"No hay nada más sorprendente que los milagros que se producen en el marco de la religión católica. ¿Pero qué es un milagro? ¿O cómo podemos definir un milagro? Aquí las opiniones varían según de quien obtegamos la definición, ¿verdad?", me dijo en cierta ocasión mi amigo Dávila Méndez, cuando todavía era enterrador en uno de los cementerios de la ciudad.
"Bueno, yo no voy a definir nada, para eso tiene teólogos la Iglesia, simplemente y a modo de ilustración te voy a contar un caso que entre los creyentes fue un milagro de los que se producen uno cada cien años o más.
"Baldomero Hernández Santacruz nació con un pie mirando hacia adelante y el otro hacia atrás. Los numerosos médicos a los que, desde que era un bebé, lo llevaron sus padres no encontraban solución para tan arduo problema. Dos de ellos, al menos, propusieron la amputación del pie que miraba hacia atrás y la colocación en su lugar de uno de ortopedia, ya que, argumentaban, si el niño crecía con aquella deformidad se haría tal lío al caminar que era más que posible que acabara en un psiquiátrico.
"El padre era de la opinión de los médicos, pero la madre se opuso con todas sus fuerzas y gracias a su empeño y a la fuerza de voluntad del propio Baldomero, el niño logró andar solo allá por los nueve años, aunque la verdad es que era un espectáculo no demasiado agradable ver los bandazos que debía dar su cuerpecito para desplazarse hacia adelante.
"Poco después, entró de monaguillo en la parroquia de San Pedro y aprendió a tocar el armonio. Tenía un portentoso oído, de manera que llegó a hacerlo tan bién que siendo poco más que un adolescente acabó desplazando al sacristán, que era quien lo tocaba desde hacía bastantes años.
"Resentido con su sustitución, poco tiempo después, el sacristán le dio a Baldomero un tremendo susto, a consecuencia del cual el jovenzuelo perdió el habla. Se cuenta que a partir de entonces Baldomero tocaba el armonio mucho mejor que antes.
"Pasó y pasó el tiempo y Baldomero no recuperaba el habla. Con el mismo tesón con que lo había enseñado a caminar, la madre acudía todos los viernes a la iglesia de San Lorenzo a pedirle al Cristo de Ánimas que, ya que había permitido que su hijo naciera con la deformidad de los pies, tuviera piedad de él y al menos le devolviera el habla.
"¡Y el milagro se produjo! El 16 de abril de 1937, en plena guerra civil, Baldomeró habló. Caminaba por la plaza de las Tendillas cuando por el cielo pasó una escuadrilla de aviones. El ya joven maduro alzó los ojos y exclamó alborozado: ¡Son los nuestros! Pero no eran los "nuestros", la ciudad estaba en manos de los golpistas y los aviones eran republicanos. Baldomero fue denunciado de inmediato, detenido y al día siguiente, al amanecer, fusilado ante las tapias de este mismo cementerio.
"Cuando sus padres descubrieron lo que había ocurrido sólo tuvieron tiempo de recuperar el cuerpo y procurarle la adecuada sepultura. Ahi la tienes", señaló Dávila Méndez, "a menos de veinte metros de donde el joven cayó muerto." Mi amigo hizo una pausa, tomó mi brazo y alejándome de la tumba concluyó: "qué mala leche tienen algunas veces los milagros, ¿no te parece?
P.S. No se llamaba Baldomero, ni tocaba el armonio, pero es cierto que a aquel muchacho lo fusilaron por el "gravísimo" hecho de confundir unos aviones con otros.
Imágenes:
Avión, del blog Sol y Moscas
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