No basta cambiar de traje para que cambie tu carácter, tu personalidad y, sobre todo, tus costumbres; mucho menos si el cambio se hace forzado y de la noche a la mañana.
Tras los progroms de 1391, como consecuencia de los incendiaros sermones del arcediano de Écija, Ferrán Martínes, en Sevilla. la mayoría de los supervivientes de la matanza de judíos que se extendió por buenas parte de España, se convirtieron al catolicismo y recibieron el bautismo. A estos se unieron los que con sus predicaciones convirtió San Vicente Ferrer (1350-1419), del que se cuenta que en sus correrías por Castilla consiguió la conversión de 25.000 judíos y en el Reino de Valencia, de 15000. La famosa Disputa de Tortosa, en realidad, una encerrona, celebrada entre febrero de 1413 y noviembre de 1414, produjo otro gran número de conversiones.
A partir de este momento, el cristianismo en España se dividió en dos partes desiguales: cristianos viejos y cristianos nuevos o conversos. Los cristianos viejos tenían la sangre de un rojo brillante, purísimo, el color verdadero del líquido vital que corría por sus venas. La sangre de los cristianos nuevos, en cambio, tenía, según afirmaban sesudos varones, un color marrón sucio, propio de gente despreciable que, a pesar de su bautismo, continuaban practicando en secreto su vieja y condenable religión. De hecho, a los conversos, se los llamó marranos, si bien no por el color de su sangre, sino, porque, sostenían los sesudos varones, marraban, esto es, se equivocaban al seguir practicando su religión. Pero al oír el termino marrano, el vulgo entendía lo mismo que sigue entendiendo hoy: cerdo, con lo que el desprecio hacia los conversos se hizo lugar común entre los cristianos viejos.
Muchos de estos conversos demostraron ser gente preparada, inteligente y hábil, de modo que, en muy poco tiempo, muchos de ellos ascendieron en la escala social, llegando a ocupar puestos de relevancia en la administración de los reinos españoles, principalmente en Castilla y Aragón. Tal circunstancia acrecentó el desprecio hacia los cristianos nuevos de tal modo, que acabó convirtiéndose en odio. Se puede arrancar a un judío de la Torá, pero es imposible arrancar la Torá de un judío", decían. Y también: "Ni cien mil bautizos pueden convertir a un judío en cristiano."
Uno de los más fieros atacantes de los nuevos cristianos fue el capuchino Alonso de Espina, quien, a partir de 1454 inició una campaña en la que, sin más pruebas que su tremebunda palabra, acusaba a los conversos de perjuros, de herejes y de toda clase de atrocidades contra los cristianos viejos, entre las que se incluían homicidios rituales de niños. Tal fue la insania que vomitaba este enérgumeno en sus sermones que en Segovia empujó a los cristianos viejos a rotularse o bordarse en sus sombreros el nombre de Jesús, para distinguirse de los cristianos nuevos o conversos.
La feroces crtícas de este santo padre capuchino, junto con otros de la misma laya, empujaron a los Reyes Católicos a conseguir del papa Sixto IV la Inquisición para España. Y entonces sí que la división se convirtió en uno de los grandes emblemas del país: los conversos fueron perseguidos con el argumento de que su bautismo no había sido sincero y de que, por tanto, continuaban practicando la religión judía, hecho que los convertía en herejes. O sea, la situación era auténticamente rocambolesca: aunque a los que se despreciaba era a los judíos, con los que la Iglesia tenía prohibida a los cristianos prácticamente cualquier relación, los que resultaron perseguidos fueron los convertidos y bautizados.
Al mando del dominico Tomás de Torquemada y con frailes dominicos y capuchinos como ejecutores,la Inquisición comenzó su actuación en Sevilla en 1480. Se perseguía a los conversos por razones tan peregrinas como mantener la puerta de sus casas cerrada, no comer cerdo, el uso de determinadas prendas de ropa, es decir, por cosas que tenían que ver con las costumbres antes que con la religión y de las que los inquisidores deducían la práctica secreta del judaísmo. Más de dos mil personas fueron condenadas por la Inquisición durante los dos primeros años de su actuación en Sevilla, muchas de ellas a la hoguera.




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