En Estados Unidos, el catolicismo no es ni de lejos la religión mayoritaria. En realidad, de 349 millones de habitantes, sólo unos 69 millones, o el 20% de la población, forman parte de él. Y eso gracias al aumento experimentado en los últimos años por la inmigración hispana, hasta el punto de que al día de hoy el 40% de los católicos son hispanos. Quizás, por este hecho, el catolicismo es una religión que sufre cierto desprecio por buena parte de los norteamericanos que no pertenecen a ella. Su fuerza está en su unión. A pesar de que se practica con distintos ritos, los católicos forman un bloque monolítico, en tanto el resto de la población se reparte entre más de doscientas denominaciones cristianas, entre las que sobresalen las siguientes:
Bautistas, con un montón de convenciones distintas, Pentecostales, Carismáticos, Metodistas, Luteranos, Presbiterianos, Episcopales, Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días (Mormones), Testigos de Jehová e Iglesia Adventista del Septimo Día. Por otra parte, existen más de 44.000 congregaciones cristianas locales independientes que se niegan a formar parte de una denominación tradicional. Pero es que además se están creando continuamente nuevas denominaciones o congregaciones.
Kennedy
Con este panorama, no tiene nada de extraño que de los cuarenta y cinco presidentes que ha tenido Estados Unidos hasta el día de hoy, sólo dos hayan sido católicos: John F. Kennedy, en 1960, y Joseph R. Biden, más conocido como Joe Biden, en 2020. La elección de Kennedy constituyó todo un acontecimiento, entre otras cosas, por ser el político más joven y el primer católico que accedía a la presidencia del país.En la elección de Biden, su catolicismo pasó prácticamente desapercibido. Ahora bien, Joe Biden, que había sido vicepresidente durante los dos mandatos de Barak Obama, era un católico favorable al aborto, motivo por el que la Conferencia Episcopal de su país barajaba retirarle la comunión o, lo que es lo mismo, excolmulgarlo, expulsarlo de la comunidad católica, pues como se sabe la pederastia no, pero el aborto es un pecado gravísimo contra el que todo católico tiene que estar sí o sí.
¡La pederastia! Con qué hermosa caradura actúan en tantas ocasiones los obispos. Desde el año 2002 el prestigio de la Iglesia Católica en Norteamérica había caído en picado, tanto que andaba literalmente por los suelos. Aquel año, el periódico The Boston Globe publicó una serie de reportajes en los que se demostraba que el arzobispo de Bostón, Bernard Law, había encubierto a numerosos sacerdotes que habían abusado de menores. Y no sólo los había encubierto, sino que los trasladaba de parroquia, donde, inevitablemente, volvían a abusar.
Poco después, el informe John Jay College of Criminal, encagado por la por la propia Conferencia Episcopal y publicado en 2004 no era menos demoledor que el reportaje del periódico: concluía que entre 1950 y 2002 más de cuatro mil sacerdotes y clérigos habían abusado de más de 10.600 niños. El escándalo adquirió entonces tintes verdaderamente dramáticos. Como si de la erupción de un volcán se tratara, las víctimas, ya crecidas, abandonaron su mutismo y plantearon decenas de miles de demandas civiles. Acorralada por las sentencias judiciales, la Iglesia se vio obligada a pagar miles de millones de dólares en compensaciones y tratamientos psicológicos. El terremoto económico fue de tal envergadura que más de treinta diócesis y archidiócesis se declararon en bancarrota, entre ellas Buffalo, Nueva York, Rochester, Albany y Syracuse, todas en el Estado de Nueva York; San Francisco, en California; Baltimore, en Maryland y Nueva Orleans, en Luisiana.
Ni mucho menos el convencimiento del tremendo crimen que constituye la pederastia ("el que escandalizare a uno de eso pequeñuelos, mejor sería que se colgase un piedra de molino y se hundiese en el mar"), sino la formidable presión social, llevó a los obispos estadounidenses a aprobar el Estatuto de Dallas, como se conoció la Carta de Protección de Niños y Jóvenes, en la que declaraba tolerancia cero para la pederastia.
Pero cuando en 2021, Biden visitó al papa, la Iglesia estaba muy lejos de recuperar su prestigio, sobre todo porque en 2018 el Fiscal General de Pensilvania denunciaba que en las ocho diócesis del Estado: Pittsburgh, Filadelfia, Altoona-Johnstown, Erie, Alentown, Greenburg, Harrisburg y Seraton, más de trescientos sacerdotes habían abusado de al menos mil menores en los últimos setenta años. El fiscal ponía de relieve que no se trataba de casos ocasionales o de manzanas podridas, sino de un patrón de abusos sistémico, todos ellos cuidadosamente encubiertos.
La audiencia del papa al presidente norteamericano tuvo una duración inusitada, nada menos que setenta y cinco minutos, hora y media si se incluye el intercambio de regalos. En ella, qué duda cabe, se habló preferentemente de los problemas de la Iglesia en Norteamerica, pero también de los problemas mundiales y, desde luego, aunque los protagonistas lo negaran, del aborto y de la negación de la comunión. Que este asunto tuvo lugar lo pone de manifiesto el hecho de que a la salida de la audiencia y tras manifestar la sintonía de ambos mandatarios en temas como el cambio climático, la migración y la pobreza, Biden declarara que Francisco le había dicho que era un buen católico y que debía seguir recibiendo la comunión.
¡Un buen católico! Aquí quería llegar yo. El papa, según Biden, le dijo que era un buen católico. Y uno se queda pasmado, porque, ¿qué significa ser un buen católico? Sólo que Biden cree y acepta la dogmática católica y cumple puntualmente con su normativa, incluida la prohibición del aborto ¿Por qué el papa no se limitó a decir a Biden que era un buen hombre? ¿Acaso porque ser un buen católico es sinónimo de ser buen hombre? No hay más que echar una ligera mirada a nuestro alrededor para decubrir que en absoluto, que hay un sinnúmero de tipos que pasan por ser buenos católicos y son más malos que un dolor de muelas. En cualquier caso, ser un buen hombre es más amplio y a la vez más inclusivo que ser un buen católico, pues hace abstracción de las distintas religiones y se centra en la totalidad de los seres humanos, entre los que tanto la bondad como la maldad se manifiestan independientemente de las creencias religiosas. El catolicismo ha hecho y sigue haciendo mucho daño a muchas personas: mujeres, homosexuales, divorciados..., en cambio, un buen hombre no sólo no le hace daño a nadie, sino que procura hacerle el bien.
No, seamos claros: si el papa, en efecto, le dijo a Biden que era un buen católico, sólo se lo diría porque el presidente norteamericano mostraría su plena disposición a hacer cuanto estuviera en su mano para que la Iglesia norteamericana no siguiera perdiendo prestigio y fieles, que salían hacia otras religiones. Pero con ello, que es lo más probable, el papa Francisco habría puesto de relieve, igual que sus atencesores, que las religiones no unen sino que separan, pues todas ellas, con su verdad exclusiva, están en pugnan no para conseguir un mundo mejor, sino para conseguir el mayor número de fieles.





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