El cuarto de los Borbones que hasta el día de hoy han reinado en España fue Carlos IV (1748-1819), hijo de Carlos III. Este monarca tiene en su haber dos importantes debilidades, la primera de ellas consiste en que era imbécil. No imbécil como Carlos II, el último de los Austrias, cuya imbecilidad dio paso a los Borbones, sino tonto de nacimiento o falto de inteligencia. No lo digo yo, ni siquiera lo dicen los historiadores, se lo decía su propio padre: "Hijo mío, lo que es inteligencia no tienes ninguna" (¿No es este suficiente motivo para sobre la monarquía preferir la República? En ésta, el presidente, al ser por elección, es mucho más difícil que sea imbécil, pero si tal resultase el país se lo puede quitar de enmedio en las siguientes elecciones. Una monarquía, en cambio, es para toda la vida. Y no cabe duda de que un monarca imbécil tiene muchas posibilidades de engendrar un hijo imbécil también) No fue este último el caso de Carlos IV, porque su segunda debilidad fue engendrar no a un imbécil, sino al tipo más torcido, felón, traidor, mentiroso y cobarde que, rey o no, haya nacido nunca en España.
Carlos IV creció casi sin madre, su educación estuvo exclusivamente en manos de clérigos quienes le inculcaron lo que la Iglesia no deja de inculcar en cuanto niño se pone a su alcance: el miedo al pecado y, por extensión, a las penas del infierno y a la condenación eterna. Esta educación no sólo no mejoró su imbecilidad, sino que la acentuó, de manera que, sin ser mala persona, era la menos adecuada para convertirse en rey y, mucho menos, en rey absolutista, como eran entonces.
A los dieciséis años me lo casaron con su prima (cómo no iban a salir tontos los reyes con la pavorosa endogamia que se gastaban), María Teresa de Parma, que contaba sólo catorce años (entre esta gente la edad nunca ha sido un impedimento para hacer lo que les ha salido de la entrepierna). Con tan pocos añitos y la más que ñoña educación recibida por los dos se fueron ambos primos a la cama por primera vez. Y cuentan las crónicas que el matrimonio tardó exactamente un mes en consumarse. Y eso que María Luisa era bastante más espabilada que su marido, tanto que resultó pizpireta, coqueta y ligona, que diríamos hoy, hasta el punto de inquietar no a su maridito, sino a su suegro, Carlos III. No obstante, el matrimonio se llevó siempre bien; la indolencia de uno parte y la intrepidez de la otra se complementaban a la perfección. Ella estaba casi siempre embarazada y el marido con no preguntar de quien era la criatura, asunto arreglado. Aunque dicen los que de esto saben que hasta la fecha no se ha podido probar que ella le fuese alguna vez infiel.
Carlos IV accedió al trono español en 1888, un año antes de la Revolución Francesa. Era un tipo al que gobernar le daba náuseas, el prefería la caza y la carpintería (hubiera sido un gran carpintero, si hubiera nacido en la familia adecuada. ¡Cuántas veces no se equivoca el dedo de Dios!, ya que dicen que los reyes lo son por su gracia). Todos los asuntos del gobierno se los cedió a Manuel Godoy, su favorito y el de la reina, un plebeyo cuyo fulminante ascenso fue siempre muy criticado por el pueblo. En 1805, se produjo la batalla de Trafalgar, en la que los ingleses, al mando del almirante Nelson, liquidaron la armada española, que ya nunca volvería a recuperarse.
En 1807, Manuel Godoy firma el Tratado de Fonteinebleau, por el que, con la excusa de pasar a Portugal, aliado de Inglaterra, los franceses invadieron España y en ella se quedaron. Carlos IV y su familia, acojonaítos porque veían que los franceses se quedaban en España, se trasladaron a Aranjuez, con la intención se seguir viaje hasta Cádiz y allí embarcar para América. Pero entre el 17 y el 19 de marzo de 1808 estalló el motín de Aranjuez, promovido por Fernando VII contra su padre. Fue el momento que aprovechó Napoleón para atraer a ambos individuos a Bayona. Aquí, ambos, padre e hijo, Carlos IV y Fernando VII, los dos, con los pantalones bien manchados por la parte de atrás, vendieron al Emperador francés el reino de España junto con la propiedad que ambos tenían de él, Carlos IV por la cantidad de treinta millones de reales de renta anual (unos setenta y siete millones de euros de hoy al año) y su hijito Fernado cuatro cientos mil francos en efectivo (de 12 a 15 millones de euros actuales) y seiscientos mil francos de renta anual (unos veinte millones de euros actuales al año)
Napoleón envió a Carlos IV al castillo de Compiègne, un lugar más bien siniestro, al norte del país, en el que el frío y la humedad agravaba la gota que sufría el monarca. Como no paraba de quejarse, el emperador francés aceptó su traslado a Marsella y, finalmente, a Roma, en cuyo Palacio Barberini se alojaron Carlos IV, su mujer y el insaparable Manuel Godoy. Aquí vivieron hasta la muerte de la reina (1818) y del rey (1819), prácticamente de la "caridad" del papa Pío VII, dado que las rentas prometidas por Napoleón se habían esfumado tras la caída de éste.



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