domingo, 1 de agosto de 2021

ALTO SECRETO

Una de las características más singulares de la Santa Inquisición, que muy pocos historiadores señalan, es el secreto absoluto en el que se desarrollaban los procesos.
Aparte de sus propias pesquisas, la Inquisición recibía a diario muchas denuncias en los distintos tribunales repartidos por el país, pero de manera especial tras la promulgación de un Edicto de Fe en cualquiera de las localidades que periódicamente visitaban un par de inquisidores. Entonces las denuncias les llegaban por docenas, muchas de ellas, quizás la mayoría, motivadas por el odio que el denunciante sentía hacia el denunciado, o con la pretensión de quitarse de en medio a un rival en el campo económico, o por simple y pura envidia. 
Tales denuncias se producían no sólo entre el pueblo llano, sino también en los estamentos más altos y aún entre intelectuales. Quienes, por ejemplo, denunciaron a fray Luis de León no fueron labriegos ni porqueros, ni siquiera artesanos, fueron compañeros de su Universidad, como fray Bartolomé Medina "maestro en santa teología" (por lo que se ve, debía existir también una teología blasfema o perversa o demoniaca); León de Castro, catedrático de griego, y fray Diego de Zúñiga, uno de los pocos teólogos que defendían el heliocentrismo, sistema astronómico conocido ya en Grecia desde el siglo tercero antes de nuestra Era, gracias a Aristarco de Samos (310-230), redescubierto por Copérnico, después que hubiera sido acallado y olvidado por la creencia bíblica de una tierra plana e inmóvil en el centro del universo, defendida por la Iglesia Católica.

Recibida una denuncia, los inquisidores se aplicaban a comprobar si resultaba creíble o no. Ellos, como jueces, eran en su mayoría juristas, por lo que a la hora de evaluar una posible opinión herética debían recurrir a teólogos. Éstos, denominados calificadores, recibían información de los actos o los escritos del posible hereje, sin conocer nada de él, ni siquiera de lo que se le acusaba concretamente. A veces, cuando de lo que se trataba era de analizar escritos, se les entregaban a los calificadores únicamente frases sueltas, casi siempre fuera de contexto, como ocurrió, por ejemplo, en el bochornoso y demencial proceso contra Bartolomé Carranza, arzobispo de Toledo.
Tanto si actuaban de oficio como si lo hacían mediante una delación, una vez determinada la posible culpabilidad del sospechoso se procedía a su detención. Si en el proceso que se iniciaba existían más de un sospechoso, entonces se detenían de uno en uno, procurando a toda costa evitar indiscreciones. La detención llevaba aparejado el secuestro de los bienes del encausado, de los que se tomaba de forma inmediata la cantidad estimada para sufragar los gastos del detenido durante su estancia en la cárcel inquisitorial (la Inquisición tenía sus propias cárceles), gastos que siempre corrían de su cuenta.
Desde su ingreso en la prisión, se mantenía al preso en completo aislamiento, sin que pudiera comunicarse ni siquiera con otros presos. No podía disponer de armas, lógicamente, pero tampoco de papel, de escribanía o de joyas; por este motivo al llegar a la prisión, el alcalde lo sometía a un exhaustivo cacheo. A veces, se detenía a tantas personas en un lugar que no quedaba otro remedio que encerrar a varios presos en la misma celda. En estos casos, las normas exigían que no se trasladase a ninguno de ellos a otra celda en la que ya hubiera reclusos, con objeto de que no se contasen lo que habían hablado en sus respectivas celdas. Todo en la búsqueda del mayor hermetismo y secreto.
La justificación que los inquisidores esgrimían para su actuación era la salvación del alma del arrestado; sin embargo, en la prisión les estaban vedados los sacramentos, al considerársele excomulgado (¡antes de emitir sentencia alguna!); podían confesarse, si lo deseaban, pero para qué, si no se les daba la absolución. Sólo se olvidaban de esta norma si el detenido, enfermo, corría peligro inminente de morir. Si los presos pedían papel y escribanía para escribir su defensa se les daban pliegos contados y rubricados por un notario. Luego, una vez escritos, se contaban de nuevo para que el detenido no se quedase con ninguno. Sólo a algunos presos especiales, a juicio de los inquisidores, se les daban libremente estos materiales. Así, por ejemplo, a fray Luis de León, que de este modo pudo componer su mejor obra: De los nombres de Cristo.
El preso no sabía quién lo acusaba ni de qué. Las normas inquisitoriales determinaban que los testigos deponían secretamente "con el fin de que puedan deponer con entera libertad", afirmaban dichas normas en un puro sarcasmo. Se descartaba igualmente el careo entre el reo y los testigos que contra él declarasen. En las INSTRUCCIONES de 1561 del Inquisidor General Fernando de Valdés, cuya imagen aparece más abajo, se afirma textualmente: "aunque en los otros juicios (se refiere a lo civiles) suelen los jueces para verificación de los delitos carear a los testigos con los delincuentes, en el juicio de la Inquisición no se debe ni acostumbra a hacer, porque, allende de quebrantarse con esto el secreto que se manda tener acerca de los testigos, por experiencia se halla que si alguna vez se ha hecho no ha resultado buen efecto, antes se ha seguido dello inconvenientes."
No hace falta ser un lince para advertir la absoluta indefensión de quien caía en manos del Santo Oficio. Y los inquisidores, empezando por el general, no lo ignoraban, como demuestran las Instrucciones.
Sin embargo, esto no era todo. En sus Instrucciones Valdés insiste en que cuando se informe al preso de los testimonios recogidos contra él se tuviera buen cuidado para que de ningún modo pudiera identificar a sus acusadores. Se llegó a prohibir incluso cualquier información que sirviera para probar que un antepasado del preso no había sido condenado o reconciliado o penitenciado o, simplemente, arrestado por el Santo Oficio, aberración que significaba que muchos presos no podían demostrar que sus padres, abuelos, etc. no habían sido detenidos ni procesados por la infame institución, al no disponer de la correspondiente documentación.
Los interrogatorios empezaban con la biografía del preso, debiendo declarar éste su genealogía hasta lo más lejos que pudiera, incluidos ascendentes directos y colaterales. A continuación los inquisidores tenían el descaro de preguntarle al preso si sabía por qué estaba en prisión, cuando ellos sabían perfectamente que el preso lo ignoraba.
En un proceso común todo individuo era inocente hasta que se demostraba su culpabilidad. Para la Inquisición era justo lo contrario: todo acusado era culpable en tanto no pudiera probar su inocencia, misión prácticamente imposible, teniendo en cuenta los antecedentes que van narrados. Pero, a diferencia también de los jueces civiles, a los inquisidores no les bastaba con la culpabilidad del reo, en su sadismo, porque no se puede definir de otra manera, necesitaban, exigían que el reo confesara explícitamente su delito, es decir, que se confesara hereje, lo manifestara públicamente y del mismo modo mostrara su arrepentimiento. 
Tras la acusación del fiscal, al reo se le concedían abogados defensores que, ¡pásmense una vez más!, son también inquisidores y hablan con el acusado únicamente en presencia del tribunal que le juzga.
Por último, si el acusado negaba su condición de hereje, se iniciaba el trámite de la tortura, que en el colmo del cinismo a tal acción no se la llamaba tortura, sino someter a cuestión. La mayoría de los historiadores intentan suavizar la responsabilidad de la Inquisición en este infame método, alegando que era práctica habitual en todo los tribunales europeos. Estos historiadores pasan por alto que en el caso de la Inquisición los torturadores eran sacerdotes de una religión que tenía y tiene como fundamento el amor y el perdón ("amaos los unos a los otros como yo os he amado", había dicho el que ellos consideran su fundador; y también: "el que esté libre de pecado que tire la primera piedra")
Para la tortura, se desnudaba por completo al reo, daba igual que fuese hombre o mujer y, a continuación se le aplicaban diversos tormentos. Entre los más usuales figura el del agua: colocado el reo boca abajo en una escalera inclinada se le obligaba a tragar uno tras otro hasta ocho litros de agua por sesión. Otro tormento era la garrucha: se colgaba al reo por las muñecas y se le ponían pesos en los pies, como en la imagen de más arriba, se izaba lentamente y se soltaba de golpe. Otro igual de corriente era el potro, un bastidor al que se ataba al reo por las muñecas y tobillos con una cuerdas que tiraban de sus miembros mediante una palanca. Naturalmente, eran contados los reos que con el sometimiento a cuestión no cantaban de plano, admitiendo cuantas acusaciones se les hacían. Ahora bien, tras el tormento, debían ratificar lo confesado, por si, decían las normas en los más absolutos cinismo y crueldad, habían confesado por debilidad. Pero si el preso no se ratificaba la tortura comenzaba de nuevo.

Fuentes principales:
Historia secreta de la Iglesia Católica en España.- César Vidal
Historia de la Iglesia, tomo II.- Llorca y Villoslada
La edad de la penumbra.- Nixley
La España de las herejes, fanáticos y exaltados.- Fernández-Mayoralas
La Inquisición española.- Kamen
El Arzobispo Carranza y su tiempo.- José Ignacio Tellechea Idígoras.

Imágenes.- Internet


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