sábado, 7 de octubre de 2023

UN MONASTERIO PROTESTANTE

Si viajáis a Sevilla, haced un alto en vuestras actividades y acercaos a ver el Monasterio de San Isidoro del Campo, a unos diez minutos de la capital de Andalucía, en Santiponce, donde está también la célebre ciudad romana de Itálica.
Se cuenta, pero Alá es el más sabio, que en tiempos del monarca musulmán Almutamid, tan buen poeta como rey -conocido es su matrimonio con la también poeta Rumaikyya-, andaban los cristianos del norte deseosos de hacerse con los restos de las santas Justa y Rufina, martirizadas, al parecer, en Sevilla en tiempos de los romanos. A tal efecto, Alfonso VI, rey de Castilla y León, le envió a Almutamid una embajada encabezada por Alvito, arzobispo de León, hombre piadoso, que tenía fama de santo.
Almutamid recibió al embajador con todos los honores, le proporcionó alojamiento en el Palacio de la Barqueta, en cuyo solar se levanta hoy el Monasterio de San Clemente, y le dio todas las facilidades para el cumplimiento de su misión. Durante un año, Alvito buscó en los templos de la época visigótica que aún se conservaban en la ciudad, así como en cuanto lugar le pareció oportuno. Su búsqueda resultó infructuosa, por lo que, al cabo de este tiempo y tras agradecerle sus atenciones, Alvito le comunicó a Almutamid que regresaba de inmediato a León.
Ahora bien, la noche anterior a su partida, el embajador leonés tuvo un sueño en el que se le apareció nada menos que San Isidoro, el que fuera arzobispo de Sevilla en la época de los visigodos, quien le comunicó no donde se encontraban los restos de la santas que Alvito buscaba, sino el lugar, hasta entonces desconocido, en el que permanecían sus propios restos. Al día siguiente, Alvito le contó este sueño a Almutamid y el monarca sevillano no dudó ni un momento en disponer de los medios necesarios para la localización de los nuevos restos, incluso acompañó al embajador leonés al lugar señalado por el antiguo arzobispo de Sevilla. Una comitiva partió hacia lo que hoy es el pueblo de Santiponce, levantado sobre parte de las ruinas de Itálica, entonces olvidada, enterrada y cubierta de maleza. Rápidamente localizaron una lápida bajo la cual hallaron el sepulcro de San Isidoro, con su cuerpo, contaban, que incorrupto.

Almutamid dio su autorización para que tales restos fueran traslados a León. Sin embargo, el traslado no lo llegó a hacer Alvito, pues, tal y como le había revelado también san Isidoro, murió al tercer día del descubrimiento del sepulcro.
Sea o no verdadera esta historia, que lo más seguro es que no lo sea, lo cierto es que un par de siglos más tarde, en 1301, Alonso Pérez de Guzmán, el célebre Guzmán el Bueno, y su esposa, María Alonso Coronel, fundaron aquí un monasterio con el nombre de San Isidoro del Campo, que fue ocupado, primeramente, por cistercienses y, más tarde, por jerónimos. Muy pronto alcanzó amplia fama, de manera que a él concurrieron numerosos jóvenes que pretendía hacer carrera eclesiástica, la mayoría de ellos hijos de  judíos conversos. En el siglo XVI, ocupado ya por los jerónimos, pasaría a ser uno de los centros del protestantismo más importante de España, clandestino, por supuesto, pues el protestantismo estaba fieramente perseguido por la Santa Inquisición.
Fue el prior García de Arias, apodado Doctor Blanco por el color de sus cabellos, el introductor de las ideas reformistas de Lutero. García de Arias, que pasaba por devoto católico, siendo un excelente predicador, inició la Reforma en el monasterio suprimiendo lo que consideraba prácticas supersticiosas, como las oraciones en el coro, el culto a las imágenes, las misas por los difuntos (que entonces se cobraban), las penitencias, etc., reformas que los monjes aceptaron con gran entusiasmo. Tal fue su éxito que la Reforma pasó también al convento de monjas jerónimas de Santa Paula, así como a un considerable numero de sevillanos de distintas clases sociales.
El grupo sería desarticulado por la Santa Inquisición gracias, primero, a una delación y, luego, a la mala suerte, o a la mano siempre oculta de la Divina Providencia, lo que usted prefiera, amable lector o lectora. La delación la realizó la beata María Gómez, integrada en la Reforma, por desavenencias sentimentales con el licenciado Francisco de Zafra, al que denunció, junto con otras trescientas personas. Como, al parecer, la beata no andaba muy bien de la cabeza, la Inquisición no le hizo mucho caso. Inició, sí, una investigación rutinaria, que tuvo que archivar porque no encontró indicio alguno.
El segundo hecho sí tuvo consecuencias. Vivía en Sevilla un tal Julianillo Hernández, quien, se había pasado al luteranismo, adquiriendo una buena formación acerca de la Reforma luterana en París y en Francfort. Este buen hombre se hacía pasar por buhonero, oficio que le permitía introducir en Sevilla libros protestantes camuflados en barriles de  arenques y en otras mercancías, como encajes de Flandes y telas de Cambray. Por un error en el reparto, uno de estos libros, Imagen del Anticristo, fue entregado en el domicilio de una dama católica, quien inmediatamente se lo entregó como denuncia a la Inquisición de la ciudad, que, por entonces, tenía su siniestra sede en lo que hoy es el mercado de Triana, a la vera del Puente de Isabel II. 
Al darse cuenta de su error, Julianillo huyó a toda prisa, pero fue capturado en Adamuz (Córdoba) y, tras uno de los crueles y aún criminales procesos de la Santa Inquisición, quemado junto con otros muchos protestantes en el auto de fe (tiene narices el nombrecito que le daban) en el Prado de San Sebastián, donde se encontraba el siniestro quemadero, el 22 de diciembre de 1560.
Varios monjes de San Isidoro que, aparte de la Reforma, era un gran centro intelectual, consiguieron poner tierra de por medio y salir del país. Entre los más afamados de los fugitivos se encuentran Casiodoro de la Reina, Cipriano de Valera, Juan Pérez de Pineda y Antonio del Corro. Casiodoro fue el primer traductor de la Biblia completa al castellano. El texto, que sería revisado por de Valera y publicado en Amsterdam en 1602, fue uno de los mejores de su tiempo en lengua vernácula, un trabajo que no alcanzaría parangón en el campo católico hasta cuatrocientos años más tarde. Esta Biblia, denominada del Oso, por la imagen de un oso intentando atrapar un panal de miel que figura en su portada, y también Reina-Valera, conserva hoy su carácter oficial entre los protestante de habla castellana.
Con una estampa espectacular, el monasterio es una joya del gótico y del mudéjar. Cuenta con dos iglesias, denominadas las gemelas por su enorme parecido, una mandada construir por Guzmán el Bueno y la otra, anexa a la primera, por su hijo Juan Alonso. Ésta cuenta con un impresionante retablo de Martínez Montañez y junto a ella se encuentra el sobrecogedor Claustro de los Muertos, así llamado por haber servido de enterramiento de los monjes fallecidos. Luego está el Patio de los Evangelistas y el Refectorio, antiguo comedor de los monjes, cuyas bóvedas aparecen decoradas con primorosas policromías, mientras en su muros cuelgan hasta catorce pinturas, todas copias del original, salvo la Santa Cena. Visitables son también la Sacristía, la Sala Capitular y el Reservado, las tres dependencias igualmente con magníficas policromías.
En 1835, con la Desamortización, el monasterio perdió su carácter religioso. Los monjes regresaron en 1956 y se marcharon por falta de vocaciones en 1978. Durante unos años estuvo abandonado, hasta que la Junta de Andalucía se hizo cargo de él. Se llevó entonces a cabo una concienzuda restauración que culminó en 2002, gracias a la cual el conjunto recuperó el esplendor de sus mejores tiempos. Actualmente está incluido en la Red de Bienes Culturales de Andalucía y en él se celebran variadas actividades de carácter cultural


domingo, 1 de octubre de 2023

LA FIESTA DE LAS CANDELAS

Cuenta Herodoto (484-425 a.C.) que en la ciudad egipcia de Sais existía un santuario dedicado a la diosa Neith. En sus cortinajes se encontraba la siguiente leyenda: "Soy todo lo que ha sido es y será. Ningún mortal ha sido capaz de alzar el velo que me cubre."
En el panteón egipcio la diosa Neith ocupa un lugar de privilegio. Se tiene constancia de su existencia desde la época predinástica, alrededor de unos 4.000 años a.C. y pervivió a lo largo de todas las dinastías, hasta la última, la Ptolomeica, en el siglo I de nuestra Era.
Para los egipcios, Neith fue la creadora del universo, de la tierra y de todo lo existente, la diosa madre generativa y germinativa.
Con el paso del tiempo se le fueron añadiendo invocaciones. Así, fue señora de la guerra, lo que le daba un carácter oscuro, amenazador; pero fue también propiciadora de la fertilidad humana, motivo por el que la veneraban las mujeres. Era la protectora de las almas de los muertos, habiendo sido ella la que creó los tejidos que se usaban como vendajes en la momificación de los cadáveres. Como creadora del mundo era madre de todos los dioses y fue especialmente protectora de Osiris, el dios que murió y resucitó, lo mismo que Cristo, pero bastantes siglos antes.
Situada al oeste del delta del Nilo, Sais fue una importante ciudad egipcia, sede de las primeras dinastías. Herodoto, que viajó por Egipto y tuvo importantes contactos con los sacerdotes, cuenta que los habitantes de Sais eran grandes devotos de Neith, a la que tenían por patrona de la ciudad (lo mismo que hoy muchas vírgenes son patronas de nuestros pueblos y ciudades, no hay nada nuevo bajo el sol). En su honor habían levantado un fastuoso santuario, detrás del cual, según Herodoto, se encontraba la tumba de Osiris. Anualmente se celebraba una gran fiesta en honor de la diosa, durante la que los habitantes de Sais iban en procesión al templo portando antorchas en llamas. Era la Fiesta de las Candelas, la Candelaria, fiesta que celebraba hacia el  final del invierno y que servía también para impetrar la fertilidad de las mujeres.
Esta fiesta pasó al calendario romano bifurcada en otras dos que tenían lugar en el mes de febrero, último mes del año romano, después de la sustitución por parte de Julio César del viejo calendario lunar por el solar de 365 días y 6 horas por año, mucho más exacto. El mes, dedicado a Februus, dios de los muertos y de la purificación, estaba destinado a la expiación de las culpas, pero también a la salida de la oscuridad del invierno y la proximidad de la primavera. El día dos tenía lugar la Fiesta de las Candelas: mujeres en procesión portando antorchas conmemoraban la bajada de Démeter al Hades para rescatar a su hija Perséfone, condenada a vivir seis meses en el Hades y seis meses en tierra, es decir, el otoño y el invierno seguidos de la primavera y el verano. Toda la ciudad se iluminaba con lámparas y antorchas.
El día 15 se celebraban las Lupercales, fiesta de la fecundidad. Tenía su justificación en el reinado de Remo, el que, junto con su hermano Rómulo, fue amamantado por una loba. En esta época, las mujeres sufrieron una persistente esterilidad, para la superación de la cual se pidió consejo a la diosa Juno. "Mujeres del Lacio, que os fecunde un macho cabrío dotado de vello.", fue la respuesta de la diosa que no dejaba muy bien parados a los hombres. Lupercal viene precisamente de lupus, que significa lobo, y de hurco, macho cabrío. Este día se sacrificaba una cabra y los lupérculos, jóvenes agraciados, salían en procesión desnudos y con tiras de la piel del animal, con ellas golpeaban a las mujeres que se sumaban a la fiesta, para conseguir la fertilidad. La fiesta, que empezaba con bastante seriedad, se iba convirtiendo en una juerga carnavalera a medida que la procesión avanzaba, terminando en cantos y obscenidades de todo tipo.
Esta fiesta se siguió celebrando tal cual en los primeros siglos del cristianismo y por cristianos. Así se celebraba todavía en el siglo V. A finales de este siglo, el papa Gelasio I (494-496), reaccionó tomando dos medidas, por la primera prohibió la celebración de las lupercales y, por la segunda, le dio un giro cristiano a la Fiesta de las Candelas, motivándola en la presentación de Jesús en el templo y en la purificación de la Virgen tras el parto. 
Las fiestas que tienen su origen en las más remota antigüedad y están referidas a los tiempos agrícolas son prácticamente imposibles de suprimir. Lo que ha hecho la Iglesia es cristianizarlas. La Fiesta de las Candelas siguió celebrándose más o menos como se hacía en el antiguo Egipto; la de las Lupercales se transformó en nuestro carnaval, corto periodo de tiempo en que la Iglesia toleraba el jolgorio y aún cierto libertinaje, porque a continuación tenía preparada la Cuaresma, tiempo de penitencia y de expiación.
Con todo, la fiesta de la Candelaria no adquirió su carácter totalmente cristiano hasta que hacia el año 1400 (ni siquiera hay una fecha exacta), ¡cataclás!, dos guanches, habitantes autóctonos de las Canarias, encontraron en la playa una imagen de la Virgen que respondía a la idea que se tenía de María en la presentación del Niño en el templo. A partir de entonces la celebración lleva el nombre de Fiesta de la Virgen de la Candelaria. Aún así, en algunos sitios, especialmente en Sudamérica y, más en concreto, en  Pruno (Perú) y en México, esta fiesta es una mezcla de las Lupercales y la Candelaria.
La inmensa mayoría de las celebraciones cristianas tienen un origen y un recorrido semejantes, desde la de la Cruz, en el mes de mayo, en que lo que realmente se celebra, o se celebraba, porque hoy es un mero negocio hostelero, era el Mayo, traslado y adorno de un árbol del bosque a la aldea; hasta la Navidad, en que lo que se celebra no es el nacimiento de Cristo, que no se sabe cuándo fue, sino el triunfo del Sol Invicto, después de la noche más larga del año.

Fuentes: 
Herodoto.- Los nueve libros de Historia
Revista Tiempo
Platón.- Timeo
Tácito.- Anales
Horacio.- Himno al Fauno. Poema 18, III Libro de Odas
Revista Acrópolis.

Imágenes: Internet.

viernes, 22 de septiembre de 2023

EL ASUNTO DEL MAL

Fue el filósofo David Hume (1711-1776) el primero que situó el problema del mal en el lugar en el que debía situarse: Si todo lo existente es obra de Dios, vino a decir, y teniendo en cuenta que el mal existe, tiene una textura tan real y tan amplia como el bien, o Dios no es bueno o no es todopoderoso.
Parece mentira que hasta entonces a nadie se le hubiese ocurrido una formulación tan simple y tan exacta. En tiempos antiguos, Epicuro, o al menos a él se le atribuye, planteó su famosa paradoja o trilema, pero la fórmula de Hume es mucho más simple.
Aparte de Epicuro, hasta Hume, la filosofía y, por supuesto, la teología y, en general, la religión, habían seguido como burros de noria a San Agustín (354-430), que, siguiendo a su vez a filósofos orientales, como el confuciano chino Mencio (372-289 a.C.), negaba la existencia del mal.
Para el obispo de Hipona, todo era bueno y el mal era sólo carencia de bien. Con una poca de observación, a este argumento se le podía haber dado la vuelta fácilmente, diciendo que todo es malo y que el bien es sólo ausencia de mal. No sería ni más obtuso ni más inexacto que el del señor obispo. Pero nadie tuvo agallas para plantearlo, porque, para el creacionista, situar al mal por encima del bien sería convertir el mundo en un infierno y a Dios en un monstruoso tirano que nos priva de la más mínima esperanza de una vida si no feliz, al menos exenta de sufrimiento.
Sin embargo, lo de Hume, tan sencillo y tan veraz, es igualmente rechazado por los filósofos teístas o creacionistas, porque quieras que no también se lleva una buena tajada de la esperanza que mueve a estos filósofos. Así es que se dieron a elucubrar y a elucubrar hasta que encontraron una salida: Dios es omnipotente e infinitamente bueno, sostenían y siguen sosteniendo al día de hoy, todo lo hizo bien, tan bien que en tanto creó a los animales sujetos a su instinto, al hombre, su mejor obra, lo dotó de libertad, de modo que está en su mano hacer el bien o hacer el mal, escoger el bien o escoger el mal.
¿Son graciosos estos filósofos? Lo son, en primer lugar porque ya no rechazan el mal, sino que lo dejan al libre albedrío del ser humano. Pero son graciosos, sobre todo, porque su argumento no puede ser ni más soberbio ni, al mismo tiempo, más cutre. Son lo que se llama homocentristas, para ellos la creación que defienden está hecha por y a la medida del hombre, situando al hombre (estos filósofos nunca hablan de la mujer) en el centro de la creación.
Pero qué ocurre si hacemos abstracción del ser humano, si imaginamos el mundo sin ese hombre y también sin la mujer, ¿desaparece el mal? ¿Ya no hay mal alguno en el mundo? Pregúntele, amable lector o lectora a la gacela a cuyo cuello acaba de saltar el leopardo, o pregúntele a los millones de bacterias que tiene usted en su cuerpo tratando de devorarse unas a otras para sobrevivir.
El hecho de que para vivir sea imprescindible matar, el hecho de que la vida de unos se sostenga sobre la muerte de otros, es, se pongan como se pongan los filósofos teístas, un mal absoluto del que, de ser el creador, Dios es el único responsable o por impotencia o por maldad.

domingo, 17 de septiembre de 2023

ONCE Y TRECE

Con un robusto fraile carmelita
se confesaba un día una mocita
diciendo: -Yo me acuso, padre mío
de que con lujurioso desvarío
he profanado el sexto mandamiento
estando con un fraile amancebada,
pero yo de mi culpa me arrepiento
y espero por ello verme perdonada.
-¡Vágame Dios!, el confesor responde,
encendido de cólera. ¿Hasta dónde
ha de llegar el vicio en las mujeres
pues sacrílegos son ya son placeres?
Si con algún seglar trato tuviera,
no tanta culpa fuera,
mas, con un religioso... Diga, hermana:
¿qué encuentra en él su condición liviana?
La moza respondióle compungida:
-Padre, hombre alguno no hallaré en la vida
que tenga tal potencia:
sepa Su Reverencia
que mi fraile, después que me ha montado
trece veces al día, aún queda armado.
-¡Sopla! -dijo admirado el carmelita.
¡Buen provecho, hermanita!
De tal poder es propio tal desorden;
de once...sí... ya los tiene nuestra orden
cuando alguno se esfuerza,
¡pero de trece!... Jerónimo es por fuerza.

Este rijoso y desternillante poema no se debe a ningún erotómano o pornógrafo de nuestro tiempo, sino nada menos que a don Félix María Samaniego (1745-1801), sí, Samaniego, el escritor que ha pasado a la historia de la literatura como autor exclusivo de fábulas morales. 
La sociedad española del siglo XVIII, el de la instauración de los Borbones, era una sociedad de doble moral y Samaniego uno de su personajes más significativos. La Inquisición campaba aún por sus respetos, pero la vida estaba cambiando a toda prisa, una vida que en buena parte debía correr subterránea y clandestina, al alcance sólo, de momento, de algunos elegidos que no se curaban en saborear los buenos placeres.
No es el único poema de este tipo que escribió Samaniego. Tiene un libro precioso, El jardín de Venus, auténtica joya de la literatura erótico-jocosa. Son muy numerosos los poemas dedicados que tienen como protagonistas a frailes y a monjas. Yo traigo aquí este hoy principalmente por tal motivo, porque, entre otras cosas, pone de relieve, aun de un modo esperpéntico y exagerado, las costumbres y los vicios de los clérigos de la época, principalmente carmelitas, franciscanos y jerónimos. Estos últimos, sobre todo, y es cosa sabida, eran los grandes folgadores de la época, siempre con el hisopo dispuesto para echar las bendiciones que fuera menester. 
Con la que está cayendo actualmente no sobra, sino que viene bien aquello que nos pueda provocar una sonrisa.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

LA SALETTE

Con esto de las apariciones marianas, uno se pregunta, creo que con razón, por qué la Virgen María, tan pródiga en dejarse caer por el mundo, no se aparece nunca a un musulmán; a un hindú seguidor de Brahma o de Krisna; a un japonés entregado al tao o a un tibetano budista, incluso a un budista sin más, de los distintos grupos que, por ejemplo, existen en España. Uno se pregunta también por qué, puesta a aparecerse, lo hace siempre a niños de no mucha edad, medio analfabetos y en lugares alejados de las poblaciones. Por supuesto, la Virgen es muy dueña de hacer lo que le parezca, pero resulta raro, ¿no? A mí, por lo menos, me resulta tan raro como que los mensajes en sus apariciones sean siempre tan amenazadores. Es un poco como las sicofonías: usted, amable lector o lectora, ¿ha oído alguna vez una sicofonía en la que la supuesta voz grabada cuente un chascarrillo? Son todas terriblemente angustiosas.
Ahora bien, puesta la Virgen a amenazar, no nos ha regalado hasta la fecha con amenazas más duras ni más precisas que las de La Salette, aparición mariana no demasiado conocida, favorita de ese enorme pobretón católico que fue León Bloy (1846-1917), el hombre que mejor escribía de Francia, el más radical y el más panfletario. Escribía unos panfletos magníficos.
La Salette-Fallavoux es una pequeña población situada en los Alpes franceses, en el distrito de Grenoble. En 1946, apartada del caserío, se le apareció la Virgen a dos niños: Maximino y Melanie. Les entregó sendos mensajes, de palabra, por supuesto. El de Melanie contiene nada menos que treinta y tres profecías amenazadoras a cual más truculenta. Van dirigidas en buena parte contra los sacerdotes de la época que, al parecer, eran unos golfos y unos desalmados, pero van dirigidas también a la población en general, no sólo a los católicos. 
A título meramente de ejemplo, la tercera profecía dice textualmente: "Dios va a golpear de una manera sin ejemplo." y la cuarta: "Desdichados los habitantes de la tierra! Dios va a agotar su cólera y nadie podrá sustraerse a tantos males reunidos". Nadie, ni siquiera los masai o los pigmeos africanos, pobrecitos míos, que eran y son más buenos que el pan, a lo mejor porque nunca han oído hablar de la Virgen, ni de su Hijo ni del Padre de su Hijo. Las treinta y tres profecías, la mayoría bien largas, las memorizó Melanie palabra por palabra y, tal y como le había exigido la Virgen, no las hizo públicas hasta 1858.
Y la cosa es que, a pesar de la terribilidad y las evidentes exageraciones del mensaje, mucha gente la creyó; la prueba es que poco tiempo después se construyó un imponente santuario en el lugar de la aparición y se inició el fenómeno de las peregrinaciones, tan necesitados de consuelo andamos, un fenómeno que aunque no tan importante como los posteriores de Lourdes o Fátima, supone para la Iglesia un lucrativo negocio, tanto espiritual como económico.

Imágenes: internet


domingo, 10 de septiembre de 2023

NATURAL

La muerte es más natural y lógica que el nacimiento. Digan lo que digan los señores obispos y, en general, los catequistas, que siguen existiendo, nacer es totalmente azaroso. Imaginémoslo: millones de espermatozoides pugnando en una feroz carrera por alcanzar y fecundar un óvulo. Luego, después de nueve meses de incertidumbre en el vientre materno, el individuo que se formó de ese óvulo fecundado debe atravesar un lóbrego túnel al final del cual aparece una luz cegadora. Cómo será de difícil este paso y de qué modo nos deslumbrará esa luz que, aunque inconscientemente, lo conservamos en nuestra memoria, de modo que reaparece en el último momento de nuestra vida, cuando ya estamos prácticamente muertos. Hay muchas personas que no admiten la existencia de un final, con la desaparición completa del individuo; les repugna de tal modo este hecho que llegan a creer firmemente que ese final no es más que un paso hacia otra vida inextinguible. Les ocurre eso porque nunca se han parado a pensar lo que sería una vida sin muerte, una vida que no concluyera nunca, pero nunca, nunca. Detengámonos un momento y pensémoslo, veremos cómo esta idea es mucho más terrible y agotadora que la anterior.
Estas reflexiones se me ocurrieron hace unos días visitando el cementerio de la Salud, donde están enterrados los restos de mi hermana. Soy quince años mayor que mi mujer, de manera que, por ley de vida, lo más probable es que yo muera antes que ella. Se lo dije al salir del cementerio: "no me llores  cuando muera, que no hay nada más natural que la muerte. Llórame en vida. O, mejor, ríe y hazme reír ahora que me tienes a tu lado, carcajéate conmigo o carcajéate de mí, que ya voy estando hecho un carcamal, pero hazlo ahora, cuando yo todavía puedo verte y oírte.
"Cuando yo muera", añadí, no se te ocurra enterrarme aquí ni en ningún cementerio, rodeado de muertos. Manda que me incineren, esparce mis cenizas bien lejos y entierra con ellas la urna, donde ni tú puedas encontrarla después. Luego, sigue viviendo, llévame en la memoria, si lo deseas, pero en un rinconcito tan lejano que no te impida volver a vivir."


Imágenes: Internet

viernes, 8 de septiembre de 2023

LA INFALIBILIDAD PAPAL

El 29 de junio de 1868, mediante la bula Aeterni Patris, el papa Pío IX (1846-1878) convocaba un concilio cuyo comienzo se fijaba para el 8 de diciembre de 1869 en el Vaticano. La bula declaraba que el concilio se ocuparía de "examinar diligentemente todo lo que en estos difíciles tiempos sea mejor para la gloria de Dios, integridad de la fe, honor del culto divino y salud de las almas." Pero, en realidad, la convocatoria del concilio, conocido como Vaticano I, respondía exclusivamente al deseo del papa de conseguir la infalibilidad, para él y, por ende y al tratarse de un dogma, para todos sus antecesores y sucesores.
Cercado por las tropas que peleaban para conseguir la unidad de Italia y a punto de perder los llamados Estados Pontificios, Pío IX consideraba que tal declaración fortificaría el carisma y el poder que creía estar perdiendo sobre la grey católica, y de este modo se fortificaría también la Iglesia, amenazada, según el pontífice y no pocos intelectuales católicos, por el liberalismo y el socialismo, principalmente. 
El desarrollo del concilio no fue fácil para el pontífice. A la magna asamblea habían sido invitados los distintos cristianismos denominados protestantes y los ortodoxos orientales, pero todos se negaron a asistir. Entre los padres asistentes, la mitad, más o menos, estaba en contra de la infalibilidad, unos por parecerle ridícula la pretensión de Pío IX, otros por considerarla inoportuna, pero la insistencia papal, incluidas amenazas de excomuniones y anatemas, acabó dando el resultado apetecido, aunque no en el grado de asentimiento esperado y deseado por el pontífice. Así, de los 747 padres conciliares, 157 se fueron ausentando del concilio en medio de las discusiones teológicas. Posteriormente, el 18 de julio de 1870, día de la votación final, 55 no acudieron a la misma y se marcharon de Roma, de modo que el resultado definitivo fue el de 535 votos a favor y 2 en contra, resultado que 1870 años después de la aparición del cristianismo otorgaba a un hombre la imposibilidad de equivocarse, aunque, eso sí, sólo en determinadas materias y situaciones. 
Pero cómo había empezado todo. Del Jesús histórico no sabemos directamente nada, pues nada dejó él escrito. La mayoría de los historiadores y eruditos admiten su existencia real, aunque, ciertamente, una minoría la niega. Todo lo que sabemos de él es lo que nos cuentan los evangelios. Por tanto, a quien se cree en cuanto a sus dichos y a sus hechos no es a Jesús, sino a los evangelistas y uno se pregunta cómo pudieron éstos conocer, por ejemplo, lo que le ocurrió a Jesús en el desierto, si el Maestro se retiró solo y solo permaneció en él durante cuarenta días. O cómo pudieron conocer el padecimiento de Jesús en el huerto de Getsemaní, si, del mismo modo, el Maestro se alejó de los discípulos que lo acompañaban y, para colmo, éstos se quedaron durmiendo. 
Bien, pues no importa, el camino hacia la infalibilidad parte de citas evangélicas, la principal de las cuales es aquella en la que Jesús le dice a Pedro que es piedra y que sobre ella edificaría su Iglesia. Ya desde su aparición, el cristianismo católico, que fue el que se impondría a los diversos cristianismos surgidos tras la muerte de Jesús, tuvo vocación de institucionalización y de autocracia. Para ello necesitaban presentar una Iglesia intachable en todos los sentidos de la palabra. Y así, en una fecha tan temprana como el siglo II, Ireneo y Tertuliano, dos de los llamados Padres de la Iglesia, afirmaban sin cortarse un pelo que la Iglesia no podía equivocarse, porque estaba asistida por el Espíritu Santo.
El vacío de poder que se produjo tras la caída del imperio romano fue ocupado inmediatamente por la Iglesia, con su obispo romano al frente, quien aprovechó la situación para conseguir la supremacía sobre las sedes patriarcales de Alejandría y de Antioquía, que se oponían enérgicamente al dominio romano. En este momento, el título de papa lo tenían todos los obispos de Occidente y el patriarca de Alejandría en Oriente. Tal categorización finalizó poco después de la caída de Roma, quedándose con el título sólo el obispo romano, pero no sería hasta 1073 cuando, de forma oficial, el papa Gregorio VII reservaría dicho título para uso exclusivo del obispo de Roma, prohibiéndolo para todos los demás.
Para esta fecha, doblegada la Iglesia a la autoridad suprema de un solo hombre, la autocracia está plenamente conseguida. Doscientos años más tarde, poco más o menos, se habla ya descarada e interesadamente de infalibilidad papal. Lo hace el franciscano Pedro Olivi bajo el papado de Nicolás III (1277-1280). Este papa aprobó la regla de la Orden, en la que los franciscanos renunciaban a toda posesión material, aduciendo que Cristo no había tenido bien alguno, y, a cambio y para que ningún papa futuro pudiera derogar estas aprobación, Olivi escribió un tratado teológico en el que afirmaba categóricamente la infalibilidad del pontífice. Algo así lo había declarado el IV Concilio de Constantinopla (siglo IX) al afirmar en el canon 2º que el papa era un instrumento del Espíritu Santo, tesis que sería reafirmada en el primer Concilio de Lyon (siglo XIII). Posteriormente, el Concilio de Florencia, bajo el mandato del papa Martín V (1431-1445), aunque no de forma directa, insistió en la tesis, declarando la plena potestad del pontífice para regir, esto es, para establecer normas, y para gobernar a la Iglesia Universal.
La infalibilidad se materializa únicamente cuando el papa habla ex cátedra, o, lo que es lo mismo, formal y oficialmente, en su calidad de pontífice y se refiere a materias de fe, como la proclamación de un dogma, el de la Asunción de la Virgen María a los cielos, por ejemplo, proclamado por Pío XII el 1 de noviembre de 1950. Pero se refiere también a asuntos de moral y, por tanto, de costumbres, lo cual afecta incluso a la vida íntima de los católicos.
Con la proclamación del Concilio Vaticano I se llega a la culminación de una carrera en la que un hombre, como usted o como yo, porque siempre es un hombre, con la excepción de la papisa Juana, se convierte realmente en un semidios. Desde luego, no se puede llegar más lejos ni más alto.

Fuentes:
Historia concertada de los concilios ecuménicos.- José Delgado Sánchez
Historia secreta de la Iglesia española.- César Vidal
Historia de los papas.- Juan María Laboa
Los papas y el sexo.- Eric Frattini
Historia de Italia.- Christopher Duggan

Imágenes.- Internet


domingo, 20 de agosto de 2023

LA RECATOLIZACIÓN DE ESPAÑA

A muchos se les ha olvidado y la mayoría, digamos los nacidos a partir de 1960, ni siquiera lo conocen, pero el  23 de noviembre de 1975, en la Plaza de Oriente de Madrid se celebró el funeral por la muerte del dictador Francisco Franco. Al acto acudieron las principales autoridades del Estado y de la Iglesia. Durante la homilía, el arzobispo de Toledo y primado de España, cardenal Marcelo González Martín, recordó el acto del 20 de mayo de 1939 en la iglesia de Santa Bárbara, en el que Franco ofreció su espada de la victoria al cardenal Gomá; seguidamente glosó los "valores" de "ese hombre excepcional", al que le agradecía su "fidelidad estimulante" a la nación y a la religión.
La Iglesia tenía, en efecto, mucho que agradecerle a un general que había provocado una guerra en la que se habían producido un millón de muertos y más de doscientos cincuenta mil exiliados. Desde el mismo momento de su instauración, la Iglesia, la jerarquía, pero también la mayor parte del clero, había conspirado contra la República, no en defensa de ningún valor cristiano, sino a causa de que el gobierno republicano intentaba limar alguno de los desmesurados privilegios que había ido acumulando a lo largo del tiempo, de manera que recibió con extraordinario entusiasmo el Golpe de Estado, al que se adhirió de forma inmediata. Así, la victoria de los golpistas en la guerra supuso también un triunfo para la Iglesia, que no sólo recuperó sus privilegios, sino que alcanzó un lugar de preeminencia en el nuevo Régimen, del que se convirtió en su principal apoyo.
En realidad, se trató de un toma y daca: yo te apoyo a ti, tú me apoyas a mí y entre los dos mantenemos sumiso y en orden al pueblo español. Para que el mecanismo funcionara, la primera tarea, a juicio de la jerarquía eclesiástica, era la recatolización de España, esto es, limpiar la "escoria" con que la República había distorsionado la mente y el ánimo de los españoles. Para ello se reutilizó un instrumento que tenía su origen en el Concilio de Trento y que había sido utilizado con mayor o menor intensidad en distintas épocas: Las Santas Misiones. Y en qué consistía este instrumento. En la organización ciudad por ciudad y pueblo por pueblo de una serie de actos y ceremonias multitudinarios, protagonizados por clérigos "misioneros", es decir, de fuera de la localidad en que se celebraban dichos actos.
Las Misiones se iniciaron poco después del final de la guerra, pero su máximo desarrollo se produjo a partir de 1944, con la creación de la Asesoría Eclesiástica de Sindicatos (AES), entidad formada por sacerdotes con el objetivo de aprovechar la infraestructura sindical y los medios de los sindicatos del régimen. Lo más gracioso, si es que esto tiene gracia, es que esta AES se financiaba con parte de la cuota sindical pagada por empresarios y trabajadores, de modo que éstos últimos financiaban su propia evangelización, pues, aunque las misiones iban dirigidas a todo el mundo, era a ellos, principalmente, a quienes se pretendía recatolizar.
La mecánica era la siguiente: En primer lugar se llevaba a cabo la "antemisión", consistente en conseguir el permiso del obispo de turno y la elección de los misioneros, preferentemente franciscanos, pero también jesuitas, claretianos y dominicos.  Seguidamente se contactaba con los párrocos del lugar, quienes debían informar del estado religioso de sus parroquias, si se comulgaba o no en abundancia y con frecuencia, si había niños y adultos sin bautizar, si convivían parejas no casadas, etc.
El día del comienzo de la misión los misioneros entraban solemnemente en el pueblo, dirigiéndose a la plaza principal, donde el alcalde les daba la bienvenida. Seguidamente, se montaba una procesión hasta la parroquia más importante del lugar, si había más de una. 
Entonces comenzaba la parte más indecente de la misión (si es que había algo decente en ella), la utilización de los niños en la llamada "misión infantil", para mover a los mayores a asistir a los distintos actos. Se le daban charlas en los colegios y, tras ellas, se organizaban procesiones en las que niñas y niños portaban banderitas españolas o del Vaticano mientras cantaban canciones religiosas. A veces, montaban sobre la marcha pequeñas obras de teatro y, otras, se organizaban cabalgatas con carrozas en las que se representaban escenas religiosas. La implicación de los maestros era imprescindible y obligatoria, prueba del sometimiento de la escuela al clero. Los niños eran así un público cautivo, pues no tenían opción de rechazar su participación. Pero, además, con la mayor desvergüenza, se los convertía en propagandistas de la misión: a una señal del misionero, en las procesiones debían gritar: ¡Padres, a la misión! ¡Madres, a la misión!" No obstante, a los misioneros no debía parecerles suficiente, porque todavía instruían a los niños para que por las noches en sus casas rezaran tres avemarías con los brazos en cruz pidiendo por la asistencia de sus padres a los actos.
La parte de los adultos se iniciaba con el Rosario de la Aurora. Luego, a lo largo del día, se daban sermones independientes para mujeres casadas y solteras y para hombres casados y solteros. En ellos se les predicaba lo más cutre, tradicional y roñoso de la moralidad católica. Se aprovechaban estas charlas y los distintos actos para ejercer una presión brutal sobre aquellas personas que convivían sin estar casadas o no estaban bautizadas o, sencillamente, no participaban habitualmente en las prácticas religiosas. Uno de los momentos más deprimentes era el Vía Crucis, al que sólo podían asistir hombres, aunque las mujeres debían ser espectadoras.
Por último, tras varios días de misión se celebraba el Acto General, siempre por la tarde noche. Tenía lugar en el templo, pero se instalaban altavoces por todo el pueblo, de manera que los que no asistían no tuvieran más remedio que escuchar lo que se decía. En los sermones se buscaba penetrar a fondo en el ánimo de los asistentes con la clásica parafernalia verbal del temor y aún del terror tan característica de los predicadores eclesiásticos de la época. Utilizaban, además, todo tipo de recursos teatrales. Uno de ellos consistía en rezar sucesivamente tres avemarías, la primera por el éxito de la misión; la segunda por el más descarriado de los presentes; y la tercera por el primero que fuese a morir. En este momento se apagaban las luces de la iglesia y el acojonamiento era general. En no pocas ocasiones, este acto se celebraba en el cementerio. Allí el misionero les largaba el "sermón de la muerte", con el que conseguía ponerles los pelos de punta a la mayoría de los asistentes, si es que no a todos. 
La misión terminaba con una misa de campaña en la plaza del pueblo o en un espacio abierto. Por supuesto, confesaba y luego comulgaba la práctica totalidad del pueblo. A continuación, el acalde, de nuevo, despedía a los misioneros, a los acordes de la banda de música, si la había, y con los gritos de la muchedumbre pidiendo que no se marchasen. 
Estas misiones se prolongaron hasta entrados los años setenta, si bien desde finales de los sesenta ya sólo en zonas deprimidas, donde eran menos intensos los cambios culturales que se estaban produciendo en el país.
Mientras tanto, los muertos del bando perdedor seguían enterrados anónimamente en las cunetas de los caminos o en fosas comunes a la vera del pueblo en el que se celebraba la misión. Pero de éstos no decían nada los misioneros ni tuvieron jamás una palabra para los familiares de dichos muertos que seguían viviendo en el pueblo, sufriendo el desprecio y las vejaciones de los vencedores.

Fuentes:
Francisco Bernal García.- La reconquista católica de las masas. Ponencia en el IX Encuentro Internacional de Investigadores del Franquismo.
-Misiones interiores y cambio social. Hispania Sacra, volumen 70
William J. Callahan.- La Iglesia Católica en España (1875-2002)

Imágenes: Internet.

miércoles, 16 de agosto de 2023

MANUAL DE TORTURADORES

 
"En punto a herejía se ha de proceder llanamente, sin sutilezas de abogado, ni solemnidades en el proceso. Quiero decir que los trámites del proceso han de ser lo más corto posible, dejándose de dilaciones superfluas, no parándose su sustanciación ni en los días que huelgan los demás tribunales, negándose toda apelación que sólo sirve para diferir la sentencia."
Así comienza uno de los libros más infames que se hayan escrito nunca, el Directorium Inquisitorum o Manual de Inquisidores, del catalán, nacido y muerto en Gerona, Nicolás Eymerich (1320-1399), cuyo título debiera ser el que lleva esta entrada, puesto que lo que el libro recoge son las normas que deben seguir los inquisidores ante los acusados de un delito de herejía o de blasfemia, normas que constituyen todo un repertorio de torturas, así como los instrumentos con lo que debía ser aplicada.
En los regímenes represivos siempre consiguen infiltrarse hasta los puestos más altos sádicos y canallas. Y Eymerich fue ambas cosas en grado superlativo. Fue fraile dominico, uno de los más fanáticos, sin duda, de los muchos que a lo largo de la historia ha producido esta Orden, empezando por su fundador. Fue Inquisidor General de Aragón y capellán de Su Santidad, nombrado por el papa Inocencio VI por su celo en la persecución de herejes y blasfemos. A éstos últimos, ordenó a sus secuaces que les atravesaran la lengua con un clavo para que no volvieran a blasfemar.
Hacia el final de su pontificado, Juan Pablo II pidió perdón por la actuación de la Inquisición. Lo hizo con gran solemnidad, pero también con la boca pequeña ya que, a continuación de pedir perdón, justificaba tal actuación amparándose en que la tortura no era asunto exclusivo de la Inquisición, es decir, de la Iglesia, sino que, igualmente, la utilizaban los poderes civiles. Sencilla y llanamente, el papa mentía. Mentía con esa sutil hipocresía de la que con tanta habilidad hace uso la jerarquía eclesiástica. Mentía, en primer lugar, porque Juan Pablo II no podía ignorar, ya que lo pregonó infinidad de veces, que el catolicismo es la religión del amor, una definición que en modo alguno cuadra ni puede cuadrar con la tortura. Pero, sobre todo, mentía, porque, de acuerdo con el contenido del citado Manual, existían numerosas diferencias entre la jurisprudencia civil y los métodos empleados por los esbirros de la Inquisición. Eymerich las especifica con detalle y el papa, todo un intelectual, no podía desconocer la existencia de este Manual, por otra parte, famosísimo.
Pero vemos algunas de las diferencias entre la Inquisición y los tribunales civiles tal y como las consigna Eymerich en su libro:

1.- Los nombres de los testigos (en realidad, acusadores) no se deben publicar ni comunicarse al acusado, siempre que resulte algún riesgo a los acusadores y casi siempre hay este riesgo, porque si no es temible el acusado por sus riquezas, su nobleza o su parentela, lo es por su perversidad (O sea, el simple acusado ya era perverso, sólo por el hecho de ser acusado. Pero, además, los tribunales civiles no actuaban con este secretismo)

2.- (Se comunicaba) la acusación suprimiendo las circunstancias de tiempo, lugar y personas, y cuanto pueda dar luz al reo para adivinar quiénes son sus detractores (más secretismo, impensable en los tribunales civiles)
3.- Puesto que la práctica de los jueces de los demás tribunales sea carear los testigos y el acusado para averiguar la verdad, no se debe proceder así ni hay semejante estilo en los tribunales de la Inquisición (Toda la cursiva son anotaciones o consignas del propio Eymerich en su Manual)

4.- (El inquisidor puede mentirle al reo. Así dice Eymerich): Puede preguntarse acerca de la palabra dada por el inquisidor al reo de usar con el de misericordia, perdonándole si confiesa su delito, lo primero sí puede usar esta treta para averiguar la verdad... (aunque los jurisconsultos) desaprueban esta ficción en el foro ordinario, creo que se puede usar en las tribunales de la Inquisición, y la razón de esta diferencia es que un inquisidor tiene facultades más amplias que los demás jueces (porque a Eymerich le sale de las pelotas.)

5.- Cuando confiesa un acusado el delito por el que fue preso por la Inquisición, es inútil diligencia otorgarle defensa (primero, el delito consistía en pensar diferente y, segundo, ¿para que un abogado si el detenido ya estaba condenado?), sin que obste que en los demás tribunales no sea bastante la confesión del reo, cuando no hay cuerpo de delito formal.

6.- (Tampoco es posible recusar testigos) No se han de figurar los reos (sigue diciendo Eymerich, que una vez tras otra se empeña en llamar reo al que no es más que acusado) que se ha de admitir con facilidad la recusación de testigos en causa de herejía, porque nada importa que sean éstos abonados (sic) o infames, cómplices del acusado, excomulgados, herejes, reos de las más graves culpas, perjuros, etc. (incluso los perjuros, como se ve pueden acusar y ser creídos, sin posibilidad de que sean recusados por el acusado.)

7.- (Mucho menos es posible la recusación de los jueces inquisitoriales) porque la recusación de jueces extraordinarios y ordinarios esté admitida, tanto en las causas civiles como en las criminales, no pueden ser recusados como sospechosos los inquisidores, porque siempre se presume que para el empeño de este cargo tan alto sólo se nombran varones justísimos, prudentísimos y en quien no puede recaer sospechas. (¡Toma ya!)
8.- (Tampoco tiene el acusado la posibilidad de apelar) Todas las leyes fallan que no compete a los herejes la facultad de apelar, como lo decide la del emperador Federico, y lo practicó el concilio de Constanza, desechando por ilusoria y vana la apelación hecha por Juan Hus. (Hus fue ejecutado (asesinado) por los miembros del concilio al que había acudido a exponer sus ideas con el salvoconducto del emperador Segismundo)

9.- (Es necesario aplicar la tortura a pesar de que:) No es la tortura medio infalible para apurar la verdad. Hombres pusilánimes hay que al primer dolor confiesan hasta delitos no cometidos; otros valientes y robustos que aguantan los más crudos tormentos. (Y el señor inquisidor se queda tan fresco)

10.- (No importa que en determinados casos o lugares la justicia civil no aplique la tortura, los inquisidores tienen que aplicarla) El fuero otorgado por las leyes a los nobles de no ser puestos a cuestión de tormento en las demás causas no es aplicable a delitos de herejia; y en Aragón, donde no está admitida la tortura en los tribunales seculares, se manda en el Santo Oficio. (Y le llaman santo al oficio de torturar.)

11.- (La Inquisición no practicaba propiamente juicios. Véase:) Aunque en el foro ordinario no permitan las leyes oír testigos ni fallar sentencia sin que se contravierta (sic.) el punto por ambas partes, y oír al reo, siendo el fundamento de la determinación, según los jurisconsultos, los alegatos y las réplicas de las partes, no se sigue esta máxima en materia de herejía, estando autorizados los inquisidores a la omisión de formalidades, procediendo simpliciter et de plano, en beneficio de la fe. De suerte que la declaración de testigos, aunque esté ausente el reo o su procurador, hace fe, puesto que no es así en las causas de otra naturaleza.
Es decir, y con la muestra parece suficiente, que la práctica de la época, el espíritu del tiempo, como gusta decir a tantos historiadores, iban por un lado y la Santa Inquisición por otro. No se puede ser más infame. Ni, en el caso de Juan Pablo II, mentir con más finura y desfachatez. Y encima pidiendo perdón.

Las negritas son de un servidor.
Las imágenes son de internet.

jueves, 10 de agosto de 2023

LOS FLAGELANTES DE LA SANTA CUEVA

Cádiz es una ciudad entrañable. Rodeada casi enteramente por el mar, es la ciudad más antigua de Andalucía y una de las más antiguas de Europa. Luminosa, sensual, delicada, tiene la levedad de las ciudades antillanas y, además de muy bella, es de una gran singularidad, especialmente su casco histórico, detenido prodigiosamente en el siglo XVIII. Pero en esta ciudad, ganada por la luz y para la luz, existen también algunos lugares en los que predominan las tinieblas. 
Uno de ellos es el Oratorio de la Santa Cueva, localizado en la calle Rosario. Es este un templo de no muy amplias dimensiones, con dos caras, una luminosa, de una belleza exuberante; la otra, oscura, siniestra. El edificio tiene su origen en la Congregación del Retiro Espiritual creada hacia 1730 con el propósito de conmemorar y revivir la pasión de Cristo. Pero el Oratorio como tal se debe al sacerdote, de origen mexicano, José Sáenz de Santamaría, dueño de una enorme fortuna familiar y marqués de Valde Íñigo, título que heredó de su hermano.
Afincado en Cádiz y traspasado de fervor religioso, este bendito padre decidió emplear buena parte de su fortuna en favor de la citada Congregación del Retiro Espiritual. A tal efecto, adquirió una antigua capilla subterránea, más bien una cueva, de ahí el nombre del Oratorio, abandonada desde hacía bastante tiempo y, además de reconstruirla y transformarla por completo, hizo construir encima otra capilla de nueva planta. El conjunto se debe sucesivamente a los arquitectos Torcuato Cayón y Torcuato Benjumeda, el primero de los cuales tuvo a su cargo también una de las numerosas fases constructivas de la Catedral.
La capilla de la planta superior es una joya del estilo neoclásico, construida entre 1792 y 1796. Si usted, viajero, e incluso gaditano, entra por primera vez a este lugar, cuya fachada, casi pasa desapercibida, quedará, sin duda, asombrado, si es que no maravillado. El espacio es, ciertamente, deslumbrante. Consiste en un salón de planta oval, con ocho vanos separados por gruesas columnas jónicas adosadas al paramento, sobre las que apea un entablamento perimetral que da paso a una hermosa cúpula con ocho sencillas vidrieras por las que penetra a raudales la luz. Esta cúpula está decorada con pinturas geométricas, tan hábilmente realizadas que dan la impresión de ser relieves. Se deben a Antonio Cavallani. Entre las columnas, en potentes semicírculos, aparecen pinturas, tres de ellas nada menos que de Goya: La Santa Cena, El milagro de los panes y los peces y El invitado a las bodas. En el presbiterio, en un soberbio templete circular, se encuentra el sagrario, con la puerta de plata labrada, flanqueado por dos ángeles lampareros, bellas esculturas en mármol realizadas por el riojano Cosme Velázquez.
En un espacio como este, uno no puede menos que admirar el arte que en él aparece. Pero al mismo tiempo, no deja de asombrar la inmensa riqueza reunida en un espacio tan reducido, propiedad de una Iglesia que, tal y como ella misma pregona, es heredera del Hombre que murió en una cruz y que, en vida, no tenía donde reposar su cabeza, según confesión propia.
Ahora bien, todo lo que tiene de luminosa, de espectacular esta planta se convierte en sombrío, lóbrego, tenebroso, tétrico y helado en la planta inferior, la antigua cueva, reconvertida en capilla por Sáenz de Santamaría. Se trata de una estancia compuesta por tres pequeñas naves separadas por gruesos pilares de base cuadrada, sin otro elemento decorativo que un sobrecogedor Calvario situado en el presbiterio. Su única luz diurna la recibe a través de la linterna de la cúpula, que cae dramática y espectralmente sobre las figuras del Calvario.

En el edificio sólo podían entrar hombres, pero el que no pertenecía a la Congregación y entraba por curiosidad en la capilla superior, salía de allí como alma que lleva el diablo, porque sólo personas muy religiosas y acostumbradas eran capaces de soportar el profundo silencio del lugar y la monotonía de las ceremonias religiosas que en él se celebraban (Sigo, aunque no al pie de la letra, la descripción que hace Blanco White en su Autobiografía) Entre las seis y las diez de la mañana, cuatro sacerdotes estaban siempre preparados para confesar a los asistentes. Luego, otro sacerdote bisbiseaba, más que decía, la misa, siempre en completo silencio, sin música o ruido alguno.
En la cripta o cueva se reunían exclusivamente los miembros de la citada Congregación del Retiro Espiritual tres veces por semana, al oscurecer. Allí practicaban unos ejercicios piadosos consistentes en meditación, sermón y flagelación. Dos sacerdotes en sus confesionarios estaban dispuestos para confesar al que lo deseara. Tras el sermón, una vez realizada la meditación, otros dos sacerdotes repartían disciplinas hechas de cuerda con gruesos nudos. Concluido el reparto, se apagaba, la, por otra parte, escasa iluminación de sólo tres lámparas de aceite y únicamente se encendía una linterna sorda. Con todo oscuro, el sacerdote director del cotarro, situado en un estrado en alto al fondo de la estancia, iniciaba la narración de la pasión de Cristo. Mientras, los asistentes procedían a despojarse de la ropa superior o de la inferior, dependiendo de la zona del cuerpo que se disponían a castigar. Antes de iniciar los latigazos, "los verdugos de su propio cuerpo", dice textualmente White, se arreaban unos a otros una potente bofetada, en el momento en que el sacerdote director, que ni de coña estaba dispuesto a flagelarse, recordaba la que recibió Cristo de manos del criado del sumo sacerdote. 
Terminado el relato de la pasión, empezaban los azotes, acompañados del canto del Miserere, en un contrapunto tan exacerbante como aterrador. El autocastigo no iba de broma, por el contrario, el celo de los flagelantes y con el la violencia de los azotes crecía y crecía conforme avanzaba el canto del salmo, con la sangre ya saltada de la carne salpicando el suelo y manchando las paredes.
Hacia el final del salmo, los asistentes, doscientas o trescientas personas, dice Blanco White, ya en plena catarsis y fuera de sí, acompañaban a los azotes con suspiros, gemidos y gritos frenéticos pidiendo perdón. "Un concierto", dice White, "que sobrepasa en horror todo lo que los novelistas hayan sido capaces de imaginar para impresionar a sus lectores." La flagelación concluía al terminar el salmo y tras unas palmadas del sacerdote director. Luego, después una pausa de cinco minutos más o menos, para que los flagelantes recuperaran sus ropas y se vistieran, volvían a encenderse las lámparas y la ceremonia se daba por concluida.
La flagelación sobre uno mismo o sobre terceros ha tenido una larga tradición en la Iglesia Católica, no en vano el catolicismo es, más que cualquier otra, la religión de la culpa, que es necesario expiar. Todavía se sigue practicando hoy, si bien sólo en algunos lugares, por pocas personas y en Semana Santa.
La Congregación desapareció y con ella los flagelantes, pero la capilla tuvo un gran renombre, no sólo en Cádiz, sino incluso más allá de las fronteras del país. ¿Conoce usted, amable lector o lectora el Oratorio de Joseph Haydn para el sermón de las Siete Palabras? Fue escrito para esta Santa Cueva por encargo de Sáenz de Santamaría cuando Haydn era el músico más famoso de Europa. Es una pieza bellísima que el Viernes Santo de cada año se sigue interpretando en este lugar.
El Oratorio, de visita aconsejable, fue declarado Monumento Histórico Artístico en 1981 por el Ministerio de Cultura.

P.S.
1.-Blanco White fue un excepcional testigo, porque, como sacerdote, un año predicó allí el sermón que antecedía a las flagelaciones.
2.-Hoy, la cripta no presenta un aspecto tan tétrico porque sus muros y pilares están enlucidos y pintados de blanco. Y, por supuesto, no queda rastro de la sangre que mencionaba White. Pero sigue pareciendo un lugar siniestro, sobre todo, si se llega a él tras visitar la capilla superior, que suele ser lo normal. 

Imágenes: Internet.