domingo, 24 de abril de 2022

LAS DOS VENTANAS

En el año 2010 el científico madrileño Francisco José Ayala Pereda recibió el premio Templeton, dotado con un millón de libras esterlinas. Ya sabemos, porque la tratamos en la entrada de este mismo blog El valor de la oración que la Fundación Templeton, fundada por el multimillonario archiliberal del mismo nombre, tiene como una de sus dedicaciones principales la puesta en valor de la religión, por tanto, el premio, entregado nada menos que en el palacio de Buckingham por el duque de Edimburgo, prueba de su importancia, más allá de la enorme dotación económica, se concede a la persona que desde el campo de las ciencias realiza una aportación sobresaliente al reconocimiento de la dimensión espiritual de la vida.
Nacido en Madrid en 1934 y nacionalizado norteamericano, aunque sin dejar de ser español, el señor Ayala, exdominico, es una eminencia mundial en el campo de las ciencias biológicas, ostentando la consideración de pionero en las investigaciones de organismos unicelulares causantes de numerosas enfermedades, estudios que se realizan con la idea de remediar la malaria y otras dolencias de semejante o de mayor gravedad. Es también un especialista en evolución, territorio en el que se le considera neodarwinista.
Pues bien, con motivo de la consecución de este premio, cuyo importe donó íntegro a la Universidad de California en la que impartía clase por aquel entonces, el diario el País le hizo una entrevista en la que a la pregunta: ¿Cómo casa la ciencia con la religión?, Ayala respondió textualmente: "La ciencia y la religión son dos ventanas para mirar al mundo. El mundo al que miran es el mismo. Pero lo que se ve desde las ventanas es completamente diferente. La religión trata del significado de la vida y de los valores morales y la ciencia trata de explicar la composición de la materia y el origen de los organismos. Son áreas distintas, pero no reñidas. Es posible mantener una posición científica y ser religioso."
En su conjunto, la entrevista era breve pero enjundiosa, al menos esa parecía ser la intención del periodista. No obstante, ya se sabe lo que es una entrevista de este tipo, tanto periodística como radiofónica o televisiva, y se sabe que en ellas el entrevistado de turno, generalmente consciente de lo reducido del espacio o del tiempo, trata de resumir al máximo su pensamiento, ofreciendo respuestas extremadamente sintéticas. Aún así, causa verdadero asombro el aplomo y la seguridad con los que el señor Ayala respondía al preguntador. Una respuesta que coincide puntualmente con la que desde hace ya tiempo ofrecen también las autoridades religiosas, especialmente las católicas, cuya religión es la predominante en nuestro país. Y causa asombro porque, de ser cierta, la afirmación de don Francisco Ayala habría resuelto un problema de conciencia que, aunque no deja de venir a menos, sigue teniendo su importancia para un número pequeño, pero no insignificante de científicos y, en general, de creyentes de buena fe. Sin embargo, o el señor Ayala resume demasiado su pensamiento, o el periodista cortó la respuesta por donde le pareció, hechos ambos perfectamente posibles y a menudo incluso unidos, o el científico madrileño no digo yo que mintiera, pero, desde luego, no decía la verdad.
A mí, al menos, los curas que me enseñaron lo que era la religión, entre los que hubo sacerdotes seculares, jesuitas y dominicos, no me mostraron jamás ventana alguna a través de la cual descubrir el significado de la vida, sino algo mucho más seco, cortante, prosaico y, hasta en muchos aspectos, angustioso. El término religión procede del verbo latino religo, religas, religare, que viene a significar unir, atar y expresa la hipotética o la pretendida unión del ser humano con Dios. En nuestro caso, es decir, en el de un español de la España de entonces, franquista, católica, apostólica y romana, la unión era con el Dios de la Iglesia católica, el único verdadero, como bien se sabe. Y esta unión sólo podía alcanzarse, en primer lugar, mediante la aceptación de un conjunto de dogmas de fe; en segundo lugar, a través de la oración, del arrepentimiento de nuestros pecados y de su correspondiente expiación y, en tercer lugar, con el reconocimiento de nuestra insignificancia y vulnerabilidad.
Pero el asunto no se quedaba en estos puntos, que podían cumplirse de una manera exclusivamente individual, sino que la religión exigía el culto colectivo a Dios, actividad que se realizaba a través de una serie de ritos que, en el caso de la Iglesia católica se encontraban, y se encuentran, perfectamente sistematizados, y con los cuales los participantes mostraban su veneración a Dios, así como el temor que les producía. El cuadro de la unión se completaba con una serie de normas morales establecidas de una vez y para siempre y de obligadísimo cumplimiento.
O sea, que no sólo no había ventana alguna, sino que, aunque las formas externas no hayan tenido más remedio que suavizarse, de lo que se trataba es de una cárcel, de una cárcel hermética y asfixiante, en la que lo que se encontraba y se encuentra, es un desprecio absoluto a la razón, por más que pseudosesudas mentes, como por ejemplo, las de Agustín de Hipona o Tomás de Aquino echen mano de la filosofía con la pretensión de demostrar lo indemostrable, olvidando, además que el término filosofía significa amor a la sabiduría, nada que ver, por tanto, con la fe, que es creer sin comprobación de los hechos o los seres en los que se cree.
Pero, además, cuando detrás de uno, que para colmo es sacerdote (el sacerdote no deja de serlo nunca, aunque cuelgue la sotana o el hábito o sea suspendido por parte de sus superiores), cuando detrás hay una historia de más de dos mil años en la que se han practicado toda clase de tropelías en nombre, en defensa o con el apoyo de la religión y en tantas ocasiones encabezadas y dirigidas por las propias autoridades religiosas, todo el mundo, pero mucho más una persona docta como don Francisco Ayala debería tentarse la ropa antes de hablar y tener un enorme cuidado con lo que se dice. Porque cómo se puede afirmar que ciencia y religión no están enfrentadas, sino que son dos maneras de mirar el mundo cuando se sabe, porque se sabe y, por supuesto, don Francisco Ayala lo sabía, que la ciencia no se ha inmiscuido jamás directamente en el terreno de la religión, en tanto, a lo largo de la Historia la religión y, en concreto, la religión cristiana, que es la que pesa sobre nosotros, y de manera especial el catolicismo, siempre, pero siempre, siempre, ha estado en contra de la ciencia y lo sigue estando hoy, en pleno siglo XXI, aunque lo disimule y haga como que acepta lo que no ha tenido más remedio que aceptar. No es necesario mencionar el archiconocido caso de Galileo, la Iglesia se oponía en su momento a la construcción de canales de riego o de navegación, con el argumento de que los ríos eran obra de Dios, tal cuales eran, y que de haber creído necesarios los canales Dios los habría creado. Y estuvo en contra de la vacuna de la viruela, la primera que se consiguió de una serie que, además de la viruela, erradicaron enfermedades tan dañinas como el sarampión, la varicela, la tosferina, las paperas, el tétanos, etc. algunas de ellas mortales. Esto por poner sólo un par de ejemplos históricos, porque al día de hoy la Iglesia sigue oponiéndose a la utilización a los anticonceptivos, conseguidos mediante la ciencia y que ha propiciado la libertad sexual, muy especialmente de la mujer; se opone a la investigación mediante células madre; a la investigación mediante el uso de embriones fallidos; a la fecundación humana controlada para conseguir un bebé con capacidad para superar la enfermedad incurable y mortal de un hermano anterior. Por oponerse se han opuesto hasta al parto sin dolor, porque, según la Biblia, Dios condenó a la mujer a parir a sus hijos con dolor.
Siempre, siempre, siempre, la religión ha intentado y sigue intentando estar por encima de la ciencia, acallar a la ciencia, aplastarla. O qué hacía Juan Pablo II condenando el preservativo en África en los momentos de mayor virulencia del Sida. Y lo ha hecho y lo hace con conocimiento de causa, sabiendo que muchos, por no decir la mayoría de los avances científicos, desmontan una nueva pieza del irracional entramado que la sostiene y, por tanto, pone el destino del ser humano en sus manos y en su conciencia. Es decir, no ha habido ni hay inocencia alguna por parte de la religión, de la jerarquía religiosa, para ser más exactos, que es, en definitiva, la que marca la pauta y controla al rebaño.
En este sentido, bien podría el periodista haberle preguntado al señor Ayala por qué abandonó el convento y acabó incluso casándose en 1986, si no fue porque la religión es un auténtico dogal que acaba asfixiando a todo científico que pretende seguir adherido a ella. Quizás hubiera puesto en un aprieto al entonces flamante premio Templeton. Y es que las dos ventanas mencionadas no han existido jamás, porque descubrir el origen de los organismos, como don Francisco sostenía y, sin duda, sostiene, descubrir el origen de los fenómenos, de la tierra, del universo, es también, inexorablemente, descubrir "el significado y el propósito de la vida", que el científico madrileño adjudicaba a la religión. Pero, con serlo, lo importante no es realmente eso; lo importante es que el instrumento del que la ciencia se vale en su camino es la razón y, si me apuran, también la imaginación, pero siempre pasada por el tamiz de la razón, en tanto la religión... ¿alguien ignora a estas alturas de lo que se vale la religión?

viernes, 15 de abril de 2022

VIENES SANTO

Viernes Santo. A mi madre no le gustaban las procesiones de Semana Santa, decía que eran un teatro siniestro y hasta infame. 
El catolicismo, que es la religión dominante en nuestro país, tiene tres características que lo diferencian profundamente del resto de las religiones: es absolutista, es decir, afirma poseer la Verdad absoluta, la única verdad real que existe en este mundo; es exclusivista, o lo que es lo mismo, rechaza como falsas a las demás religiones; y es universalista, tiene la pretensión de abarcar la totalidad del mundo y, por tanto, de imponer sus dogmas a todos sus habitantes. Estas características, especialmente la última, supone que los católicos se sientan superiores a los no creyentes o a los creyentes de otras religiones y, por tanto, con derechos de los que los demás carecen.
Para empezar, el derecho a diferenciar sus imágenes de las de los griegos y romanos, a las que ellos llamaron despectivamente ídolos y que tan fieramente procedieron a erradicar, cuando entre aquéllas y éstos no hay más diferencia que la cara dura de los que sostienen que sí la hay.
Mi madre era analfabeta, pero no tonta. A la edad en que los niños empezaban a ir a la escuela, ella tuvo un destino de lo más cruel. Había nacido en Úbeda en 1911 y en Úbeda vivió su infancia y su adolescencia. Su padre, mi abuelo Felipe, era un pequeño agricultor, dueño de unas fanegas de tierra no lejos de la ciudad dedicadas al olivo, pero en la que cultivaba también algo de trigo y de maíz para las gallinas y pavos que criaba y en la que disponía de un pequeño huerto, cuyos excendentes, después del suministro familiar, vendía a fruterías de la localidad. Con tan parco patrimonio lograba el hombre ir criando mal que bien a los seis hijos, cuatro varones y dos hembras, fruto de su matrimonio. Dos o tres años de sequía con sus correspondientes nulas cosechas pusieron a mi abuelo en manos de prestamistas y, al final, no tuvo otra salida que malvender la finca y cambiar de actividad.
A mí madre le parecía casi monstruoso que se pudieran pasear por las calles las imágenes de un hombre zaherido por sus verdugos y agonizante y muerto en una cruz, y de una mujer, su madre, traspasada de angustia. Y le producía un enorme escándalo que se montaran sillas y más todavía palcos en los que el señorío de la ciudad pudiera disfrutar del espectáculo con toda comodidad, como si de una función teatral se tratara.
No sé de dónde la venían aquellas ideas a mi madre, que ni mucho menos existían por entonces, en pleno franquismo. ¿Quizás de que había pasado parte de su infancia y su adolescencia en la casa de un seminarista? Yo nunca me atreví a preguntárselo, porque sabía que iba salir por lo cerros de Úbeda, nunca mejor dicho.
¿A qué podía dedicarse un hombre que, sobrepasados los cuarenta años, no sabía hacer nada más que trabajar el campo? Los tiemps eran duros, hablo de la segunda década del siglo pasado, aunque cuándo no han sido duros los tiempos para los pobres. El único camino que encontró mi abuelo fue el de las minas de la Carolina, en explotación entonces. Un campesino en una mina viene a ser algo así como un rosal plantado en un desierto y el hombre no tardó en contraer una enfermedad pulmonar que acabaría con él después de un prolongado sufrimiento.
Mi abuela se quedó sola con sus seis hijos, sin otros ingresos que los muy exiguos de los dos hijos mayores que habían empezado a trabajar como peones de albañil. En estas circunstancias y con el propósito confeso de echarle una mano, su hermana se ofreció a hacerse cargo de una de las niñas por el tiempo que fuese necesario. Mi abuela aceptó y la elegida fue mi madre, la penúltima de sus hermanos, que en aquel momento tenía sólo siete años.
¡Qué mala fue aquella decisión! La señora hermana, tenía una buena casa, grande y amplia, pero la habitación que dispuso para su sobrina fue el hueco de una escalera, donde no había más que un camastro y una silla de anea. Desde el día siguiente a su llegada, mi madre comenzó a sufrir la explotación más miserable que puede hacerse de una criatura. Bajo la férrea vigilancia de su tía, ella tuvo que encargarse de todas las faenas de la casa, excepto cocinar. A diario tenía que fregar los suelos, que eran de ladrillo, como se hacía entonces, de rodillas y rascando con un trapo. Tenía que fregar los platos y mantener en orden la cocina, lavar la ropa, a mano, claro, y planchar; en fin, todo.
La señora no tenía más que un hijo, unos años mayor que mi madre, que por aquel entonces estudiaba para sacerdote en el seminario de Jaén. El marido era tratante de ganado y, como iba de feria en feria, únicamente de cuando en cuando aparecía por la casa. Así es que en ella sólo estaban la señora y su sobrina. Aún así, la señora comía sola, servida por mi madre, que tenía que comer después en la cocina, casi siempre las sobras de su tía. 
¿Por qué no salió corriendo mi madre de aquella casa en cuanto que vio el percal? Porque la tía la fue introduciendo en las tareas poco a poco y, sobre todo, porque tuvo la hábil maldad de inocularle el miedo desde el primer momento, hasta el punto de que cuando su tía y ella iban a ver a mi abuela y ésta le preguntaba a su hija cómo estaba, mi madre siempre respondía que muy bien. Y mi abuela no fue capaz de advertir la seriedad de la niña, la palidez que cubría su cara, su delgadez, por no advetir, no advirtió ni los sabañones que torturaban sus manos tan pronto como llegaba el invierno.
El que sí lo advertía fue el futuro curita, don Cristóbal Herrador Molina, que este era el nombre del que años más tarde sería el medio amo de Linares. El sí que veía perfectamente la explotación y el trato vejatorio a los que estaba sometida su prima, el sí que veía su delgadez y, cuando llegaba en las vacaciones de Navidad, sí que veía los sabañones, ya agrietados, en las manos de mi madre. Lo veía, porque, además de a su madre, también tenía que servirlo a él en la mesa y tenía que lavar y planchar su ropa. Y jamás, jamás, salió de su boca una palabra en favor de su prima. Únicamente mejoraba la situación de la muchachita cuando aparecía su tío político. Entonces, la señora participaba en las tareas de la casa y, entre otras cosas, la muchachita comía con ellos en la misma mesa. Pero mi madre casi temía aquellas apariciones, porque, cuando el tratante de ganado se iba, las vejaciones de la señora se acentuaban, se sucedían las broncas por cualquier minucia y hasta llovía alguna que otra bofetada.
Aquel calvario concluyó cuando mi madre cumplió diecisiete años. Sólo entonces encontró el valor necesario para escapar de casa de su tía y regresar con su madre, que para colmo no vivía nada lejos. Poco después la famllia se trasladó a Córdoba, donde los dos hijos mayores podían encontrar mayor estabilidad en su trabajo. Pero, al vivir tanto tiempo apartada de ellos, mi madre fue ya siempre el patito feo entre sus hermanos. 
Semana Santa. Viernes Santo. Pensar no sólo cuesta, sino que también duele. Al pensar caemos en la cuenta de cosas que nos conmueven, que nos inquietan e incluso que nos dejan sin el basamento que hasta entonces sustentaba nuestra vida. Pensar duele y los seres humanos tendemos a huir del dolor. Mi madre era analfabeta, pero pensaba. A leer y a escribir la enseñé yo allá por mis trece años. No era muy religiosa, pero sí creyente. No obstante cuando aprendió y consiguió leer con soltura, siguieron sin gustarle las procesiones de Semana Santa. No entendía que las autoridades eclesiásticas permitieran aquel derroche de platas y de oros y aquel exhibicionismo de pìedad y de penitencia, que siempre le parecieron falsas. ¿No había pedido Jesús a sus seguidores que no hicieran como los fariseos, que se ponían en el centro del templo a darse golpes de pecho y pedir a gritos piedad?, le oí comentar más de una vez a una vecina que pensaba más o menos lo mismo que ella.
No, a mi madre no le gustaba la Semana Santa. Y eso que la pobre mía no llegó a ver la parafernalia de verdaderos lujos que ofrecen hoy pasos e imágenes, la parafernalia de los costaleros, de las estrambóticas carreras oficiales o de cómo el acontecimiento se ha convertido exclusivamente en un espectáculo turístico, en el que cuentan, sobre todo, el número de pernoctaciones en los hoteles y los salmorejos y flamenquines que se sirven en los restaurantes.

Imágenes: Pinturas de Pablo Picasso.

miércoles, 6 de abril de 2022

EGOTISMO

El egotimos es la caracteristica o propiedad que tiene una persona, hombre o mujer, que en el noventa y cinco o más por ciento de las ocasiones sólo habla de sí mismo y/o de sus cosas.
El egotismo está cerca del egoísmo, aunque, dado que al egotista no le interesan los bienes ajenos, ni tangibles ni intangibles, puede en muchas ocasiones mostrarse o aparecer como generoso. Lo que sí es cierto es que el egotismo es bastante más sutil que el egoísmo y, aunque parezca contradictorio, también más ostensible. El egoísta puede serlo perfectamente en la sombra, calladamente y, por tanto, pasar desapercibido, al menos por un tiempo; al egotista, en cambio, se le descubre enseguida, por lo que no pasa desapercibido jamás.
Salvo los niños, que son inocentemente egoístas, el egoísmo se practica siempre con plena consciencia de lo que se hace. El egotista, por el contrario se despreocupa de los demás generalmente de forma inconsciente. Esta circunstancia, que puede advertir fácilmente todo el que tenga contacto con un egotista, dificulta, cuando no impide por completo, el reconocimiento por parte del egotista de lo que no deja de ser un defecto. Y bastante grave.
Usted, señora, pongamos por caso, va a la peluquería y, siguiendo la recomendación de su peluquera, cambia su corte de pelo, su color y su peinado, de modo que transforma radicalmente su aspecto. Ahora está usted más guapa, qué duda cabe, pero, sobre todo, mucho más llamativa. De hecho, en el camino de la peluquería a su casa se ha cruzado con varios vecinos y conocidos y todos, tanto hombres como mujeres, la han felicitado, y todos  parecían sinceros.

Sin embargo, cuando llega usted a su casa, su marido no sólo no le hace ni un comentario, sino que, aficionado como es al aeromodelismo, se pone a enseñarle el último modelo de avión que está construyendo, explicándole uno a uno todos los pasos de la construcción y cómo espera que vuele.Y, todavía, en el colmo de los colmos, si usted muestra algún síntoma de hastío, cansada como está de tantas peroratas más o menos como aquella, el elemento va y dice: "Te aburres, ¿verdad? Es que nunca me prestas atención porque no te interesa lo que yo hago, si me la prestaras seguro que no te aburrirías."
O, al revés: usted, caballero acude al psiquiatra porque hace tiempo que padece insomnio y no duerme más allá de dos o tres horas diarias y cuando vuelve, su señora aficionada a los gatos, de los que tiene dos en la casa, no le pregunta absolutamente nada acerca de cómo le ha ido, porque fue usted sólo, sino que le cuenta con todo lujo de detalles que uno de los gatos, el negro con una mancha blanca en la frente, al que llama con el originalísimo nombre de Miau, le cuenta que lo ve triste desde aquella mañana y que tendrá que llevarlo al veterinario, no fuera a ser que el animalito estuviera entrando en una depresión y bla, bla, bla... Imparable. Y pasa un día y pasan dos y usted empieza el tratamiento que le recetó el psiquiatra y aquello parece que funciona y ya, de repente, en lugar de estar despierto y deambulando por la casa dos o tres o cuatro horas antes que ella, duerme usted como un tronco cuando su señora se despierta y ella ni se extraña ni nada, ni siquiera se para a pensar que a lo mejor está usted muerto y se ha librado de su verborrea, sino que se pone a juguetear con Miau, que se ha pasado la noche en la cama. Y cuando al fin usted se despierta, lo que te dice es: "Mira, dormilón, lo contento que está ahora Miau, se ve que lo que le mandó el veterinario le está haciendo efecto. ¡Qué alegría!, ¿no?" Y bla, bla, bla de nuevo, hasta que te sales de la cama con la cabeza como un bombo y acordándote ligeramente de más de uno de sus antepasados.
¡Egotismo! El egotista es aquel individuo que te encuentras por la calle después de un buen puñado de años y nada más verte, te coge del brazo y se lanza: "Hombre, Blas, a ti tenía yo ganas de verte. ¿Sabes?, el día tal y tal, a tal hora y en tal sitio inauguro una exposición de mis pinturas de los últimos cinco años (hace más de diez que no lo ves) Son cuadros completamente nuevos y con un estilo nuevo también, porque ya estaba cansado de pintar siempre... y bla, bla, bla, bla, bla, bla... Como si hubieras tomado café con él cualquier día de la última semana. Y tú tratando de meter baza para interrumpirlo y salir pitando. Inútil empeño, porque el fulano ni te mira, habla y habla de sí mismo y de lo que hace como un robot al que hubieran programado para no parar hasta que se le agotara la bateria. Y cuando tú, mandando la educación al carajo, estás a punto de estallar, va el nota, que ni siquiera se da cuenta de tu estado, y remata: "Bueno, que te espero en la sala , ya sabes, el próximo viernes a las 8,30 de la tarde, de la tarde, no se te vaya a ocurrir presentarte por la mañana, que ya sabemos que tú con tu insomnio duermes menos de lo que para el tren en Villarrubia, el viernes, que no se te olvide." Y el tipo sale pitando sin decirte ni adiós, mientras a ti se te queda una cara de imbécil que ni a pasar delante de un escaparate te atreves, no vaya a ser que se te ocurra mirarte en la luna.
De corazón te lo digo, si eres uno de los amables lectores que se acercan a este blog y lees esta entrada: que el destino te libre de un o una egotista, porque como lo o la tengas cerca, no digamos ya en la misma casa, terminarán agriándosete hasta los isquiotibiales.

lunes, 28 de marzo de 2022

LEÓN BLOY

Nacido en Perigod, departamento de Dordoña, región de Nueva Aquitania, en 1846, y muerto en París, en 1917, León Bloy es uno de los mejores escritores de Francia. También es el más panfletario, reaccionario, despreciativo, solipsista, egotista, insultante y sobre todo, fiero católico, calificativo que explica todos los anteriores. A mí no me cabe duda de que gente como esa de Hazte Oír, los Abogados Cristianos y toda esa hez de extrema derecha, que en realidad, es fascismo puro, se inspiran y están fuertemente influidos por este engendro de la naturaleza humana que, entre otros, fue muy amigo del célebre filósofo Jacques Maritain, quien, protestante, se convirtió al catolicismo, junto son su mujer, la judia de origen ruso Raissa Oumansoff, por influencia de Bloy, que fue padrino en el bautizo de los dos. No obstante, dada la evolución de Maritain en muchas de sus ideas, pero, sobre todo, en su inclinación por la democracia, lo más probable es que dicha amistad se hubiera roto abruptamente, de no haber muerto Bloy en 1917.
Hijo de padre masón y volteriano, León prefirió seguir, superándola con creces, la senda de su madre, devotísima católica o, lo que viene a ser lo mismo, reaccionaria socialmente hasta el mismísimo tuétano. Esta circunstancia puede comprobarse leyendo los diarios de don León, editados en España por la editorial Acantilado, aunque esta lectura suponga pasar del asombro al pasmo, del rechazo al asco, del espanto al horror. Página tras página uno no puede dejar de preguntarse cómo es posible que puedan existir tipos como éste y cómo, aunque no con su capacidad literaria y, desde luego, mucho más hipócritas, que es decir, los tengamos hoy en España y hasta estén entrando en gobiernos regionales y puedan llegar a formar parte del central. La respuesta a esta pregunta causa escalofríos, porque pone de relieve de una parte el grado de degeneración moral al que puede llegar el ser humano y, de otra, la enorme ignorancia que padecen tantísimas personas acerca de la Historia, así como de lo que significan realmente determinadas posiciones religiosas y políticas.
Nuestro caballero se define diciendo: "Soy un hombre de lo absoluto, un hombre que afirma (ojo, no que cree, sino que afirma) que Dios existe, que se hizo hombre y que no hay verdad fuera de la Iglesia." Y completa su definición añadiendo: "Soy el yunque de Dios, que me hace sufrir porque me ama, lo sé muy bien" (12-11-1985). Una definición que a lo largo del diario va precisando con declaraciones como las que siguen: "El trabajo es la oración de los esclavos. La oración es el trabajo de los hombres libres." (23-3-1899); "El ejercicio de la libertad consiste en despojarse de la propia voluntad." (1-1-1898); "Debe ser un consuelo para Dios y sus santos ver sufrir tanto a un alma desde las primera horas del día."
De esta sencillas expresiones, en las que no hay ni pizca de ironía, no es difícil deducir las dos características principales que adornan a León Bloy. La primera de ellas es el desprecio, muchas veces odio puro, que siente hacia todo el que no piensa como él. Para empezar, hacia la práctica totalidad de los escritores franceses, pero también de otros países. Así, no traga a Cervantes ni a su Quijote, porque don León es un potente defensor de la caballería andante, de la que Cervantes se burla. Tolstoi es el "cretino moscovita"; Ibsen es "un gorila escribiendo la palabra fatalidad"; Poe, "una boca poblada por un mostacho de serpientes". Y en cuando a los franceses, verdadero odio manifiesta abiertamente hacia Émile Zola, al que llama: "idiota, sucio y envilecedor, especialmente tras la publicación por parte de Zola de su novela Lourdes, en la que el escritor naturalista parisino critica con energía el lucrativo negocio que la Iglesia tiene montado en el santuario de las célebres apariciones de la Virgen. Tanto a la novela como a su autor los pone Bloy de hojita de perejil, para decirlo llanamente, en un artículo que lleva el significativo título de "El cretino de los Pirineos."
Para Monsieur Bloy, Renan es "un Platón aburrido delate de una puerta donde está escrito: "Hay alguien"; Stendhal tiene "cabezas de muerto revoloteando por encima de un corazón de cerdo"; Rimbaud es "un aborto que alivia sus penas al pie del Himalaya"; Baudelaire ofrece "algunos trazos del infierno sobre un trono espléndido, (así como) un tarro de tinte para el pelo acompañado de un pincel"; los hermanos Goncourt, cuyo nombre ostenta el premio literario más importante de Francia, son para Bloy "dos chamarileros unidos por una membrana." 
Salvo media docena de meses en su juventud, don León no tuvo en su vida otro trabajo que el literario, tan azaroso y en muchas ocasiones poco o nada lucrativo, así es que con semejantes cartas de presentación como las expuestas más arriba, no es extraño que tuviera grandes dificultades para publicar y, seguidamente, que sus libros apenas tuvieran compradores, situación de la que don León se queja amargamente en numerosas ocasiones.
Precisamente, de este hecho deriva la segunda de sus características: León Bloy es, por encima de todo, un pobre, pero no un pobre cualquiera, sino el pobre más pobre de todos los pobres de Francia y de la mayor parte del extranjero, un auténtico pobre pedigüeño, en su más sencilla y a la vez amplia expresión. No son pocas las ocasiones en que se vio con la soga al cuello, aprieto del que, "milagrosamente", lo salva, según cuenta en los diarios, alguno de sus amigos. Sus quejas y lamentos son constantes, amargos, lacrimógenos, pero también de una soberbia que no ha sido suficientemente valorada, al repetir una y otra vez que este sufrimientos es un designio de Dios porque lo ama, a él, a León Bloy y, aunque no lo diga expresamente queda dicho entre líneas, a León Bloy en exclusiva.
Y dentro de esta característica es ineludible incluir la tremenda, la casi brutal hipocresía que adorna la figura de Monsieur León. Porque, en efecto, Bloy es pobre, pero un pobre muy especial, con clase, con mucha clase. Todo pobre que no haya perdido la conciencia de serlo desprecia más al burgués que al millonario, pero Bloy no sólo lo desprecia, sino que, cristianamente, católicamente, lo odia de todo corazón. No son pocos los ejemplos que pueden citarse al respecto en sus diarios. Así, el 26-12-1905 escribe: En Rusia los matan a millones (a los burgueses, claro). Esperemos que esta reforma se extienda al resto de Europa", brutal expresión que no tiene nada de metafórica.
Es también don León, y esto sí que tiene gracia, un pobre al que no le faltan las criadas. ¡Y cómo habla de ellas! Exactamente como el burgués del que deseaba su exterminio, su anatema, que es lo mismo, pero queda más bíblico, esto es, más cristiano. El 3-4-1899 afirma: "Estamos disgustados a causa de una sirvienta. Es la eterna historia con estas criaturas en todos los países del mundo. Es un error moderno creer que los individuos destinados a servir puedan ser elevados sobre su nivel por las consideraciones, la bondad y la paciencia. Es harto cierto que hasta la venida (se supone que de Cristo) que renovará la faz de la tierra, los hombres en general deben ser gobernados con palo, sea este un garrote de jefe de bandoleros o una cruz episcopal." Como se ve, la caridad católica en su más alta expresión. Junto a la ninguna vergüenza, pero ninguna, ninguna.
El 26-1-1901 escribe: "Espantosa escena con nuestras fregonas (ahora no tiene una, el pobretón tiene dos.) Hubo que esperar hasta la noche y soportar sus continuas injurias porque faltaban unos céntimos para pagarles." (El pavo se mosquea, porque las mujeres que le quitan la mierda en su casa quieren cobrar. Claro, don León no tiene donde caerse muerto, en cambio las señoras fregonas son, sin duda, millonarias) El 26-10-1903 comenta: "A propósito de una criada haragana como todas. Ya no hay servidores en una sociedad que deja de reconocer a Dios como su señor."
Todo el que haya estado un poquito atento habrá tenido oportunidad de escuchar comentarios más o menos idénticos a estos en gente como la Olona, la Ayuso, la Monasterio, la Gamarra, la Aguirre y tantas y tantas señoronas de nivel y misa dominical, Y es que don León era pobre, pero un pobre señor, un pobre de categoría. Por eso, entre otras cosas, no le falta su veraneo lejos del insalubre París veraniego de la época, y no un veraneo de quince días, que ese es propio de ricachos, sino de tres meses, tres, TRES. A este respecto el 29-6-1912 escribe que, como de costumbre, está tieso, por lo que, para sufragar su veaneo, se ve obligado a venderle a un librero de viejo ochocientos (800) ejemplares de su obra "La salvación por los judíos", que conservaba en su casa porque no se habían vendido y Monsieur Bloy se queja amargamente de que el librero sólo le da 400 francos, es decir, 0,50 francos por ejemplar, cuando, según Bloy, él los vendería a 3 francos por lo menos. Pero el bellaco de don León calla que el librero los venderá, si los vende, de uno en uno y necesitará bastante tiempo para hacerlo.

Don León Bloy, que odia por igual a burgueses, protestantes, alemanes e ingleses, de quienes afirma que son la peste del mundo, es un pobre tan pobre que, según informa el 17-10-1915, alquila una nueva casa con jardín y frutales, contrata una nueva criada y el carpintero acude a ¡colgar unos cuadros!, dificílisima tarea que el nota no está capacitado para realizar por sí mismo. Y como pobre y buen católico que es, sus niñas, tenía dos, no pueden quedarse sin veraneo con otras jovencitas y lo que es más católico y más de pobres aún: ¡no pueden ir a una escuela de hijas de obreros!
La miseria moral del individuo no puede ser mayor y aparece una y otra vez a lo largo de los diarios, ¿pero a qué seguir? Don León, como se ve, era un católico acérrimo, creía firmemente en las apariciones de la Virgen en la Salette, pueblecito de los Alpes, y en los furibundos mensajes llenos de terribles amenazas transmitidos por la Madre de Dios a unos pastorcillos (por cierto, cuando se le aparecerá esta señora a un musulmán, a un japones taoista, a un chino o a un hindú, por poner algunos ejemplos); está totalmente en contra de la anestesia en los partos (27-6-1908) así como de la democracia, que para él es cosa de degenerados, como anota el 27-9-1902; por supuesto, está en contra también de los Derechos Humanos, de acuerdo con su anotación del 8-6-1913; pretendió que la Iglesia hiciera santo a Cristóbal Colón, porque según él era el precursor del Espíritu Santo, y era admirador ferviente de Napoleón, acerca del cual escribió un libro laudatorio hasta las babas.

lunes, 14 de marzo de 2022

PARA ACABAR DE UNA VEZ CON LA POBREZA



El alcalde de Alicante, Luis Barcalá, del PP, pretende erradicar la pobreza de su municipio imponiéndole a las personas sin hogar, que duermen en la calle, una multa de tres mil euros (3.000 €). Hay que ser imbécil para pretender implantar semejante medida. ¿No se da cuenta el señor alcalde de que si esas personas tuvieran tres mil euros no estarían pidiendo limosna y durmiendo en la calle?
En España, la de la pobreza es una historia larga, ancha y bastante más que triste. Uno de los momentos claves de esta historia se sitúa en el descubrimiento y consecuente explotación de América. En aquel tiempo empezaron a llegar a España enormes cantidades de oro y de plata, además de iniciarse un suculento comercio entre la metrópoli y las nuevas tierras que se iban conquistando, una riqueza fabulosa con la que el país no sólo carecería de pobres, sino que debía estar nadando en la abundancia.
La situación, sin embargo, era bien distinta: conforme aquellas riquezas llegaban a España iban siendo dilapidadas en primer lugar por Carlos I y luego por su hijo Felipe II en sus guerras en Europa, y el país se moría literalmente de hambre. Ejércitos de pobres sin ingreso alguno y sin techo bajo el que cobijarse, muchos de ellos mutilados de guerra, llenaban las ciudades pidiendo por el amor de Dios una limosna, un trozo de pan, algo que llevarse a la boca. La sociedad en general, los poderes públicos y, más aún, los religiosos, trataban de paliar esta plaga con el arma tradicional de la caridad cristiana. Pero este arma resultaba harto insuficiente.
En esta tesitura, hubo una persona que, independientemente de su insuficiencia, consideraba la caridad un instrumento denigrante. Se trata del valenciano y acendrado católico Juan Luis Vives (1492-1540), brillante intelectual humanista y pedagogo. Para este hombre, la caridad cristiana no sólo no solucionaba el problema de la pobreza, sino que lo perpetuaba. La limosna, especialmente si se trataba de dinero, despertaba la codicia de los pobres y acentuaba el egoísmo de los ricos, a quienes les bastaban unas pocas monedas para apaciguar su conciencia. La caridad, siempre según Vives, fomentaba la ociosidad de los mendigos, los cuales inventaban toda clase de trucos y de trapacerías (en esto consistía la picaresca) para conmover a los ricos; creaba entre los pobres discusiones que muchas veces acababan en tremendas peleas.

Vives no duda en culpabilizar a los pobres no de su pobreza, pero sí de los continuos altercados entre ellos por conseguir un puesto en la puerta de una iglesia o en otros lugares especialmente cotizados, altercados, que alteraban la armonía en las ciudades. Llega a afirmar el valenciano que muchos de aquellos pobres se convertían en ladrones y hasta en criminales, y las mujeres en desvergonzadas prostitutas. Sus juicios a este respecto, como se ve, eran duros y directos. Llega incluso a lanzar una seria advertencia a los ricos: o se acababa con la pobreza o, dado el número creciente de pobres, los ricos corrían el riesgo de que estallara una rebelión que acabara con su estado de provilegio.
Ahora bien, hecha la crítica, Vives pasa a la fase de las propuestas. Para el humanista valenciano, la pobreza es un asunto de Estado y es al Estado al que atañe no regularla o paliarla, sino proceder a su erradicación. Vives tiene en cuenta que, independientemente de la situación económica del país, muchos pobres lo eran porque tenían mermadas sus facultades físicas o mentales. Propone pues la creación de centros de acogida para los inválidos y de hospitales para los dementes. Propone que barrio a barrio de una ciudad los magistrados identificaran a los que eran pobres auténticos, con información de su vida y su moralidad y quienes, sencillamente, preferían vivir en la vagancia. Era absolutamente necesario procurar trabajo para todos a los que su edad y su salud les permitiese trabajar. E igual de necesario resultaba castigar severamente a todo el que fingiese una enfermedad o una discapacidad. Del mismo modo, debían crearse centros apropiados para acoger a los niños expósitos, así como perseguir a las viejas alcahuetas, principales responsables, según Vives, del puterío, que producía aquellos niños, pero también de la hechicería y de los maleficios.
Conviene dejar bien claro que, más allá de su catolicismo y por encima de él, Vives no propone estas medidas por compasión o empatía hacia los pobres, sino para preservar el orden social y ante el temor de que, en efecto, terminara produciéndose el levantamiento de los miserables, cansados de asistir al derroche de los ricos. No obstante, tales propuestas en tan tempranas fechas como los comienzos del siglo XVI suponian un avance social de primer orden. Luis Vives se encontraba entonces en Brujas y sus propuestas fueron, en su mayor parte, aplicadas en la ciudad. Igualmente, influyeron en la legislación de Inglaterra y de otros países de Europa.
¿Y en España? ¿Qué ocurrió en nuestro país? En el capítulo 26, versículos 6 a 11, de su evangelio, cuenta Mateo cómo encontrándose Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, una mujer le ungió los pies con un perfume muy caro. Los discípulos se quejaron de este despilfarro, con el argumento de que el dinero del perfume podía haberse dedicado a los pobres. A lo que Jesús replicó: "¿Por qué molestáis a esta mujer? Pues una buena obra ha hecho conmigo. Porque pobres tendréis siempre entre vosotros, pero a mí no me tendréis siempre."
Basándose en esta perícopa y, como no podía ser menos, en España se produjo la polémica: en 1545, el dominico Domingo de Soto publicó un panfleto con el título de Deliberación de la causa de los pobres, en el que, con ese pedazo de cara propia de la mayoría de los teólogos, proclamaba que la libertad de los medigos era sagrada y que, en consecuencia, la única manera de atenderlos era mediante la caridad. A Soto le replicó el benedictino Juan Robles, criticando lo que, a su juicio, el dominico venía a defender era la veneración de la pobreza.

Por su parte, el Estado promulgó en 1540 una cédula real prohibiendo la mendicidad callejera, más o menos lo que, casi medio milenio después, propone el alcalde de Alicante, y recomendando que los hospitales acogiesen a los pobres auténticos. Poco después. el concilio de Trento se reafirmaba en las posiciones más reaccionarias de la Iglesia y en España las propuestas de Vives. que menos mal que ya había muerto, llegaron a considerarse casi heréticas. Uno de los más furibundos enemigos del ideario de Luis Vives fue el agustino Lorenzo de Villavicencio, quien, montado en sacratísima cólera cristiano-católica, tachó al valenciano de pernicioso, injurioso para la Iglesia y hasta pestilencial.
No mucho tiempo después, como consecuencia del pésimo gobierno de Felipe II, digan lo que digan la mayoría de los historiadores, más o menos oficiales, durante cuyo reinado el Estado español entró en quiebra dos veces; la inflacción se desbocó, con ello, los productos españoles perdieron mercado en Europa; como consecuencia, el paro aumentó hasta niveles insoportables, y la prohibida mendicidad fue autorizada de nuevo.

Fuentes: Historia crítica del pensamiento español. Tomo I. José Luis Abellán
Historia de España Alfaguara. Tomo III. Antonio Domínguez Ortiz.

Imágenes.- Internet.


sábado, 5 de marzo de 2022

POLEMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA


 A otra cosa no, pero a polemistas no hay en el mundo un país que le gane al nuestro. Que no digo yo que en los demás países de la tierra no haya cuñados y no haya discusiones, pero como en España ninguno. Aquí basta con que alguién en mitad de la mañana, por ejemplo, diga: "son las 10,30 y es de día", para que salgan por lo menos media docena que no están de acuerdo. Y ya está montada la discusión. Aquí se disiente y se discute de absolutamente todo.
Por ejemplo, sobre la ciencia española. Una de las polémicas más jugosas y, al mismo tiempo, grotescas sobre este asunto se produjo en el último cuarto del siglo XIX entre los intelectuales del momento. En 1782, el escritor frances Nicolás Misson de Morvilliers escribió un artículo para la Enciclopedia Metódica dedicado a España en el que decía: "Hoy, Dinamarca, Suecia, Rusia, la misma Polonia, Alemania, Italia, Iglaterra y Francia, todos estos pueblos, enemigos, amigos, rivales, todos arden en una generosa emulación por el progreso de las ciencias y de las artes. Cada uno medita las conquistas que debe compartir con las demás naciones, cada uno de ellos, hasta aquí, ha hecho algún descubrimiento útil que ha recaído en beneficio de la Humanidad. Pero, ¿qué se debe a España? Desde hace siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa."


Este artículo produjo en nuestro país una primera polémica, pero fugaz. La buena se produjo un siglo más tarde, cuando, en 1876, el pensador y político krausista Gumersindo de Azcárate (1840-1917) dejó caer la siguiente frase en un artículo publicado en la Revista España: "Según que, por ejemplo, el Estado ampare o niegue la libertad de la ciencia, así la energía de un pueblo mostrará más o menos su peculiar genialidad en este orden, y podrá hasta darse el caso de que se ahogue casi por completo su actividad, como ha sucedido en España durante tres siglos."
Y ante esta frase incidental, que no deja de ser cierta, saltó la jauría. Ya no era un gabacho el que opiniaba, sino un español y a este había que replicarle y a fondo. El primero en entrar en combate fue el berrendo Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), entonces todavía un jovenzuelo, pero ya una enciclopedia viviente y un campeón del patriotismo más rancio, aunque, a tenor de los que intervendrán seguidamente, pasará casi hasta por progresista. Don Marcelino defendía el Renacimiento, pero adjudicando su autoría al cristianismo. Y, dando vía libre a su facundia, expone la contribución española a la teología, la filosofía, el derecho, la ciencia política, la economía, la historia, la filología, la medicina, el arte militar y el sursum corda.


Este es el momento en que interviene otro krausista, Manuel de la Revilla (1846-1881), quien, en la Revista Conteporánea, escribe: "Por más que se haga, forzoso será reconocer que salvo los que siguieron las corrientes escolásticas, ninguno, logró fundar una escuela ni alcanzar legítima influencia, siendo, por tanto, un mito esa decantada filosofía española con cuya resurrección sueñan hoy eruditos como Lavarde Ruíz y Menéndez Pelayo. Por doloroso que sea confesarlo, si en la historia literia de Europa suponemos mucho, en la historia científica no somos nada..., no tenemos un solo matemático, físico ni naturalista que medio colocarse al lado de las grandes figuras de la ciencia y por lo que hace a la filosofía..., puede suprimirse sin menoscabo el capítulo referente a España... No es posible dudar que en tan triste resultado cabe no pequeña parte a nuestra intolerancia religiosa."
Para quien mire con ojos neutrales, es evidente que de la Revilla pone el dedo en la llaga con la última frase. Pero, además de ésta, era todo el texto tan contundente que ya no saltó sólo Menéndez Pelayo. Éste, emberrechinado de verdad, replicó con un nuevo artículo en la Revista Europea (nº 206 de 1876) en el que,  sostiene que en España existían tres escuelas de filosofía: el lulismo, el vivismo y el suarismo.
A partir de aquí la polémica se encona, adquiriendo carateres cercanos a la tragedia... bufa, pero tragedia. Hacen su aparición dos cuñados, a cual más cercano al extremo derecho. El primero, Alejandro Pidal Mon (1846-1913), político, académico, ministro de trabajo, director de la Academía de la Historia y reaccionario hasta el mismísimo tuétano. Este buen señor sostenía que no había filosofía española, pero no porque no hubiera buenos filósofos, sino porque la filosofía no tiene patria. Añadía que los españoles eran filósofos católicos y además escolásticos. Cada vez más emberrechinado, don Menéndez Pelayo señala que el sentido práctico y el espíritu crítico son las características de los pensadores españoles ortodoxos y el panteísmo de los heterodoxos. Y vuelve a referirse al Renacimiento. 
¿Para qué lo hizo? Mister Pidal monta en cólera y asevera que el Renacimiento, la Reforma y la Revolución eran... bueno, él no dijo una mierda, que es lo que iba a escribir yo, interpretando el pensamiento del autor, pero eso es lo que vino a decir, al afirmar que se trataba de tres engendros muy alejados del catolicismo verdadero y que la misión de la filosofía era volver a la escolástica (todo como se va viendo la mar de científico)

El señor Pelayo no se rinde y lanza al ruedo toda la batería de su erudicción. Este es el momento en el que entra en escena un cuñado de los de verdad, un titán de cuñado: el dominico Joaquín Fonseca (1822-1890), que llevaba toda su vida dedicado a la teología y filosofía escolásticas (¿pero tienen alguna diferencia?) y no había leído ni siquiera un folleto de otra materia. Tras imponer silencio desde El Siglo Futuro, el señor fraile, proclamó solemnemente que como la escolástica nada de nada, que sólo en ella se encuentra la Verdad y que nuestro Donoso Cortés estaba a la misma altura que Tomás de Aquino. Todo ello incluyendo términos tan caritativos como "perturbado mental", "torpe", "calumniador", "importor", "analfabeto", etc., dirigidos todos a Menéndez Pelayo.
El Fonseca este creyó que le había clavado un rejón de muerte al santanderino, pero don Pelayo era un morlaco difícil de someter, de manera que puso fin a la polémica, por su parte, asegurando la sinceridad y pureza de su catolicismo, pero criticando con verdadero desprecio el cerril dogmatismo de Tomás de Aquino y de sus seguidores. 
A majaderías como esta dedicaban buena parte de su tiempo los intelectuales españoles en el último tercio del siglo XIX. Como se ve, además, se empezó discutiendo acerca de la ciencia y se acabó en la religión. Pero es que en España, se trate del tema que se trate, no hay tertulia que no acabe hablando de religión y/o de sexo.

Fuente: Historia crítica del pensamiento español.- José Luis Abellán
Imágenes: Pinturas de Eduardo Arroyo.


martes, 22 de febrero de 2022

LADRONES

Desde hace mucho tiempo, tengo un par de amigos que, a veces por separado y casi siempre juntos, vienen a mi casa, donde montamos tertulias que para mí suelen resultar tan amenas como instructivas. Ambos están jubilados, como yo. Uno, Ernesto Caraba, ha sido profesor de autoescuela, con lo que ha tenido la oportunidad de conocer una fauna bien variopinta de individuos. El otro, Sancho Dávila, ha sido profesor de Historia en un instituto de la capital y es un hombre más bien introvertido, pero equilibrado, al que le hubiera gustado vivir en una ciudad marítima.
Ayer tarde, charlando sobre la situación general del país y de comentar el subidón que está teniendo todo, especialmente la energía, encabezada por la electricidad, la conversación recayó, como no podía ser de otro modo, en la guerra que se ha desatado en el PP y en la manifestación de casi cuatro mil personas en apoyo a la presidenta de la Comunidad de Madrid, más que presunta corrupta.
"Yo no acierto a comprender cómo se puede aplaudir y votar a quien ha dejado morir a casi ocho mil ancianos de las residencias madrileñas, que está desmantelando la sanidad pública y, sobre todo, que, presuntamente, pero con indicios clarísimos, está transfiriendo el dinero de los madrileños a sus familiares y amigos, es decir, robando.", proclamó mi mujer. 

"Os lo voy a explicar, a ver si os enteráis de una vez", saltó entonces Ernesto Caraba con su habitual impetuosidad: "España es un país de ladrones! Cada país ha desarrollado características propias: Los norteamericanos, por ejemplo, son como niños mal educados, no hay que más que ver la facilidad con la que tiran de revólver o de rifle de repetición y hasta de bomba atómica, si les da el capricho; los sudamericanos en general andan desde hace tiempo entre la jungla y los rascacielos, así es que la mitad son creyentes y la otra mitad también; los chinos y los japoneses van por la vida como robots funcionales; los franceses son gorrinos; los ingleses, pagados de sí mimos y tan estirados como una regla metálica; los alemanes son la mitad escuadras y la otra mitad cartabones; los italianos, alcahuetes, etc. Los españoles somos ladrones.
"En España desde el primer mandatario hasta el último monaguillo de una aldea perdida o son ladrones en acto, como diría Aristóteles, y se están hinchando de robar, o lo son en potencia y se están preparando para meter la mano en la caja común o en el bolsillo del vecino. Fijaros si esto es así que cuando se produce una excepción, porque todas las reglas la tienen, como la de aquella concejala de Dos Hermanas que denunció que habían intentado comprarla con un buen montón de millones para que votara a favor de un pelotazo urbanístico no sólo no la aplaudieron sus vecinos, sino que la llamaron gilipollas, así, con todas las letras. 
"Y no creáis que no es eso lo que han pensado buena parte de los españoles cuando Julio Anguita renunció a la sustanciosa jubilación que le correspondía como exdiputado y se conformó con la de maestro, profesión que había sido la suya y a la que volvió cuando dejó la política; o cuando Gerardo Iglesias volvió a la mina de la que había salido para ser diputado; o cuando Pablo Iglesias renunció a su indemnización como exvicepresidente del gobierno, etc., porque hay algunas excepciones más que en este momento no recuerdo. Qué diferencia, ¿no?, con tipos como Aznar o González, forrados de pasta y trincando cada año los 84.000 € de pensión vitalicia como expresidentes del gobierno.


"Los españoles inventamos la picaresca, que es una forma de vivir del robo en mayor o menor escala. Aunque aquí cuanto más robas más posibilidades tienes de quedar impune. Mirad a ese Zaplana o al excalde aquel de Marbella que se enrolló con la Pantoja, ambos pegándose la vida padre tras abandonar la cárcel sin cumplir su condena ¡porque padecían una enfermedad terminal!
"¿Cómo puede explicarse que el PP, un partido que como tal ha sido condenado por pagar la reforma de su sede con dinero procedente de la corrupción, es decir por robar, independientemente del número incontable de sus miembros que han sido condenados o están en camino de serlo, por lo mismo, pueda seguir recibiendo la cantidad de votos que recibe? Pues se explica porque los que lo votan están haciendo lo mismo que ellos.
"Y conste que hay muchas maneras de robar, eh: los jueces que dictan sentencias absolviendo a individuos clarísimamente corruptos están robando. Los empresarios que contratan por ocho horas diarias, pero hacen que en el contrato figuren sólo cuatro, que son por las que cotizan, están robando. Los currantes que se escaquean de sus puestos y se largan bastante antes de su hora, están robando. Por robar, roba hasta la propia Iglesia, que hace mucho que olvidó no sólo el séptimo mandamiento, sino todos los demás. ¿O acaso no es un robo la apropiación de casi cuarenta mil inmuebles, solares y terrenos rústicos que jamás fueron suyos, amparándose en una ley manifiestamente injusta e ilegítima?"
Caraba calló y, con gesto maquinal, cogió la taza del café, que parecía haber olvidado, y se bebió el contenido de un trago. Fue el momento que aprovechó mi mujer para intervenir de nuevo:
"¿O sea, Ernesto, que si todos los españoles somos ladrones, tú también lo eres?
"Mira, Julia, yo los meto a todos y que se salve el que pueda."

martes, 15 de febrero de 2022

CARTAYA


Por esos avatares inesperados y muchas veces también impensables que ocurren en la vida, desde los cuatro a los ocho años viví en Cartaya, un pueblo de la provincia de Huelva, perdido entonces cerca de la raya de Portugal y arrimado al río Piedras que, con la subida de la marea del cercano Atlántico, se convertía en una ancha y luminosa ría.
Entre las muchas cosas que sigo recordando de aquel pueblo, hay tres que sobresalen por encima de las demás: los palmitos, el aprovechamiento de las heces humanas para abono y, sobre todo, el Rompido, en el término municipal, a escasos kilómetros de la población.
Existen varias especies de palmas que se cultivan para la producción de palmitos. En los alrededores del pueblo existían muchas de la especie camaerops humilis, la única que existe en España, de ellas se obtenían los tallos incipientes, una especie de tronco con hojas, las cuales se arrancan, como se hace con las alcachofas, hasta llegar al corazón, que es la parte realmente comestible. Allí se consumía en grandes cantidades, especialmente los domingos por la tarde. Este día la gente salía a pasear por la plaza Redonda y por la larguísima calle de San Pedro, cada uno con su palmito al que le iba arrancando las hojas y tirándolas al suelo, de manera que al llegar la noche plaza y calle estaban enteramente cubiertas con una alfombra de palmitos de más veinte centímetros de espesor.
El aprovechamiento de las heces humanas era, como mínimo, sorprendente. Nosotros, mis padres, mi hermana y yo, compartíamos una casa con sus propietarias, dos señoras mayores enteramente vestidas de negro, hermanas, una gruesa y la otra flaca como un junco y arrugada como una pasa. Aquella casa, situada en la calle San Sebastián, era bastante grande, contaba con la zona de vivienda, en la que destacaba una cocina enorme, luego un patio y seguidamente un corral. No había cuarto de baño. Sólo al fondo del patio, uno de cuyos muros estaba cubierto por una espléndida buganvilla de color nazareno, había una habitacioncita donde estaba el inodoro, por llamarlo de alguna manera. Consistía este en un banco de obra adosado a la pared que daba al corral, en él había un agujero en el que se exoneraba el vientre, abierto por la parte del corral. De cuando en cuando había que arrastrar las heces, reuniéndolas al otro lado de la pared, hasta que, una vez que había un buen montón, llegaban con bestias a recogerlas. Supongo, pero no lo sé, que las dueñas de la casa las venderían. Todas las casas del pueblo eran más o menos iguales y en todas se realizaba la misma actividad.

Naturalmente, aquel sistema provocaba que hubiese no miles ni millones, trillones de moscas, que se hacían sobre todo presentes a la hora de comer. Mi madre se había fabricado un mosquitero con tiras de papel y se pasaba la comida agitándolo sobre la mesa y repitiendo: "¡qué asco de pueblo!, ¡qué asco de pueblo!" Expresión que da idea de lo que a mi madre le gustaba el lugar y que las dueñas de la casa, aunque no comían con nosotros, oían y les sentaba como un cucharón de aceite de ricino.
El Rompido era entonces una inmensa playa a la que no se le veía el fin y en la que había un faro y casi a sus pies una aldehuela de pescadores con no más de una docena de humildes casitas blancas de cal y alegradas con las buganvillas que se adosaban a sus fachadas. Para mí era un maravilloso paraíso. El río Piedras, que tenía allí su desembocadura, formaba una flecha con playa en las dos orillas. Fui muchas veces con mi padre, que hacía no sé qué trabajos en el faro, y toda la playa era para mí, porque, como quedaba lejos del pueblo, nadie o casi nadie iba por allí. Entraba en el agua y los cangrejos, por docenas, no sólo no huían, sino que venían a picotearme los pies. Los que por entonces pasé en aquel lugar fueron de los mejores momentos de mi vida.
En Cartaya empecé a ir al colegio, con seis años. Allí tuve un maestro extraordinario: don Antonio Medina. Desde hace años, cuando no puedo dormir, escribo cartas, que son o pretenden ser también poemas. Las escribo a personas actuales y a otras que conocí en el pasado, incluso a alguna que ha sido protagonista de una película o de una novela que me han atraído especialmente. Son cartas que no envío, sino que guardo para mí. Tengo una pequeña colección a la que he dado el título de Cartas a medianoche, porque es la hora más o menos a las que las escribo. Hace tiempo escribí esta que incluyo ahora aquí, dirigida a aquel extraordinario maestro. 

Sr. D. Antonio Medina:

Una canción de amor a media tarde
me arrancó dulcemente de mis cosas
y me llevo hasta usted.

Aún es verano, pero ya es invierno.
Los años han pasado
como bolas de nieve en una hoguera,
en los campos se pierden los laúdes
seguidos de las flautas, en la ciudad
los ojos duelen de doblar esquinas
esquivando puñales y sonrisas.

Usted no puede recordarme,
en cambio yo, tengo su imagen
ante el encerado como la de una flor
que se está abriendo justo
en este instante en el que escribo.

En aquel albañal que era la vida entonces,
yo no era todavía
más que una hoja de papel en blanco
y usted con sus gafas redondas de miope,
con las ondas suaves de su pelo,
su seriedad amable, compasiva,
escribió en ella las palabras más bellas,
palabras como lirios encendidos
que me enseñaron a amar el estudio y la lectura
y siguen siendo hoy el cimiento de mi vida.

Vuelve el color de aquellos días a mi alcoba
y vuelven las campanas briosas de San Pedro,
los palmitos, la flecha del río Piedras,
las doradas arenas del Rompido,
sus mágicos, sonoros, soledad y silencio,
vuelve mi padre con su vino a cuestas
y mi madre y su guerra con las moscas.

Y ha vuelto usted una vez más
para que una vez más yo pueda agradecerle
todo lo que entonces hizo usted por mí.

A diferencia de las demás, esta sí la envié. Lo hice al Ayuntamiento de Cartaya, porque no conocía la dirección de don Antonio y, aunque imaginaba que ya no estaba en el pueblo, quizás allí supieran cuál era en aquel momento su destino. No obtuve respuesta. Pero mucho tiempo después, don Antonio pasó por Córdoba y preguntó por mí a un empleado de la zapatería Teyra, de la calle Jesús María, que, gran casualidad, era amigo mío. Este le dio mi dirección, pero o bien, si fue, yo no estaba en mi casa, o bien no tuvo tiempo de acercarse. El caso es que no nos vimos. Cuando, unos días más tarde, mi amigo me lo dijo, sufrí una gran decepción, porque me hubiera gustado decirle de palabra lo que le decía en el poema.

P.S. El que esto escribe es el que en la fotografía se encuentra a la derecha del maestro, pegadito a él.