miércoles, 27 de mayo de 2026

UNA CONDENA PERVERSA

¡Por Dios, qué feo es!
Tal fue la exclamación de mi padre cuando me vio por primera vez. Yo estaba en una especie de capacho al lado de mi madre que, más que dormir, se encontraba prácticamente en coma, tal había sido su sufrimiento para ponerme en este mundo. Y, al final, ni siquiera me había parido, sino que habían terminado sacándome de su vientre con un fórceps.
Los médicos y los científicos, en general, están de acuerdo en que el problema que tienen las mujeres a la hora de parir se debe al hecho de que, cuando no éramos más que pitecántropos, se nos ocurrió ponernos de pie, lo que produjo un estrechamiento de la pelvis femenina a la par que una curvatura del canal del parto.
Para los creyentes, especialmente para los cristianos, tal explicación es una falacia, Ellos prefieren atenerse a lo que dice la Biblia, en cuyo primer libro, el Génesis, se cuenta que, tras morder Adán y Eva la manzana (ni siquiera llegaron a comérsela entera), Dios le dijo a la mujer: "Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos, con trabajo parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará."
¡Precioso! "El te dominará", es decir, por si no queda claro, el hombre, el varón, dominará a la mujer, la hembra. De esta condena cabe, en primer lugar, deducir dos conclusiones, no necesariamente contradictorias, una: que el tal Dios era un machista, pero machista de verdad; y dos: que esto lo escribió un hombre. De haberlo escrito una mujer, la declaración divina habría sido muy distinta. Y no digamos si lo hubiera escrito un homosexual pasivo. 
Claro que, tal y como está, también sirve para explicarnos, referido en este caso a la mujer, lo del imperativo categórico del eminente filósofo Inmanuel Kant, que, muy resumido, viene a decir algo así como: Estás en este mundo, ¿no?, pues te jodes y bailas.
Así se explica también que el Vaticano niegue a la mujer el acceso al sacerdocio. "Con la que tenemos montada con los pederastas y los homosexuales, no nos hace falta más que una mujer de cura", se cuenta que dijo uno de los últimos papas. "No señor", añadió, la mujer a casarse y a parir hijos, que bien clarito lo dice el Génesis." "Pero, Santidad, nuestros sacerdotes envejecen y mueren y no hay vocaciones suficientes para relevarlos", se atrevió a replicarle uno de los cardenales, dicen que del ala progresista. "Dios proveerá", respondió tajante el papa. "Como esperemos a que Dios provea...", rezongó el cardenal, aprovechando que el papa estaba empezando a quedarse sordo.
Pero hablando en serio, en esta truculenta historia, siempre queda fuera de ella el nasciturus, el bebé que está por nacer o naciendo. Ni Dios se acuerda de él. De acuerdo, aceptemos por un momento lo que dice la Biblia: la mujer mordió la dichosa manzana y por ello fue condenada a parir con dolor. Pero con esta condena Dios condenaba también al hijo que lleva en sus entrañas, un ser absolutamente inocente, que no ha tenido tiempo aún ni siquiera de levantar la voz. 
Porque, sí, la mujer sufre durante el parto. Y sufre mucho. Pero, ¿y el bebé? El bebé sufre tanto o más que ella: De repente, el saco amniótico en el que vivía feliz, como un pececillo sin depredadores, se rompe y una fuerza imperiosa que no puede controlar lo obliga a abandonar perentoriamente el refugio más confortable y seguro que tendrá en toda su vida. Entonces empieza un duro viaje a través de un túnel resbaladizo, que ni siquiera es recto, sino que presenta una pronunciada curva. El bebé avanza normalmente con la cabeza por delante, si "viene de pies", como se dice vulgarmente en la jerga médica, el viaje se complica y el sufrimiento del nuevo ser se acrecienta. Con la cabeza por delante, debe torcerla, tomando al mismo tiempo una postura lateral para que tras aquélla puedan pasar los hombros. El bebé no respira aún, sigue recibiendo el oxígeno a través de la sangre de la madre por el cordón umbilical. Pero este cordón puede ser un incordio, porque en algunos casos la nueva criatura se enrolla en él y corre el riesgo de que se interrumpa el suministro de oxígeno.
El avance sigue tras doblar la curva, las contracciones de la madre lo ayudan, pero también lo oprimen. Sin embargo, esta compresión permite al bebé a expulsar buena parte del líquido amniótico que saturaba sus pulmones, tiene que expulsarlo, naturalmente, por la boca, lo que supone un sufrimiento más. El líquido que no expulse se asumirá a través de los vasos sanguíneos y linfáticos.
Por fin, el bebé parece que llega al final del tunel, ya asoma la cabeza, poco depués asoman los hombros y ya puede decirse que el parto ha llegado a término. ¡Para la madre! A la nueva criatura aún le quedan que sufrir algunas experiencias nada agradables: lo primero que percibe es una luz, una luz que suele ser muy potente, la percibe incluso aunque llegue con los ojos cerrados. Al mismo tiempo, percibe y sufre la diferencia de presión entre el vientre materno y el exterior; tal diferencia impulsara el aire hacia sus pulmones y, casi siempre con llanto, su primer llanto, el bebé empezará a respirar autónomamente también por primera vez. Luego, con una demora de hasta tres o cuatro minutos, le cortarán el cordón umbilical, momento en el que entonces y sólo entonces el parto habrá concluído también para el nuevo ser.
Cuento el proceso con cierto detalle porque generalmente es algo que se estudia y se comenta después asépticamente, como si se estuviera hablando de un juego o de algo así como labrar un huerto para plantar cebollinos y lo que venga. Y sin embargo, no es difícil imaginar la "angustia", puesta entre tantas comillas como se quiera, que debe sufrir el bebé, la angustia que hemos sufrido todos, porque todos hemos pasado por el mismo trance. Pues bien, de todo este sufrimiento gratuito, absolutamente innecesario e inicuo no dicen nada los cristianos, ni el papa, ni los cardenales, ni el presidente de la Conferencia Episcopal, ni San Agustín, ni Tertuliano, ni Tomás de Aquino, ni ninguno de los filósofos creyentes o no creyentes. ¡Nadie! Seguramente, los creyentes callan porque si el mecanismo de nacer lo ha instituido Dios, no cabe duda alguna de que se trata de una condena perversa, la condena de un auténtico sádico, que quiere ver sufrir a sus criaturas desde antes incluso de su nacimiento. 
Por mi parte, tengo para mí que el trauma es de tal calibre y se nos queda grabado tan profundamente en la memoria que, aunque no lo recordemos a lo largo de nuestra vida, a la hora de morir, cuando la apoxia se va apoderando de nuestro cerebro, el recuerdo aflora súbitamente y volvemos a ver un túnel semejante a aquel por el que llegamos a este mundo, junto con una luz idéntica a la que hirió nuestros ojos por primera vez.

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