No sé si usted, amable lector, se ha dado cuenta, pero ya no se habla del alma, pobrecilla. Hace unas semanas en el periódico El Día de Córdoba, el sacerdote Juan Luis Selma, miembro del Opus Dei, escribía un artículo que titulaba Las verdades del barquero, en el que lanzaba una contundente andanada contra el aborto. Lo más llamativo del artículo era que no mencionaba para nada el alma; hablaba de identidad biológica, hablaba de genes y de proteínas, textualmente afirmaba que: todas y cada una de las células de esa nueva criatura tienen su marca propia de fábrica, su genes y sus proteínas. Pero, ¿y el alma, compadre, dónde me la dejó usted? ¿No era ella la que realmente sustentaba al ser humano, la que lo hacía inmortal? Pues se esfumó, se fue, desapareció.
¡El alma desaparecida! ¡Cómo la masturbación! con la vara que me dieron a mí de niño con ambas cosas. "De qué te sirve ganar el mundo si pierdes tu alma", decía san Francisco Javier, que anduvo de misiones por la China. Pues, aunque este san Francisco era jesuita, los salesianos, con los que yo estudié, hicieron suyo el lema y casi no había día que no nos dieron con él en todos los morros. El alma, nos decían, es como la tinta en las plumas estilográficas. Para qué sirve una pluma si no tiene tinta", añadían. Una comparación que a mí me tuvo desorientado durante algún tiempo, pues si era cierto que sin tinta la pluma no escribía, ¿qué podía hacer la tinta sin la pluma, aparte de borrones y manchas? Con la pluma sin tinta podía escribir en una superficie blanda e incluso podía grabar en una más dura. Pero la tinta sola no servía ni para calmar la sed. ¡Y resulta que la inmortal era la tinta! Nunca se me ocurrió plantearle mis cavilaciones a ninguno de aquellos curitas, cómo mínimo me habría mandado escribir tres mil veces: el alma es inmortal, el alma es inmortal.
Hoy, incluso los que hablan de experiencias cercanas a la muerte, de inmortalidad, de que la muerte es sólo un paso, no mencionan para nada el alma. Mencionan la conciencia o la supraconciencia, que no se sabe muy bien lo que es, pero que le da al asunto un indudable aroma natural y, más aún, científico. Ni el papa habla ya del alma. Y mira que ha dado guerra a lo largo de la historia.
En la antigüedad, los judios no creían en ella. Tampoco en la imortalidad. De hecho, en el antiguo testamento, Dios sanciona a la humanidad con un castigo terreno: el diluvio universal. Posteriormente, los castigos a "su pueblo" son siempre materiales, terrenales: malas cosechas, derrotas en batallas, dominación de otros pueblos, destrucción de ciudades, etc. Nunca los amenaza con ninguna condena en otra vida después de ésta.
Serán los griegos, con Homero a la cabeza, los que, en el mundo occidental, reconozcan un principio vital que anima al ser humano, que se prolonga más allá de la muerte y es, por tanto, independiente de él. Este principio es al que se llamó alma. En Grecia, salvo contados filósofos materialistas, como Leucipo o Demócrito, nadie dudaba de su existencia. Y el que menos dudaba de todos era Platón. Este buen griego, filósofo de cabecera de casi todos los Padres de la Iglesia, sostenía tan firmemente la existencia del alma que incluso afirmaba su preexistencia del cuerpo. Es decir, que, haciendo una deducción lógica, debería existir algo así como un almacén de almas, un almacén descomunal, pues el alma es individual, personal e intransferible, para abastecer el crecimiento continuo de los cuerpos humanos. Una cualidad no puede negársele a Platón y es su brillante, su espectacular imaginación.
La idea de la preexistencia del alma supone una dualidad: el alma por un lado y el cuerpo por otro, de modo que invitablemente surge la necesidad de saber en qué momento el alma entra en el cuerpo. Y aquí comienza el lío, una discusión, a veces bastante dura, que, en la actualidad supone un problema de tal calibre que a los creyentes en el alma les resulta mucho más sencillo dejar de hablar de ella. Pero las opiniones a lo largo de la historia no tienen desperdicio. Tertuliano, por ejemplo, ese monumental "biólogo" del siglo II afirma: "ya es un hombre el que está en camino de serlo." Potente declaración que le sirve para afirmar que el alma entra en el cuerpo en el momento de la concepción.
Mucho antes, Aristóteles habia afirmado que el alma entra en el feto cuando ya está formado. Así lo sostenía también otro enorme "biólogo", este del siglo IV, Agustín de Hipona, en Cuestiones del Heptateuco. Aquí el santo obispo sostenía que: "no se puede decir que haya un alma viviente en un cuerpo que carezca de sensación, cuando no está formada la carne." Afirmaba algo mucho más contundente y también contradictorio: que el alma era engendrada por el padre al mismo tiempo que el cuerpo.
Seguramente, de esta idea agustiniana surgió en la Edad Media la del homúnculo. Se afirmaba que el espermatozoide que el varón depositaba en el seno de la mujer era ya un hombre completo, un hombrecito diminuto, dotado, por supuesto, de alma, que lo único que haría sería crecer en el seno de la mujer hasta el momento del parto.
Tomás de Aquino, otro sensacional "biólogo" aseguraba que existen tres tipos de alma: vegetativa, la que poseen las plantas; sensitiva, propia de los animales, e intelectiva o racional, que es la propia del ser humano. Ahora bien, el alma racional la infundía Dios en el feto cuando ya tenía cerebro.
Todas estas ideas descabelladas, absurdas incluso en su tiempo, puesto que eran meras elucubraciones sin base experimental alguna, nacieron en el mundo de los griegos, pero se desarrollaron y expandieron con el cristianismo. Todavía en el siglo XIX, Pío IX (1846-1878) afirmaba que el alma entraba en el cuerpo en el momento de la concepción. Y en 1959, el genetista francés Jerome Lejeune descubrió que el síndrome de dow se originaba en la misma concepción. Tal descubrimiento lo llevó a afirmar que en el seno de la mujer había ya un ser viviente distinto de ella, de manera que el alma no tenía más remedio que entrar en el cuerpo en el momento en que ese ser era concebido.
Poco antes, en 1949, en el IV Congreso Internacional de Médicos Católicos, celebrado en Roma, surgen fuertes dudas acerca de la entrada del alma en gemelos monozigóticos o univitelinos, fruto de la división de un solo óvulo fecundado por un solo espermatozoide; en los abortos espontáneos; en enfermedades embrionarias; en la mola hidatiforme, o embarazo molar, producto de una fertilización anormal; y en el hermafroditismo. Los congresistas se pusieron tibios con la buena cocina italiana, pero no consiguieron despejar las dudas.
En 1974, Pablo VI se hace eco de las investigaciones del francés, Lejeune, pero sólo para condenar el aborto, guardando silencio sobre el momento de la animación. El mismo silencio que guardará Juan Pablo II en 1995 en su encíclica Evangelium Vitae, en la que condena el aborto y la eutanasia.
Actualmente, el asunto se embrolla aún más con la fecundación in vitro, la criopreservación de óvulos humanos fecundados, y el uso de células embrionarias para fines reproductivos y terapeúticos. Así es que, calla, calla, lo mejor, dicen los "grandes sabios" de este mundo, lo mejor es darle esquinazo al alma y echar mano de la conciencia, que aquí parece que pisamos terreno más firme.
Y en esa estamos: ahora no es el alma la que sobrevive más allá de la muerte de un individuo, sino su conciencia y son legión los que afirman que la conciencia está más allá de la persona que la posee y es independiente de ella.






