domingo, 2 de mayo de 2021

INMACULATA

 Sostenía San Ambrosio (340-397), arzobispo de Milán y uno de los más fieros opositores del paganismo, que la Iglesia Católica es "ex inmaculatis inmaculata", esto es: una institución intrínsecamente santa, aunque esté constituida por hombres todos ellos pecadores.
Por su parte, Tomás de Aquino, doctor de la Iglesia y a juicio de muchos uno de los pensadores más brillantes de la historia, afirmaba sin troncharse de risa ni nada que "omne verum, a procumque dicatur, a Spiritu Sanctu est", o lo que es lo mismo, en sencillo castellano, que toda verdad, la diga quien la diga, procede del Espíritu Santo.
Ambas afirmaciones se refieren a la Iglesia y constituyen dos simples ejemplos del enorme complejo de superioridad que sufren en general los pensadores eclesiásticos, la poca, por no decir ninguna, humildad que muestran y el fenomenal conjunto de falacias que ofrece su pensamiento.
La afirmación del patrón de las universidades, más bien ocurrencia, ya que su demostración resulta imposible, encierra en el fondo la idea tan perversa como soberbia de que la verdad se encuentra sólo en la Iglesia, pues a quién sino a un católico se la va a comunicar el Espíritu Santo, y, por tanto, fuera de la Iglesia no hay salvación.
Ahora, la afirmación del arzobispo de Milán tiene bemoles. ¿Porque acaso una organización, sea del tipo que sea, tiene vida propia al margen de quienes la componen? ¿Es que las organizaciones, incluida la Iglesia Católica, no consisten precisamente en el conjunto de sus miembros? O dicho de otro modo: ¿es concebible la existencia de una organización sin miembro alguno adscrito a ella? Naturalmente que no. ¿Entonces, cómo puede una organización ser santa o pacifista, o revolucionaria o practicante de la pesca o del dominó sin miembros o socios que la compongan y sin tener en cuenta el carácter o las aficiones de éstos? La afirmación de San Ambrosio es, en primer lugar, absurda, pues el mero sentido común nos dice que no puede existir una organización sin socios y que tal organización será lo que sean estos en su conjunto.
Pero la afirmación del señor arzobispo va mucho más allá y en ese recorrido encierra un cinismo propio sólo de un obcecado, por no decir de un fanático, pues lo que en el fondo viene a sostener San Ambrosio es que una organización formada por criminales, por ejemplo, puede ser una organización pacífica y aún pacifista y hasta beatífica. De este modo, Ambrosio sostiene realmente que los papas, los cardenales, los obispos, los sacerdotes, por incluir sólo a los miembros principales y directores de la Iglesia, puede ser ladrones (los ha habido y los hay), puteros (los ha habido y los hay) asesinos (los ha habido y los hay), pederastas (los ha habido y los hay), etc. etc. que tales comportamientos no afectan lo mas mínimo a la organización.
Un papa, pongamos por caso, olvidando las enseñanzas del Maestro incluidas en los evangelios, puede instituir la Inquisición y que luego una legión de clérigos se dedique a torturar y a quemar a la gente por delitos de opinión, que en esto nada tiene que ver la institución en si. El conjunto del episcopado de un país puede pactar con el fascismo y apoyar un golpe de Estado que da lugar a una guerra en la que se produce un millón de muertos y, qué va, hombre, esto tampoco afecta en nada a la institución, que sigue siendo santa, santísima, inmaculada, vamos.
Cuando en España también los señores obispos se apoderan de miles de bienes inmuebles que jamás fueron suyos, sino públicos, es decir, del conjunto de los españoles, amparándose en una ley manifiestamente ilegítima, no podemos decir que la Iglesia se incauta de bienes ajenos, porque la Iglesia es santa, toda vez que no es ella la que se incauta, sino los señores obispos.
Cuando una ciudad como Córdoba la infestan de procesiones, con más de 250 al año, aparte las de Semana Santa (bendita pandemia, dirán algunos, que nos permite descansar de semejante avalancha) no es la Iglesia la que lleva a cabo esta proeza, claro que no, es el señor obispo y las distintas hermandades o cofradías.
La desvergüenza no sólo intelectual de los padres de la Iglesia, que pasan por auténticas eminencias teológicas y filosóficas, no puede ser mayor. Pero no debemos preocuparnos, porque tal desvergüenza no afecta para nada a la institución, sólo a sus miembros.
 

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