Durante un tiempo, allá por mi adolescencia y mi primera juventud, aleccionado por las clases, las charlas y los sermones de los sacerdotes que participaron en mi educación, creí sinceramente que el objetivo de la religión consistía en buscar el desarrollo de los seres humanos, hacerlos mejores personas, más solidarios, más bondadosos, más justos.
No podía estar más equivocado: a ninguna religión le interesa lo más mínimo que los seres humanos en general sean mejores de lo que son. Su objetivo consiste, antes que nada, en conseguir el mayor número de seguidores. Y para ello no reparan en medios. Sin adeptos, sin fieles, las religiones no son nada, lo mismo que cualquier otro tipo de organización social, sea un club de pesca, sea una peña para jugar al dominó. Esto no es más que una perogrullada, lo sé, pero una perogrullada que, generalmente, o no se percibe o se pasa alegremente por alto.
Ahora, no hay una religión más habilidosa para conseguir y retener seguidores que la religión católica. Los atrapa casi nada más nacer, a los ocho o diez días de su nacimiento, y una vez atrapados ya no hay modo de escapar de ella, según sus propios dogmas. Tú puedes apostatar, si lo crees conveniente, pero tu condición de bautizado no desaparece de sus libros de registro, lo que, desde luego en España, le sirve a la jerarquía para enfrentar sus relaciones con el Estado, esto es, para conseguir las asignaciones económicas de las que principalmente vive. En este asunto, la jerarquía católica tiene la cara más dura que la jadeita, variedad de jade que resulta imposible romper con un martillo de mano, por mucha fuerza que tenga el que lo maneje.
Pero, además, en el marco de las relaciones humanas, con sus avatares y conflictos, dicha jerarquía defiende enclusivamente a los católicos, el resto de la humanidad, valga la repetición, les importa sólo en tanto y en cuanto puedan conseguir nuevos adeptos. Todo lo demás no es más que palabrería, discursos tan vacíos como las ollas en las que tantas familias españolas soñaban con hacer un puchero en la larga, interminable posguerra española.
No hablo por hablar: el pasado 15 de este mes de septiembre, en el Instituto Patrístico Augustianianum (¿será por instituciones?) de Roma, presidido por el prefecto del Dicasterio de las Causas de los Santos, cardenal Marcello Semero, se celebró un congreso con el título "El siglo XXI, un nuevo tiempo de mártires." Dicho encuentro, del que informaba el periódico digital Vida Nueva, se encuadraba en los trabajos de la Comisión Mártires-Testigos de la Fe, creada por el papa Francisco, el papa que hablaba hablaba y hablaba y, sin hacer otra cosa, casi parecía progresista, con el objetivo de elaborar, ahí es nada, un catálogo de "todos aquellos que han derramado su sangre por confesar a Cristo y dar testimonio del evangelio."
Tratando de justificar la necesidad de este congreso y muy convencido él de la valía de su trabajo, el señor cardenal sostenía que: "la gracia de la santidad en la Iglesia está significada, pero no se agota en las canonizaciones." Añadía que lo que se buscaba en tan alta ocasión era mostrar esa "medida alta de la vida cristiana ordinaria, la santidad de la puerta de al lado." Y, con evidente exageración para cualquier observador medianamente neutral, concluía destacando el valor antropológico del martirio, echando mano para apoyar su afirmación de la encíclica Spe salvi, del papa Benedicto XVI.
En está encíclica, promulgada el 30 de noviembre de 2007, el papa que llegó de Alemania sostenía que lo que hace verdaderamente humano al ser humano es su capacidad de sufrir por la verdad y por la justicia. "Sufrir con el otro, por los otros, afirmaba el papa, sufrir por amor a la verdad y la justicia, sufrir a causa del amor, para convertirse en una persona que ama verdaderamente", expresiones profundas en apariencia, pero que no son más que puro sofisma cuando adviertes que la verdad y la justicia a la que se refería Su Santidad no eran otras que la verdad y la justicia católicas, únicas auténticas y verdaderas. Eso, dejando aparte que, por lo visto, no es posible amar verdaderamente sin sufrir, como tampoco la verdad y la justicia católicas se pueden defender sin sufrimiento. Posición oficial de la Iglesia que suena a puro sado-masoquismo, sobre todo cuando leemos que, justificando una vez más la celebración del citado congreso, el cardenal Semero cerraba sus declaraciones afirmando que: "necesitamos testigos, mártires que se han entregado totalmente."
Es decir, la Iglesia, con los suyos y para los suyos. Más aún, en contra y enfrente de los demás, porque para que haya mártires se necesita que haya verdugos, martirizadores, personas capaces de hacer daño a otras personas. El 25 de mayo de 1995, el papa Juan Pablo II, publicaba la encíclica Ut unum sint, en la que, con la coartada del diálogo ecuménico, pretendía, una vez más a lo largo de la historia, que los líderes de las otras confesiones religiosas aceptaran la supremacía del papa, esto es, que agacharan la cabeza, reconocieran sus errores y volvieran al redil. Juan Pablo II se apoyaba, él también, en el martirio, afirmando textualmente que: "nosotros los cristianos ya tenemos un martirologio común." Un martirologio que, según la misma encíclica muestra cómo Dios mantiene entre los batizados una comunión que llega hasta "la exigencia de la fe manifestada en el sacrificio de la vida."
El problema es que, aparte de la católica, son muchas las causas que han tenido y tienen sus propios mártires, en algunas de ellas los martires lo han sido, más que por la verdad, que es un término harto relativo, por la justicia, pero, a diferencia de los católicos, por la justicia humana, extendida a toda la humanidad, que es la real, la tangible, la que podemos percibir.
Imágenes: Pinterest





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