Teresa. Su mamá le puso de nombre Alfonso, en memoria de su fallecido marido, sin percatarse de que, como rey, iba a ser el XIII del mismo nombre, número acreditado como de mal fario por la siempre sabia tradición, aunque estuviera expresado en romanos.
Y mal fario tuvo el tío. Su reinado fue un desastre, cuyas secuelas no han desaparecido todavía. Entre otras cosas, le llamaron El Africano, por su insistencia en ocupar ipso facto el territorio marroquí del Rif, cuyo protectorado le había correspondido a España en el reparto de África que hicieron las potencias europeas. Era esta una región dura, seca, bravía, habitada por tribus bereberes que aceptaron de muy mal talante la presencia de los españoles. España inició oficialmente la administración del territorio en 1911, momento a partir del cual se dedica a su ocupación paulatina, operación que, dada la resistencia de los rifeños, se fue prolongado a lo largo de los años en una guerra crónica que obligó a España a mantener allí un ejército de unos 50.000 soldados. Con motivo de la Segunda Guerra Mundial, los combates, y, por tanto, la ocupación, se ralentizan y hasta se detienen por completo. Las operaciones se reiniciaron en 1920, fecha en que seguía sin ser dominada la mayor parte del territorio.
Llegado a este punto, uno siempre se pregunta qué se le había perdido a España para meterse en semejante berenjenal. Hay, al menos, un par de respuestas: El interés de la Compañía Española de Minas del Rif,  fundada en 1908, cuyo consejo de administración estaba formado por Miguel Villanueva (Ministro de Marina), el conde de Romanones, el conde Güell y Gerardo Ruiz de la Parra y de la Pedraja, los cuatro muy cercanos al rey, quien alguna sabrosa tajada debía llevarse (no olvidemos que, según Valle Inclán, los españoles no echaron a Alfonso XIII por mal rey, sino por ladrón). La segunda razón es el interés de ciertos grupos de militares que, en primer lugar, cobraban sueldo doble, y, en segundo y más importante, veían en el conflicto un medio ideal para el ascenso rápido en sus carreras. Así ascendieron prácticamente todos los que años más tarde darían el golpe de Estado contra la República.
En 1920 se encontraban en el territorio dos generales de división, Dámaso Berenguer, con el cargo de Alto Comisario de Marruecos, y Manuel Fernández Silvestre, comandante militar de Melilla y de Ceuta. Silvestre era muy amigo del rey, quien lo había nombrado Ayudante de Campo. Fue precisamente el propio monarca el que animó a Silvestre a conseguir el dominio del territorio, saltándose a Berenguer, cuyo cargo era superior al del comandante militar de Melilla.  Como respuesta, mediado diciembre, Silvestre le envió al rey un telegrama en el que decía: "El día de Santiago (25-7) llegaré a la Bahía" (se refiere a la Bahía de Alhucemas, al norte del territorio.) La respuesta del monarca fue: "¡Ole tus cojones!" (¿Era o no era campechano el tío?)
Las tropas las formaban soldados de reemplazo, que se veían obligados a prestar un servicio militar de tres años, servicio del que se libraban los hijos de los ricos mediante el pago de una cuota. Eran pues jóvenes pobres, campesinos en su mayoría, que nunca habían salido de sus pueblos y aldeas y que no habían cogido un fusil en su vida. Las kábilas o tribus que ocupaban el territorio, muy celosas cada una de su independencia, habían sido unificadas para la lucha contra los españoles por un antiguo empleado de la Oficina de Asuntos Indígenas de la Comandancia Militar de Melilla, Mohamed ben Abd El-Krim.
A pesar de la bisoñez de los soldados, el avance fue rápido, tanto que el 15 de enero de 1921 se ocupa Annual, a unos cien kilómetros de Melilla tierra adentro, y para el mes de junio, prácticamente sin encontrar resistencia, se alcanzan, primero, Albarrán y, enseguida, Eguiriben. Dos son como mínimo las circunstancias que resultan extrañas en este avance: Primera, que ni a los mandos, ni a Silvestre, que, de momento, permanecía en Melilla, les extrañara que los rifeños hubieran casi desaparecido del territorio y no les ofrecieran resistencia. Segunda: no se procede a la consolidación del terreno que se domina; sólo se construyen unos blocaos con sacos terreros y se deja en ellos una pequeña guarnición, a la que resultaba bastante complicado abastecer de agua y de alimentos.
Por lo demás, el rápido avance había sido permitido por Abd El-Krim con el doble propósito de cebar la ambición de los españoles y lograr que, en un exceso de confianza, descuidaran su seguridad. Ambos objetivos los consiguió plenamente. La posición más arriesgada y dificultosa para abastecerla de suministros era Iriguiben. También era la que contaba con una guarnición mayor, toda vez que se pretendía seguir el avance hasta la aludida Bahía de Alhucemas. Vigilantes, los rifeños, que no perdían detalle del avance, aparecieron súbitamente por cientos, cercando Iriguiben y disparando sin cesar sus relucientes rifles.
Cuando la noticia llegó a Melilla, el propio general Silvestre salió al frente de un convoy de soldados tan bisoños como lo anteriores. Consigue llegar a Annual el 20 de julio y desde allí envía un mensaje al mando de Iriguiben con la orden de que se retiren o parlamenten con el enemigo, es decir, se rindan. Pero el jefe de la guarnición, comandante Benítez contesta taxativo: "Los de Iriguiben mueren, pero no se rinden." Poco después, ese mismo día, no ya cientos, miles de rifeños aparecen sobre los altos de Annual. Tan perdida ve la situación Silvestre que ordena la evacuación. Ésta comenzó en la madrugada del día 21 de julio, pero los primeros soldados que salen del campamento reciben tal lluvia de balas rifeñas que se vuelven no en desorden, sino en desbandada. Se producen peleas entre los propios reclutas para conseguir un sitio en los pocos vehículos de que se dispone. 
El desastre terminó siendo de proporciones increíbles. Cayó Iriguiben, cayó Annual y cayeron uno detrás de otro los blocaos levantados por los españoles. Las tropas de Abd El-Krim mataban sin misericordia, profanaban bárbaramente los cuerpos, saqueaban todo lo que de aparente valor encontraban. Nunca se sabrá el número de soldados y de militares de carrera que encontraron una muerte sin sentido en aquellos pedregales. Los historiadores no se ponen de acuerdo, pero una cifra de unos trece mil muertos se acercaría mucho a la realidad. Abd El-Krim sólo dejó con vida a los militares de mayor graduación, para tenerlos como rehenes. El general Silvestre desapareció. Se especuló durante mucho tiempo con su muerte por las balas enemigas y, alternativamente, con su suicidio, pero como nunca se encontró su cuerpo, creció la leyenda de que, prisionero, había sido trasladado a un lugar lejano, del que, en cualquier caso, nunca regresaría.
Mientras tanto en Madrid, el de "¡Olé tus cojones!" continuaba con sus gracietas, ignorando la indignación que se extendía por España a medida que se conocían los hechos. Como consecuencia del malestar generalizado de la población se creó una comisión de investigación para el esclarecimiento de lo sucedido. Al frente de la misma se destinó al veterano general Juan Picasso, un militar ciertamente honrado. En 1923. el informe de la comisión, que acababa reconociendo la responsabilidad última del monarca, iba a discutirse en las Cortes, pero unos días antes, ¡zas!, el general Primo de Rivera dio un golpe de Estado promovido y patrocinado por el propio Alfonso XIII. De este modo, se echó tierra al asunto, quedando como único responsable de la tragedia el desaparecido general Silvestre.
Los rehenes que mantenía Abd El-Krim fueron liberados ese mismo año de 1923. Su liberación costó cuatro millones de pesetas en duros de plata, que fueron satisfechos por el industrial vasco y republicano Horacio Echevarrieta. Cuando la noticia llegó a conocimiento del rey su comentario fue: "está cara la carne de gallina." Sólo por esta frase, indecente,  canallesca, ya merecía el tipo que los españoles lo hubieran echado de España a patadas, con la recomendación incluida de que ni un solo Borbón volviera a aparecer por el país.

Imágenes internet.
Fuentes: La guerra de los mil días.- Guillermo Cabanellas
La España del siglo XX.- Tuñón de Lara
La epopeya del soldado.- Alfredo Cabanillas.