jueves, 29 de enero de 2026

FELIZ AÑO NUEVO, SEÑOR ALBIOL

Hace años que en mi casa no vemos televisión, cuatro o cinco ya, nos compramos una smart tv y sólo vemos películas de un par de plaformas y cosas de Youtube, donde puede verse de todo, desde podcast de auténticos imbéciles, es cierto, hasta películas clásicas que no figuran en ninguna plataforma, documentales de todos los colores y conferencias y activides culturales extraordinariamente variadas. En resumen, todo lo que sube la gente, porque Youtube está hecho justamente por la gente, aunque la enorme cantidad de pasta que genera se la embolsen otros.
Estas pasadas navidades, días de tantísima dicha, estuve viendo diversos documentales sobre la Navidad en distintos lugares del mundo. Me centré, sobre todo, en Europa: Ah, qué grandiosidad de luz; qué belleza y suntuosidad de calles, de plazas, de edificios, ciudades enteras engalanadas para la ocasión; qué preciosidad de belenes y cuánto arte derrochado en todos ellos; qué maravilla de mercados abarrotados de embutidos, de jamones, de carnes, de pescados, de mariscos, de vinos, de dulces de casi infinitas variedades, de artículos de decoración específicamente navideños.
Tras ver la Navidad en Viena, una de las más espectaculares de cuantas he visto, me encontré con un documental sobre los cafés de la capital del antiguo imperio austro-húngaro. Aunque la modernidad y el turismo se han llevado consigo las reuniones y tertulias de artistas e intelectuales, como Klim, Freud, los Strauss, etc. siguen siendo verdaderos templos de la arquitectura y la decoración más prodigiosas y, hoy, del consumo más refinado y exquisito. Ante ellos la gente hace colas de hasta media hora para tomarse a toda prisa un café y alguna de su deliciosas especialidades de confitería que sólo se encuentran en Viena.
Viendo toda esta fastuosidad, abundancia y exquisiteces que pueden encontrarse casi en todos los rincones de Europa, me decía que tal esplendor y tal derroche podían verse hoy desde cualquier lugar del mundo, lo mismo que lo estaba viendo yo. También desde África.
¡África! Mientras, como una avalancha, me entraban por los ojos los brillos artificiales de unas fiestas que dicen ser cristianas, pensaba en ese continente al que desde finales del siglo XV, en que una nave portuguesa al mando del marino Diogo Gao alcanzó por primera vez la desembocadura del río Congo, hasta el mismo día de hoy no hemos dejado los europeos de robarle su riqueza y su vida, primero con la esclavitud, más tarde con el colonialismo y en la actualidad gracias a la instauración de gobiernos corruptos impuestos por las antiguas potencias coloniales. 
Niños de no más de diez años, junto con adultos, siguen extrayendo oro y diamantes en condiciones de verdadera esclavitud, tanto por lo que se les paga como por la ausencia absoluta de seguridad en las minas. Grandes piscifactorias están acabando con la pesca de la que vivían principalmente los países del litoral atlántico. Con la coartada de la ayuda económica, organizaciones como la Fundación de Bill Gates están extendiendo monocultivos de soja y de maíz, barriendo los variados cultivos tradicionales que daban de comer a la población. A África mandamos nuestra basura electrónica, donde, en ciudades como Acre, se recuperan los componentes reciclables, muchos de ellos cancerigenos, en condiciones de absoluta insalubridad. Guerras interminables, muchas de ellas como consecuencia de las arbitrarias fronteras trazadas por las potencias coloniales y sostenidas con nuestras armas, destrozan países como Somalia, desde 1991; Sudán-Chad, desde 2005, con 200.000 desplazados; Nigeria, desde 2002, con 1.200.000 desplazados; Sudán del Sur, desde 2013; Mali, con disputas étnicas, etc. etc., porque en este momento hay hasta veinticinco guerras en todo el continente.
Ante esta situación qué pueden hacer los africanos: muchos, los más arrojados, no dudan en lanzarse a la aventura de alcanzar Europa, ese territorio en el que la abundancia de todo les permitirá empezar una nueva vida.
¡Ay, Europa! Un continente envejecido, en el que sus habitantes no son capaces siquiera de reponer la tasa de fallecimientos, que necesita, como el agua de abril, mano de obra joven, especialmente para su agricultura, trata a los que llegan a sus costas peor que a animales, mucho peor. Explotados en los campos; sin, prácticamente, posibilidad de alquilar una vivienda, simplemente por el color de su piel o por su nombre; viéndose obligados a refugiarse en edificios sin uso, del que son vilmente desalojados cuando les viene bien a los poderes correspondientes.
Es lo que ha hecho unos días antes de Navidad y del comienzo del invierno el alcalde de Badalona, señor García Albiol, con alrededor de cuatro cientas personas que vivían en un instituto desocupado, cuatrocientas personas que se han visto obligadas a vivir la Nochebuena debajo de los puentes, porque no se les ha ofrecido alternativa habitacional alguna. 
García Albiol es cristiano, muy cristiano y tambien es, sin duda, hijo o nieto de emigrantes extremeños, andaluces o murcianos a Cataluña. El apellido García lo delata. Pero a mí no me extraña lo que ha hecho, porque el señor García Albiol tiene maneras y comportamientos de auténtico nazi. No es el único. En España están proliferando hoy políticos del mismo corte que están consiguiendo que cada vez más españoles vean no en los fondos buitres de inversión o en los grandes capitalistas financieros, sino en los inmigrantes al enmigo al que cargarle todo lo que nos pasa, exactamente igual que está haciendo ahora mismo el gobierno Norteamericano, o lo que hicieron en Alemania los nazis con los judíos. 
Lo que me extraña de la actuación del señor alcalde de Badalona, o mejor, lo que me asombra es que las cuatrocientas personas citadas hayan aceptado su desalojo con tanta resignación. Lo que me extraña y me asombra es que no se hayan revuelto y le hayan pegado fuego a media Badalona. Lo que me extraña y me asombra es que los africanos no hayan cogido ya los barcos de todo tipo que se encuentran en sus costas y hayan invadido Europa de verdad, como hicieron los bárbaros en el Imperio romano.  

martes, 27 de enero de 2026

ELECCIONES ECLESIÁSTICAS

Don Luis Argüello García presidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Valladolid viene pidiendo de forma reiterada echar a Pedro Sánchez del Gobierno. No lo dice de un modo tan grosero, él, sumamente respetuoso con las normas de la convivencia, pide una moción de censura, una moción de confianza o la convocatoria de elecciones para hoy mismo antes que para mañana, pero su objetivo es ese: echar a Pedro Sánchez del Gobierno.
Aunque no lo dice abiertamente, su eminencia reverendísima tiene un objetivo posterior y, sin duda para él, superior a éste: conseguir que se alcen con el gobierno el PP y, sobre todo, Vox, partido del que es un ferviente admirador. A tenor de sus declaraciones, monseñor Argüello estaría encantado con un gobierno en el que el señor Feijoo fuera presidente y esa cosa que responde al nombre de Abascal, vicepresidente.
Independientemente de que la misión de la Iglesia universal y, por tanto también la española, parece que fuera algo muy distinto, la pregunta que surge es la siguiente: ¿Tiene derecho la Iglesia española a entrometerse en el terreno estricto de la política? Monseñor Argüello sostiene que habla a título personal, porque la Conferencia Episcopal no se ha pronunciado al respecto, pero eso no se lo cree ni él: un presidente de dicha conferencia, que ostenta además el cargo eclesiástico de arzobispo de Valladolir, no habla nunca a título personal, quiera o no quiera, quien habla es un representante más que destacado de la Iglesia y, por tanto, está haciendo partícipe a ésta del sentido y del significado de sus declaraciones.
Son muchas y variadas las respuestas que le caben a la pregunta más arriba planteada. La primera de todas consiste a su vez en un par al menos de preguntas: ¿Con qué autoridad moral se pide una moción de censura, una moción de confiaza o elecciones desde una institución que no admite en su seno ninguna de las tres posibilidades? ¿No constituye tales peticiones un ejercicio de burda hipocresía interesada? Son más las preguntas que cabria hacer como respuesta. Por ejemplo: ya que la Iglesia entra en política, ¿cómo es que ni moseñor Argüello ni ningún miembro de la Conferencia Episcopal cuestionan, siquiera desde el punto de vista de la compasión, casos como el del edifcio de Badalona del que han sido expulsados en la antesala de la Navidad, esos dias de tanta paz y tanta dulzura, casi quinientos inmigrantes refugiados en él, sin alternativa habitacional alguna, bastantes de ellos trabajadores legales que no pueden acceder al alquiler de una vivienda bien por su nombre, por el color de su piel o por ambas cosas?
Sí, son muchas las respuesta que se pueden dar a la pregunta citada. Pero en el marco de la intromisión de la Iglesia en el terreno de la política hay un aspecto bastante más inquietante: La Iglesia de España no es una mera entidad religiosa, sino que forma parte de un Estado, el Vaticano, que actúa dentro del Estado español. Es decir, que los obispos españoles son antes que nada representantes de dicho Estado, cuyas directrices obedecen, por más autonomía que parezcan mostrar. Cabe recordar que la visita ad limina que los obispos hacen al papa cada cuatro años para dar cuenta del estado de su diócesis sigue vigente. 
Puede afirmarse pues, porque es de una evidencia meridiana, que a la Iglesia española España y los españoles como tales sólo le importan en cuanto tienen de beneficioso para ella. Dicho más claramente: que lo único que le interesa a la Iglesia española es mantener su estatus, es decir, su capacidad de actuación y sus privilegios: la exención de impuestos; los colegios concertados, el 90% de los cuales son religiosos; la apropiación de cuantos bienes le parezcan oportunos, etc. etc.
Ante la posición claramente montaraz de los miembros de la actual Iglesia española, con manifestaciones contrarias al actual gobierno salido de las urnas y, por tanto, elegido por los españoles, no sólo de monseñor Argüello, sino también de otros obispos, como, por ejemplo, el de Oviedo, muchos en nuestro país echan de menos figuras del pasado como monseñor Tarancón, que, según se cuenta, trabajó tanto en favor de la llegada de la democracia, alineando a la Iglesia con ella. Pero, como a toda la jerarquía eclesiástica, a Tarancón lo que interesaba por encima de todo era la Iglesia y por lo que trabajó realmente fue por ponerla a resguardo de los posibles conflictos que pudieran derivarse de la desaparición de la Dictadura, de modo que no perdiera ni uno solo de sus privilegios. ¡Y lo consiguió! ¡Vaya si lo consiguió! Como que la Iglesia no sólo mantuvo sus privilegios, sino que los acrecentó, entre otras cosas con ese invento de los colegios concertados que se sacó de la manga Felipe González, invento falaz, pero fundamental para los obispos. O con la artera modificación de la Ley Hipotecaria realizada por José María Aznar en 1999, que convierte a los obispos en fedatarios públicos.
Y eso es lo que están haciendo ahora monseñor Argüello y compañía: Ven el río revuelto y ellos, excelentes pescadores, maniobran para atrapar el mejor pez, como siempre. Todo, absolutamente todo terrenal, terreno, nada de transcendía ni de espiritualida, nada. Y así, no ahora, sino desde hace casi dos mil años.


miércoles, 14 de enero de 2026

¿Y QUÉ FUE DEL ALMA?

No sé si usted, amable lector, se ha dado cuenta, pero ya no se habla del alma, pobrecilla. Hace unas semanas en el periódico  El Día de Córdoba, el sacerdote Juan Luis Selma, miembro del Opus Dei, escribía un artículo que titulaba Las verdades del barquero, en el que lanzaba una contundente andanada contra el aborto. Lo más llamativo del artículo era que no mencionaba para nada el alma; hablaba de identidad biológica, hablaba de genes y de proteínas, textualmente afirmaba que: todas y cada una de las células de esa nueva criatura tienen su marca propia de fábrica, su genes y sus proteínas. Pero, ¿y el alma, compadre, dónde me la dejó usted? ¿No era ella la que realmente sustentaba al ser humano, la que lo hacía inmortal? Pues se esfumó, se fue, desapareció.
¡El alma desaparecida! ¡Cómo la masturbación! con la vara que me dieron a mí de niño con ambas cosas. "De qué te sirve ganar el mundo si pierdes tu alma", decía san Francisco Javier, que anduvo de misiones por la China. Pues, aunque este san Francisco era jesuita, los salesianos, con los que yo estudié, hicieron suyo el lema y casi no había día que no nos dieron con él en todos los morros. El alma, nos decían, es como la tinta en las plumas estilográficas. Para qué sirve una pluma si no tiene tinta", añadían. Una comparación que a mí me tuvo desorientado durante algún tiempo, pues si era cierto que sin tinta la pluma no escribía, ¿qué podía hacer la tinta sin la pluma, aparte de borrones y manchas? Con la pluma sin tinta podía escribir en una superficie blanda e incluso podía grabar en una más dura. Pero la tinta sola no servía ni para calmar la sed. ¡Y resulta que la inmortal era la tinta! Nunca se me ocurrió plantearle mis cavilaciones a ninguno de aquellos curitas, cómo mínimo me habría mandado escribir tres mil veces: el alma es inmortal, el alma es inmortal.
Hoy, incluso los que hablan de experiencias cercanas a la muerte, de inmortalidad, de que la muerte es sólo un paso, no mencionan para nada el alma. Mencionan la conciencia o la supraconciencia, que no se sabe muy bien lo que es, pero que le da al asunto un indudable aroma natural y, más aún, científico. Ni el papa habla ya del alma. Y mira que ha dado guerra a lo largo de la historia.
En la antigüedad, los judios no creían en ella. Tampoco en la imortalidad. De hecho, en el antiguo testamento, Dios sanciona a la humanidad con un castigo terreno: el diluvio universal. Posteriormente, los castigos a "su pueblo" son siempre materiales, terrenales: malas cosechas, derrotas en batallas, dominación de otros pueblos, destrucción de ciudades, etc. Nunca los amenaza con ninguna condena en otra vida después de ésta.
Serán los griegos, con Homero a la cabeza, los que, en el mundo occidental, reconozcan un principio vital que anima al ser humano, que se prolonga más allá de la muerte y es, por tanto, independiente de él. Este principio es al que se llamó alma. En Grecia, salvo contados filósofos materialistas, como Leucipo o Demócrito, nadie dudaba de su existencia. Y el que menos dudaba de todos era Platón. Este buen griego, filósofo de cabecera de casi todos los Padres de la Iglesia, sostenía tan firmemente la existencia del alma que incluso afirmaba su preexistencia del cuerpo. Es decir, que, haciendo una deducción lógica, debería existir algo así como un almacén de almas, un almacén descomunal, pues el alma es individual, personal e intransferible, para abastecer el crecimiento continuo de los cuerpos humanos. Una cualidad no puede negársele a Platón y es su brillante, su espectacular imaginación. 
La idea de la preexistencia del alma supone una dualidad: el alma por un lado y el cuerpo por otro, de modo que invitablemente surge la necesidad de saber en qué momento el alma entra en el cuerpo. Y aquí comienza el lío, una discusión, a veces bastante dura, que, en la actualidad supone un problema de tal calibre que a los creyentes en el alma les resulta mucho más sencillo dejar de hablar de ella. Pero las opiniones a lo largo de la historia no tienen desperdicio. Tertuliano, por ejemplo, ese monumental "biólogo" del siglo II afirma: "ya es un hombre el que está en camino de serlo." Potente declaración que le sirve para afirmar que el alma entra en el cuerpo en el momento de la concepción.
Mucho antes, Aristóteles habia afirmado que el alma entra en el feto cuando ya está formado. Así lo sostenía también otro enorme "biólogo", este del siglo IV, Agustín de Hipona, en Cuestiones del Heptateuco. Aquí el santo obispo sostenía que: "no se puede decir que haya un alma viviente en un cuerpo que carezca de sensación, cuando no está formada la carne." Afirmaba algo mucho más contundente y también contradictorio: que el alma era engendrada por el padre al mismo tiempo que el cuerpo.
Seguramente, de esta idea agustiniana surgió en la Edad Media la del homúnculo. Se afirmaba que el espermatozoide que el varón depositaba en el seno de la mujer era ya un hombre completo, un hombrecito diminuto, dotado, por supuesto, de alma, que lo único que haría sería crecer en el seno de la mujer hasta el momento del parto.
Tomás de Aquino, otro sensacional "biólogo" aseguraba que existen tres tipos de alma: vegetativa, la que poseen las plantas; sensitiva, propia de los animales, e intelectiva o racional, que es la propia del  ser humano. Ahora bien, el alma racional la infundía Dios en el feto cuando ya tenía cerebro. 
Todas estas ideas descabelladas, absurdas incluso en su tiempo, puesto que eran meras elucubraciones sin base experimental alguna, nacieron en el mundo de los griegos, pero se desarrollaron y expandieron con el cristianismo. Todavía en el siglo XIX, Pío IX (1846-1878) afirmaba que el alma entraba en el cuerpo en el momento de la concepción. Y en 1959, el genetista francés Jerome Lejeune descubrió que el síndrome de dow se originaba en la misma concepción. Tal descubrimiento lo llevó a afirmar que en el seno de la mujer había ya un ser viviente distinto de ella, de manera que el alma no tenía más remedio que entrar en el cuerpo en el momento en que ese ser era concebido.
Poco antes, en 1949, en el IV Congreso Internacional de Médicos Católicos, celebrado en Roma, surgen fuertes dudas acerca de la entrada del alma en gemelos monozigóticos o univitelinos, fruto de la división de un solo óvulo fecundado por un solo espermatozoide; en los abortos espontáneos; en enfermedades embrionarias; en la mola hidatiforme, o embarazo molar, producto de una fertilización anormal; y en el hermafroditismo. Los congresistas se pusieron tibios con la buena cocina italiana, pero no consiguieron despejar las dudas.
En 1974, Pablo VI se hace eco de las investigaciones del francés, Lejeune, pero sólo para condenar el aborto, guardando silencio sobre el momento de la animación. El mismo silencio que guardará Juan Pablo II en 1995 en su encíclica Evangelium Vitae, en la que condena el aborto y la eutanasia.
Actualmente, el asunto se embrolla aún más con la fecundación in vitro, la criopreservación de óvulos humanos fecundados, y el uso de células embrionarias para fines reproductivos y terapeúticos. Así es que, calla, calla, lo mejor, dicen los "grandes sabios" de este mundo, lo mejor es darle esquinazo al alma y echar mano de la conciencia, que aquí parece que pisamos terreno más firme.
Y en esa estamos: ahora no es el alma la que sobrevive más allá de la muerte de un individuo, sino su conciencia y son legión los que afirman que la conciencia está más allá de la persona que la posee y es independiente de ella.