En el principio era Gaia, la tierra viva, la madre paridora y sustentadora. En el principio no había más que la tierra sola, vacía, en un inabarcable amasijo de tinieblas.
Luego, el tiempo fue andando y andando, aparecieron los primeros seres animados, crecieron y evolucionaron, hasta que un día, en una cadena evolutiva impresionante, hizo su aparición el ser humano. Pronto, este nuevo ser advirtió que frente a su deplorable fragilidad se alzaba la energía, la durabilidad, la firmeza y la generosidad de la tierra, advirtió que era de ella de quien procedía y era a ella a la que volvía. Entonces, agradecido por sus frutos, que le permitía vivir en la abundancia, pero también espantado ante el descomunal poder de la tierra, el ser humano se humilló ante ella y procedió a adorarla. La tierra fue así la primera divinidad que reconoció el ser humano, una diosa, la diosa madre de todas las cosas.
El hombre, el varón, no había descubierto aún su participación en la generación de un nuevo individuo y la mujer, la hembra, engendradora y continuadora de la vida, tenía para él un carácter casi sagrado. Prueba de ello son las estatuillas femeninas de enormes vientres, venus embarazadas que recibían culto tanto de mujeres como de hombres. Sin embargo, toda aquella marea predominantemente femenina concluyó bruscamente el mismo día en que el varón comprendió que su participación era fundamental para el nacimiento de los hijos. La revolución fue tan potente que la mujer pasó a ser un mero recipiente en el que maduraba el ser que en ella había depositado el varón.
De este modo, el culto a Gaia, a la madre tierra, fue sustituido por el culto a dioses masculinos de carácter solar, dioses viriles, duros, como el bíblico Yahvé, poco o nada compasivos, aunque en el caso de Yahvé, la propaganda bíblica así pretenda presentarlo. No obstante, había sido tanto el tiempo que la humanidad había adorado a la Tierra que, aunque derogada, su devoción no pudo ser eliminada del todo. Así lo prueban los cultos mistéricos con protagonismo enteramente femenino, que se practicaban en todo el Mediterráneo, uno de cuyos ejemplos puede ser el griego de Eleusis.
Es este el contexto en el que hace su aparición el cristianismo. Como una escisión del judaísmo, que no deja de ser, la nueva religión llevaba hasta el paroxismo la creencia en un solo Dios, no sólo absolutista y machista, como en el judaísmo, sino también universalista, esto es, que, al creerse la única religión verdadera, pretendía extenderse por toda la tierra entonces conocida, eliminando toda aquella amalgama de creencias y de ritos. No es otra la razón por la que, tras el edicto de Milán, emitido por el emperador Constatino en el 313 y, sobre todo, tras el concilio de Nicea del 325, los cristianos atacaron directamente a los templos, a las imágenes, a las que llamaron ídolos, y a los sacerdotes, llamados paganos.
Pero, sobre todo, la jerarquía cristiana atacó la creencia en la Diosa Madre, así como los cultos que la tenían como protagonista última. Es por ello que la Virgen María, madre de Cristo, es decir, Madre de Dios, es tan maltratada en los evangelios canónicos, los cuatro que de forma exclusiva fueron aceptados en el Concilio de Nicea. Es por eso que no se han encontrado más que un par de imágenes pintadas de María anteriores a este concilio y que los Padre de la Iglesia la mencionan sólo como de pasada y después de este concilio no existe culto alguno dirigido a María en el catolicismo dependiente de roma, el occidental.
Será en el siglo XI cuando bruscamente se produce una eclosión y, entre otros lugares, en España aparecen decenas de imágenes de la Virgen María en los lugares más inverosímiles, siempre en el campo, junto a árboles, cerca de fuentes o en sitios practicamente inaccesibles, imágenes que en la mayoría de los casos son localizadas de forma milagrosa por pastores, individuos que en tiempos de los griegos tuvieron la consideración de sagrados.
¿Qué ocurrió? ¿Cuáles son los motivos o la razón de tantas "apariciones"?. Algunos lo achacan a la poderosa personalidad de Bernardo de Claraval, gran devoto de María, de quien se dice que recibió leche de su pecho. ¿Pero es posible que un sólo hombre tuviera poder como para una extensión tan grande de imágenes saliendo bruscamente de la oscuridad? Otros piensan que la Diosa Madre siempre estuvo allí, si no de forma palpable, sí en el inconsciente colectivo.
la Iglesia ha argumentado, mintiendo una vez más, que el culto a la Virgen María existía desde siempre y refiriéndose en concreto a España sostiene como prueba de ese culto que las imágenes que aparecían eran las que los cristianos habían escondido a la llegada de los musulmanes. Pero lo cierto es que ninguna de esas imágenes ha podido datarse como anteriores al mismo siglo XI.
En cualquier caso, los viejos ídolos femeninos que, junto con los masculinos, la Iglesia se encargó de destruir, reaparecían ahora en forma de imágenes "encontradas". Así, la figura de la Virgen María se despliega desde entonces en decenas, si es que no en centenas de advocaciones diferentes, mostrando comparativamente una indudable semejanza con la egipcia Isis, la griega Démeter, y una cuantas más de diosas del panteón Mediterráneo.
La iglesia afirma ahora que, a diferencia de egipcios, griegos y romanos, los devotos actuales de las distintas advocaciones marianas han sabido superar el culto "a la imagen por el culto superior al personaje." Pero cuando se observa la historia, se contemplan los exvotos localizados en los distintos santuarios construidos exprofeso para estas imágenes, no es difícil comprender que estamos ante una falsedad más y que lo que la gente venera es la imagen concreta existente en un lugar, distinta a la existente en otro lugar, y en muchas ocasiones enfrentadas entre sí.
Fuentes.-
Las religiones en el mundo meditarráneo.- Henri-Charles Puech
La Iglesia y la vida religiosa en la Edad Media.- Eduardo Mitre
Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica.- Pepe Rodríguez
Las Máscaras de Dios.- Joseph Campbel
Historia de la Iglesia.- Llorca, Villoslada, Montalbán.
Imágenes.- Internet





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